Camino
a Esperanza.
El
año en que tía Mónica ganó el primer premio en el Salón de los Inmigrantes
de Esperanza viajé con ella. Era habitual que fuéramos juntas a los salones de
arte; desde pequeña, como un ritual de Navidad, presenciaba la apertura de la
Muestra Anual del Museo Rosa Galisteo. Ella había expuesto más de una vez en
ese Salón y había obtenido un par de premios. Con los años, los cuadros de los
expositores fueron acrecentando sus proporciones, al punto de que sólo
aceptaban los que cubrieran buena parte de la pared. Mi tía Mónica protestaba
porque su estética tendía, a mi entender, a la interioridad, a los juegos
oníricos, a lo siniestro. Su técnica tan minuciosa con la tinta o el lápiz,
demandaba horas y días. Sus cuadros no pretendían impactar visualmente, el
espectador debía descubrir en ellos las
figuras y las formas que el ojo atento podía ver paulatinamente. Nunca iban a ser cuadros de
enormes proporciones. Y por esta razón ya no la aceptaban en el Salón Anual.
Cuando me avisó que había ganado un premio me alegré,
se lo merecía. El día en que se iba a hacer
la entrega de las distinciones no tendría clases en la Facultad, estábamos en
receso. Coincidió que en aquel tiempo estaba haciendo unas prácticas docentes en
la Escuela de Artes Visuales Juan Mantovani. La docente nos había pedido a mi
compañera y a mí que preparásemos como tema el género lírico con el material
que tenían los alumnos. Cuando busqué los textos poéticos en el cuadernillo
comprobé, con satisfacción, que el primero que aparecía era “La invasión gringa”
de José Pedroni. Yo estaba leyendo Monsieur
Jaquin para esas clases; ir a Esperanza, a la ciudad del poeta, me ayudaría
con la preparación.
En la biblioteca de papá había un libro de
color turquesa, Gracia Plena, de
Pedroni. Según lo que recuerdo, papá lo había comprado cuando mamá estaba embarazada.
Tendría nueve o diez años cuando la maestra nos pidió que eligiéramos una
poesía para memorizar. El único libro que yo recuerdo haber hojeado a esa edad
era Platero y yo, por los dibujos,
que me atraían y porque era fácil encontrar en él los adjetivos que me pedían
de tarea. Inevitablemente me retrotraje
a mi infancia. “La monedita” fue el poema que había elegido de ese libro y decía más o
menos así: “La monedita del extraño sello/que cavando encontré,/se me perdió
anoche en el sendero/, busquéla y no la hallé/ Oh, no llores amor, porque
siguiendo las huellas de mis pies/habré de encontrarla como a ti te encuentro/donde
quiera que estés/Apenas salga el sol la monedita/de lejos se verá/porque sobre
la arena, amiga mía/como tú brillará.” Fui a la biblioteca de papá. Encontré el
libro y releí el poema; fue como estar en el banco de la escuela, recitándolo,
con orgullo, a la maestra. Me detuve en “La cuna”, que de niña imaginaba de
mimbre: “Trajeron la cuna. Ligera,/la entró mi ruidosa alegría;/ y sólo con
Dios en la espera/me puse a mecerla vacía.” O unos versos de “Hermano viento”:
“oh hermano, algún día sabré la palabra,/y entonces, sin cuerpo,/rondando
villajes, moviendo molinos,/cruzando desiertos,/con el nombre humilde que
quieran ponerme/seré un viento fresco”.
La combi salió temprano, en la tarde. A las
cinco comenzaría el acto de premiación. Nos acompañaban otros artistas
plásticos, conocidos de mi tía, también galardonados. No presté atención a sus
conversaciones. Por lo general, hablaban de temas laborales o de la escuela
Mantovani, que siempre tenía un problema de goteras o humedad. Cuando llegamos,
fue como si hubiésemos salteado un puente. Esperanza tiene el aura de las
ciudades del interior: fresca, luminosa, serena. Pareciera estar un poco
suspendida en el tiempo, como todas. Será porque no tiene edificios, ni tantos
autos o transportes. Sea invierno o verano las flores de los canteros de la
plaza principal permanecen expectantes, como si el frío no pudiera
marchitarlas. Llegamos a la Casa del Artista. Me detuve a ver el cuadro de mi
tía con la banderita en su nombre, que indicaba la distinción. Había algo en el
ambiente que nos unía, una sensación de hermandad, de respiro común. Lejos
estaban los ruidos de la otra ciudad, las distancias, los horarios, la rutina.
Sentí que allí importaba que todos ellos fueran artistas, y que el hecho de
serlo, allí, valía. Nos unía una misma sensibilidad, un mismo deseo de
emocionarnos por las mismas cosas. Yo tenía el libro de Pedroni en el bolso. Su
compañía me impulsaba a buscar, a mirar más allá de las ventanas, más allá de
la plaza y de la iglesia, los campos. Porque mucho de mí estaba en esa tierra,
en la tierra de mis abuelos. Como si tierra, campo, arado, trabajo, en la
poesía de don José, fueran una invitación al reencuentro con algo que yo
desconocía pero estaba latente. Había venido otra vez a Esperanza, de pequeña;
no recordaba bien el lugar, la familia, los nombres. Ahora, con el libro de
Pedroni en el bolso, cerca del costado izquierdo, todo se volvía emoción y
alegría.
Cuando terminó el acto de entrega de
premios tuvimos un breve refrigerio. Me
crucé un momento a la plaza principal. Caminé entre los chicos que corrían con
sus patines y bicicletas. Mi tía Mónica se acercó para avisarme que la combi
tenía un desperfecto y que la salida se iba a retrasar, que iba a llamar a
mamá, que la acompañe a un teléfono público. Caminamos dos, tres cuadras. Por
allí no había nada. El sol del invierno, hasta un rato antes, animoso en su
luz, se estaba yendo. Desandando el camino vimos un pequeño bar. Entramos. Allí
hablamos por teléfono. En la pared colgaba un retrato. Me acerqué, era el del
poeta. Pregunté si el lugar se llamaba como Pedroni. “No”- me dijeron-“acá
venía algunas tardes, conversaba con los vecinos mientras tomaba un cafecito o
leía el diario.”-¿Usted lo conoció?-pregunté- “Mi padre sí, yo era chico. En la
otra cuadra, para allá- dijo señalándome a la izquierda- está la casa. Todavía
vive la esposa, Elena.”- Yo quería ir hasta allá, entrar, hablar con ella. Pero
era tarde, había anochecido. Tuvimos que volver con el grupo. En el viaje de
vuelta recordé Esperanza como instantáneas luminosas y sencillas. Algo en mi
espíritu se había conmovido y abierto como una pequeña flor. No tenía las
palabras, todavía, pero ellas vendrían a darle forma y cauce a lo que había
sentido allí. Ellas, las palabras, me llevarían de la mano por los senderos no
vedados aunque desconocidos de la poesía, de la palabra poética. ¿Acaso yo,
podría escribir, podría escribir poesía? Estaba ante una situación nueva. Tuve
mis intentos, borradores que guardé
celosamente. Todavía no. No era el momento. Tendría que vivir un poco más,
madurar las experiencias, los silencios. Pero ella estaba allí, la poesía,
anidando su aflicción para convertirse en mariposa, como decía don José. Muchos
años después recordaría ese viaje, el atardecer en el bar, Elena y la casa, tan
cerca. Ahora ella, la poesía, revolotea inquieta y alegre cada vez que algo en
el aire se manifiesta como una emoción. Sorpresas del viaje.
J.G.
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