martes, 28 de abril de 2015

Silvina en su laberinto (II)

Naturaleza muerta.
   La joven Silvina acomoda otra vez la hoja en el atril, el banquito le molesta. Prefiere bosquejar parada pero necesita aire. París está húmeda hoy, y el atelier huele a encierro. Su maestro Giorgio no es muy limpio ni ordenado y si bien la joven Silvina se adapta al ambiente, la humedad la perturba, necesita respirar el aire de la calle. Llegó hace dos meses para aprender dibujo con el maestro Giorgio. Insistió a su madre para que la deje vivir una temporada en París para formarse, visitar los museos, aprender. París no es una novedad, con sus padres y hermanas hizo varios viajes. Claro que no es lo mismo venir con la familia que estar sola. Prometió que iba vivir con sus tíos paternos y no en esas pensiones de mala muerte para jóvenes estudiantes. Las señoritas bien viven con la familia. Las recomendaciones fueron y vinieron como hamacas de plaza durante tres meses hasta que el viaje se concretó. Por primera vez viajó sola. Ahora sí podría sentir el arte como lo intuyó en su adolescencia entre los intersticios de una educación severa. Siempre le atrajo el dibujo, las artes, la pintura. De niña pedía para Navidad cajas de lápices de colores, carbonilla y hojas, muchas hojas para sus dibujos. En su infancia retrató a su madre y a sus hermanas. También retrató a las mujeres del piso de arriba, a Elsa, en especial, cuando planchaba porque estaba quieta de perfil y es lo que ella necesitaba para dibujar. También retrató a un par de primos en su adolescencia, pero a ésos los tenía escondidos.
    París es la ciudad del arte y la poesía y ella está en París pero no entiende por qué la inspiración no viene, por qué tiene que buscarla. Será porque el maestro Giorgio es callado, estricto, impávido. Todo lo contrario a lo que la joven Silvina esperaba de un maestro. Cuando venga tendrá que mostrarle lo trabajado. Intenta con una naturaleza muerta. La manzana se parece a una pelota de tenis, las uvas, a cuentas de un rosario, el vaso y la botella a palos de golf, cualquier cosa menos lo que son. A veces sucede: los objetos se deforman en su trazo, no son lo que ella quiere que sean. Tal vez su maestro no la juzgue duramente; el surrealismo dá para todo, piensa.  En cambio cuando escribe, las palabras vienen a su cabeza como ágiles mariposas, se posan alegres en la hoja, cada una sabe dónde, no les tiene que dar indicaciones. Disfruta muchísimo el proceso de escritura. Cuando comienza a escribir se siente a gusto, segura, feliz y acompañada consigo misma y con el texto, sea un cuento o un poema. No tiene que batallar con tantos instrumentos como con el dibujo. Más de una vez se planteó que su vocación no son las artes visuales sino la escritura.
  La joven Silvina, deja la carbonilla un momento y va a abrir la ventana del atelier. El encierro la ahoga. Mientras respira esa humedad pegajosa aunque parisina, la inquietud se le mete entre los dedos. Cada vez que una emoción fuerte la sacude la siente en los nudillos de las manos. Es involuntario y no lo puede manejar. Como se conoce, la joven Silvina sabe que son momentos clave. Tendrá que tomar una decisión. Mira el reloj pulsera, falta media hora todavía para que llegue su maestro Giorgio. Tal vez no lo espere, no le mostrará nada hoy, dejará para mañana la carbonilla, la naturaleza muerta o lo que sea que tenga que dibujar. Necesita caminar por París, detenerse en esas calles tan lindas como la Rue de la Bucherie o la Rue de Buci…dejarse llevar. La llovizna le humedece el pelo. Levanta un poco más el impermeable, alcanza a ver que quedaron las marcas negras de sus dedos en la prenda. Olvidó limpiarse con el trapo.

                          Jorgelina Garrote. Escenas imaginarias de la vida de Silvina Ocampo.4





miércoles, 22 de abril de 2015


Vivo en lo invisible,
y no es decir, vivo escondida en un páramo,
atrayendo ardillas huérfanas y flores de loto.
Vivo una esencia tenue, incólume, que franquea
murallas como mordazas,
innecesarias en el devenir de los días.

Vivir lo invisible no es vivir siendo invisible
en el vértigo o el abismo;
absorbo cada sentir silencioso, elixir de pureza
no siempre blanca, no siempre efímera,
que anuda y envuelve el presente con el pasado,
y con el sentir excitante de lo que vendrá.

