domingo, 31 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Miércoles 27 de diciembre:
   Estoy rumiando desde ayer la segunda historia. Lo único en concreto que tengo es la casa de los murciélagos. No sé si va a ser cómica o tendrá suspenso, siguiendo la línea de la historia anterior. Tengo que averiguar más sobre el lugar donde las fabricaron, en Florida, Estados Unidos. La mañana se me corta en dos con el turno kinesiológico y después tengo que ir al super. P. no puede verme si hacer nada. No lo acuso, es muy pragmático. Yo necesito estar en las nubes para escribir, abstraerme. Él se levanta y se va a trabajar con un entusiasmo..que a mí me sorprende. No es que a mí no me guste trabajar, es que para escribir necesito hacer como las tortugas, meterme para adentro, tener silencio. Cuando están todos es difícil. Ayer por la noche comencé a leer Hoy no es mi día 1 de María Inés Falconi. Lo leo porque la escritora maneja los códigos adolescentes, conoce el oficio, es una maestra en los suyo. Empieza así: “El subte se paró en Medrano.” Y me acordé de mi fantasía de una historia con un tren. También ayer leía en los diarios de la novela de A.M.Shúa que lleva un cuaderno de ideas sobre la novela que está escribiendo, datos sobre los personajes, qué les va a pasar, cómo se conectan entre sí. Y que eso no lo dispone al lector. Por otra parte, pienso en la tercera historia. Hay un personaje que veo en Instagram que me resulta pintoresco. Ya voy a hablar de él. Por la tarde voy a tener tiempo para comenzar la historia de la casa de los murciélagos. Ahora tendría que seguir navegando en la web para ver qué más se dice.

Jueves 28 de diciembre:
  Ayer seguí indagando en internet pero no encontré demasiada información, no lo que esperaba. Hoteles que se construyeron cerca de las casas de murciélagos para verlos al atardecer, motivos por los cuales en Florida los quieren preservar y nada más. O sea, tengo que inventar.
  M. me ofrece recomendarme para una columna de gramática en un programa de televisión que va en vivo. Dice que pruebe, que me dé la oportunidad pero yo no soy para la tv., me gusta la radio, justamente porque no tengo que mostrar la cara sino la voz que es mucho más sugerente y más relajado. Vivimos en el mundo de la imagen y yo soy tímida. Ahora que estoy en el trampolín de la escritura no me quiero descontrar. Todo un desafío. En casa me aprueban, que lo intente, que no pierda la oportunidad; pero yo pierdo la oportunidad de comenzar mis vacaciones y poner la mente en blanco. Encima M. me dice que le va a pasar mi celular al productor del programa y que no me puede acompañar. Oh, Dios, ¡por qué sola, no soy periodista, no me crié en los medios!

