El piso de arriba
La niña Silvina acomoda en los bolsillos de
su vestido objetos pequeños: alfileres, hilos de varios colores, una madeja
pequeña de lana, botones, una cajita con agujas (la de crochet la tiene Erminda).
Es temprano en la mañana, sus hermanas no salieron de sus dormitorios. Ella
prefiere desayunar en la cocina, al calor de las hornallas de la cocina. Las
tostadas saben mejor ahí, cerca del fuego. Ser la menor de cinco hermanas tiene
sus ventajas: puede desaparecer un buen rato en ese caserón de varios pisos que
nadie se da cuenta. Alrededor de las nueve trepa los escalones; de dos en dos
es más rápido, pero llega agitada. En el piso de arriba, el último de la casa,
está el cuarto de servicio. Allí se acomoda la ropa limpia, se plancha, se
ordena la ropa en pilas de acuerdo con su dueño o lo que va para cada cuarto.
También se cose y se mide la ropa cuando viene la modista a hacer nuevos
vestidos.
En el piso de arriba trabajan muchas
mujeres: Erminda es la mucama más antigua, atiende a la madre y a las dos
hermanas mayores. Ana remienda y zurce la ropa de toda la familia y ayuda a la
modista con su trabajo cuando las visita. Elsa plancha la ropa, a veces la
ayuda Ana. Los demás están abajo, en la cocina. Con Elsa la niña Silvina es muy
traviesa, se acomoda debajo de la tabla de planchar y le hace cosquillas en los
tobillos. Elsa pega un alarido porque cree que es una araña, de las grandes, y
como la ropa cuelga de ambos lados no puede ver a la niña que aprovecha el
escondite para escribirle palabras en las pantorrillas, claro que tiene que
subirle el vestido y bajarle las medias de algodón rústico. Esa mañana Silvina
va decidida a aprender a coser vestidos. Vio que la modista de su madre tiene
moldes de papel surcado de líneas y números. Ella quiere hacer lo mismo.
Encuentra papel manteca en una repisa, lo estira en el piso y con un lápiz va
trazando esas líneas que se parecen a rieles tímidos y circunspectos. Probará
primero una medida pequeña para su muñeca de medio metro. La vestirá como una
reina de carnaval veneciano con máscara incluida que hará con cartón. No se
anima con porcelana todavía pero la pintará de muchos colores porque también le
gusta pintar. Mientras recorta el molde, escucha que las mujeres hablan en voz
baja. Presta atención, el ánimo no es como el de todos los días en que
canturrean canciones populares que a Silvina le fascinan. Entiende que algo
pasa con una de sus hermanas, Clarita, que los remedios no la curan. Ella vio
que el doctor Ibáñez vino todos los días desde la última semana; se encierra
con su madre en el cuarto de Clarita por un rato y luego se va. Pero su mamá no
le ha dicho nada, ni sus hermanas, ni siquiera Clarita. Esa tarde se propone
averiguar qué está pasando con su hermana que no sale de su cuarto.
Esa noche hay barullo en la casa,
no es común. Por lo general, después de la cena y de una breve sobremesa en la
que se lee en inglés y francés un poema en voz alta o alguna de sus hermanas
mayores toca el piano, se van todos a dormir. Hace unas noches que no se toca
el piano ni se lee en voz alta. A ella que es la más chica la mandan primero a
su dormitorio. Antes de que Clarita se enfermara dormían juntas. A la niña
Silvina le gustaba que su hermana le leyera cuentos, en especial de los
Hermanos Grimm. Pero ahora duerme sola con sus muñecas. Prefiere que la más
chiquita duerma con ella porque si se caen de la cama se rompen y no quiere ver
que sus muñecas tengan una pierna o un brazo menos o la cara rota. Con tanto
barullo no puede dormir. Abre la puerta y se asoma al pasillo a ver qué pasa.
Ve que su madre es acompañada por su hermana mayor a otra sala. Está llorando.
Otras personas entran en el cuarto de Clarita y cierran la puerta. No sabe qué
pasa. Entonces prefiere rezarle a la Virgen de los Dolores para que cuide a su
hermana. Tiene miedo de que Dios la castigue por las travesuras que le hizo ese
día a Elsa en el piso de arriba y recita más oraciones. Así se va adormeciendo
hasta que el sueño la vence.
Cuando se levanta, tarde, ve en
el salón principal que su madre está recibiendo visitas. Está vestida de negro,
pocas veces la vio así. Las demás mujeres de la casa están con el rostro adusto
y los ojos pequeños e hinchados. Así como está, en camisón y sin pantuflas, corre
a abrazar a su madre. “¿Sabías que Clarita se fue al cielo?”, le dice su madre
que la mira como si no la reconociera, como si en esos días se hubiese olvidado
de aquella hija escurridiza. La niña Silvina no dice nada, una emoción le sube
a la garganta. La única vez que le mencionaron que alguien se iba al cielo fue
cuando murió Renzo, el perro de su padre. Ella era muy chica, jugaba a montarlo
como a un pony en el jardín de la casa de San Isidro, en el verano. La niña
Silvina suelta a su madre y corre hacia las escaleras. Un impulso la lleva al
piso de arriba, donde las mujeres preparan nerviosas la ropa que la familia
usará para el entierro. No hablan casi, solo para darse mutuamente consignas
breves. Cuando la ven le piden que baje, que se vista, que se va a resfriar sin
chinelas ni mañanita encima, que hoy no es un día para estar jugando allí,
entre la ropa. Pero Silvina no hace caso. La emoción que siente la planta entre
el armario de la ropa y la ventana. Se acurruca y cierra los ojos. Quiere
sentir el frío en los pies, el temblor entre los nudillos de las manos, la
respiración agitada. Se le vienen a la cabeza nanas en inglés que canturrea
para adentro, para que no la oigan. Y entre las rimas aparecen palabras de las
otras, preguntas que se hace siempre pero olvida a propósito, palabras como
“muerte”, “espejo”, “la nada”, “vacío” que la empujan a una zona oscura,
vertiginosa, como si un remolino la llevara a lo más alto de un precipicio y
ella no supiera cómo es que llegó hasta allí y cómo salir. Las mujeres en el
piso no están llorando, en cambio las de abajo, su madre, sus tías, sus
hermanas, sí. Todavía no puede llorar, no le sale, siente miedo, se siente sola
en esa casa llena de gente. Muchas horas después, pasado el mediodía, la
buscarán por toda la casa para que se cambie, le pondrán un cinto de seda negro
en la cintura en signo de duelo. Le dirán que es por Clarita y entonces sí,
llorará, llorará como sus hermanas, como su madre, como sus tías.
Jorgelina Garrote. Escenas imaginarias de la vida de Silvina Ocampo.
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