sábado, 5 de agosto de 2023
miércoles, 2 de agosto de 2023
jueves, 25 de mayo de 2023
sábado, 6 de mayo de 2023
viernes, 17 de marzo de 2023
domingo, 5 de marzo de 2023
Olvidé mencionar que después de Cacho, el nombre del
guanaco que formaba parte de los animales pintorescos para el turista y que el
dueño dejaba fotografiar por cincuenta pesos, nos sorprendió una lluvia torrencial,
de esas que hay que parar y esperar a que amaine. Llovía y el viento movía con
desesperación las ramas de los árboles. M. filmaba videos cortos que me ayudan
a recordar. Hubo un momento en que reímos para después callamos para escuchar
el agua. Por momentos deseamos que no caigan piedras, que no caigan rayos, que
no nos estanquemos. En lugar desconocido no se sabe qué va a pasar con el
clima. Veníamos de mucho calor y paulatinamente, el tiempo cambió a un cielo
gris, a un viento desconocido, a temperaturas distantes de las nuestras. Es
extraño querer sentir el fresco durante tantos días y cuando llega, así,
intempestivamente con esta lluvia torrencial, con el viento enfurecido,
quisiéramos que nuestro deseo no haya sido escuchado con devoción. Porque así
estamos, como atrapados en un auto, sin poder salir, el agua llevándose la
tierra de la calle; ya no estamos en una ruta sino en un pueblo del que no
sabemos el nombre. ¿Será verdad que lo que una pide el Universo escucha y da?
Así lo leí en varios sitios espirituales, de tipo hinduistas. En la religión
católica, orar contempla la petición, sea a un santo, la Virgen o Dios. ¿Hay
que esperar a que las cosas se den’ ¿Hay que moverse para que las cosas cambien
de rumbo? Son actitudes de vida pero a veces, una quisiera un golpe de suerte
también, que nos acompañe más allá del esfuerzo que hagamos. Pienso que se nos
fue la mano con esto de pedir un poco de fresco porque la lluvia no para y nos
estamos retrasando. Mis pensamientos ahora, no en ese momento, vuelven a la
Filosofía presocrática, a los cuatro elementos. El agua. Busco para refrescar
algún conocimiento olvidado después de tantos años. Heráclito fue quien decía
que no nos mojamos dos veces en el mismo río y el la Facultad lo vimos, leímos
textos; todos conocen esa frase. Borges la tomó para uno de sus poemas más
hermosos. Tales de Mileto, nacido en el siglo VII a.C. en la ciudad griega que
lo apellida, por decirlo así, afirmaba que el agua era el elemento originario.
Buscó explicar cómo funcionaba el mundo por afuera de las explicaciones
mitológicas. Sostenía que la Tierra flotaba sobre el agua como un leño.
Aristóteles le daba la razón. El agua es lo que da la vida. Somos 70% de agua,
nos formamos en el vientre de nuestras madres en un líquido amniótico. Sin agua
nos morimos. Pareciera que de todos los elementos, por más que me guste el
aire, como dije antes, Tales tuviera razón. Igual, quiero que pare de llover,
que no nos estanquemos, que la batería no se funda, que no nos caiga un rayo
encima. El agua parece un remolino furioso. Hay canciones románticas con la
lluvia, poemas nostálgicos con la lluvia, frases al pasar de qué lindo dormir
con lluvia o con lluvia me gusta ver una película, hacer una torta, comer
churros y cosas así. Lo único que quiero es que pare de llover, por favor, que
alguien allá arriba nos escuche.