Viernes 29 de diciembre:
   Tendré más que contar a partir del mediodía. Si no me apuro, cierran las bibliotecas y no tendré para leer en vacaciones. Trato de estar más tranquila pero me cuesta, ¿cómo hace la gente para vivir la vida más calmadamente? Vivir el hoy, el ahora, no mirar el ayer ni el futuro. Mindfulness, filosofía buda, yoga Respiro hondo, prendo un sahumerio y escucho un mantra.
  Pude sacar algunos libros, varios estaban prestados. Entre los que me traje están: El oficio de vivir, de Cesare Pavese, Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr (para jóvenes), Un comunista en calzoncillos, de Claudia Piñeyro y La belleza del mundo de Héctor Tizón. Creo que es una buena provista para enero. Tenía varios títulos de diarios de escritores pero no encontré ninguno, a excepción de los Diarios de Kafka. Pero pensé que tal vez estén en la web y preferí el de Pavese en papel. Al salir, me apuré porque al mediodía tenía la despedida de año en el hall de la radio. Ya sabía que no íbamos a emitir el programa el sábado por razones de fuerza mayor del conductor que no podría asistir. Lo que no sabía es que tampoco iba a ir a la despedida. Otra vez sola, como a mediados de año, en una cena organizada por un gremio docente por el Día del periodista. De mi grupo nadie podía; y a último momento, el conductor tampoco. Por ende, me quedé sola mirando cómo los demás se abrazaban y estrechaban sus manos, se contaban las últimas novedades, se servían bocaditos mientras iban acomodándose en las mesas. En aquella oportunidad, alguien del gremio, una mujer que me ubicaba de mis tiempos de delegada y porque este año estoy cursando una capacitación, se compadeció de mí y me invitó a la mesa del grupo organizador. En fin, qué hacía yo ahí, buena pregunta. Sin ser periodista, representaba un programa radial. Lo mismo pasó hoy; la diferencia es que todos los que estaban trabajaban en la radio y no eran de otros medios. Preferí esta vez llegar un poco más tarde y no tan puntual como el año pasado que fui la primera en llegar y para disimular, miré, mientras esperaba a que entrara alguien más, una y otra vez las fotos colgadas en el hall en el que se contaban momentos iniciales de la emisora.
  Cuando llegué, a la una del mediodía, no había más nada. Dios, qué hambre, en media hora, aniquilaron los sándwiches de miga, los pinches de pollo y lomo, las pizzetas, los pequeños lomitos. Evidentemente, todos pensaron en almozar ahí. Apenas entré lo vi a P. que estaba mirando para la puerta de afuera, así que nos saludamos y empezamos a charlar. Hacía unas semanas que no lo veía porque está de vacaciones. P. es el operador de sonido del programa. Conversamos acerca de las rutinas en los gimnasios, de mi mejoría con las sesiones de kinesiología, de la gente que cree que con tres meses va a tener un cuerpo escultural para el verano, un poco de política. Cuando se acabaron los bocaditos dulces y vino el brindis, el rector dijo unas breves palabras en relación con el nuevo edificio de la radio y la gente se fue yendo. O sea que estuve media hora y no comí nada, consigna que en casa me habían dado: “Almorzá”. Con P. salimos y nos despedimos. Dejame que te acerque, si te vas a pie te vas a cag..de de calor. Pero son seis cuadras, le digo cuando veo que el transporte es una moto gigantesca, de esas que se usan para hacer viajes, suposición que me confirmó cuando me dijo que se había ido a las sierras de Córdoba. Mira que nunca me subí a una, le digo, se me va a romper el pantalón, fue la última excusa cuando no tuve más argumentos. P.estaba decidido a llevarme. Lástima que no tengo otro casco, Dios mío, pensé, en que me metí. La primera vez y sin casco, me quiero morir. Mientras le sacaba el candado y la acomodaba, tuve que rogar que nadie conocido pasara por ahí, en el instante en que intentaba treparme con tacos, el papelón que estaría haciendo. Los que bajaban las escalera de la entrada estaría pensando que P. a quien no le falta mucho por jubilarse, con su característica musculosa al cuerpo y short de jean, se estaba levantando una mina. Dios, qué pensará el otro P. si se lo digo. Mejor no le digo nada y que sea lo que el destino me depare. La moto arrancó. Le pregunté de dónde me iba a sostener, de acá me dice. Pero me voy a caer, no tengo salvavidas. Bueno, yo sí tengo, dijo aludiendo a su cintura. Entonces me aferré a la cintura de P. y a donde me dijo que tenía que sostenerme. El muy temerario P. aceleró y dio la vuelta por la Facultad de Derecho a mil. Creí morir de verdad. Por qué me pasa esto a mí, por qué no me fui caminando a casa con cuarenta grados de calor, por qué no fui más firme. Le dije que si no bajaba la velocidad me iba a dar un infarto ahí mismo. Entonces bajó un poco y me dijo que la idea era que sintiera el viento en el pelo. Ah, qué bien. Tomó por San Jerónimo, dobló por Obispo Gelabert y después por Urquiza. Por Obispo me fue contando la anécdota de la vez que yendo por el puente Colgante con un gato detrás, aceleró con la moto, el gato se asustó y se le trepó a los hombros. Tuvo que revolear el gato porque iba a perder equilibrio . Yo me pregunté, por un lado, si lo que me estaba contando era cierto o si era un invento para que yo me ría un rato y me relaje. Si el gato era de él, por qué lo mandó a la laguna Setúbal? No sé si salió de esa, capaz que no. O era P. o era el gato. ¿Llevar un gato en la moto? Quien usa este medio le parecerá bastante zonzo lo que cuento pero para quien nunca se subió a una en un paseo de siete cuadras, sin casco, a la velocidad de Rápido y Furioso, bueh, me sirvió para contarlo. Cuando me bajé, a la vuelta de casa, tenía los pelos como un nido de avispas o como el enredo de las lucecitas de Navidad cuando una quiere acomodarlas en el árbol. Me lo alisé como pude para que no parezca que vine de una fiesta en un boliche…a las dos de la tarde.

