La esfinge
Mientras camino
veo esfinges en todas partes o será
que la duda me persigue
como las baldosas rotas,
no sé cuántas crucé
hoy, silbándome en las ochavas,
mordisqueándome los
talones como los perros
vagabundos enardecidos
con cuanto auto
se le cruza en sus
límites. Hay una que entiende
mis angustias, me
detiene en la esquina de la estación
de servicio, enlaza su cola entre mis piernas y
me pregunta una, dos y
tres veces lo que no sé.
Tendré que releer a los
clásicos,
hacerme ovillo como los
osos en invierno,
consultar a Platón con
el alma doblada en cuatro,
a mano el diccionario
filosófico.
Y si aún el enigma sigue ahí
esperando como un
lamento, tendré que recurrir
a las flores del
naranjo o los jazmines del aire de la vieja
casona del boulevard,
desprender hojitas de los paraísos,
y sentarme en cuclillas
como las machis ancestrales
mirando al este donde
declina la laguna.
Posiblemente aparezcan dos o tres opciones
abiertas
como los abanicos,
prestas a jugar con mi razón y la paciencia
de la esfinge; tal vez
ella elija la piedad a su posible autodestrucción;
a quién irá con
acertijos de gitana si no es a una, disponible full time
a la imaginería, esa
telaraña de ausencias,
bálsamo de las horas.
J.G.
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| Esfinge griega |

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