lunes, 20 de febrero de 2023

  Huacalera, una localidad de Jujuy a más de dos mil metros, es una de las más antiguas del Noroeste. Estuvimos allí un día y medio.  Es raro detenerse en un lugar en el que sólo el paisaje de los cerros y las casitas de adobe conforman un lugar turístico. No sé si turístico es el mejor término para describirla con dos hoteles y ningún lugar para comer. Hay un monolito y un reloj de sol que indican que por ese lugar pasa el trópico de Capricornio. Quizás sea ése el motivo de los dos hoteles. En la época de la colonia, la localidad se llamaba Posta de Huacalera. Todavía se conserva la capilla de 1655, la Inmaculada Concepción. Creo que lo esencial de lo poco que vi es su gente. Allá los rasgos son de ascendencia aborigen. Y la pobreza. Por qué hay tanta diferencia entre las provincias me sigo preguntando.  Cómo es que seamos parte de un país, portemos una misma nacionalidad pero sea tan desigual la diferencia social. El hotel es lujoso para nuestro bolsillo. Formó parte de una finca privada y lo convirtieron en lo que hoy es. Pareciera que la ruta 9 marca ese límite también, simbólicamente hablando; los ricos de un lado, los pobres enfrente. El turista se maravilla con el paisaje, con las artesanías, ¿y la gente que las hace?. Vive de eso y ¿de qué más?. Algunos tienen en su casa que es minúscula, almacenes para salir del paso. Vi una cancha de fútbol que formaba parte de un club. Da la sensación de que el tiempo es quien dictamina que no hay progreso porque en esos lugares. Es como si estuviéramos en otro siglo. Detenidos por los cerros por no decir las injustas políticas públicas.

 Poco después, por razones que nos llevaron a Buenos Aires para mudar a M., nos sorprendió la noche. No encontrábamos un lugar barato para comer. Dando vueltas  por el barrio vi un pequeño comedor abierto. Resultó ser un comedor étnico, como se dice ahora, al que iban los jujeños. No recuerdo el nombre. Ese viernes de mediados de marzo un grupo de músicos estaban preparando el escenario para celebrar el carnaval chico o de las flores. Nosotros estábamos cansados, muy cansados, queríamos comer rápido e irnos a dormir. La mudanza seguía al otro día. Pero ellos no conocían nuestro motivo de por qué estábamos en la ciudad.  Seguía entrando gente que se notaba, eran conocidos entre sí. Se saludaban a los abrazos. Los convocaba el carnaval al que no irían en su tierra por vivir en otra provincia. De allí los saludos, la alegría. Los músicos nos repartieron guirnaldas de flores de plástico (a falta de verdaderas) y albahaca (ésta sí era natural) como parte del ritual al que íbamos a asistir. La albahaca había que acomodarla en la oreja (si uno era casado o comprometido, en la derecha y si se era soltero, en la izquierda) y significaba prosperidad. Uno de los músicos que repartía la albahaca, Darío, nos contó que era su primer viaje a Buenos Aires. Había nacido en Huacalera. La coincidencia nos sorprendió. También su entusiasmo, su emoción al cantar esa noche en su primer viaje a Buenos Aires. Nos dijo que el carnaval chico se festejaba el fin de semana posterior al carnaval grande. Asentíamos con interés pero yo no sabía que había dos carnavales consecutivos en Jujuy. Fui a internet, no esa noche, a buscar a qué se llamaba carnaval grande y carnaval chico. Y me encontré con la diablada, la procesión en baile, el muñeco que se desentierra del carnaval anterior.  Lo que viven los que son de allá, es distinto, pienso. Es, y  vuelve otra vez a mi cabeza, la palabra ancestral, los pueblos originarios, la tradición. La música de las cajas que Leda Valladares revalorizó con ese canto que sale de lo profundo de las cuerdas vocales. ¿Cuántos carnavales se festejan? Éste es uno de los más pintorescos; los otros se parecen más a los brasileros, con las comparsas y no sé si habrá otros más. Mis conocimientos son casi nulos sobre los carnavales.