J.G. de En las nubes (fragmento)
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| Foto: M.E.Z. |
lunes, 20 de febrero de 2023
Huacalera, una localidad de Jujuy a más de dos mil metros, es una de las más antiguas del Noroeste. Estuvimos allí un día y medio. Es raro detenerse en un lugar en el que sólo el paisaje de los cerros y las casitas de adobe conforman un lugar turístico. No sé si turístico es el mejor término para describirla con dos hoteles y ningún lugar para comer. Hay un monolito y un reloj de sol que indican que por ese lugar pasa el trópico de Capricornio. Quizás sea ése el motivo de los dos hoteles. En la época de la colonia, la localidad se llamaba Posta de Huacalera. Todavía se conserva la capilla de 1655, la Inmaculada Concepción. Creo que lo esencial de lo poco que vi es su gente. Allá los rasgos son de ascendencia aborigen. Y la pobreza. Por qué hay tanta diferencia entre las provincias me sigo preguntando. Cómo es que seamos parte de un país, portemos una misma nacionalidad pero sea tan desigual la diferencia social. El hotel es lujoso para nuestro bolsillo. Formó parte de una finca privada y lo convirtieron en lo que hoy es. Pareciera que la ruta 9 marca ese límite también, simbólicamente hablando; los ricos de un lado, los pobres enfrente. El turista se maravilla con el paisaje, con las artesanías, ¿y la gente que las hace?. Vive de eso y ¿de qué más?. Algunos tienen en su casa que es minúscula, almacenes para salir del paso. Vi una cancha de fútbol que formaba parte de un club. Da la sensación de que el tiempo es quien dictamina que no hay progreso porque en esos lugares. Es como si estuviéramos en otro siglo. Detenidos por los cerros por no decir las injustas políticas públicas.
Poco después, por razones que nos llevaron a Buenos Aires para mudar a M., nos sorprendió la noche. No encontrábamos un lugar barato para comer. Dando vueltas por el barrio vi un pequeño comedor abierto. Resultó ser un comedor étnico, como se dice ahora, al que iban los jujeños. No recuerdo el nombre. Ese viernes de mediados de marzo un grupo de músicos estaban preparando el escenario para celebrar el carnaval chico o de las flores. Nosotros estábamos cansados, muy cansados, queríamos comer rápido e irnos a dormir. La mudanza seguía al otro día. Pero ellos no conocían nuestro motivo de por qué estábamos en la ciudad. Seguía entrando gente que se notaba, eran conocidos entre sí. Se saludaban a los abrazos. Los convocaba el carnaval al que no irían en su tierra por vivir en otra provincia. De allí los saludos, la alegría. Los músicos nos repartieron guirnaldas de flores de plástico (a falta de verdaderas) y albahaca (ésta sí era natural) como parte del ritual al que íbamos a asistir. La albahaca había que acomodarla en la oreja (si uno era casado o comprometido, en la derecha y si se era soltero, en la izquierda) y significaba prosperidad. Uno de los músicos que repartía la albahaca, Darío, nos contó que era su primer viaje a Buenos Aires. Había nacido en Huacalera. La coincidencia nos sorprendió. También su entusiasmo, su emoción al cantar esa noche en su primer viaje a Buenos Aires. Nos dijo que el carnaval chico se festejaba el fin de semana posterior al carnaval grande. Asentíamos con interés pero yo no sabía que había dos carnavales consecutivos en Jujuy. Fui a internet, no esa noche, a buscar a qué se llamaba carnaval grande y carnaval chico. Y me encontré con la diablada, la procesión en baile, el muñeco que se desentierra del carnaval anterior. Lo que viven los que son de allá, es distinto, pienso. Es, y vuelve otra vez a mi cabeza, la palabra ancestral, los pueblos originarios, la tradición. La música de las cajas que Leda Valladares revalorizó con ese canto que sale de lo profundo de las cuerdas vocales. ¿Cuántos carnavales se festejan? Éste es uno de los más pintorescos; los otros se parecen más a los brasileros, con las comparsas y no sé si habrá otros más. Mis conocimientos son casi nulos sobre los carnavales.
