3
Y sentir el oscuro desafío
de la calle,
el atardecer no traduce
mi palabra o mi ruego o
este cansancio.
Hay silencios entre las hojas,
las baldosas me orientan
hacia el sur
hacia el sur de la emoción
una palabra no tocada
es como vuelo de pájaro
que perdimos y que tal vez
venía a darnos el mensaje
que salvaría el otoño.
Lo que no se dice
Lo que no se habla.
es eterno, querido, como este otoño.
4
Como ese rostro que fue nuestro
y la tarde lo niega, ya sé,
cambio la ropa de lugar, los papeles,
quizá esté buscando una línea o
una marca de que el tiempo
no ha pasado, de que no he perdido.
Qué es si no el recuerdo,
una felicidad fresca en la memoria
y las manos,
aún se estremecen como el río
en otros ríos cuando el viento
los empuja hacia la desembocadura
hacia el fín de sí mismos.
5
En espiral me llego hasta la higuera
el peso tuerce las ramas
apenas un quiebre hacia el vacío.
Si pudiera acomodarlas, digo, a las
hojas
a las estrías que rozan en el empuje
inicial
del origen, toparme con el aire,
con la erosión del tiempo que rueda y
rueda
en la altura, quejándose
como las palomas en la tarde,
no hay espacio suficiente en el árbol
para que pueda ahuecarme y ser parte.
Hay veces que los muertos vuelven,
yo sé que me buscan,
no los vi partir, ellos vibran sonidos
en la altura, quieren descender
abriéndose
a los recuerdos.
6
Y servirse de una como quien se ofrenda
a veces no entiendo si es forzoso no
decir
si es mucho pretender más allá de la
espera.
Más al sur está el desvelo o lo que
vendrá,
preguntas, rastros pétalos
de fresias, o de un eucaliptus.
Las abejas sí que saben merodear,
conquistan con su aleteo,
posan sus cuerpecitos eléctricos
aguijonean a su gusto,
y su pudiera, y si pudiera revolotear
tan alegre así, como una abeja,
por el aire y por la vida, un poco
inquieta
de una inquietud que salva.
Salirse de una hacia lo que importa,
y más al sur, tal vez, no encuentre el
olvido.
7
Ayer las almendras, las pequeñas
almendras
conocieron que soy dichosa, ¿cómo ellas
en su melindrosa quietud, me
descubrieron?
La lluvia y el día quieto y las
almendras
son buenas en su fórmula de no pensar,
de no premiar
el sinsabor sino el deseo sumiso
y la extranjera, con su paraguas,
con sus tecitos de menta,
tan atenta a las repisas,
a los elefantes y a las muñequitas rusas
suspire y se ríe;
no me dice mucho,
entiende lo que pienso,
no se va a ir tan pronto,
creo que, como se dice,
llegó para quedarse
aunque mal no se respira con ella.
Tanta humedad
es como arremangar la soledad
en los días de lluvia;
ella sabe que puedo invitarla
a caminar por la cornisa,
pero no. Me arriesgo hoy
a pronunciar su nombre
y ver cómo responde.
J.G.

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