En la última tormenta
murieron tantos pájaros,
fue triste ver
sus cuerpecitos mojados y caídos,
inertes en la mañana gris.
Llovió con furia, cayeron árboles,
y techos y chapas y postes de luz,
fue un amago del fin del mundo,
y ellos en el pasmo del fin
no pudieron volar, no pudieron.
Eran golondrinas, tijeritas, algunas torcazas,
yo creí que por negras eran mirlos,
estaban preparando el gran vuelo al Brasil.
Sobrevivieron algunas, todavía tendidas en el piso
sostenidas en su obstinada esperanza.
Migrarán en pocos días, antes del otoño,
el delicado equilibrio las elevará
como pasa con todos los ciclos.
Hay algo que se lleva la muerte y la noche
o esta lluvia, una vehemencia por devorar
lo que vive, lo que irradia.
Se irán más sabias las golondrinas
como también los que quedamos aquí
contemplando los atardeceres
y los pájaros.

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