Cuando era chica, me llevaban a ver las comparsas de Avenida Freyre. Me gustaba ir con un disfraz. Era muy chiquita. Recuerdo cuatro disfraces: el de Heidi, el dibujo animado, el de la mujer Maravilla (ambos venían con una careta, comprados en alguna casa de cotillón o como se llamase en ese tiempo), el de bailarina rusa que hizo mi tía con el envoltorio del televisor a color, el primero que compraron en casa y el de tigre. Mi tía la artista era habilidosa, se hacía ropa, tejía, pintaba, cocinaba. Todo lo que tuviera que ver con lo artesanal era lo suyo. Al disfraz de bailarina le agregó cintas de colores, lentejuelas en la parte que iba en la cabeza, como si fuera un gran abanico, y también pegó lentejuelas en el resto del vestido divido en dos partes: la pollera y la pechera. Tenía una máquina de coser. Me acuerdo que lo hizo bastante rápido. Me lo probé y me sacó fotos que vería al tiempo porque las cámaras fotográficas eran con rollo y había que llevarlas a revelar. El de tigre era un vestido recto de tela áspera color naranja. Le hizo la cola como si fuera un burlete y se lo cosió detrás. Le pintó las rayas. Como ya era un poco más grande, me tocó hacer el antifaz. 

 El último disfraz que recuerdo fue cuando una amiga que cumplía años en febrero, nos hizo ir disfrazadas para su cumpleaños. A esa edad, una recurría a la madre y la madre a sus vestidos viejos o a alguna tela que sirviera para fabricar uno. Mi mamá, hermana de mi tía artista, también tenía esa habilidad para hacer de una tela o un vestido algo nuevo, distinto. Y buscando, encontró un vestido rosa pálido, de otra época, cuando era soltera. No hubo que hacerle arreglos importantes, salvo ajustarlo un poco en los hombros. La idea era parecerme a una bailarina de Charleston. Me puso collar largo y una vincha. Usábamos chatitas entonces, un calzado sin taco. Así íbamos a todos los cumpleaños. No recuerdo qué se pusieron las otras chicas pero estaban como yo, con algo hecho en casa. Nos divertíamos de otra manera cuando no existía la globalización en Santa Fe y ya no éramos niñas pero tampoco adolescentes; esa edad indefinida entre los diez y los doce años.   

  El carnaval es la subversión de la ley. ¿Quién lo había dicho? Me parece que Bajtin. Lo habíamos visto en la carrera, en la Facultad, en una cátedra de Literatura. Vuelvo otra vez a internet para encontrar información. Sí, es Bajtin y es un libro sobre la cultura carnavalesca en la Edad Media y en el Renacimiento, en el contexto de las novelas de Rabelais. Tomo una cita de un artículo que leí: lo grotesco «permite mirar con nuevos ojos el universo, comprender hasta qué punto lo existente es relativo y, en consecuencia, permite comprender la posibilidad de un orden distinto».

Tenía razón Bajtin, ésa es la esencia del carnaval, olvidar el orden social. No sé si será lo mismo para Darío y el grupo de músicos que lo acompañaba, si es olvidarse de la pobreza de la mayoría del pueblo jujeño, olvidarse de que las cosas van a seguir siendo así por siempre salvo en esta fecha en el que son el centro de atención por el desentierro del Pujllay, por las máscaras, el colorido de los trajes, la danza y la música que nos hace rememorar los tiempos antiguos. Tiempos también injustos, difíciles. Por dos fines de semana, eso se olvida. Importan las raíces, el tributo a la Pachamama. Quien no nació bajo esa tradición seguirá siendo una celebración pintoresca. Sin embargo, lo que vivimos ese viernes de marzo, en Buenos Aires, tan lejos de Jujuy, fue otra cosa. Para ellos es más que una celebración. Y nosotros nos sentimos un poco extranjeros, un poco turistas, un poco extraños aunque reconfortados con la alegría de su música. La sensación de que  compartían su identidad, su esencia. Que ellos, tan lejos de su provincia, se hermanaban esa noche con el baile y el canto. No importa que al otro día la rutina fuera ser un jujeño en Buenos Aires, o un jujeño que la rema en otra parte. Esa noche, el carnaval cumplió con su objetivo. Todos éramos iguales.

                                                                                          J.G. En las nubes, inédito.

Carnaval en Humahuaca. Fuente: Infobae





martes, 14 de febrero de 2023

 

La extensión del cielo 

anuncia la lluvia.

La esperada lluvia de verano

nos encierra en la casa

ahuyentando sapos

con ramitas de eucalipto

o de fresnos cabizbajos.