Cuando era chica, me llevaban a ver las comparsas de Avenida Freyre. Me gustaba ir con un disfraz. Era muy chiquita. Recuerdo cuatro disfraces: el de Heidi, el dibujo animado, el de la mujer Maravilla (ambos venían con una careta, comprados en alguna casa de cotillón o como se llamase en ese tiempo), el de bailarina rusa que hizo mi tía con el envoltorio del televisor a color, el primero que compraron en casa y el de tigre. Mi tía la artista era habilidosa, se hacía ropa, tejía, pintaba, cocinaba. Todo lo que tuviera que ver con lo artesanal era lo suyo. Al disfraz de bailarina le agregó cintas de colores, lentejuelas en la parte que iba en la cabeza, como si fuera un gran abanico, y también pegó lentejuelas en el resto del vestido divido en dos partes: la pollera y la pechera. Tenía una máquina de coser. Me acuerdo que lo hizo bastante rápido. Me lo probé y me sacó fotos que vería al tiempo porque las cámaras fotográficas eran con rollo y había que llevarlas a revelar. El de tigre era un vestido recto de tela áspera color naranja. Le hizo la cola como si fuera un burlete y se lo cosió detrás. Le pintó las rayas. Como ya era un poco más grande, me tocó hacer el antifaz.
El último disfraz que recuerdo fue cuando una amiga que cumplía años en febrero, nos hizo ir disfrazadas para su cumpleaños. A esa edad, una recurría a la madre y la madre a sus vestidos viejos o a alguna tela que sirviera para fabricar uno. Mi mamá, hermana de mi tía artista, también tenía esa habilidad para hacer de una tela o un vestido algo nuevo, distinto. Y buscando, encontró un vestido rosa pálido, de otra época, cuando era soltera. No hubo que hacerle arreglos importantes, salvo ajustarlo un poco en los hombros. La idea era parecerme a una bailarina de Charleston. Me puso collar largo y una vincha. Usábamos chatitas entonces, un calzado sin taco. Así íbamos a todos los cumpleaños. No recuerdo qué se pusieron las otras chicas pero estaban como yo, con algo hecho en casa. Nos divertíamos de otra manera cuando no existía la globalización en Santa Fe y ya no éramos niñas pero tampoco adolescentes; esa edad indefinida entre los diez y los doce años.
El carnaval es la subversión de la ley. ¿Quién lo había dicho? Me parece que Bajtin. Lo habíamos visto en la carrera, en la Facultad, en una cátedra de Literatura. Vuelvo otra vez a internet para encontrar información. Sí, es Bajtin y es un libro sobre la cultura carnavalesca en la Edad Media y en el Renacimiento, en el contexto de las novelas de Rabelais. Tomo una cita de un artículo que leí: lo grotesco «permite mirar con nuevos ojos el universo, comprender hasta qué punto lo existente es relativo y, en consecuencia, permite comprender la posibilidad de un orden distinto».
Tenía razón Bajtin, ésa es la esencia del carnaval, olvidar el orden social. No sé si será lo mismo para Darío y el grupo de músicos que lo acompañaba, si es olvidarse de la pobreza de la mayoría del pueblo jujeño, olvidarse de que las cosas van a seguir siendo así por siempre salvo en esta fecha en el que son el centro de atención por el desentierro del Pujllay, por las máscaras, el colorido de los trajes, la danza y la música que nos hace rememorar los tiempos antiguos. Tiempos también injustos, difíciles. Por dos fines de semana, eso se olvida. Importan las raíces, el tributo a la Pachamama. Quien no nació bajo esa tradición seguirá siendo una celebración pintoresca. Sin embargo, lo que vivimos ese viernes de marzo, en Buenos Aires, tan lejos de Jujuy, fue otra cosa. Para ellos es más que una celebración. Y nosotros nos sentimos un poco extranjeros, un poco turistas, un poco extraños aunque reconfortados con la alegría de su música. La sensación de que compartían su identidad, su esencia. Que ellos, tan lejos de su provincia, se hermanaban esa noche con el baile y el canto. No importa que al otro día la rutina fuera ser un jujeño en Buenos Aires, o un jujeño que la rema en otra parte. Esa noche, el carnaval cumplió con su objetivo. Todos éramos iguales.
martes, 14 de febrero de 2023
La
extensión del cielo
anuncia la lluvia.
