domingo, 25 de marzo de 2018


                                                               “Aquello que te detiene y te espanta, es el poema. 
                                                                          Él quiere pasar por aquí”. R.G.Aguirre

Él quiere pasar por aquí,
el poema. La nada entumece
las piernas y el andar me declina en la tarde
como una rama.
Es decir, el poema que no dice
está aquí y no sé cómo nombrarlo.
Eso es todo.
                  Y sin embargo,
todo es lo que me basta y me inquieta.
               El aquí  encierra un aire de dicha
               salvo que la sombra, una línea vertical
               me acalle.
¿Y si el ocaso enciente, subrepticiamente,
lo que no debo?
Entonces, cerraré los ojos.
¿Y si el ocaso atrae, en su andar viril
los pasos del deseo?
entonces, me dejaré caer.

El borde en el que se detienen todas la cosas,
los que conocen las verdades
y las venden en vetustas vitrinas,
el borde en que me ausento y todas las cosas
que me atan se agrandan, se enroscan,
el borde en que las manos se aferran y resbalan
porque no pueden sostenerlas, ni la voluntad
ni el desasosiego,
el borde es una mancha y otra en lo profundo y efímero.
           ¿Por qué entonces, este peso en el centro,
                            Por qué no puede salirse de sí misma
esta intolerable ausencia,
Por qué, entonces, me digo,
la realidad es la entidad que no puedo comprender y amar?
                                                                                        J.G.





sábado, 17 de marzo de 2018

Diarios Personales


Viernes 16 de marzo:
  ¿Qué pasa cuando una saca un turno con el ginecólogo y tiene que esperar más o menos un mes y cuando se cumple el día y la hora la secretaria del ginecólogo nos dice que el doctor no está pero hay un reemplazante? ¿Qué debe hacerse? ¿Tomar el turno o dejarlo? ¿Arriesgarse con un médico desconocido o sacar otro turno? ¿Y si pasa de nuevo que el doctor no está? Bien, esto ocurrió hoy. Decidí quedarme porque bastante me embroma perder tiempo haciendo estudios extra. Ya estoy acá. No dormí la siesta ni la voy a dormir cuando llegue. Son las cinco de la tarde. Trabajé como condenada durante la semana y la cierro con un turno médico. Voy a la sala de espera. Para contrarrestar la mufa me llevé auriculares para escuchar música. Tengo cansada la vista. No voy a leer. En la sala de espera la gente hace lo mismo: escucha música o navega en las redes. Se abre la puerta del consultorio. El doctor reemplazante despide a una paciente y llama a otro que resulta ser un hombre joven. Supongo que vendrá de parte de la novia. No demora. Abre la puerta nuevamente y llama a una mujer. Los asientos se desocupan de mi lado y me acerco a la puerta. Sospecho que la próxima soy yo. Por la voz no puedo identificar si es un doctor joven o mayor. No se lo ve. Siete minutos más tarde se desocupa la señora. Qué raro, pienso, va muy rápido. La siguiente paciente soy yo. Ahora bien, la experiencia que he tenido con los médicos fue casi como la de padre e hija o la de hermano mayor, digo, por la edad. Pero qué ocurre cuando el médico reemplazante es menor que una, digamos, diez años menos, mida un metro noventa, sea morocho y robusto, como si hubiese venido a la clínica después del gimnasio o de un paseo en una lancha de lujo al estilo de las mejores colonias masculinas como Old and Spice o Polo? Tragué saliva pero disimulé mi consternación. ¿Tendré que hacerme un Pap con este muchacho? ¿Tendré que hablar de mis partes íntimas con un modelo de Ralph Lauren? ¿Por qué me pasa esto a mí?
  El doctor examinó el estudio y los anteriores. Minimizó un quiste. Me dio a entender que de no crecer podré seguir haciendo el chequeo una vez al año. Estamos hablando de una ecografía mamaria. Qué bueno que no se detuvo en las radiografías y sólo en los informes ininteligibles de la médica ecógrafa. Y luego la pregunta tan temida. ¿Cuándo te hiciste el último Pap? Él no me mira a los ojos en ese momento. Yo tampoco lo miro. Contesto mirando para abajo como hacen mis alumnos cuando hago una pregunta y no quieren que los nombre. Una pone cara de “a mí no me toca, a mí no me mire” pero en el consultorio la única paciente soy yo y el modelo de Ralph Lauren a punto de pedirme que vaya al baño para hacerme el Pap. A fines de julio del año pasado, le digo, sumando diez días más a julio. Ah, entonces tenés que volver en julio. Ah. Contesto. ¿Es al año que se hace? Sí, venite en julio y en agosto repetís este estudio. Bien. No hay más que decir. Amago con levantarme y me levanto. El modelo también se levanta. Me dice “Bueno, un gusto”. Gracias, igualmente, contesto yo. Ahí la pifié. ¿Cómo le voy a decir que fue bueno conocerlo, dándole a entender que está más bueno que el pan caliente o como si estuviéramos en no sé, una reunión informativa o una charla de colegas, ¿le habrá parecido amable o fui atrevida? Qué sé yo. No importa. Lo que importó es que no me hice el Pap. Y que vuelvo en julio. Ojalá el doctor no falte.
                                                                                                        J.G.





