Los
selenitas
Los selenitas, habitantes diminutos de la Luna, cavan pequeños pozos en
el silencio de la noche. En ellos guardan todo aquello que se pierde en la Tierra: sueños inconclusos,
suspiros de amores no correspondidos, huellas desaparecidas en lentas caminatas
de verano, borras de café que auguran buenos y malos presagios, besos sueltos
en el aire, lágrimas escondidas bajo las almohadas, en fin, todo aquello que los
seres humanos no guardan por omisión, dolor u olvido.
Los
selenitas cultivan un amor profundo por su tierra, realizan rituales serenos al
menos dos veces durante la jornada. Saben que tienen la dicha de vivir la
poesía única de la Luna por ser Luna, y que ellos, hijos de esta tierra, no
pueden obviar. Para los rituales se preparan de la siguiente manera: se bañan
en aguas ocultas y granizadas al menos diez minutos, entrelazan cordeles
azulados y los trenzan para formar una cadena que los una en el rezo y luego
danzan en silencio, como si una música interna los guiara y les indique el
ritmo del compás.
Los selenitas practican además el cultivo de
una suerte de bulbo que los alimenta, no necesitan de otro nutriente para
vivir. En realidad, se alimentan más de lo que suelen soñar -si hay algo que no podemos dejar de nombrar
es la importancia de la ensoñación en la vida de los selenitas-. Tienen una
particular sensibilidad para captar toda mirada que viene de la Tierra. Y es,
por esta razón, que de tanto absorber las miradas lejanas es que pueden
esconder a la Luna cuando se viste de nueva. Porque en realidad, la Luna
siempre está en su lugar. No desaparece, no. Son los selenitas los que la
cubren con un inmenso manto oscuro, profundamente nocturno, para que, por unos
días, la intensidad de las miradas sean degustadas una por una, en los rituales
de consagración.
J.G.