Sábado 30 de diciembre:
    Rescato dos momentos del día. El primero, tomar sol en la terraza. Es la primera vez que puedo hacerlo, que tengo tiempo, hace calor y hay sol. A esta altura del año estoy blanca como papel secante. La única contra es que la pileta del edificio es muy pequeña y el deck minúsculo. A eso se suma la altura y el hecho de que E., la vecina del cuarto piso, lleva a sus amigas a tomar sol. E. está separada y tiene más de cincuenta. Es muy simpática pero ama tomar sol al punto de que los sillones están encadenados en la terraza dando a entender que es una usuaria de por vida de la terraza. Si sumamos que sus amigas traen sus termos, sus sombreros, pareos y demás, el lugar no existe, a excepción de estar sentado en el borde de la pileta. Aún así, venciendo el vértigo, fui un rato, compartiendo el espacio con E., sus amigas y una vecina también fanática del sol. Yo no entiendo, si están bronceadas de color madera, ¿para qué siguen yendo?
   El otro momento es la lectura a la hora de la siesta. Me gustan los diarios de A.M.Shúa en su novela Hija. Menciona varios títulos que va leyendo y que me gustaría anotar aquí  para tenerlos en cuenta por si puedo conseguirlos en la Biblioteca: Todo cuanto amé de Siri Hustvedt, La cena de Herman Koch, Lo bello y lo triste, La casa de las bellas durmientes de Kawabata, El mundo según Garp, El Hotel New Hampshire de John Irving, Los peces no cierran los ojos de Erri de Luca, Vida y destino de Vasili Grossman, El hombre es un gran faisán en el mundo de Herta Muller. En otro apartado detalla que para escribir esta novela se encierra en la pieza que fue de su hija mayor y que queda al fondo de la casa, en donde se encuentran las bibliotecas de poesía, literatura popular y de literatura latinoamericana. (¡Lo que deben ser esas bibliotecas!) Y que trata de no llevarse nada que la distraiga. En los “necesarios intervalos”, lee la Biblia. Por la tarde, porque ficción sólo puede escribir por la mañana, puede escribir otro tipo de textos como entrevistas, artículos para revistas, mails que contestar. Me pregunto cómo hizo durante toda su vida de escritora para llevar adelante su carrera y criar tres hijas y mantener una familia estable. Me lo pregunto porque los hijos llevan tiempo, y la escritura es un tiempo de soledad tan opuesto a la vida cotidiana, tan distinto, pienso yo, a los trabajos, los oficios, las profesiones. Todo es para el afuera, para la vida social. Será que sólo se concentró en la escritura y sólo en eso, como profesión.
  Voy a transcribir un fragmento acerca de lo que dice sobre la novela en uno de sus diarios:
 “¿Es válido contar una novela por episodios? Pero aún organizada (o desorganizada) en episodios, una novela podría tener una trama. La vida, sin embargo, no tiene trama. Apelo, entonces, a uno de los más viejos, repetidos y gastados recursos, la misma justificación que se ha usado para explicar la necesidad del naturalismo, el surrealismo, el teatro del absurdo: el redescubrimiento de la realidad.
  La literatura es siempre artificio, palabras que sólo pueden ser verosímiles, nunca verdaderas, porque la verdad, esa curiosa construcción, no está en el discurso, sino en los hechos (…) La novela, no ofrece variantes en este aspecto, o tiene trama o tiene viaje. Desde la Odisea en adelante, el viaje es el gran recurso para enhebrar episodios. En la novela picaresca, el personaje viaja de un amo a otro, como mi propia novela, Los amores de Laurita, en que la protagonista viaje de un hombre a otro. Una historia de vida es un viaje por el tiempo”. Estoy aprendiendo mucho, ojalá pueda transformar este aprendizaje en poesía, en textos por escribir.

Domingo 31 de diciembre:
   Es muy difícil encontrar un momento para escribir con la paranoia de fin de año, basta con ir al supermercado y está todo a la vista. La gente compra como si el mundo se terminara esta noche. ¿Podremos ingerir tanta comida, tanta bebida, tantos dulces? Dios mío, no quiero esta movida. Lo único que quiero es un poco de paz.
                                                                                  J.G.