Es grato el lenguaje

fragmentado de las hojas

enloquecidas por el agua,

la tierra ahuecándose

hasta hacer un pozo

en el patio. Emboscada

perfecta para el amor.

                J.G. en Amor, 2023. Inédito


Foto: María Eugenia Zeballos


sábado, 11 de febrero de 2023

 



14

No somos distintos pienso,

hay una distancia que reclama

claridad, las sombras simulan

que nada se parece el andar que caminamos.

El agua atrae los pesares y las palabras

que no sabemos decir,

pero ahí están.

No somos distintos, pienso,

en el discurrir de las horas,

los cuerpos enlutados,

los cuerpos que una vez supieron encontrarse

no engañan, hay una fatiga que el tiempo

no puede olvidar.

                             J.G. Más al Sur, Córdoba, Alción, 2022.

 

viernes, 27 de enero de 2023

¿Qué estás pensando, Alfonsina?

 

  Hace un tiempo me acordé de vos, Alfonsina, de cómo me gustaban tus poemas cuando tenía quince años. Hubo una etapa en mi adolescencia en que te recordábamos en el taller literario al que iba. Yo no sé, pero me sentía triste cada vez que leía tu último poema, el que escribiste antes de tu suicido. Para ese entonces no podía entender que alguien se quitara la vida. Creo que vos fuiste el primer ejemplo que conocí. Hoy podría comprenderlo un poco más desde el lado de quien tomó la decisión pero aún así me cuesta. En la escuela cantábamos “Alfonsina y el mar” que no conociste. Te habría gustado. La música es del hijo de tu profesor de Música, Zenón Ramírez. Es melancólica y dulce, dolorosamente dulce. La escuché muchas veces y me pasa siempre lo mismo; se me pone la piel de gallina. Antes me imaginaba ese final como lo decía la letra, te adentrabas al mar. Pero la otra forma de morirte, la verdadera, la que dicen los informes que te arrojaste de una escollera la madrugada de un martes de octubre, que comprobaron la hipótesis porque quedó enganchado un zapato, que estabas muy enferma, que el dolor era insoportable porque no aceptaste el tratamiento de ese entonces. Que luchaste con esa idea del suicidio durante años. Que lo viste en tu amigo Horacio al que conociste antes de que se casara con su segunda mujer. Que ambos coincidían en esa forma de morir. Es duro saber que te queda poco y que la agonía es lenta. Querés parar, no podés seguir. Lo que iba a ser tu vida ya no iba a ser una vida digna. Se iba a poner peor. Puedo entenderte, mi papá tuvo la misma enfermedad. Es horrible.

   Lo que no sabía y me enteré después es que habías vivido en Coronda. Estuve leyendo notas del diario, crónicas de tu vida. En una aparecés en una foto de cuando estudiabas para maestra rural en la Escuela Normal que recién abría en ese lugar. Vos querías estudiar y no tenías plata. Te dieron una beca y aún así no te alcanzaba. Te ayudó la Directora dándote un trabajo. Cómo habrá sido tu entusiasmo por aprender que tanto se te notaba. Así que estudiaste ahí para maestra rural y también hacías el trabajo de celadora. Ahora decimos preceptora. Siempre trabajaste. De lo que fuera. Te pagaban la mitad por lo mismo que hiciera un hombre.Vos lo hiciste saber de muchas formas; no tenías vergüenza en plantarte con tus ideas. Pero esa historia la conocemos todos. Lo que no sabemos, lo que no dicen las biografías, es en qué pensabas Alfonsina cuando ibas a caminar toda la ribera del río. Ibas casi todos los días, después del trabajo; bajabas la barranca a respirar el aroma húmedo de los árboles, el transcurrir del agua, el sol que se iba. No querías perdértelo. Hacías bien, alejarte un poco,  entrar en tu mundo, sentarte a veces y escribir alguna línea si llevabas el cuaderno. En las notas que leí, quienes te conocieron a esa edad te describían como una jovencita curiosa e inteligente, que se destacaba en el canto y en la actuación. Te conocí bien poco entonces, cuando era chica. ¿Qué te habrá hecho cambiar de planes, dejar ir a la Alfonsina del río para que surja la Alfonsina de la ciudad? ¿Qué habría pasado si no te hubieses ido a Rosario, a Buenos Aires?

