IV
Las valquirias no resucitan a los muertos.
Guían las almas hasta Odín, a las tierras
de guerreros inmortales.
Tu valquiria en el círculo de fuego
cruza la línea y observa irreverente
al animal caído. Intuye que la muerte
es una trampa de los dioses. ¿Pretenderán
encadenarla al primitivo ritual
de las noches de luna llena?
La sospecha es una mordaza,
y ella huye. Azuza el caballo,
acomoda la lanza en la espalda.
¿Dónde quedó el collar de las palabras?
Retrocede. No puede dejarlo
al descuido de la luna.
Y yo te digo, aunque no creas, que la valquiria,
a pesar de su cansancio y de su miedo,
se atreverá a tocar a ese lobo muerto.
Arriesgará su escudo labrado,
su lanza, su caballo,
mojará las botas en la sangre oscura
de la bestia a sabiendas
de que el conjuro podría someterla
a un pacto indeseado.
Y ese gesto, femenino y desigual,
la conducirá a nuevas tierras.
Ella lo sabe.
J.G.

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