domingo, 3 de marzo de 2019

Entre el río y yo.

  Supongamos que descubrimos un lugar nuevo en nuestra rutina, digamos, por caso, un cuartito en la casa de los abuelos, una calle cerrada en nuestro andar para ir a comprar pan o verduras, una ventana en el edificio en donde trabajamos. Los ojos se posan entonces en lo nuevo, miramos extrañados preguntándonos cómo no lo habíamos visto antes, qué había pasado en todo este tiempo; si acaso tenemos una forma de ver lo que nos rodea que concuerda con lo que hay que mirar y otra forma sesgada de las cosas que aparecen porque sí, fortuitamente. Les voy a contar lo que me pasó  hace unos días. Trabajo en un primer piso del ex Molino Marconetti. La gran ventana que da al oeste tiene una vista del río, de la calle y de los edificios y construcciones que hacen a una parte de nuestra geografía urbana. La ventana tiene una cortina casera hecha con listones de plástico que cuelgan de bien arriba, casi cosidas más que pegadas por la buena voluntad de una de mis compañeras para que el sol no pegue fuerte a la hora de la siesta. También pasa que si una se queda mirando el río, cosa que hombres, mujeres y niños de ciudad, acostumbrados a mirar los semáforos no estamos habituados, caemos en una suerte de ritual hipnótico y dejamos de hacer lo que tenemos que hacer. Porque el río, aunque no parezca, con su ritmo pausado, con su oleaje monótono y marrón, va trayéndonos la memoria del pasado, de lo que alguna vez vio allí, entre sus bordes y camalotales, entre los vaivenes de barcas y lanchas llevando harina, amores y traiciones.  Entonces, no hay Ulises que no se deje tentar por el canto que de las sirenas.
  Un día, temprano en la mañana, decidí irme más arriba, al último piso del Liceo en busca de luz natural para trabajar, pero también buscando algo que no sabía qué nombre darle, sea curiosidad, aventura en la rutina o sin eufemismos, el mismo río. Hacia el quinto piso se llega por escalera. Allí está la biblioteca, siempre silenciosa, sin gente, sin bibliotecario a veces, y una oficina administrativa. Están las mesas distanciadas entre sí, con sus respectivas sillas y algún que otro asiento butaca, además de los armarios con los libros. Desde el techo entra luz natural como también desde las grandes ventanas que miran al este. Hay un rumor permanente que se escucha como un motor lejano pero no alcanzo a ver si es parte de una máquina constructora o qué.
   La puerta ventana que da al río estaba abierta, y entraba el viento como si la biblioteca fuera una presa a quien devorar. Con esto quiero decir que al poco rato de estar sentada cerca de la puerta ventana no hubo forma de mantener el pelo en su lugar, como si el remolino constante del viento fuera una invitación, un poco tumultuosa, al caos del devenir. Igualmente preferí no moverme de lugar porque me gustaba la vista; desde ahí podía ver el puente colgante y si me corría unos pasos, un poco más atrás, los edificios de Paraná.
  Estuve concentrada un par de horas. Cuando miré hacia afuera, vi una embarcación que no supe calificar. En ese momento estaba girando para volver por donde vino, o sea, mirando hacia el puente colgante. ¿Por qué no siguió el curso del río? ¿Qué pasó que volvió sobre sus pasos? Me gustó tanto ver el giro que me levanté y saqué un par de fotos, a pesar del viento que me tiraba para atrás. El cielo de febrero estaba diáfano, ni las pocas nubes se movían a las diez de la mañana. Podría decir, a esa altura, que estábamos la barca, el río y yo. Y no sé por qué, me acordé de la única vez que crucé el río en balsa,  ésa que cruzaba a quienes queríamos ir a Paraná como alternativa al túnel. Yo no tenía más de diez, once años. Era verano como hoy, pero a la hora de la siesta. Papá había decidido cruzar el auto en balsa y no por el túnel, supongo que para cambiar el color del paseo o tal vez, no me acuerdo, el túnel estuviera cerrado. Hubo que esperar un rato hasta que viniera la lancha mientras picaba el sol en el techo del auto y parecía que nos estábamos cocinando como los pollos de las rotiserías. Pero el hecho de cruzar el río viéndolo tan cerca tenía un encanto que yo iba a conocer, una promesa de un reino vedado.
   La vimos venir desde lejos; parecía que no tenía apuro en llegar a la orilla o éramos nosotros los que estábamos ansiosos y el tiempo se nos hacía eterno. Cuando llegó la balsa nos demoramos un tiempo más hasta ubicar el auto en la plataforma. Éramos pocos los que cruzábamos, habríamos sido seis o siete personas. A mí me parecía entrar en el terreno de las aventuras de Simbad el marino o de  Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días; ¡la acción estaba a la vuelta de la esquina! No me acuerdo haber conversado mientras cruzábamos el río; creo que todos estábamos en silencio, mirando el horizonte, como tripulantes de un barco imaginario que allí tenía forma de balsa y el mar era ese ancho río marrón haciendo olas a nuestro paso. La poetisa portuguesa Sophía de Mello Breyner Andresen dice en Arte Poética que “El reino ahora es sólo aquel que cada uno por sí mismo encuentra y conquista, la alianza que cada uno teje”. Quizá ese paseo de la infancia fue ir a la búsqueda de un reino que yo no supe darle nombre y que ahora con esta embarcación que cruza el río y va hacia el puente colgante me trae a la memoria. Quizá esté a tiempo de encontrarlo, quizá el reino está esperando que lo conquiste entre esta imagen del río mirando al este. Un nombre me falta para esta alianza entre el río y yo, entre lo que él me trae para hacer que teja o desgrane las palabras de los días.
                                                                                                 Jorgelina Garrote



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