domingo, 4 de marzo de 2018

Diarios Personales


Miércoles 28 de febrero:
  Elegí estudiar Letras porque era el camino natural a mi vocación lectora de literatura y que luego se amplió al área del estudio del idioma. Ése fue un amor lento, que apareció con el estudio y el descubrimiento de otras disciplinas que en la escuela no habíamos visto, como el Análisis del Discurso y la Semiótica. En cambio, con la literatura fue un flechazo. Un amor como describe Julio Cortázar en Rayuela: “Como si se pudiera elegir el amor, como si no fuera un rayo que te atraviesa el alma y te deja estaqueado en la mitad del patio”.
  Pero hay otra razón por la que elegí Letras y es porque me juré no volver a pisar el terreno de la Matemática. Hay pocas carreras que no la tienen en su plan de estudios. Y mi lectura en aquel entonces de los planes de estudio fue muy atenta. Porque la muy insidiosa se mete en todas partes. Claro que una la necesita para sumar cuánto dinero hay que extraer del Banco para pagar las cuentas o con cuánto contamos si pretendemos tener un ahorro mínimo y queremos hacer un gasto adicional o bien, con cuánto contamos cuando aparecen imprevistos. Digamos que el uso que le doy a la Matemática en mi vida es bastante elemental. A partir de tercer grado de la primaria mi relación con la Matemática se volvió árida, en especial, cuando aparecieron las divisiones y las fracciones. Pintar conjuntos me encantaba, armar números con el dominó también. ¿Pero qué era eso de complicarse la vida con problemas hipotéticos? Si el problema era de Juanita que había comprado más caramelos de los que realmente disponía para gastar era un asunto de Juanita, no mío. ¿Qué me importaba si no se pudo comprar el chupetín?¿O que en un cine había tantas butacas y no alcanzaba para una función de estreno? ¡Que hagan otra función y se terminó el asunto! 
  Las fracciones fueron lo peor. Estoy hablando de la primaria. Hasta dividir una torta o una pizza estaba todo bien. No me pregunten más. Tuve la horrible experiencia de que la maestra de tercer grado me hiciera pasar al frente para resolver una división mientras el resto de mis compañeras me miraba. No se lo recomiendo a nadie. Mi papá me había enseñado a dibujar palitos al lado de la anotación para darme cuenta de cuánto tenía que multiplicar o restar pero me daba vergüenza hacerlo en el pizarrón. Entonces, la sensación es que estaba perdida. Y parece que a la maestra no le importaba que yo no supiera porque me dejó un buen rato ahí parada, delante de todo el grado.
   En la secundaria fue más o menos igual, nada más que, cuando me avisaban de una prueba, sacaba libros de la biblioteca y practicaba dos semanas antes con papá. El problema en las evaluaciones se sumaba cuando la profesora nos daba un solo ejercicio de cada tema y a mí las estadísticas me jugaban en contra: uno me salía bien, otro mal, uno bien, otro mal. ¿Cómo le podía demostrar que si me daba dos ejercicios del mismo tema podía demostrarle que bueno, a veces la pegaba? Claro, las matemáticas son ciencias exactas. Tiene que dar el resultado esperado sí o sí. ¿Y desde cuándo en la vida las cosas nos salen como las esperamos? ¿Acaso en la interacción con el mundo no aparecen situaciones, circunstancias, decisiones o personas que no habíamos previsto en el cálculo? ¿Acaso la lógica puede resolverlo todo? ¿La Matemática tiene todas las respuestas para una mayoría anónima a quien la incertidumbre de lo que vendrá es el pan de todos los días?
  Preguntas como éstas aparecían en mi adolescencia. Yo sabía que el camino de mi vida no estaba por esos lares a pesar de tener un papá ingeniero. Lamentablemente, no heredé ni un gen de su inteligencia por la matemática. ¿Qué cosa, no? ¿De adónde habrán salido mis genes? Mi abuela me decía que siguiera la carrera de mi mamá, que estudiara Abogacía o Escribanía, que me iba a ir bien porque era estudiosa y que dejara la literatura como un pasatiempo, para los ratos libres. ¿Quién vive de las letras? Una vez, una mamá del grado de mi hija me preguntó si Profesora de Letras significaba que yo enseñaba a escribir las letras, algo así como profesora de caligrafía. Ella no me dijo caligrafía sino que suponía que Letras era eso. Bueno, pensé, si hubiese estado en la Edad Media, si hubiese sido hombre y monje, tal vez sí, habría pasado mi vida como un escriba, enseñando a los novicios a escribir las letras góticas entre las oraciones de maitines y la hora nona. Yo le decía a mi abuela que la Abogacía me resultaba muy terrenal, que era aburrrida para mis intereses, pero para no contradecirla, le decía que lo estaba pensando.
  Bien, me propuse no volver a toparme con la Matemática en toda mi vida a excepción de las cuentas rudimentarias de todos los días. Pero se ve que a ella no le terminó de cerrar eso de no mortificarme más. Habrá pensado: “Volveré”. Como Terminator. Y volvió, la muy viva, con mis hijos. O sea, ellos la están padeciendo como yo, en su escolaridad. No tanto S. como M. que va a ser artista como mi tía. Yo no le digo nada para no alimentar su vuelo hippie pero no la veo en otra parte más que sentada pintando cuadros o dibujando. 
  La muy cretina se coló en mi vida, nuevamente, sin pedirme permiso. Como ahora que estamos sufriendo porque M. fue a rendir Matemática. Toda la materia. Un sinfín de temas. Un sinfín de números y operaciones, y ecuaciones y raíces al no se cuánto. Mi relación con la Matemática es más o menos como la de Voldemort en la vida de Harry Potter. Cada tanto vuelve para perturbarnos. Y mientras le damos batalla, pienso en una frase de una canción de Gustavo Cerati: “La poesía es la única verdad”. Y entiendo la “poesía” como una expresión del arte, de lo ilógico que es lo que más prima en la vida, de un pensamiento que se expande y se repliega y se emociona en la percepción del mundo, en la percepción de cómo los artistas ven el mundo; en ese silencio sin fronteras que es la poesía, que no cabe en el pecho porque se nos va por las venas a todo el cuerpo, y bombea como el corazón y late, y late.
                                                                           J.G.





