domingo, 15 de noviembre de 2015

Paz

Yo tengo un sueño.
  "Hace cien años, un gran norteamericano, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos, firmó la “Proclama de la Emancipación”. Este documento tan importante significó una luz de esperanza para millones de esclavos negros que fueron consumidos en las llamas de la injusticia. Nos llegó como un gozoso amanecer para poner fin a la larga noche de cautiverio.
     Pero cien años más tarde aún debemos enfrentar el hecho trágico de que el negro todavía no sea libre. Cien años después se mutila, lamentablemente, la vida del negro con los grilletes de la segregación y las cadenas de la discriminación. Cien años más tarde el negro aún vive en una isla solitaria de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después el negro continúa languideciendo en los rincones de la sociedad americana y encontrándose exiliado en su propia tierra. Así que hoy vinimos aquí para exponer dramáticamente esta espantosa condición. (…)
     Yo sé que algunos de ustedes aquí presentes han sufrido distintos tipos de penurias. Algunos salieron recientemente de estrechas prisiones. Otros han venido de regiones donde, por pedir libertad, fueron golpeados por la tormenta de la persecución y aterrorizados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes han sido veteranos del sufrimiento. Continúen obrando con la convicción de que el inmerecido padecimiento será redimido. (…)
    Hoy les digo, mis amigos, que a pesar de las dificultades y frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño. Un sueño que está perfectamente enraizado en el sueño americano.
    Yo tengo un sueño, en el que un día esta nación se erigirá y vivirá el auténtico significado de su ideario: “Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales”.
     Yo tengo un sueño, en el que un día en los rojizos montes de Georgia, los hijos de antiguos esclavos y los hijos de  antiguos dueños de esclavos serán capaces de sentarse juntos a la mesa de la hermandad. (…)
    Yo tengo un sueño en el que mis cuatro hijitos vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por la índole de sus acciones." (…)
                                                                     Martin Luther King (fragmento)

                                                                         Trad.Celeste Avendaño

Martin Luther King

domingo, 8 de noviembre de 2015

De "Invocaciones"

Invocaciones

   Le pido al poema un poco de infancia. Un recuerdo. Una imagen no tan nítida, ni tan cierta de lo que en verdad fue. A cambio, el poema me pide palabras: luna, silencio, otoño, cuenco. Todo ha sido guardado bajo llave. Y la llave se ha perdido. Me resta la espera, el tiempo muerto.
                                                         J.G.



martes, 27 de octubre de 2015

De "Dinámica del viento"

Tatuaje

Porque no vi
en la piel, la marca.

De lo que di,
ya no lo tengo.

Se fue así, sin avisar,
con la espera.

Un tatuaje, tal vez
un rastro,
por ahí quedó.

Quiero más de mí
en él.
                
                       J.G.


      




lunes, 19 de octubre de 2015

Gallinas

   Mi abuela tenía una quintita en Recreo que compró junto con su hermano con los ahorros de años. Tres o cuatro meses se instalaba allí, no sé muy bien por qué. Había adquirido el terreno que compartía con su hermano Luis a quien vi un par de veces de visita en su casa de calle Lavalle. Pocas veces fui a la quinta siendo chica. Lo que recuerdo de aquel lugar en la neblinosa vidriera del tiempo era la tierra húmeda, el gallinero, los pollitos. Me gustaba sentir el picoteo nervioso en la palma de la mano, tocar las alitas. Lástima que los pollitos se convertían en gallinas a las pocas semanas. Cuando venían hacia mí salía corriendo, y ellas, como oliendo mi miedo, me seguían hasta la puerta de la casa. Desde adentro, las veía como un rehén, de manera voluntaria, encerrada. No podía envanlentonarme en esa situación porque sabía, a pesar de mi corta edad, que ellas ganaban con su aleteo.
   Odiaba el olor de las gallinas, me resultaba insoportable. Yo conocía bien ese olor porque a la vuelta de la casa de mi otra abuela, sobre calle Saavedra vendían huevos y gallinas. Era un depósito grande y abierto los primeros treinta metros. Después venía el puesto de venta, y hacia el costado, el alambrado en el que asomaban las gallinas. Hacer las compras significaba tener que ir a buscar lo necesario en un lugar específico. Si de algo me acuerdo en ese sinfín de mandados era ir a la galletitería, un ambiente cerrado con latas de masitas de todos los gustos que se vendían por kilo. De todos esos mandados que hacía acompañando a mamá o a papá el peor era ir a buscar huevos y pollos. A mi abuela no le importaba, por lo visto, el olor ni el cacareo ni nada concerniente a la cría de gallinas. Es más, estaba orgullosa de su gallinero. Cuando nos visitaba, venía cargadísma con dos bolsas de feria. Traía huevos, verduras, frutas, y alguna que otra gallina para cocinar. Más de una vez me regaló para mi cumpleaños el producto de su quinta. Me costaba entender que esas bolsas eran un regalo de cumpleaños.
     En aquel tiempo en que mi abuela criaba gallinas mi mamá quedó embarazada de mi hermana. Cuando llegó el momento del parto me dejaron la primera noche con mi abuela paterna. A la mañana siguiente, papá llamó temprano en la mañana avisando que había nacido mi hermana y que me buscaría para llevarme al sanatorio y conocerla. Pero luego de la visita me dejaron en la casa de la abuela de calle Lavalle por unos días que a mí me resultaron meses. Nunca había estado tanto tiempo fuera de mi casa. ¿Eso era tener un hermano? Era hora de que me llevaran a jugar con ella, no que me dejaran sola con la abuela que no tenía juguetes ni fibras ni cuentos para entretenerme y estaba todo el día en la cocina.  
    Al tercer día de mi estadía, la abuela me dijo que íríamos al sanatorio a ver a mamá. Llovía. Como no usaba paraguas me puso un plástico que me cubría de pies a cabeza. Ella también se enfundó con otros plástico y así salimos a la parada del colectivo. Yo, muerta de vergüenza con el plástico que tenía encima y que además filtraba el agua. Me parecía que todos nos miraban, que estábamos ridículas. Sorteaba los charcos como podía porque la abuela caminaba a buen ritmo.
   El día que le dieron el alta a mamá fue un viernes, y mi abuela pensó en nuestra cena. Esa tarde, mientras jugaba distraída con unos ovillos de lana que encontré en el comedor, vi cómo traía de la cocina a una gallina del cogote y le pedía al abuelo que la acompañe al garaje. Allí había una pileta que servía para varias cosas; entre ellas, llenar de agua los baldes para limpiar la vereda, lavar el auto y llenar las bombitas de agua en carnaval. Era la primera vez que veía una gallina viva en su casa y tan cerca de mío. Los abuelos cerraron la puerta del garaje lo que acentuó mi curiosidad. Segundos después, escuché, con espanto, los chillidos de la gallina; luego, el silencio. Como si no hubiera pasado nada, aparecieron los dos, mi abuelo derechito a escuchar la radio como era su costumbre y mi abuela directo a la cocina con la gallina para el puchero. Me sentí en un estado cercano al pánico. Al terror de ver la gallina muerta se había sumado también un estado de ánimo nuevo, sin nombre aún: el paso de hija única a ser la hermana mayor.
   A la tardecita del quinto día me fueron a buscar. Por fin podría estar en mi casa, dormir en mi cama, jugar con mis juguetes. La otra, la bebita, era un peluche más al que había que sostener con mucho cuidado. La sorpresa de la noche, desagradable para mi gusto, fue la gallina asada que mamá me dio como cena. Y como quería que mis papás no se olviden de mí, la comí sin chistar.
                                                                  J.G.