  Sigo imaginándome cuando estabas en Coronda, cuando todavía no te habían lastimado o vos no esperabas nada del futuro. Porque las chicas a esa edad no saben ni les importan más que las fantasías que viven en el presente. No pueden ni quieren ir mucho más allá que el día a día. Tenías dieciocho, diecinueve años. Alejandro llegó poco después. Lo tuviste y le pusiste tu apellido. Nunca te casaste. Y trabajaste para mantenerlo como tantas mujeres solas. Pero vuelvo a Coronda cuando estabas enfocada en el estudio y vivías en la pensión. Tu  mundo era pequeño como una cáscara de nuez:  ir a la escuela, estudiar, hacer tu trabajo. Que tu profe de Castellano, como se decía antes a la profesora de Literatura, dijera cuando te hiciste famosa que eras todo un talento a esa edad, que no tenía que corregirte nada de lo que escribías, era verdad. Te estimuló a que siguieras escribiendo, formándote.. Yo también lo hago cuando encuentro un texto de un estudiante que me llama la atención (pocas veces se da Alfonsina, si supieras cómo cambió el mundo en el que vivo).  A veces trato de verme a mí misma cuando tenía la misma edad que vos, cuando caminabas al costado del río. Yo también nací en un paisaje parecido al de Coronda pero el río no era para mí lo mismo. No lo tuve tan cerca, ni podría haber ido a caminar sola como vos lo hacías. Me pregunto si mirándolo, si contemplándolo, pensaste que ese lugar era un pasaje, sólo una oportunidad para después irte o si se te cruzó la idea de volver, hacerte una casita ahí, encontrarte con vos misma, la Alfonsina que no dejaba de cantar. Capaz que no habrías sido conocida. Capaz que así no te habrías muerto en Mar del Plata. Habrías escrito pero no con el afán de que te acepten como sos. Conociste poco después lo que es el desprecio, el prejuicio, el dolor en tus viajes a Rosario. Por eso habrías vuelto Alfonsina. El río te habría esperado como siempre. El río no lastima. Estabas ahí, bajo el sauce llorón, escribiendo. Eras feliz así. Si hubieras vivido en mi época, podrías haber mandado tus textos por correo electrónico o whatsapp; no te habrías hecho malasangre por la gente que habla y habla. En eso no cambiamos Alfonsina, nos falta mucho para entender al otro. Tendrías que haber llevado la vida de un buda o una sacerdotisa hindú. Así habrías guardado mejor lo que tu espíritu llevó siempre; esas locas ganas de vivir sin que te juzguen. ¿Habrías sido madre soltera? Sí, seguro. Alejandro vivió mucho, más del doble de años que vos. Se encontró con su padre y con las hijas que tuvo con otra mujer. Quizás el destino compensó por ese lado, lo que te faltó en años se los dio a él.

  A mí no me importa tu vida amorosa. Yo te quiero seguir imaginando al lado del río, ensuciándote los pies con la arena porque así sentías el paisaje, con todos los sentidos. Ésa Alfonsina es la que pocos conocimos. Pero algunos pocos todavía se acuerdan, los que están acá y saben qué es tener el río cerca. Sentir el agua, la arena húmeda, el silencio infinito.

                                                                                                         

                                                                                                           J.G. (para el 5°Encuentro "Alfonsina y el río 2023)




viernes, 23 de diciembre de 2022

Mi cuento de Navidad: El cordero, el pesebre y la niña.