Diarios Personales


Domingo 25 de febrero:
   Hoy temprano en la mañana, después de haberme despertado y esperar a volver a dormirme, situación que a veces se vuelve incómoda, soñé con mi madrina. Murió el año pasado. ¿Por qué será que vuelven, los muertos a visitarme? Como siempre, están sanos, llenos de vida. Ella hablaba por teléfono, no me veía. Vestía una remera celeste cielo, como sus ojos. No estaba tan pesada, como en los últimos años. Si bien no fue, una madrina presente, dadas las circunstancias familiares de constantes distanciamientos por rencillas de la que no formé parte, me abrió su biblioteca cuando estudiaba Letras. Ella también estudió la carrera y se recibió pero en la Católica. En vida, trabajaba mucho. Durante el día, en la obra social de los médicos, y por la noche en las escuelas nocturnas para adultos. Su biblioteca contaba muchísimos libros, en particular, de literatura latinoamericana. Su tesis consistió en estudiar Cien años de soledad años después de su publicación, o sea que contaba con un material que, en algunos casos, estaba agotado. Cuando no conseguía todo lo que me pedían los profesores y las bibliotecas de la Facultad o la Pedagógica no tenían lo que buscaba, la tercera opción era su biblioteca. Tenía dos: una en el pequeño escritorio de mi tía abuela que vivía abajo, y la otra en su casa que estaba en la planta alta. A veces pedía permiso con anticipación, porque tenía que ir cuando no había nadie, excepto mi tía abuela que no salía a ninguna parte. Me sentía como una ladrona de libros, eso de entrar a una casa vacía, a la intimidad de otro ausente. Y sin embargo, el poder de los títulos de la biblioteca podía más que la situación incómoda de llevarme libros sin decirle adiós al dueño. Bien, yo creo que A.apareció para decirme que está bien, ocupada, trabajando, quién sabe adónde.