1980: año de las gallinas.





martes, 6 de octubre de 2015

"Alguna vez señaló que le resultaba atractiva la idea de construir algo que después se vuelve independiente. ¿Pero hasta dónde llega esa independencia?
Bueno, algunas interpretaciones a veces son muy personales. Pero a mí me seduce que haya muchísimas interpretaciones del mismo libro. Que yo pueda estar en Lisboa y una persona en Buenos Aires pueda leer un libro mío, sin mi presencia, es algo muy fuerte. Que con el libro no sea necesaria tu presencia corporal para algo que pueda transformar, perturbar o provocar algún otro efecto en los demás.
Se trata de sacudir al lector, conmoverlo...
Sí. Yo no creo en eso de la literatura como simple pasatiempo. Es algo que abomino. Muchas veces las personas hablan del "placer de la lectura"; pero no es un placer como otros, pasivo. No es como un masaje, o como ver televisión cuando estás muy cansado. Leer para mí es un placer, sí: pero un placer con obstáculos. Yo leo todo el tiempo subrayando, por ejemplo.
¿Y a veces esas marcas no le resultan extrañas, no lo decepcionan?
Sin duda. Por ejemplo, un libro que me ha marcado mucho en la juventud es Cartas a Lucilio, de Séneca: muchas veces regreso a él y me resulta extraño, porque cosas que yo consideraba maravillosas ahora me dicen poco, y hay otras que no había subrayado y que ahora me parecen esenciales. La lectura se transforma en una biografía, una fotografía del momento. Si estás enamorado, lo que vas a subrayar tendrá que ver con eso; si estás sin trabajo, lo mismo.
¿Qué importancia tiene la experimentación para usted?
Yo siento que soy un conservador, en el sentido de amar a los clásicos, la forma clásica, que es lo opuesto del experimentalismo. A mí no me gusta la experimentación porque sí; me gusta la idea de que escribir es la levedad absoluta. Yo no escribo a partir de géneros literarios, sino con el alfabeto. Ése es mi material de trabajo. Cuando lo hago, la forma no me interesa. No pienso en que voy a ponerme a hacer una novela o un ensayo; sólo estoy escribiendo. Barthes hablaba de que escribir es un verbo intransitivo. Yo puedo decir "tirar"; ¿pero tirar qué? El verbo escribir, en cambio, no necesita de nada más. Para mí la creación tiene que ver con crear nuevas formas, naturalmente; pero lo veo más como lo nuevo que se afianza en lo viejo."
                                                   Goncalo Tavares "No creo en la literatura como simple pasatiempo" en Ideas LN, 4/10/15.
                                             

sábado, 3 de octubre de 2015

De "Dinámica del viento"


Celebraciones.

¿Qué esconde el árbol

entre las ramas?

¿Cotorritas, palomas,

cardenales? ¿Un nido inconcluso,

un secreto no develado?

 

¿Qué hay detrás de la cintura

áspera? ¿La luz en el pasto,

la orilla de un beso, una espera?

 

¿Y más allá del banco,

las piedritas de ladrillo,

el tobogán y la hamaca,

los chicos en la arena,

la inocencia?

 

¿Y más lejos aún de la sombra

del lapacho, los amigos,

la cadencia de la tarde?
                    J.G.
 

Alejandra Pizarnik


La palabra que sana
  Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.
                                Alejandra Pizarnik, Poesía Completa, Figuras de la ausencia, Bs.As., Lumen, 2002.