Lo invisible me agrada, me encanta, me enloquece,

a veces, en la coordenada  entre el sentido y el sinsentido:

y es entonces cuando el respiro se agita y me detengo;

partes en mí se rebelan, no escapan a cuencas palabras

que rumian envilecidas;

quiero absorber toda esencia vital,

reencarnarme en mí misma, siempre.

                                                   J.G.





 

 

 

 

sábado, 18 de abril de 2015

Tributo a Ernesto Cardenal y a Silvina Ocampo

ORACIÓN POR SILVINA OCAMPO

Señor, Tú que ves desde lo alto a los hombres
en su miserable y sublime condición, mira a esta mujer

llamada Silvina Ocampo, sexta hija de una familia poderosamente
rica a quien dotaste del don de la inteligencia y de la profecía,  
oculta a su gusto en los caserones y departamentos que la abundancia le dio en el esplendor de su clase,


y que favoreció la suavidad de sus manos que no conocieron el agua fría al lavar los platos ni sufrieron las asperezas propias del barrido matinal;

atiende a la clarividente que soportó durante años el mote de “feíta” por cuanta señora bien del Jockey Club y que jamás leyeron sus cuentos y poemas

ni mantuvieron con ella una mínima conversación. Su amigo Borges, para algunos “el ciego a secas”, admiraba su genio.
Mira con bondad a esta mujer que padeció la espera, sentada en el sillón de su living impecablemente ordenando, la vuelta de su cónyuge.

Oh Dios, no hay nada peor que sentirse traicionado y ser consciente de la realidad en su devenir, y por esto mismo,

acoge a Silvina que enfermó de Alzheimer, que aceptó la pérdida de todo aquello que naturalmente le diste y le quitaste,

siéntala entre los elegidos del orbe celeste, un poco más cerca de Borges, de Homero y de Shakespeare, que de los escritores de vanguardia, (no vendría mal una banca femenina entre tantos ilustres de la literatura universal),

permite que su espíritu siga traduciendo a Emily, que sus bromas se escuchen como las noticias del día

y que sus retratos puedan exhibirse en las paredes de tu cuarto como los del Vaticano, pero más puros que aquéllos.

Y si Adolfito llama e insiste en hablar con ella, oh Dios, ¡atiende tú el teléfono!
 
                                                                                                                        J.G.



                                                                                    


















miércoles, 15 de abril de 2015

Silvina en su laberinto (I)


El piso de arriba

    La niña Silvina acomoda en los bolsillos de su vestido objetos pequeños: alfileres, hilos de varios colores, una madeja pequeña de lana, botones, una cajita con agujas (la de crochet la tiene Erminda). Es temprano en la mañana, sus hermanas no salieron de sus dormitorios. Ella prefiere desayunar en la cocina, al calor de las hornallas de la cocina. Las tostadas saben mejor ahí, cerca del fuego. Ser la menor de cinco hermanas tiene sus ventajas: puede desaparecer un buen rato en ese caserón de varios pisos que nadie se da cuenta. Alrededor de las nueve trepa los escalones; de dos en dos es más rápido, pero llega agitada. En el piso de arriba, el último de la casa, está el cuarto de servicio. Allí se acomoda la ropa limpia, se plancha, se ordena la ropa en pilas de acuerdo con su dueño o lo que va para cada cuarto. También se cose y se mide la ropa cuando viene la modista a hacer nuevos vestidos.