 Pauli acomodó en la repisa de la casa de la abuela las figuras de cerámica y alambre pintados. Eran un Papá Noel, un arbolito navideño rojo. En la puerta habían colocado la estrella dorada que tanto le gustaba con un poco de cinta. El otro árbol,el más grande, estaba en un rincón. Le habían puesto este año sólo bolas rojas y luces que costó desenredar. Pasaba lo mismo todos los años, por más que las acomodaran bien en la cajita, siempre salían llena de nudos. Mucha paciencia no tenía pero la abuela sí.-Ponete de este lado que yo voy por partes-le decía. Y ella le hacía caso. Veía cómo iba desnudando con paciencia de buda las luces. El árbol quedó lindo, probaron encenderlas por si se habían quemado pero no, todavía andaban. Pensó que algún moño podría poner en la biblioteca o en las manijas de las puertas, como borlas. Del centro de mesa y del camino, se ocuparían más cerca del día. Ahora importaba el arbolito y el pesebre porque era ocho de diciembre y Pauli no faltaba a la cita de adornar la casa porque en la suya, bueno, había problemas con eso. Mucho no le gustaba a su papá que no creía en la Navidad, decía que era todo una excusa para vender más y que los Reyes Magos nunca existieron. Que Papá Noel era lun invento europeo y un montón de cosas más decía porque de chico en su familia, cada vez que se juntaban, algún tío terminaba peleado con la abuela o con el abuelo y no se veían por meses, No, al papá de Pauli la Navidad le traía malos recuerdos y no quería un arbolito grande como el que tenía guardado la abuela. En cambio, la mamá sí creía en la Navidad, en la reunión familiar, en el Niñito Jesús como decía la bisabuela de Pauli. La mamá había tenido otra experiencia. Lo había vivido con ilusión. Además, estaba el pesebre, la misa de Nochebuena, la sidra, los budines que hacía la tía Elba que eran exquisitos. Mamá le pidió la receta porque la tía ya no estaba, había muerto tiempo atrás.    Y la que seguía la tradición de los budines era la mamá de Pauli.. En su casa, si querían adornar, tenían que ser cuidadosas para no enojar al papá y que después tirara las cosas a la calle.. Por ejemplo, el arbolito tenía que ser bien chico, como esos que se compran para las oficinas o consultorios y se ponen en los mostradores. El pesebre no podía estar a la vista porque no creía en el niño Jesús ni en nada de eso por más que a ella la bautizaron y tomó la comunión después de que la mamá de Pauli le rogara que la dejara tener una religión y que después ella eligiera si quería de grande seguir creyendo.. Y nada más, no había luces, ni guirnaldas plateadas o doradas, nada rojo dando vueltas por ahí. Por eso Pauli prefería hacer todo lo que le gustaba de la preparación del arbolito y del pesebre en la casa de la abuela. Y además porque la abuela tenía un pesebre hermoso. Eran figuras medianas a las que envolvía con cuidado en una caja de cartón hundidas en pelotitas de telgopor. La abuela traía papel madera, lo abollaba, lo volvía a abrir y lo acomodaba cerca del árbol para que pareciera el relieve. Le ponía cajas de zapatos o de arroz para que pareciera que fueran médanos o colinas. También traía un poco de heno seco y entre las dos, desenvolvían las figuras y las iban acomodando en el escenario. Primero eran los pastores a los que acomodaban algunos más cerca y otros más lejos, como si estuvieran caminando y se aproximaran lentamente. Después venían los animales. Una vaca, un burro, unos corderos blancos y negros. Todos acostados. Esos sí estaban bien cerca de María y Jesús. Después ponían la cunita improvisada como Pauli se había imaginado desde siempre que habían hecho los padres del bebé. Pero al Niño no lo ponían hasta que tocaban las doce de la noche del 25 de diciembre. Tenían un techo de cartón corrugado con unos postes de plastilina marrón para simular el establo. Lo último en acomodar era la estrella de Belén. Lo más difícil porque había que colgarla con tanza sostenida en ambos extremos. La estrella y la estela iban anudadas a unas macetas con plantas de hoja grande que la abuela tenía en el patio y así también mostraban a quien observara el pesebre que no sólo era desierto el paisaje sino que había zonas húmedas donde había nacido el Niño. A los Reyes Magos los acomodaban el 6 de enero, el día de la Epifanía del Señor. Pauli iba por la mañana después de abrir los regalos que le habían dejado con las zapatillas. Eso nunca fallaba: el plato de agua vacío, el pasto de la plaza arrancado el día anterior no estaba y sí un juguete o algo inflable para la pileta. 