Lunes 26 de Febrero:
    Ahora papá. No puede ser. Dos días seguidos no es común. Estábamos en Buenos Aires y debíamos volver a Santa Fe. Yo le decía, mientras él conducía un auto, sonriéndome, que teníamos que volver al hotel porque había dejado la billetera y porque nos tenían que dar una porción de torta. Él no me hablaba, sólo sonreía. Damos dos o tres vueltas a la manzana y me deja en el hotel. La billetera no estaba, supuse, en el sueño, que la tenía en algún lugar del equipaje. Le pregunté a un hombre del hotel con chaleco y moñito que me faltaba la porción de torta. Me dijo que enseguida me la preparaba para llevar. ¿Desde cuándo tan glotona yo? El despertador sonó y me desperté. Es raro que aparezcan dos días seguidos. Supongo que los miedos inconscientes se manifiestan de esta forma.
  Hoy tengo que cumplir el horario en el Liceo. No es habitual un lunes y menos hacer el recorrido a pie. Siempre lo hago así a la vuelta. Como tengo que observar con más detalle para escribir un texto, presto atención al tramo que va desde Calchines y Belgrano, por un lado, y Marcial Candioti y Avenida Alem, por el otro. No hay taller mecánico sino una obra en construcción con obreros en la puerta. La obra que pensé que estaba parada está por terminarse. Se ve que en estos días sacaron las chapas que la tapaban y ahora hay posibilidad de doblar la esquina Calchines y Marcial Candioti sin bajar a la vereda. Por Marcial Candioti veo un negocio con letras grandes, no sé qué vende. Se llama Casa Edel. La cabeza se disparó a un personaje olvidado en la memoria: la tutora Edelma de Segundo Año de la secundaria. Cómo la odié. Nos llamaba de a una en horas de clase para charlar sobre nuestras cosas. Como una boba le contaba lo poco que hacía fuera de clases; ir a Inglés durante el año y juntarme con mis amigas. Me preguntó si tenía novio. Le dije que más o menos, que andaba con un chico. Qué hace ella, llama a mis padres que van a la cita preocupados, pensando que tal vez yo estuviera metida en algo raro, supongo que alguna secta masónica o estuviera pensando en la vocación religiosa y ella ¿qué hace? Les cuenta que yo ando con un chico y que es medio secreto el asunto. –Pero nosotros sabíamos-le dice mi mamá. O sea que la muy buchona se ganaba nuestra confianza para justificar su cargo porque otra cosa no hacía más que “entrevistarnos”. Desde ese entonces me costó horrores sonreírle. Aprendí el oficio de la simulación. Para colmo de males, mi madre se atendía con el marido que era odontólogo. El consultorio estaba cerca de casa. No sé por qué termino sola, una tarde, ahí. ¿Que me molestaba una muela? No me acuerdo. Lo peor fue enterarme, cuando toqué el timbre, que la secretaria era…Edelma, o sea, la esposa del odontólogo, mi tutora, la buchona. El asunto no terminó en una sola consulta porque o bien estaba con la boca hecha una bolsa de caries o el marido tenía que pagar un plus de alquiler, lo cierto es que fui una vez por semana durante dos meses, sentándome en la sala de espera que a esa hora estaba vacía excepto por Edelma que no tenía otra cosa que hacer que mirar el techo y atender de vez en cuando el teléfono. Y yo, con cara de ángel cariado, decía para mis adentros: “Edelma buchona, algún día me las vas a cobrar” mientras hojeaba una revista para evitar tener que hablar con ella. Muchos años después me tocaría ser tutora a mí. Evidentemente, algo de esa experiencia me quedó porque nunca les pregunté nada a los chicos que no me quieran contar.
                                                                                        J.G.