La joven Silvina acomoda otra vez la hoja
en el atril, el banquito le molesta. Prefiere bosquejar parada pero necesita
aire. París está húmeda hoy, y el atelier huele a encierro. Su maestro Giorgio
no es muy limpio ni ordenado y si bien la joven Silvina se adapta al ambiente,
la humedad la perturba, necesita respirar el aire de la calle. Llegó hace dos
meses para aprender dibujo con el maestro Giorgio. Insistió a su madre para que
la deje vivir una temporada en París para formarse, visitar los museos, aprender.
París no es una novedad, con sus padres y hermanas hizo varios viajes. Claro
que no es lo mismo venir con la familia que estar sola. Prometió que iba vivir
con sus tíos paternos y no en esas pensiones de mala muerte para jóvenes
estudiantes. Las señoritas bien viven con la familia. Las recomendaciones
fueron y vinieron como hamacas de plaza durante tres meses hasta que el viaje
se concretó. Por primera vez viajó sola. Ahora sí podría sentir el arte como lo
intuyó en su adolescencia entre los intersticios de una educación severa. Siempre
le atrajo el dibujo, las artes, la pintura. De niña pedía para Navidad cajas de
lápices de colores, carbonilla y hojas, muchas hojas para sus dibujos. En su
infancia retrató a su madre y a sus hermanas. También retrató a las mujeres del
piso de arriba, a Elsa, en especial, cuando planchaba porque estaba quieta de
perfil y es lo que ella necesitaba para dibujar. También retrató a un par de
primos en su adolescencia, pero a ésos los tenía escondidos.
París es la ciudad del arte y la poesía y
ella está en París pero no entiende por qué la inspiración no viene, por qué
tiene que buscarla. Será porque el maestro Giorgio es callado, estricto,
impávido. Todo lo contrario a lo que la joven Silvina esperaba de un maestro.
Cuando venga tendrá que mostrarle lo trabajado. Intenta con una naturaleza
muerta. La manzana se parece a una pelota de tenis, las uvas, a cuentas de un
rosario, el vaso y la botella a palos de golf, cualquier cosa menos lo que son.
A veces sucede: los objetos se deforman en su trazo, no son lo que ella quiere
que sean. Tal vez su maestro no la juzgue duramente; el surrealismo dá para
todo, piensa. En cambio cuando escribe,
las palabras vienen a su cabeza como ágiles mariposas, se posan alegres en la
hoja, cada una sabe dónde, no les tiene que dar indicaciones. Disfruta muchísimo
el proceso de escritura. Cuando comienza a escribir se siente a gusto, segura,
feliz y acompañada consigo misma y con el texto, sea un cuento o un poema. No
tiene que batallar con tantos instrumentos como con el dibujo. Más de una vez
se planteó que su vocación no son las artes visuales sino la escritura.
La joven Silvina, deja la carbonilla un
momento y va a abrir la ventana del atelier. El encierro la ahoga. Mientras respira
esa humedad pegajosa aunque parisina, la inquietud se le mete entre los dedos.
Cada vez que una emoción fuerte la sacude la siente en los nudillos de las
manos. Es involuntario y no lo puede manejar. Como se conoce, la joven Silvina
sabe que son momentos clave. Tendrá que tomar una decisión. Mira el reloj
pulsera, falta media hora todavía para que llegue su maestro Giorgio. Tal vez
no lo espere, no le mostrará nada hoy, dejará para mañana la carbonilla, la
naturaleza muerta o lo que sea que tenga que dibujar. Necesita caminar por
París, detenerse en esas calles tan lindas como la Rue de la Bucherie o la Rue
de Buci…dejarse llevar. La llovizna le humedece el pelo. Levanta un poco más el
impermeable, alcanza a ver que quedaron las marcas negras de sus dedos en la
prenda. Olvidó limpiarse con el trapo.

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