    En el piso de arriba trabajan muchas mujeres: Erminda es la mucama más antigua, atiende a la madre y a las dos hermanas mayores. Ana remienda y zurce la ropa de toda la familia y ayuda a la modista con su trabajo cuando las visita. Elsa plancha la ropa, a veces la ayuda Ana. Los demás están abajo, en la cocina. Con Elsa la niña Silvina es muy traviesa, se acomoda debajo de la tabla de planchar y le hace cosquillas en los tobillos. Elsa pega un alarido porque cree que es una araña, de las grandes, y como la ropa cuelga de ambos lados no puede ver a la niña que aprovecha el escondite para escribirle palabras en las pantorrillas, claro que tiene que subirle el vestido y bajarle las medias de algodón rústico. Esa mañana Silvina va decidida a aprender a coser vestidos. Vio que la modista de su madre tiene moldes de papel surcado de líneas y números. Ella quiere hacer lo mismo. Encuentra papel manteca en una repisa, lo estira en el piso y con un lápiz va trazando esas líneas que se parecen a rieles tímidos y circunspectos. Probará primero una medida pequeña para su muñeca de medio metro. La vestirá como una reina de carnaval veneciano con máscara incluida que hará con cartón. No se anima con porcelana todavía pero la pintará de muchos colores porque también le gusta pintar. Mientras recorta el molde, escucha que las mujeres hablan en voz baja. Presta atención, el ánimo no es como el de todos los días en que canturrean canciones populares que a Silvina le fascinan. Entiende que algo pasa con una de sus hermanas, Clarita, que los remedios no la curan. Ella vio que el doctor Ibáñez vino todos los días desde la última semana; se encierra con su madre en el cuarto de Clarita por un rato y luego se va. Pero su mamá no le ha dicho nada, ni sus hermanas, ni siquiera Clarita. Esa tarde se propone averiguar qué está pasando con su hermana que no sale de su cuarto.

 

   Esa noche hay barullo en la casa, no es común. Por lo general, después de la cena y de una breve sobremesa en la que se lee en inglés y francés un poema en voz alta o alguna de sus hermanas mayores toca el piano, se van todos a dormir. Hace unas noches que no se toca el piano ni se lee en voz alta. A ella que es la más chica la mandan primero a su dormitorio. Antes de que Clarita se enfermara dormían juntas. A la niña Silvina le gustaba que su hermana le leyera cuentos, en especial de los Hermanos Grimm. Pero ahora duerme sola con sus muñecas. Prefiere que la más chiquita duerma con ella porque si se caen de la cama se rompen y no quiere ver que sus muñecas tengan una pierna o un brazo menos o la cara rota. Con tanto barullo no puede dormir. Abre la puerta y se asoma al pasillo a ver qué pasa. Ve que su madre es acompañada por su hermana mayor a otra sala. Está llorando. Otras personas entran en el cuarto de Clarita y cierran la puerta. No sabe qué pasa. Entonces prefiere rezarle a la Virgen de los Dolores para que cuide a su hermana. Tiene miedo de que Dios la castigue por las travesuras que le hizo ese día a Elsa en el piso de arriba y recita más oraciones. Así se va adormeciendo hasta que el sueño la vence.

    Cuando se levanta, tarde, ve en el salón principal que su madre está recibiendo visitas. Está vestida de negro, pocas veces la vio así. Las demás mujeres de la casa están con el rostro adusto y los ojos pequeños e hinchados. Así como está, en camisón y sin pantuflas, corre a abrazar a su madre. “¿Sabías que Clarita se fue al cielo?”, le dice su madre que la mira como si no la reconociera, como si en esos días se hubiese olvidado de aquella hija escurridiza. La niña Silvina no dice nada, una emoción le sube a la garganta. La única vez que le mencionaron que alguien se iba al cielo fue cuando murió Renzo, el perro de su padre. Ella era muy chica, jugaba a montarlo como a un pony en el jardín de la casa de San Isidro, en el verano. La niña Silvina suelta a su madre y corre hacia las escaleras. Un impulso la lleva al piso de arriba, donde las mujeres preparan nerviosas la ropa que la familia usará para el entierro. No hablan casi, solo para darse mutuamente consignas breves. Cuando la ven le piden que baje, que se vista, que se va a resfriar sin chinelas ni mañanita encima, que hoy no es un día para estar jugando allí, entre la ropa. Pero Silvina no hace caso. La emoción que siente la planta entre el armario de la ropa y la ventana. Se acurruca y cierra los ojos. Quiere sentir el frío en los pies, el temblor entre los nudillos de las manos, la respiración agitada. Se le vienen a la cabeza nanas en inglés que canturrea para adentro, para que no la oigan. Y entre las rimas aparecen palabras de las otras, preguntas que se hace siempre pero olvida a propósito, palabras como “muerte”, “espejo”, “la nada”, “vacío” que la empujan a una zona oscura, vertiginosa, como si un remolino la llevara a lo más alto de un precipicio y ella no supiera cómo es que llegó hasta allí y cómo salir. Las mujeres en el piso no están llorando, en cambio las de abajo, su madre, sus tías, sus hermanas, sí. Todavía no puede llorar, no le sale, siente miedo, se siente sola en esa casa llena de gente. Muchas horas después, pasado el mediodía, la buscarán por toda la casa para que se cambie, le pondrán un cinto de seda negro en la cintura en signo de duelo. Le dirán que es por Clarita y entonces sí, llorará, llorará como sus hermanas, como su madre, como sus tías.
                                  Jorgelina Garrote. Escenas imaginarias de la vida de Silvina Ocampo.





