Gallinas
Mi abuela tenía una quintita en Recreo que
compró junto con su hermano con los ahorros de años. Tres o cuatro meses se
instalaba allí, no sé muy bien por qué. Había adquirido el terreno que
compartía con su hermano Luis a quien vi un par de veces de visita en su casa
de calle Lavalle. Pocas veces fui a la quinta siendo chica. Lo que recuerdo de
aquel lugar en la neblinosa vidriera del tiempo era la tierra húmeda, el
gallinero, los pollitos. Me gustaba sentir el picoteo nervioso en la palma de la
mano, tocar las alitas. Lástima que los pollitos se convertían en gallinas a las
pocas semanas. Cuando venían hacia mí salía corriendo, y ellas, como oliendo mi
miedo, me seguían hasta la puerta de la casa. Desde adentro, las veía como un
rehén, de manera voluntaria, encerrada. No podía envanlentonarme en esa
situación porque sabía, a pesar de mi corta edad, que ellas ganaban con su
aleteo.
Odiaba
el olor de las gallinas, me resultaba insoportable. Yo conocía bien ese olor
porque a la vuelta de la casa de mi otra abuela, sobre calle Saavedra vendían
huevos y gallinas. Era un depósito grande y abierto los primeros treinta
metros. Después venía el puesto de venta, y hacia el costado, el alambrado en
el que asomaban las gallinas. Hacer las compras significaba tener que ir a
buscar lo necesario en un lugar específico. Si de algo me acuerdo en ese sinfín
de mandados era ir a la galletitería, un ambiente cerrado con latas de masitas
de todos los gustos que se vendían por kilo. De todos esos
mandados que hacía acompañando a mamá o a papá el peor era ir a buscar huevos y
pollos. A mi abuela no le importaba, por lo visto, el olor ni el cacareo ni
nada concerniente a la cría de gallinas. Es más, estaba orgullosa de su
gallinero. Cuando nos visitaba, venía cargadísma con dos bolsas de feria. Traía
huevos, verduras, frutas, y alguna que otra gallina para cocinar. Más de una
vez me regaló para mi cumpleaños el producto de su quinta. Me costaba entender
que esas bolsas eran un regalo de cumpleaños.
En aquel tiempo en que mi abuela criaba
gallinas mi mamá quedó embarazada de mi hermana. Cuando llegó el momento del
parto me dejaron la primera noche con mi abuela paterna. A la mañana siguiente,
papá llamó temprano en la mañana avisando que había nacido mi hermana y que me
buscaría para llevarme al sanatorio y conocerla. Pero luego de la visita me
dejaron en la casa de la abuela de calle Lavalle por unos días que a mí me
resultaron meses. Nunca había estado tanto tiempo fuera de mi casa. ¿Eso era
tener un hermano? Era hora de que me llevaran a jugar con ella, no que me
dejaran sola con la abuela que no tenía juguetes ni fibras ni cuentos para
entretenerme y estaba todo el día en la cocina.
Al tercer día de mi estadía, la abuela me dijo
que íríamos al sanatorio a ver a mamá. Llovía. Como no usaba paraguas me puso
un plástico que me cubría de pies a cabeza. Ella también se enfundó con otros
plástico y así salimos a la parada del colectivo. Yo, muerta de vergüenza con
el plástico que tenía encima y que además filtraba el agua. Me parecía que
todos nos miraban, que estábamos ridículas. Sorteaba los charcos como podía
porque la abuela caminaba a buen ritmo.
El día que le dieron el alta a mamá fue un viernes, y mi abuela pensó en nuestra cena. Esa
tarde, mientras jugaba distraída con unos ovillos de lana que encontré en el
comedor, vi cómo traía de la cocina a una gallina del cogote y le pedía al
abuelo que la acompañe al garaje. Allí había una pileta que servía para varias
cosas; entre ellas, llenar de agua los baldes para limpiar la vereda, lavar el
auto y llenar las bombitas de agua en carnaval. Era la primera vez que veía una
gallina viva en su casa y tan cerca de mío. Los abuelos cerraron la puerta del
garaje lo que acentuó mi curiosidad. Segundos después, escuché, con espanto,
los chillidos de la gallina; luego, el silencio. Como si no hubiera pasado nada,
aparecieron los dos, mi abuelo derechito a escuchar la radio como era su
costumbre y mi abuela directo a la cocina con la gallina para el puchero. Me
sentí en un estado cercano al pánico. Al terror de ver la gallina muerta se
había sumado también un estado de ánimo nuevo, sin nombre aún: el paso de hija
única a ser la hermana mayor.
A la
tardecita del quinto día me fueron a buscar. Por fin podría estar en mi casa, dormir
en mi cama, jugar con mis juguetes. La otra, la bebita, era un peluche más al que
había que sostener con mucho cuidado. La sorpresa de la noche, desagradable para
mi gusto, fue la gallina asada que mamá me dio como cena. Y como quería que mis
papás no se olviden de mí, la comí sin chistar.
J.G.
| 1980: año de las gallinas. |
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