miércoles, 15 de abril de 2015

Silvina en su laberinto (I)


El piso de arriba

    La niña Silvina acomoda en los bolsillos de su vestido objetos pequeños: alfileres, hilos de varios colores, una madeja pequeña de lana, botones, una cajita con agujas (la de crochet la tiene Erminda). Es temprano en la mañana, sus hermanas no salieron de sus dormitorios. Ella prefiere desayunar en la cocina, al calor de las hornallas de la cocina. Las tostadas saben mejor ahí, cerca del fuego. Ser la menor de cinco hermanas tiene sus ventajas: puede desaparecer un buen rato en ese caserón de varios pisos que nadie se da cuenta. Alrededor de las nueve trepa los escalones; de dos en dos es más rápido, pero llega agitada. En el piso de arriba, el último de la casa, está el cuarto de servicio. Allí se acomoda la ropa limpia, se plancha, se ordena la ropa en pilas de acuerdo con su dueño o lo que va para cada cuarto. También se cose y se mide la ropa cuando viene la modista a hacer nuevos vestidos.

    En el piso de arriba trabajan muchas mujeres: Erminda es la mucama más antigua, atiende a la madre y a las dos hermanas mayores. Ana remienda y zurce la ropa de toda la familia y ayuda a la modista con su trabajo cuando las visita. Elsa plancha la ropa, a veces la ayuda Ana. Los demás están abajo, en la cocina. Con Elsa la niña Silvina es muy traviesa, se acomoda debajo de la tabla de planchar y le hace cosquillas en los tobillos. Elsa pega un alarido porque cree que es una araña, de las grandes, y como la ropa cuelga de ambos lados no puede ver a la niña que aprovecha el escondite para escribirle palabras en las pantorrillas, claro que tiene que subirle el vestido y bajarle las medias de algodón rústico. Esa mañana Silvina va decidida a aprender a coser vestidos. Vio que la modista de su madre tiene moldes de papel surcado de líneas y números. Ella quiere hacer lo mismo. Encuentra papel manteca en una repisa, lo estira en el piso y con un lápiz va trazando esas líneas que se parecen a rieles tímidos y circunspectos. Probará primero una medida pequeña para su muñeca de medio metro. La vestirá como una reina de carnaval veneciano con máscara incluida que hará con cartón. No se anima con porcelana todavía pero la pintará de muchos colores porque también le gusta pintar. Mientras recorta el molde, escucha que las mujeres hablan en voz baja. Presta atención, el ánimo no es como el de todos los días en que canturrean canciones populares que a Silvina le fascinan. Entiende que algo pasa con una de sus hermanas, Clarita, que los remedios no la curan. Ella vio que el doctor Ibáñez vino todos los días desde la última semana; se encierra con su madre en el cuarto de Clarita por un rato y luego se va. Pero su mamá no le ha dicho nada, ni sus hermanas, ni siquiera Clarita. Esa tarde se propone averiguar qué está pasando con su hermana que no sale de su cuarto.

 

   Esa noche hay barullo en la casa, no es común. Por lo general, después de la cena y de una breve sobremesa en la que se lee en inglés y francés un poema en voz alta o alguna de sus hermanas mayores toca el piano, se van todos a dormir. Hace unas noches que no se toca el piano ni se lee en voz alta. A ella que es la más chica la mandan primero a su dormitorio. Antes de que Clarita se enfermara dormían juntas. A la niña Silvina le gustaba que su hermana le leyera cuentos, en especial de los Hermanos Grimm. Pero ahora duerme sola con sus muñecas. Prefiere que la más chiquita duerma con ella porque si se caen de la cama se rompen y no quiere ver que sus muñecas tengan una pierna o un brazo menos o la cara rota. Con tanto barullo no puede dormir. Abre la puerta y se asoma al pasillo a ver qué pasa. Ve que su madre es acompañada por su hermana mayor a otra sala. Está llorando. Otras personas entran en el cuarto de Clarita y cierran la puerta. No sabe qué pasa. Entonces prefiere rezarle a la Virgen de los Dolores para que cuide a su hermana. Tiene miedo de que Dios la castigue por las travesuras que le hizo ese día a Elsa en el piso de arriba y recita más oraciones. Así se va adormeciendo hasta que el sueño la vence.

    Cuando se levanta, tarde, ve en el salón principal que su madre está recibiendo visitas. Está vestida de negro, pocas veces la vio así. Las demás mujeres de la casa están con el rostro adusto y los ojos pequeños e hinchados. Así como está, en camisón y sin pantuflas, corre a abrazar a su madre. “¿Sabías que Clarita se fue al cielo?”, le dice su madre que la mira como si no la reconociera, como si en esos días se hubiese olvidado de aquella hija escurridiza. La niña Silvina no dice nada, una emoción le sube a la garganta. La única vez que le mencionaron que alguien se iba al cielo fue cuando murió Renzo, el perro de su padre. Ella era muy chica, jugaba a montarlo como a un pony en el jardín de la casa de San Isidro, en el verano. La niña Silvina suelta a su madre y corre hacia las escaleras. Un impulso la lleva al piso de arriba, donde las mujeres preparan nerviosas la ropa que la familia usará para el entierro. No hablan casi, solo para darse mutuamente consignas breves. Cuando la ven le piden que baje, que se vista, que se va a resfriar sin chinelas ni mañanita encima, que hoy no es un día para estar jugando allí, entre la ropa. Pero Silvina no hace caso. La emoción que siente la planta entre el armario de la ropa y la ventana. Se acurruca y cierra los ojos. Quiere sentir el frío en los pies, el temblor entre los nudillos de las manos, la respiración agitada. Se le vienen a la cabeza nanas en inglés que canturrea para adentro, para que no la oigan. Y entre las rimas aparecen palabras de las otras, preguntas que se hace siempre pero olvida a propósito, palabras como “muerte”, “espejo”, “la nada”, “vacío” que la empujan a una zona oscura, vertiginosa, como si un remolino la llevara a lo más alto de un precipicio y ella no supiera cómo es que llegó hasta allí y cómo salir. Las mujeres en el piso no están llorando, en cambio las de abajo, su madre, sus tías, sus hermanas, sí. Todavía no puede llorar, no le sale, siente miedo, se siente sola en esa casa llena de gente. Muchas horas después, pasado el mediodía, la buscarán por toda la casa para que se cambie, le pondrán un cinto de seda negro en la cintura en signo de duelo. Le dirán que es por Clarita y entonces sí, llorará, llorará como sus hermanas, como su madre, como sus tías.
                                  Jorgelina Garrote. Escenas imaginarias de la vida de Silvina Ocampo.





 

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