 

lunes, 13 de abril de 2015

Verano

Ha reaparecido la mujer de ojos entreabiertos
y de cuerpo concentrado, andando por la calle.
Ha mirado de frente, tendiendo la mano
en la calle inmóvil. Todo ha vuelto a resurgir.

En la luz inmóvil del día lejano
se ha quebrado el recuerdo. La mujer ha alzado
la frente sencilla y su mirada de entonces
ha reaparecido. Se ha tendido la mano hacia la mano
y el apretón angustioso era el mismo de entonces.
Todo ha recobrado colores y vida
con la mirada concentrada, con la boca entreabierta.

Ha regresado la angustia de días lejanos
cuando un inesperado e inmóvil estío
de colores y tibiezas emergía ante las miradas
de aquellos ojos sumisos. Ha regresado la angustia
que ninguna dulzura de labios abiertos
puede mitigar. Se cobija, fríamente,
en aquellos ojos, un inmóvil cielo.
Era tranquilo el recuerdo
bajo la luz sumisa del tiempo, era un dócil
moribundo para quien ya la ventana se aniebla y desaparece.
Se ha quebrado el recuerdo. El apretón angustioso
de la leve mano ha vuelto a encender los colores,
el verano y las tibiezas bajo el vívido cielo.
Pero la boca entreabierta y las miradas sumisas
no dan vida más que a un duro, inhumano silencio.
                                         Cesare Pavese
                                               Versión de Carles José i Solsora
                                                   


sábado, 11 de abril de 2015


                                                                                           “Entonces te despiertas, y te vuelves”. Ray Bradbury

                                                                                                   
Entonces me despierto y me repliego como quien
se despereza pero al revés. Tonto ritual aunque inocuo.
Es que así plumereo restos de las otras que alguna vez
se han quedado como inquilinas en mi cuerpo, sin permiso;
y así me han traspapelado sentires y temores.
Pero el éxtasis, al que llego en la limpieza,
tan efímero e intenso, apenas transparente,
se parece a una translúcida felicidad.
No hay lugar para dobles enfebrecidas
ni tímidas súplicas ni falsos gemidos.
Las barro con firmeza una a una,
las cuelgo a veces, cuando quiero divertirme un poco más
en soguitas parecidas a una vieja memoria.
Allí quedan, en ese tránsito, como largas gotas aceitadas,
un poco rústicas, un poco marchitas.
Entonces me repliego hacia afuera y comienzo el día.
 
                                                                                J.G.





 

 

 

 

 

jueves, 2 de abril de 2015

 
Los lapachos han vuelto a florecer

Los lapachos han vuelto a florecer en este mes de agosto como si fueran el eje de la historia, y la explosión de sus flores rosadas un movimiento circular de suaves rotaciones ¿qué piensan dentro de sus ramas (aparentemente imperturbables) sobre
lo que pasó este otoño en los mares del sur bajo en manto de neblinas?
Pero de pronto los lapachos florecieron y luego dejaron caer sus flores
en el sueño de esa llovizna sin noticias,
y los albatros quedaron sepultados en la Islas.
Y los padres nos quedamos mirando en el aeropuerto
cómo nuestros hijos subían a los aviones de transporte
con armas y cascos y mochilas y fuertes
borceguíes para el frío del sur abajo del planeta que se iba
cantando la marcha de San Lorenzo pero a él no lo podíamos distinguir
cuál era desde la terraza porque
ya no era nuestro hijo sino un soldado que iba hacia la guerra
y a mí se me cruzaron todas las palabras
rotas
tartamudas
y todavía siento que en aquella madrugada
cuando los aviones se perdieron en el cielo a las seis de la
mañana
supe que ya no podía escribir rabiosamente
la palabra civilización con be larga, por lo menos.
Y como si nada hubiera ocurrido, en agosto los lapachos han vuelto a florecer
sobre nuestros corazones con armas de papel “igual que sobrevivientes
que vuelven de la guerra”.

                                                              Alfredo Veiravé, Obra Poética, 2002.