La
esperada lluvia de verano
nos
encierra en la casa
ahuyentando
sapos
con
ramitas de eucalipto
o de
fresnos cabizbajos.
Es grato
el lenguaje
fragmentado
de las hojas
enloquecidas
por el agua,
la tierra
ahuecándose
hasta
hacer un pozo
en el
patio. Emboscada
perfecta
para el amor.
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| Foto: María Eugenia Zeballos |
sábado, 11 de febrero de 2023
14
No somos distintos pienso,
hay una distancia que reclama
claridad, las sombras simulan
que nada se parece el andar que caminamos.
El agua atrae los pesares y las palabras
que no sabemos decir,
pero ahí están.
No somos distintos, pienso,
en el discurrir de las horas,
los cuerpos enlutados,
los cuerpos que una vez supieron encontrarse
no engañan, hay una fatiga que el tiempo
no puede olvidar.
viernes, 27 de enero de 2023
¿Qué estás pensando, Alfonsina?
Hace un tiempo me acordé de vos, Alfonsina, de cómo me
gustaban tus poemas cuando tenía quince años. Hubo una etapa en mi adolescencia
en que te recordábamos en el taller literario al que iba. Yo no sé, pero me
sentía triste cada vez que leía tu último poema, el que escribiste antes de tu
suicido. Para ese entonces no podía entender que alguien se quitara la vida.
Creo que vos fuiste el primer ejemplo que conocí. Hoy podría comprenderlo un
poco más desde el lado de quien tomó la decisión pero aún así me cuesta. En la
escuela cantábamos “Alfonsina y el mar” que no conociste. Te habría gustado. La
música es del hijo de tu profesor de Música, Zenón Ramírez. Es melancólica y
dulce, dolorosamente dulce. La escuché muchas veces y me pasa siempre lo mismo;
se me pone la piel de gallina. Antes me imaginaba ese final como lo decía la
letra, te adentrabas al mar. Pero la otra forma de morirte, la verdadera, la
que dicen los informes que te arrojaste de una escollera la madrugada de un
martes de octubre, que comprobaron la hipótesis porque quedó enganchado un
zapato, que estabas muy enferma, que el dolor era insoportable porque no
aceptaste el tratamiento de ese entonces. Que luchaste con esa idea del
suicidio durante años. Que lo viste en tu amigo Horacio al que conociste antes
de que se casara con su segunda mujer. Que ambos coincidían en esa forma de
morir. Es duro saber que te queda poco y que la agonía es lenta. Querés parar,
no podés seguir. Lo que iba a ser tu vida ya no iba a ser una vida digna. Se
iba a poner peor. Puedo entenderte, mi papá tuvo la misma enfermedad. Es
horrible.
Lo que no
sabía y me enteré después es que habías vivido en Coronda. Estuve leyendo notas
del diario, crónicas de tu vida. En una aparecés en una foto de cuando
estudiabas para maestra rural en la Escuela Normal que recién abría en ese
lugar. Vos querías estudiar y no tenías plata. Te dieron una beca y aún así no
te alcanzaba. Te ayudó la Directora dándote un trabajo. Cómo habrá sido tu
entusiasmo por aprender que tanto se te notaba. Así que estudiaste ahí para
maestra rural y también hacías el trabajo de celadora. Ahora decimos
preceptora. Siempre trabajaste. De lo que fuera. Te pagaban la mitad por lo
mismo que hiciera un hombre.Vos lo hiciste saber de muchas formas; no tenías
vergüenza en plantarte con tus ideas. Pero esa historia la conocemos todos. Lo
que no sabemos, lo que no dicen las biografías, es en qué pensabas Alfonsina
cuando ibas a caminar toda la ribera del río. Ibas casi todos los días, después
del trabajo; bajabas la barranca a respirar el aroma húmedo de los árboles, el
transcurrir del agua, el sol que se iba. No querías perdértelo. Hacías bien,
alejarte un poco, entrar en tu mundo,
sentarte a veces y escribir alguna línea si llevabas el cuaderno. En las notas
que leí, quienes te conocieron a esa edad te describían como una jovencita
curiosa e inteligente, que se destacaba en el canto y en la actuación. Te
conocí bien poco entonces, cuando era chica. ¿Qué te habrá hecho cambiar de
planes, dejar ir a la Alfonsina del río para que surja la Alfonsina de la
ciudad? ¿Qué habría pasado si no te hubieses ido a Rosario, a Buenos Aires?
