lunes, 19 de octubre de 2015

Gallinas

   Mi abuela tenía una quintita en Recreo que compró junto con su hermano con los ahorros de años. Tres o cuatro meses se instalaba allí, no sé muy bien por qué. Había adquirido el terreno que compartía con su hermano Luis a quien vi un par de veces de visita en su casa de calle Lavalle. Pocas veces fui a la quinta siendo chica. Lo que recuerdo de aquel lugar en la neblinosa vidriera del tiempo era la tierra húmeda, el gallinero, los pollitos. Me gustaba sentir el picoteo nervioso en la palma de la mano, tocar las alitas. Lástima que los pollitos se convertían en gallinas a las pocas semanas. Cuando venían hacia mí salía corriendo, y ellas, como oliendo mi miedo, me seguían hasta la puerta de la casa. Desde adentro, las veía como un rehén, de manera voluntaria, encerrada. No podía envanlentonarme en esa situación porque sabía, a pesar de mi corta edad, que ellas ganaban con su aleteo.
   Odiaba el olor de las gallinas, me resultaba insoportable. Yo conocía bien ese olor porque a la vuelta de la casa de mi otra abuela, sobre calle Saavedra vendían huevos y gallinas. Era un depósito grande y abierto los primeros treinta metros. Después venía el puesto de venta, y hacia el costado, el alambrado en el que asomaban las gallinas. Hacer las compras significaba tener que ir a buscar lo necesario en un lugar específico. Si de algo me acuerdo en ese sinfín de mandados era ir a la galletitería, un ambiente cerrado con latas de masitas de todos los gustos que se vendían por kilo. De todos esos mandados que hacía acompañando a mamá o a papá el peor era ir a buscar huevos y pollos. A mi abuela no le importaba, por lo visto, el olor ni el cacareo ni nada concerniente a la cría de gallinas. Es más, estaba orgullosa de su gallinero. Cuando nos visitaba, venía cargadísma con dos bolsas de feria. Traía huevos, verduras, frutas, y alguna que otra gallina para cocinar. Más de una vez me regaló para mi cumpleaños el producto de su quinta. Me costaba entender que esas bolsas eran un regalo de cumpleaños.
     En aquel tiempo en que mi abuela criaba gallinas mi mamá quedó embarazada de mi hermana. Cuando llegó el momento del parto me dejaron la primera noche con mi abuela paterna. A la mañana siguiente, papá llamó temprano en la mañana avisando que había nacido mi hermana y que me buscaría para llevarme al sanatorio y conocerla. Pero luego de la visita me dejaron en la casa de la abuela de calle Lavalle por unos días que a mí me resultaron meses. Nunca había estado tanto tiempo fuera de mi casa. ¿Eso era tener un hermano? Era hora de que me llevaran a jugar con ella, no que me dejaran sola con la abuela que no tenía juguetes ni fibras ni cuentos para entretenerme y estaba todo el día en la cocina.  
    Al tercer día de mi estadía, la abuela me dijo que íríamos al sanatorio a ver a mamá. Llovía. Como no usaba paraguas me puso un plástico que me cubría de pies a cabeza. Ella también se enfundó con otros plástico y así salimos a la parada del colectivo. Yo, muerta de vergüenza con el plástico que tenía encima y que además filtraba el agua. Me parecía que todos nos miraban, que estábamos ridículas. Sorteaba los charcos como podía porque la abuela caminaba a buen ritmo.
   El día que le dieron el alta a mamá fue un viernes, y mi abuela pensó en nuestra cena. Esa tarde, mientras jugaba distraída con unos ovillos de lana que encontré en el comedor, vi cómo traía de la cocina a una gallina del cogote y le pedía al abuelo que la acompañe al garaje. Allí había una pileta que servía para varias cosas; entre ellas, llenar de agua los baldes para limpiar la vereda, lavar el auto y llenar las bombitas de agua en carnaval. Era la primera vez que veía una gallina viva en su casa y tan cerca de mío. Los abuelos cerraron la puerta del garaje lo que acentuó mi curiosidad. Segundos después, escuché, con espanto, los chillidos de la gallina; luego, el silencio. Como si no hubiera pasado nada, aparecieron los dos, mi abuelo derechito a escuchar la radio como era su costumbre y mi abuela directo a la cocina con la gallina para el puchero. Me sentí en un estado cercano al pánico. Al terror de ver la gallina muerta se había sumado también un estado de ánimo nuevo, sin nombre aún: el paso de hija única a ser la hermana mayor.
   A la tardecita del quinto día me fueron a buscar. Por fin podría estar en mi casa, dormir en mi cama, jugar con mis juguetes. La otra, la bebita, era un peluche más al que había que sostener con mucho cuidado. La sorpresa de la noche, desagradable para mi gusto, fue la gallina asada que mamá me dio como cena. Y como quería que mis papás no se olviden de mí, la comí sin chistar.
                                                                  J.G.


1980: año de las gallinas.





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