La extranjera
La extranjera vino para quedarse. Dejó su
paraguas y la gorra de lana en mi cama. Le dije que no, que no puede vivir
conmigo, que bastante tengo con los gorriones en el baño. Hizo caso omiso a mis
súplicas. Abrió el armario y tiró las perchas. Desacomodó los cajones, arrugó
papeles. Y yo detrás, levantando y rogándole que se vaya. Ella feliz en su
desorden, dejando restos de vos como si fuera un triunfo. Por qué a mí, por qué
la extranjera en mi casa, enloqueciéndome. Como si fuera hija de los dioses,
imparte órdenes; me pide matecitos de menta, collares de muñeca antigua, plumas
de paloma para escribir cartas. Mi resignación la entusiasma. Por ahora abro la
ventana y respiro.
J.G.

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