Los ángeles de Swedenborg.
Las que liman los días
con el trabajo de madre
no tienen lugar
en el cielo de Swedenborg.
Allí las almas
elegidas
gozan el pase libre
de esos campos
como los voluntarios
de green peace o cualquier ong.
Digo: para las mortales sufrientes,
¿no habrá un compartimento,
un cubículo reparador,
un pedacito de
cielo?
No. Apto únicamente
para ángeles austeros,
tristemente célibes
y asexuados
como inspectoras de tránsito.
En cambio, si yo tuviera un cielo,
entrarían sin restricciones
las desdibujadas
por las lágrimas y las asperezas,
por las dueñas de manos secas y leñosas,
por las encorvadas a falta de voluntades benignas.
Y si no pudiera acceder a
un cielo,
pediría permiso a los ángeles
de Swedenborg, con la promesa
de extensas charlas literarias,
un poco filosóficas,
por qué no.
Seríamos pocos,
ciertamente,
en las tertulias celestiales.
Filosofía y Letras,
entre otras leyendas,
me tienen nostálgica.
J.G.

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