 




  

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Martes 19 de diciembre:
  Freno un poco y me desplomo. No doy más. Me llegó de una compañera un video de esos que se mandan por chat o whatsapp, no recuerdo bien cómo llegó, acerca de la esencia, por decirlo así, del alma. La muerte no vendría a ser si no un cambio en la forma del espíritu. Lo contrario de la muerte sería nacimiento, y no como escribí en la entrada anterior, que es la vida. El alma cambia de forma y asociaba nuestra vida con las hojas en un bosque, cuando caen de los árboles, cómo se transforma lo que llega a la tierra. Si uno es consciente de esta transformación, dejaríamos de vivir con “angustia existencial”, viviríamos  sin esa sensación de inquietud permanente, que distraemos de muchas formas, con ruido, con trabajo, con distracciones, con vicios. En definitiva, es una respuesta a lo que las religiones proponen, sea la cristiana de origen occidental, o la budista o hinduista. Rescato la imagen del bosque y los opuestos, muerte/nacimiento. Me da para pensar y meditar.

Miércoles 20 de diciembre:
   Me encontré casualmente con S. en la calle que volvió a Santa Fe para las fiestas. Vive en Marruecos. Tuvimos un breve contacto durante el año vía celular. Como siempre, yo mirando para abajo, con lentes oscuros, de lejos creyó que caminaba dormida. Es que camino mirando para abajo porque suelo llevarme algo encima, si no me caigo, tropiezo. Y a esta altura del año, con el calor agobiante de estos días, voy despacio. S.me contó que publicó dos libros, me los mostró. Los tenía en su morral. A mitad de año me había pasado el enlace para ver el booktrailer de uno de ellos, que es lo que se hace ahora en Europa, me dijo, para promocionarlos. El otro fue presentado en Marruecos unos días atrás. Lo invité a ir a la radio, para entrevistarlo. Tengo un ni por ahora, porque se queda poco tiempo, dos semanas. Me contó que está aprendiendo árabe y que el dibujo de las letras, que es “muy bonito” según sus palabras, lo llevó a plantearse la escritura manuscrita que estamos perdiendo con el uso de los celulares y computadoras. Me preguntó si seguía escribiendo poesía. Le dije que sí, pero este año había escrito poco, y que además, con inconvenientes con las notebooks, más los acontecimientos vividos, fue escasa mi producción. Y me dijo algo que me dejó sonando, que escriba a mano. Parece una cosa nimia, pero me cuesta mucho volver a escribir poesía de puño y letra. Es un desafío. Siento que fluye mejor si lo escribo en la pantalla. Me gustó eso de llevar cada uno libros en sus respectivas carteras, yo tenía Guirnaldas para un luto de Padeletti porque quiero retomar mi cuarto proyecto poético que comencé en enero y ahí quedó, con un puñado de poemas. Ahora sé que se va a llamar “Más al sur” y como le decía a S. necesito encontrar el silencio para contemplar, para lograr, como dice Padeletti, la atención que es un tiempo presente, un tiempo detenido, que no corre. Necesito ese tiempo sobre las cosas, las emociones, los recuerdos, las imágenes. He acumulado imágenes en fotos, imágenes de instantes vividos, palabras sueltas que anoto en hojas sueltas. Leo poemas pero no puedo avanzar demasiado rápido con un libro de poesía porque la poesía no tiene nada que ver con el tiempo de lectura de una novela. Lo que me gusta de los libros de poesía es que uno puede abrirlo en cualquier lugar y volver a leer un poema una  vez, dos cinco veces y cada vez es distinto.
   Le conté a M. que S. está en Santa Fe. También quiere que vaya a la radio pero en vivo. Y me propone que tenga un programa radial de literatura, lo cual suena maravilloso pero tendría que dejar la docencia para hacer algo así, con lo que lleva en tiempo la producción. La contra es que todo lo que me gusta lleva tiempo y dinero, y nada vuelve a las arcas. Triste realidad. Hay que trabajar para vivir. Como dice Calamaro: “No se puede vivir del amor”, digo, no se puede vivir de la literatura por amor a la literatura como no se puede vivir del arte si una tiene una familia que sostener.

