miércoles, 20 de febrero de 2019


Febrero 22/2017
 Quién diría que me vendría sola a Mar del Plata. La última vez que viajé fue a La Plata, a unas Jornadas. Eso fue hace mucho, ¿cinco, seis años? Y claro, como para salir. Primero fue mudarme, eso es mucha plata. Después devolver el préstamo para comprar los muebles. Dos contratos, uno con la mutual y otro con la consultora me alcanzan lo justo para pagar el alquiler. Para comer tengo que aguantar horas y horas de consultorio. Toda la tarde hasta la noche. Si no fuera por Gabi tendría que pagar otro alquiler, pero ella me subalquila por unos pesos. Sabe que remo y mucho.
  Cuando me estabilicé mamá se enfermó. Ese verano en que tuvimos que internarla fue para el olvido. Me acuerdo que no teníamos fuerzas para levantarla de la silla a la cama, tan pesada era, y no porque estuviera gorda sino que era un peso muerto. Si hubiésemos sido tres hermanos, uno varón al menos, no tendríamos que haber contratado a un enfermero. Nos turnábamos con Ale para cuidarla. Estábamos en la época en que no sabíamos qué tenía y mientras esperábamos el diagnóstico hacíamos el aguante, por decirlo así, en el sanatorio. Cuando me tocaba quedarme de noche. era imposible dormir. La enfermera entraba a cada rato, prendía la luz como si fuera su casa, tomaba la temperatura y se iba. Digo, ¿no podía hacer lo mismo sin prender todas las luces? Para mí que lo hacen a propósito, para embromarte más a vos y al pobre enfermo. Pasó un tiempo breve entre la internación y la estadía en casa. La madrugada previa a la operación tuvo un infarto. Ahora lo puedo decir, decir infarto para tapar la palabra que me destruye. Se murió. Punto. Así te lo dicen. No aguantó la presión. Miedo. Qué se yo. Ahí tengo un blanco, después no sé qué vino, no era yo la que actuaba, no era Ale. Papá no vive en Santa Fe, desde que se separaron, siendo grandes nosotras, no es de darse una vuelta. Somos nosotras las que lo visitamos a él, en Villaguay. Pero vino, sí, para el velatorio que fue rápido. No sé quién estuvo detrás de todo el papelerío, no me acuerdo si fue mi alter ego la que hizo los trámites en la cochería, con la florería, con la gente del trabajo de mamá, había que hacer tantas llamadas, me parece que me ayudó la tía Ana. Bueno, no voy a volver sobre lo mismo. No ahora que estoy en Mar del Plata para pasar seis días de vacaciones. No me voy a acordar de todo eso, aunque se disparen los pensamientos. Yo, que tanto les digo a mis pacientes que encuentren tiempo para ellos, para hacer lo que les gusta y mirame a mí, me están saliendo canas y todavía no cumplí cuarenta. Una tarde me dije que si no me tomaba unos días la próxima en internar iba a ser yo. Pagué con los ahorros la estadía y en cuotas el pasaje de ida y vuelta. Bastante bien el precio. El hotel está cerca de la playa, en Punta Mogotes. En la misma cuadra hay una proveeduría, como le dicen acá, al almacén. Me preparo unos sándwiches para el mediodía y a la noche como en el hotel que tiene media pensión.  No tengo sombrilla y las que alquilan están carísimas. Un gorro con visera es suficiente, la sillita me la prestó Alicia. El viaje fue bastante incómodo. Preferí viajar de noche para aprovechar el día entero acá. Pero una no sabe a quién va a tener de acompañante en el asiento de al lado del colectivo. El tipo que tenía al lado cabeceaba para mi lado, como si mi hombro fuera una almohada gratis, para colmo empezó a roncar. Yo no puedo dormir en los ómnibus de larga distancia. Ni de día ni de noche. Levanté la cabeza para visualizar algún asiento vacío más atrás, estaban todos ocupados. Tuve que resignarme y darme vuelta hacia la ventanilla, con el antebrazo tapando la oreja. Así aguanté un rato. Creo que el tipo empezó a babear. Qué asco. Me calcé los auriculares para escuchar música de la naturaleza. Creo que parte de la noche dormité.

Febrero 23/2017
  Cuando una duerme mal una noche y la siguiente en una cama parece que todo se da vuelta, que vale la pena estar vivo. Corrí la cortina y el día estaba lindo, soleado. Acá te dicen, la radio dice, que hay que ir a la playa apenas salga el sol porque después capaz que se nubla o llueve. Le hago caso y me cruzo. Aunque hubiese amanecido nublado igual habría ido. Tengo que caminar dos cuadras. Me llevo el gorro, el agua, el protector solar, una revista, un libro, unas galletitas por si me da hambre, la toalla y la lona. Y los anteojos de sol que compré en la terminal. Cuando llego no hay mucha gente todavía; es temprano. Hay un sector de carpas un poco más lejos cercado con unas soguitas. Hay cestos de madera para tirar la basura. Acá me parece que no hay nada. Más allá están las rocas y lejos los médanos. Cuando el sol empiece a picar voy a ir a las rocas. Ahora me quedo acá, en el medio de la playa. Todavía siento el corazón agitado, cansa caminar en la arena. Una parejita se sentó no muy lejos de donde estoy yo. Ellos tampoco tienen sombrilla. Se los ve relajados. Él no se cansa de acariciarle el hombro, de darle besos en la nuca. Ella no parece hacerle caso. Le importa tomar sol de espaldas. Los que están llegando vienen en grupo, una familia con un chiquito y el abuelo, otra con tres nenas que parecen trillizas. Más allá un señor y una señora con un perro. Parece entrenado, no ladró ni una sola vez.

