Entre el río y yo.
Supongamos que descubrimos un lugar nuevo en nuestra rutina, digamos,
por caso, un cuartito en la casa de los abuelos, una calle cerrada en nuestro
andar para ir a comprar pan o verduras, una ventana en el edificio en donde
trabajamos. Los ojos se posan entonces en lo nuevo, miramos extrañados
preguntándonos cómo no lo habíamos visto antes, qué había pasado en todo este
tiempo; si acaso tenemos una forma de ver lo que nos rodea que concuerda con lo
que hay que mirar y otra forma sesgada de las cosas que aparecen porque sí,
fortuitamente. Les voy a contar lo que me pasó
hace unos días. Trabajo en un primer piso del ex Molino Marconetti. La
gran ventana que da al oeste tiene una vista del río, de la calle y de los
edificios y construcciones que hacen a una parte de nuestra geografía urbana.
La ventana tiene una cortina casera hecha con listones de plástico que cuelgan
de bien arriba, casi cosidas más que pegadas por la buena voluntad de una de
mis compañeras para que el sol no pegue fuerte a la hora de la siesta. También
pasa que si una se queda mirando el río, cosa que hombres, mujeres y niños de
ciudad, acostumbrados a mirar los semáforos no estamos habituados, caemos en
una suerte de ritual hipnótico y dejamos de hacer lo que tenemos que hacer.
Porque el río, aunque no parezca, con su ritmo pausado, con su oleaje monótono
y marrón, va trayéndonos la memoria del pasado, de lo que alguna vez vio allí,
entre sus bordes y camalotales, entre los vaivenes de barcas y lanchas llevando
harina, amores y traiciones. Entonces,
no hay Ulises que no se deje tentar por el canto que de las sirenas.
Un día, temprano en la mañana, decidí irme más arriba, al último piso
del Liceo en busca de luz natural para trabajar, pero también buscando algo que
no sabía qué nombre darle, sea curiosidad, aventura en la rutina o sin
eufemismos, el mismo río. Hacia el quinto piso se llega por escalera. Allí está
la biblioteca, siempre silenciosa, sin gente, sin bibliotecario a veces, y una
oficina administrativa. Están las mesas distanciadas entre sí, con sus
respectivas sillas y algún que otro asiento butaca, además de los armarios con
los libros. Desde el techo entra luz natural como también desde las grandes
ventanas que miran al este. Hay un rumor permanente que se escucha como un
motor lejano pero no alcanzo a ver si es parte de una máquina constructora o
qué.
La puerta ventana que da al río estaba abierta, y entraba el viento como
si la biblioteca fuera una presa a quien devorar. Con esto quiero decir que al
poco rato de estar sentada cerca de la puerta ventana no hubo forma de mantener
el pelo en su lugar, como si el remolino constante del viento fuera una
invitación, un poco tumultuosa, al caos del devenir. Igualmente preferí no
moverme de lugar porque me gustaba la vista; desde ahí podía ver el puente
colgante y si me corría unos pasos, un poco más atrás, los edificios de Paraná.
Estuve concentrada un par de horas. Cuando miré hacia afuera, vi una
embarcación que no supe calificar. En ese momento estaba girando para volver
por donde vino, o sea, mirando hacia el puente colgante. ¿Por qué no siguió el
curso del río? ¿Qué pasó que volvió sobre sus pasos? Me gustó tanto ver el giro
que me levanté y saqué un par de fotos, a pesar del viento que me tiraba para
atrás. El cielo de febrero estaba diáfano, ni las pocas nubes se movían a las
diez de la mañana. Podría decir, a esa altura, que estábamos la barca, el río y
yo. Y no sé por qué, me acordé de la única vez que crucé el río en balsa, ésa que cruzaba a quienes queríamos ir a
Paraná como alternativa al túnel. Yo no tenía más de diez, once años. Era
verano como hoy, pero a la hora de la siesta. Papá había decidido cruzar el auto
en balsa y no por el túnel, supongo que para cambiar el color del paseo o tal
vez, no me acuerdo, el túnel estuviera cerrado. Hubo que esperar un rato hasta
que viniera la lancha mientras picaba el sol en el techo del auto y parecía que
nos estábamos cocinando como los pollos de las rotiserías. Pero el hecho de
cruzar el río viéndolo tan cerca tenía un encanto que yo iba a conocer, una
promesa de un reino vedado.
La vimos venir desde lejos; parecía que no tenía apuro en llegar a la
orilla o éramos nosotros los que estábamos ansiosos y el tiempo se nos hacía
eterno. Cuando llegó la balsa nos demoramos un tiempo más hasta ubicar el auto
en la plataforma. Éramos pocos los que cruzábamos, habríamos sido seis o siete
personas. A mí me parecía entrar en el terreno de las aventuras de Simbad el
marino o de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días; ¡la
acción estaba a la vuelta de la esquina! No me acuerdo haber conversado
mientras cruzábamos el río; creo que todos estábamos en silencio, mirando el
horizonte, como tripulantes de un barco imaginario que allí tenía forma de
balsa y el mar era ese ancho río marrón haciendo olas a nuestro paso. La
poetisa portuguesa Sophía de Mello Breyner Andresen dice en Arte Poética que
“El reino ahora es sólo aquel que cada uno por sí mismo encuentra y conquista,
la alianza que cada uno teje”. Quizá ese paseo de la infancia fue ir a la
búsqueda de un reino que yo no supe darle nombre y que ahora con esta
embarcación que cruza el río y va hacia el puente colgante me trae a la
memoria. Quizá esté a tiempo de encontrarlo, quizá el reino está esperando que
lo conquiste entre esta imagen del río mirando al este. Un nombre me falta para
esta alianza entre el río y yo, entre lo que él me trae para hacer que teja o
desgrane las palabras de los días.
Jorgelina Garrote

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