Jueves 21 de diciembre:
    Estoy leyendo Hija de Ana María Shúa. No sé cuántas veces pregunté por este libro en la Biblioteca. Siempre prestado. Esta vez, lo devolvieron a término. Me gusta muchísimo porque trae, además de una historia, el diario de la escritora. Detrás de cada capítulo aparece cómo Shúa pensó y escribió lo que escribió. Y me doy cuenta de que, para narrar, hay que agregar mucha información, de los personajes, del contexto. La clave está ahí, no sólo la acción en sí, que como cuenta Shúa, puede ser algo poco nítido a medida que se avanza, una puede tener, a grandes rasgos, una idea, pero después es un trabajo de hormiga escribirlo. Y esa escritura siempre es lenta, trabajosa, que puede tener sus contramarchas. Y que lo diga ella que es una maestra en el oficio. Me gusta porque cuenta lo que ella lee, cómo se fija en lo que otros escriben, por ejemplo, en cómo usan los demás los tiempos del pretérito, palabras que no sabe si son de una época o de otra, cómo un recuerdo se puede transformar en ficción, cómo aparecen nombres, por ejemplo, como iluminaciones o datos que pueden aportar otros, sean amigos o familiares; todo puede ficcionalizarse.

Viernes 22 de diciembre:
   Durante la mañana hice un retiro espiritual en el Colegio. La asociación que hizo el sacerdote entre los personajes del pesebre y el silencio de la contemplación me va a ayudar para armar la columna de mañana para la radio. ¿Qué relación puedo encontrar entre la ausencia de palabras en Navidad y la literatura que es toda hecha de palabras? Palabra y silencio es un estímulo para pensar un poema.

Lunes 25 de diciembre:
   Ayer me quedé pensando a la tarde en que quiero retomar el inicio de una narración que habíamos pensado para un proyecto del Liceo que no se concretó. Ahora lo veo mejor, tengo escrita la historia marco, las historias enmarcadas van a ser tres: una, un cuento con una bruja, otra con lo que A. contó sobre unos murciélagos en su columna radial que tiene bastante de insólito y disparatado y otra de la que no tengo más que un título: La calle de los paraguas, frase que leí hace unos días en un artículo del diario La Capital de Rosario sobre una calle que tiene paraguas suspendidos. Va a ser un relato para chicos preadolescentes, y de paso, me servirá para el taller literario que tengo pendiente.

Martes 26 de diciembre:
   Lo que deseo en estos primeros días es poder dormir, leer, caminar, tomar un poco de sol; lo que hacía cuando era adolescente; bueno, antes no caminaba, iba al club y nadaba. Empezamos bien: a P. se le olvidó apagar el despertador.
     Es difícil arrancar de cero, con la hoja en blanco. Aterra. Ana María Shúa dice en sus diarios que no hay que contar los proyectos literarios. Suenan muy bien cuando se cuentan pero después…puede que sólo sean eso, un proyecto que no llegó al papel.
                                                                                           J.G.






viernes, 15 de diciembre de 2017

Diarios Personales

Jueves 14 de diciembre:
      Hoy murió mi suegro. Me desperté temprano, muy lúcida, como a las cuatro de la mañana. Una hora después llama mi suegra. P. salta de la cama y corre a atender. Se va porque su padre está descompuesto. Cuando llegó a la casa, ya estaba muerto. Sospecho que me desperté cuando murió. Lo más extraño de todo es que el dolor de hombros y espalda, el dolor en el cuello desapareció.
   Lo llevamos a un cementerio en donde los entierros son bajo tierra. Hacía calor, el sol estaba hermoso. Todos estaban muy tristes, y yo tranquila, emocionada pero tranquila.

