III
Y yo te digo que el miedo es un espejismo,
que el collar de hilos de vocales
decae en su propio peso cuando amanece.
Es el manto de la noche y de las furias
las que muerden al pie de tu cama
mareándote en un remolino estéril.
El collar es tan hermoso.
Miralo bien,
huele a jazmines,
a hiedra joven.
Parece un saltimbanqui
susurrándote al oído.
Las palabras del collar dibujan
una línea serpenteante
en el cuello,
juguetean en la nuca,
más allá de la almohada.
Y es el collar el que me lleva
a la puerta del enigma
de tu angustia. Pero yo no tengo miedo
de enfrentar a la esfinge.
Serán los años en esta ciudad
abatida por las aguas,
erosionada por el olvido.
Me siento fuerte, invencible
en mi candor de luchadora
novata. Aún así, si ella,
la devoradora de sueños
se ensaña conmigo,
si se le antoja dejarme
amordazada, ausente
de palabras y de otros
símbolos, ¿estarás del otro
lado del abismo?
J.G.

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