domingo, 19 de julio de 2015


Camino a Esperanza.

    El año en que tía Mónica ganó el primer premio en el Salón de los Inmigrantes de Esperanza viajé con ella. Era habitual que fuéramos juntas a los salones de arte; desde pequeña, como un ritual de Navidad, presenciaba la apertura de la Muestra Anual del Museo Rosa Galisteo. Ella había expuesto más de una vez en ese Salón y había obtenido un par de premios. Con los años, los cuadros de los expositores fueron acrecentando sus proporciones, al punto de que sólo aceptaban los que cubrieran buena parte de la pared. Mi tía Mónica protestaba porque su estética tendía, a mi entender, a la interioridad, a los juegos oníricos, a lo siniestro. Su técnica tan minuciosa con la tinta o el lápiz, demandaba horas y días. Sus cuadros no pretendían impactar visualmente, el espectador  debía descubrir en ellos las figuras y las formas que el ojo atento podía ver  paulatinamente. Nunca iban a ser cuadros de enormes proporciones. Y por esta razón ya no la aceptaban en el Salón Anual.

   Cuando  me avisó que había ganado un premio me alegré, se lo merecía. El día  en que se iba a hacer la entrega de las distinciones no tendría clases en la Facultad, estábamos en receso. Coincidió que en aquel tiempo estaba haciendo unas prácticas docentes en la Escuela de Artes Visuales Juan Mantovani. La docente nos había pedido a mi compañera y a mí que preparásemos como tema el género lírico con el material que tenían los alumnos. Cuando busqué los textos poéticos en el cuadernillo comprobé, con satisfacción, que el primero que aparecía era “La invasión gringa” de José Pedroni. Yo estaba leyendo Monsieur Jaquin para esas clases; ir a Esperanza, a la ciudad del poeta, me ayudaría con la preparación.

    En la biblioteca de papá había un libro de color turquesa, Gracia Plena, de Pedroni. Según lo que recuerdo, papá lo había comprado cuando mamá estaba embarazada. Tendría nueve o diez años cuando la maestra nos pidió que eligiéramos una poesía para memorizar. El único libro que yo recuerdo haber hojeado a esa edad era Platero y yo, por los dibujos, que me atraían y porque era fácil encontrar en él los adjetivos que me pedían de tarea.  Inevitablemente me retrotraje a mi infancia. “La monedita” fue el poema  que había elegido de ese libro y decía más o menos así: “La monedita del extraño sello/que cavando encontré,/se me perdió anoche en el sendero/, busquéla y no la hallé/ Oh, no llores amor, porque siguiendo las huellas de mis pies/habré de encontrarla como a ti te encuentro/donde quiera que estés/Apenas salga el sol la monedita/de lejos se verá/porque sobre la arena, amiga mía/como tú brillará.” Fui a la biblioteca de papá. Encontré el libro y releí el poema; fue como estar en el banco de la escuela, recitándolo, con orgullo, a la maestra. Me detuve en “La cuna”, que de niña imaginaba de mimbre: “Trajeron la cuna. Ligera,/la entró mi ruidosa alegría;/ y sólo con Dios en la espera/me puse a mecerla vacía.” O unos versos de “Hermano viento”: “oh hermano, algún día sabré la palabra,/y entonces, sin cuerpo,/rondando villajes, moviendo molinos,/cruzando desiertos,/con el nombre humilde que quieran ponerme/seré un viento fresco”.

    La combi salió temprano, en la tarde. A las cinco comenzaría el acto de premiación. Nos acompañaban otros artistas plásticos, conocidos de mi tía, también galardonados. No presté atención a sus conversaciones. Por lo general, hablaban de temas laborales o de la escuela Mantovani, que siempre tenía un problema de goteras o humedad. Cuando llegamos, fue como si hubiésemos salteado un puente. Esperanza tiene el aura de las ciudades del interior: fresca, luminosa, serena. Pareciera estar un poco suspendida en el tiempo, como todas. Será porque no tiene edificios, ni tantos autos o transportes. Sea invierno o verano las flores de los canteros de la plaza principal permanecen expectantes, como si el frío no pudiera marchitarlas. Llegamos a la Casa del Artista. Me detuve a ver el cuadro de mi tía con la banderita en su nombre, que indicaba la distinción. Había algo en el ambiente que nos unía, una sensación de hermandad, de respiro común. Lejos estaban los ruidos de la otra ciudad, las distancias, los horarios, la rutina. Sentí que allí importaba que todos ellos fueran artistas, y que el hecho de serlo, allí, valía. Nos unía una misma sensibilidad, un mismo deseo de emocionarnos por las mismas cosas. Yo tenía el libro de Pedroni en el bolso. Su compañía me impulsaba a buscar, a mirar más allá de las ventanas, más allá de la plaza y de la iglesia, los campos. Porque mucho de mí estaba en esa tierra, en la tierra de mis abuelos. Como si tierra, campo, arado, trabajo, en la poesía de don José, fueran una invitación al reencuentro con algo que yo desconocía pero estaba latente. Había venido otra vez a Esperanza, de pequeña; no recordaba bien el lugar, la familia, los nombres. Ahora, con el libro de Pedroni en el bolso, cerca del costado izquierdo, todo se volvía emoción y alegría.

     Cuando terminó el acto de entrega de premios tuvimos un breve refrigerio.  Me crucé un momento a la plaza principal. Caminé entre los chicos que corrían con sus patines y bicicletas. Mi tía Mónica se acercó para avisarme que la combi tenía un desperfecto y que la salida se iba a retrasar, que iba a llamar a mamá, que la acompañe a un teléfono público. Caminamos dos, tres cuadras. Por allí no había nada. El sol del invierno, hasta un rato antes, animoso en su luz, se estaba yendo. Desandando el camino vimos un pequeño bar. Entramos. Allí hablamos por teléfono. En la pared colgaba un retrato. Me acerqué, era el del poeta. Pregunté si el lugar se llamaba como Pedroni. “No”- me dijeron-“acá venía algunas tardes, conversaba con los vecinos mientras tomaba un cafecito o leía el diario.”-¿Usted lo conoció?-pregunté- “Mi padre sí, yo era chico. En la otra cuadra, para allá- dijo señalándome a la izquierda- está la casa. Todavía vive la esposa, Elena.”- Yo quería ir hasta allá, entrar, hablar con ella. Pero era tarde, había anochecido. Tuvimos que volver con el grupo. En el viaje de vuelta recordé Esperanza como instantáneas luminosas y sencillas. Algo en mi espíritu se había conmovido y abierto como una pequeña flor. No tenía las palabras, todavía, pero ellas vendrían a darle forma y cauce a lo que había sentido allí. Ellas, las palabras, me llevarían de la mano por los senderos no vedados aunque desconocidos de la poesía, de la palabra poética. ¿Acaso yo, podría escribir, podría escribir poesía? Estaba ante una situación nueva. Tuve mis intentos,  borradores que guardé celosamente. Todavía no. No era el momento. Tendría que vivir un poco más, madurar las experiencias, los silencios. Pero ella estaba allí, la poesía, anidando su aflicción para convertirse en mariposa, como decía don José. Muchos años después recordaría ese viaje, el atardecer en el bar, Elena y la casa, tan cerca. Ahora ella, la poesía, revolotea inquieta y alegre cada vez que algo en el aire se manifiesta como una emoción. Sorpresas del viaje.                  
                                                                                      J.G.                             
 

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