Viernes 15 de diciembre:
   “Usted puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque el amor le acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
    Virginia tembló. Un estremecimiento helado recorrió todo su ser, y durante unos instantes hubo un gran silencio.
    Parecíale vivir en un sueño terrible. (…)
-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces!-exclamó la muchacha levantando los ojos-. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras doradas y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos:
Cuando una joven rubia logre hacer brotar
Una oración de los labios del pecador,
Cuando el almendro estéril dé fruto
Y una niña deje correr su llanto,
Entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad
Y volverá la paz a Canterville.
  Pero no sé lo que significan.
-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se apoderará de mí. Verá usted seres terribles en las tinieblas y voces funestas murmurarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales.” De El fantasma de Canterville de Oscar Wilde.
   Me acordé hoy de esta cita, un poco extensa, profunda y bella. Yo no puedo esbozar una comparación con lo que he vivido este año. Tal vez esté en mi naturaleza somatizar el dolor ajeno. ¿Será que absorbí de alguna forma, lo que vendría, sin saberlo? Con mi papá, no me ocurrió lo mismo. El dolor asumió otra cara, terrible, implacable, extendida en el tiempo.
   Si vuelvo a la cita de Wilde, no soy un ser puro como la joven Virginia, pero sí hay en mí una tendencia a la espiritualidad. No quise estar en este tiempo tan cerca de mi padre político; no quería volver a vivir la irreversible situación de ver de cerca cómo iba empeorando. Estaba de cerca a través de todo lo que me contaba P. y cómo él vivía el enojo y la tristeza de la situación. No quería volverme a encontrar con la muerte rondando su casa. La conozco bien. Y sin embargo, viví algo parecido al personaje de Virginia. El dolor físico fue real. Cuatro meses de dolor real. En un primer momento, pensé que era por la tensión de la fiesta de quince de M.; la fiesta pasó y yo seguía con dolor. Comencé yoga y kinesiología; el dolor continuaba. Terminé el ciclo lectivo, y aun así,  el dolor persistía. Tanto que recordé con ironía una frase de la obra de teatro de Tato Pavlosky, La espera trágica,  en la que uno de los personajes dice, en un momento de la obra, que él y el dolor, de tanto tiempo que se conocen, son amigos, cursaron la escuela primaria, iban a todos lados juntos.
   El miércoles tuve mi sesión número veintiuno de kinesiología; esta vez, me enrollaron como a un panqueque, además de los ejercicios de rutina. Inventé un nombre a esta posición: “faraón en el sarcófago” por cómo tenía que estar acostada en la camilla. El ejercicio consistía en lo siguiente: con los brazos cruzados como un faraón, el kinesiólogo me ponía de costado; con una de sus manos ubicaba el dolor en la espalda, yo volvía a la posición horizontal, y después me pedía que respirara hondo. Cuando exhalaba, presionaba mi abdomen con el peso de su cuerpo sin abandonar la presión que ejercía con su mano,por debajo, en mi espalda. Eso significa que me estaba abrazando, kinesiológicamente hablando. No me animé a preguntarle el objetivo del ejercicio para que no pensara que lo estaba cuestionando. Tengo que reconocer que nunca estuve tan cerca de otro hombre desde que estoy casada y que me dio una vergüenza de novela. Aún así, durante todo el día, y con todos los masajes,  seguí con hielo en el cuello.
  Ahora bien, ¿puede que las almas, quizás, algunas, no todas, necesiten de la colaboración de otras para desprenderse de su cuerpo, de la vida terrena, de tantos años de vivir siendo carne y espíritu? Esto lo pensé ayer, entre conversación y conversación con los familiares y amigos que se acercaron a la sala de velatorio. Me gustaría hablarlo con una amiga que conoce más sobre las cosas del más allá, los vínculos energéticos, los ángeles. Si lo miro desde el punto de vista médico, dirán que absorbí el estrés que provoca una enfermedad terminal de una persona cercana. ¿Ocurrió esto con mi padre? No. ¿Por qué yo?

   Como pasa con todos los hechos trascendentes, la muerte me va a llevar a escribir y así transformarla en vida. Tengo varias ideas, pero a esta situación la voy a canalizar en la poesía, la que salva.
                                                                                        J.G.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

“La noche tendrá el rostro 
del antiguo dolor que cada tarde resurge”
Césare Pavese. “El amigo que duerme”


Me pregunto qué espacio media
entre la palabra y el silencio
qué calla en la tarde
qué vacío, vocal, vibración,
hay en el lugar de la palabra,
el poema que no dice
tu nombre, ni el río, ni las fresias,
oh, por qué no hay mirlos,
gorjeos, ramas alegres en lo alto,
el viento, por qué no llama
a las palabras, no tocan los espejos,
las sombras de los cuerpos,
las sombras de los cuerpos que se aman
y ya no, no hay lugar para el amor y las
palabras no dicen ni adiós, ya veremos,
calla.
No hay compasión,
no hay formas duplicadas del olvido,
ay, palabras, por qué
no reemplazan la ausencia.
                                J.G.