Febrero 24/2017
 Anoche llovió. Hoy está fresco. Aprovecho y me quedo leyendo en el hotel. Me detengo en el titular de una nota de la revista que traje y que también compré en la terminal: ¿Has visto el rayo verde? ¿Qué es eso de un rayo verde? Que yo sepa los rayos no tienen color, son blancos. El sol es amarillo, rosado y anaranjado cuando amanece y atardece. Parece que se ve en la playa si una está atenta, en la línea entre el cielo y el horizonte, que son segundos. Estaría bueno ir a la playa a la tardecita, si sale el sol y probar, ver si puedo verlo. “Más allá de lo científico, y en el territorio de las creencias, se dice que el rayo verde solo puede ser visto, en el momento de la puesta de sol, por aquellas personas que están verdaderamente enamoradas. Aunque se afirma también que si dos personas contemplan el rayo a la vez, se enamoran al instante una de otra.” Acá estoy en problemas. No estoy enamorada. ¿Entonces no lo voy a ver? Qué fiasco. Me dan ganas de romper la revista. ¿Desde cuándo las cosas se dividen en si estás enamorada o no?

Febrero 25/2017
  Vengo de la playa. Hice varios turnos, uno a la mañana, otro a la tarde después de la siesta y el último a la tardecita para comprobar si existe el rayo verde. Es hermoso ver la puesta del sol y más si el mar es el paisaje. En Santa Fe nunca veo el atardecer. Estoy atendiendo pacientes. Cuando salgo de la clínica, después de las ocho, está oscuro. En invierno y en verano. En cambio acá sobra el espacio, una respira y la sal del mar pareciera que se pega en las narices, no es desagradable el vientito marítimo siempre y cuando nos proteja un pilotín. Lo único que pude ver en la puesta del sol fueron los colores anaranjados y rosas, intensos primero y luego derritiéndose o diluyéndose como acuarelas, como témperas. Me acordé de unos versos de Neruda: “Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,/ el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas”, si pudiera el sol hacer todo eso conmigo como en el poema de la niña morena, hacerme un cuerpo alegre, ojos luminosos, una boca con una sonrisa de agua, darme un enamorado que diga todo eso de mí, que me escriba versos… Si vuelvo al objetivo primero no vi nada verde. Nada de nada. Se fue el sol y la oscuridad fue repentina. Mejor me voy antes de que pierda una ojota y no la vea. Como revancha a todo esto que me pone verde, si seguimos hablando del color, será levantarme temprano mañana y ver el eclipse del siglo. En la televisión lo están anunciando así, el anillo de fuego, no te lo pierdas a las 10.37; me causa un poco de gracia tanta precisión. Por las fotos es como un huevo frito aplastado por un plato, o sea, en términos científicos, la luna tapará al sol, un eclipse total. No estoy segura si acá en Mar del Plata se va a ver tan bien como lo muestran en la pantalla del televisor. Una vez vi un eclipse con Ale en la terraza de casa, habríamos tenido quince o deiciséis años. Mamá nos había dado unas radiografías viejas para no quemarnos la vista, como nos decía. Lástima que no tenga acá unas radiografías para verlo bien. Voy a tener que comprar esos anteojos 3D como los que  dan en el cine. ¿Adónde los podré comprar? ¿Habrá en la proveeduría? Si me acuesto temprano me voy a levantar temprano. No traje reloj despertador y no sé usar el del celular. Confío en mi reloj natural. Así será.
Febrero 26
   Dicho y hecho. A las diez estaba con los lentes 3D en la calle del hotel. Otros, como yo, hacían lo mismo. El cielo estaba despejado; aún así, a la hora señalada, se nubló apenas, fue todo un poco raro, hasta emotivo diría también. No sé si voy a ver otro eclipse total en mi vida. Vi dos. Está bien. Lo del rayo verde ya fue, hoy me siento bien, a pesar de que esta noche me tengo que volver. No me puse a buscar si hay creencias que relacionan el amor con los eclipses. Si me ponía a investigar en internet no me acostaba temprano. Quién sabe, capaz que sí, que si una ve un eclipse total dos veces en su vida algo ocurra, algo extraordinario como enamorarse de verdad. ¡¡Cambio dos eclipses por un rayo verde!! ¡Oigan, allá arriba!
                                                                      J.G.



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