  Cuando armaban el pesebre, Pauli imaginaba historias entre las figuras. Hacía hablar a los pastores o a los animales. También a María y a José. Lo hacía bajito, para que la abuela no escuche lo hacía con la mente, palabra favorita de Ema, su hermano más chico. Esa vez se imaginó una historia con el cordero más blanco, el más chico, el más lindo. Imaginó que tenía un dueño. Que el dueño se llamaba Juan y que todas las noches, antes de irse a dormir, contaba sus corderos reunidos en un pequeño corral, al lado de su casa de piedra. Juan tenía un hijo que se llamaba Simón. Simón era el mayor de cinco hermanos. Con la venta de un cordero podían comer una semana. Por eso Juan los cuidaba. Los llevaba todos los días a pastorear cerca del monte, cerca del río. Se quedaba con ellos buena parte del día y Simon, para no aburrirse, tallaba figuras de madera que después vendía en el mercado junto con su madre quien llevaba el pan recién horneado o se las guardaba si no tenía suerte. Pero una vez pasó lo que nunca antes había pasado. Uno de los corderos desapareció. Juan no se dio cuenta cómo porque se consideraban buen vigilante. Llevó los corderos al corral y faltaba el más pequeño, el más blanco, el más hermoso. Se desesperó. Salió a buscarlo. De lejos se escuchaban los gritos. Algún vecino se compadeció y lo acompañó en la búsqueda. Volvieron al rato, cansados, malhumorados y afónicos. Simón también estaba preocupado porque era su cordero preferido. Juan no quiso que lo acompañara, era chico todavía para andar de noche. Simón entonces miró la ventana, la única de la casa de piedra. El cielo estaba limpio por la luna llena. Podía ver muchísimas estrellas pero algo le llamó la atención. Una estrella era más grande que las demás. Mucho más grande y luminosa. Era la primera vez que veía una estrella así. Y pensó que si había luna llena y con esa estrella, podría salir a escondidas a buscar al cordero perdido. Sus padres se habían acostado. Sólo tenía que hacer un poco de silencio para que no se despertaran al cerrar la puerta. Sus pies seguían ese camino sinuoso que marcaba la estrella y la luna. Parecía estar lejos y cerca a la vez. Pensó en gritar para llamar al cordero pero seguro sus padres lo oirían y tendría que volver a la casa. Mientras caminaba, sentía esperanzas de que iba por buen camino, que no se iba a perder y que la estrella, de algún modo, lo protegía. Pronto escuchó algunas voces y el mugido de una vaca. Se estaba acercando al establo abandonado, sin dueño. La estrella iluminaba con mayor intensidad. Algo estaba pasando ahí, podía percibir movimientos dentro del establo, voces entrecortadas. Cuando llegó al portal, la imagen lo emocionó. Había un bebé recién nacido. Su madre lo estaba limpiando para dejarlo acostado. Parecía tranquilo y dormía. El hombre y la mujer estaban felices y orgullosos del nacimiento. Los pastores entraban, se quedaban un rato, alguno se arrodillaba. Hasta que lo vio. Vio a su cordero al lado del niño. Su pequeño y hermoso cordero parecía cuidar al bebé, él, un poco más grande que el bebé. Pauli no estaba segura en su historia si hacer que Simón se llevara enseguida al cordero y volver pronto a la casa o esperar un poco más para contemplar la escena. Esa estrella, ¡cómo iluminaba! Lo dejó un rato más en esa escena en la que casi nadie hablaba. Entonces dijo unas palabras al padre y se llevó al cordero. Le dijo que era de su padre y que los estuvieron buscando, que sabían cómo se había perdido. Se lo acomodó en los hombros y emprendió la vuelta. Sentía mucha alegría, mucha paz, no estaba seguro de si era por el cordero encontrado, por lo que había visto o por la estrella o por todo eso junto. Al llegar a su casa, se acercó a su padre dormido. -Papá-le dijo-lo encontré. Su padre tenía un sueño ligero y enseguida abrió los ojos -”¡Blanquito”-dijo y los abrazó a los dos. Después lo llevó al corral y le volvió a dar un abrazo. -Papá, quiero mostrarte otra cosa antes de ir a dormir. Mirá por la ventana, hay una estrella. Una estrella gigante en el cielo. La seguí y llegué al establo abandonado. Ahí nació un bebé, estaba con su mamá y su papá. Y había pastores que se acercaron también a contemplar al bebé. No sé si la estrella está por él. Pero algo tiene, te da mucha alegría verlo. Bueno, eso te quería decir, que si podés vayas. Y Juan fue, como Simón a ver al niño recién nacido siguiendo la estrella. Simón se acostó a dormir y soñó con esa noche de la que no se olvidaría jamás. Pauli quedó arrodillada mirando el pesebre. A la abuela le llamó la atención que estuviera soñando despierta, como hipnotizada frente al cordero. -¿Pauli te pasa algo? ¿Te preparo la chocolatada?-le dijo. -Sí abue-me quedé medio dormida, medio despierta. A veces me pasa, cuando me pongo a imaginar. Y se fueron juntas para la cocina.



lunes, 6 de junio de 2022



 Para jugar con el nombre; "Juntando juncos y jazmines, sentí el júbilo del emjambre de abejas".