Sigo
imaginándome cuando estabas en Coronda, cuando todavía no te habían lastimado o
vos no esperabas nada del futuro. Porque las chicas a esa edad no saben ni les
importan más que las fantasías que viven en el presente. No pueden ni quieren
ir mucho más allá que el día a día. Tenías dieciocho, diecinueve años.
Alejandro llegó poco después. Lo tuviste y le pusiste tu apellido. Nunca te
casaste. Y trabajaste para mantenerlo como tantas mujeres solas. Pero vuelvo a
Coronda cuando estabas enfocada en el estudio y vivías en la pensión. Tu mundo era pequeño como una cáscara de nuez: ir a la escuela, estudiar, hacer tu trabajo.
Que tu profe de Castellano, como se decía antes a la profesora de Literatura,
dijera cuando te hiciste famosa que eras todo un talento a esa edad, que no
tenía que corregirte nada de lo que escribías, era verdad. Te estimuló a que
siguieras escribiendo, formándote.. Yo también lo hago cuando encuentro un
texto de un estudiante que me llama la atención (pocas veces se da Alfonsina,
si supieras cómo cambió el mundo en el que vivo). A veces trato de verme a mí misma cuando
tenía la misma edad que vos, cuando caminabas al costado del río. Yo también
nací en un paisaje parecido al de Coronda pero el río no era para mí lo mismo.
No lo tuve tan cerca, ni podría haber ido a caminar sola como vos lo hacías. Me
pregunto si mirándolo, si contemplándolo, pensaste que ese lugar era un pasaje,
sólo una oportunidad para después irte o si se te cruzó la idea de volver,
hacerte una casita ahí, encontrarte con vos misma, la Alfonsina que no dejaba
de cantar. Capaz que no habrías sido conocida. Capaz que así no te habrías
muerto en Mar del Plata. Habrías escrito pero no con el afán de que te acepten
como sos. Conociste poco después lo que es el desprecio, el prejuicio, el dolor
en tus viajes a Rosario. Por eso habrías vuelto Alfonsina. El río te habría
esperado como siempre. El río no lastima. Estabas ahí, bajo el sauce llorón,
escribiendo. Eras feliz así. Si hubieras vivido en mi época, podrías haber
mandado tus textos por correo electrónico o whatsapp; no te habrías hecho
malasangre por la gente que habla y habla. En eso no cambiamos Alfonsina, nos falta
mucho para entender al otro. Tendrías que haber llevado la vida de un buda o
una sacerdotisa hindú. Así habrías guardado mejor lo que tu espíritu llevó
siempre; esas locas ganas de vivir sin que te juzguen. ¿Habrías sido madre
soltera? Sí, seguro. Alejandro vivió mucho, más del doble de años que vos. Se
encontró con su padre y con las hijas que tuvo con otra mujer. Quizás el
destino compensó por ese lado, lo que te faltó en años se los dio a él.
A mí no me
importa tu vida amorosa. Yo te quiero seguir imaginando al lado del río,
ensuciándote los pies con la arena porque así sentías el paisaje, con todos los
sentidos. Ésa Alfonsina es la que pocos conocimos. Pero algunos pocos todavía
se acuerdan, los que están acá y saben qué es tener el río cerca. Sentir el
agua, la arena húmeda, el silencio infinito.
J.G. (para el 5°Encuentro "Alfonsina y el río 2023)
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