sábado, 29 de abril de 2017

Preguntas


 Es sábado por la tarde. Voy caminando por el Boulevard. El sol todavía es agradable. Tengo que ir a Santo Tomé y busco la parada del colectivo. Hace mucho que no voy a visitar a una amiga, llevo unos bizcochos, ella me espera con el mate. Doblo por 25 de Mayo hacia el sur. Me planto en la esquina de Obispo Gelabert a esperar el colectivo. No estoy segura de si esa esquina es parada. Tampoco veo gente para preguntar. Bajo la vereda, achico los ojos para identificar a lo lejos el camión amarillo. Nada. ¿Será que dobla por Obispo y la parada es Santiago del Estero, la siguiente? Pienso que mis tiempos no son los mismos del colectivero, los sábados van a paso de tranvía. Vuelvo al cordón de la vereda. Aparece un chiquito que se me acerca. Doy un paso atrás, no sé por qué tengo esa reacción instintiva con los extraños. ¿Cuántos años tendrá? ¿Cinco, seis? Es bajito, le faltan los dientes de adelante. Entonces tendrá siete, pienso. ¿Cuándo se caen las paletas? Va descalzo, la ropa le queda chica. -¿Qué estás esperando señora?-me dice.-El colectivo-le contesto-El amarillo-Asiente y se sienta más allá, sobre el cordón de la vereda. No me pidió nada, como creí. No me vuelve a mirar. Alguien me chista en la esquina de enfrente. Es un trapito que cuida los autos estacionados frente al sanatorio.-En la otra-me dice-señalando Santiago. Asiento con la cabeza y el puño con el dedo pulgar para arriba, en señal de agradecimiento. Mientras cruzo la calle y camino uno cuadra más me ronda la carita del chico sentado en el cordón, los pies descalzos, su pregunta simple, corta, pequeña. "¿Qué estás buscando señora?" Ahora no estoy pensando en la demora, en el colectivo que no viene, sino que me fui más lejos, tratando de dilucidar si estoy buscando algo que todavía no veo, algo que no sé muy bien qué es, no puedo adivinar el futuro, no sé qué pasará mañana, hace rato que no planifico más que lo que se viene al día siguiente. Hay cosas que no puedo prever o que no puedo prever del todo; siempre hay un algo que se nos escapa. Busco algo siempre, aunque no sé muy bien qué. Ya no lo veo al chiquito, quedó escondido entre los autos; su pregunta sí, está conmigo mientras subo al colectivo que al fin apareció. 
                                                                                           J.G.

Foto: Arnoldo Gualino



jueves, 13 de abril de 2017

En el taller

  Papá no me entiende. Le digo que no quiero ir a la obra, que me cansa la espalda pero no me cree. Los otros días me cayó la mezcla en el zapato y después no me pude mover. Cuando mamá los vio me dijo que era un desastre, que no tenían para comprarme otros, que iba a tener que esperar hasta mi cumpleaños para tener un par nuevo. Así que estuvo refregándolos con un cepillo hasta que quedaron duros como cartón. Para ir a la escuela uso unas zapatillas de mi primo Héctor que me quedan un poco grandes; les hice una plantilla con la goma que me dieron en el taller de don Luis y que era de un neumático viejo. Papá no sabe que por la tarde me escapo un rato al taller de don Luis. Me ofrecí para lo que sea y me dio una escoba. Entonces me voy con la escoba al garaje y miro los autos de cerca. Me fascinan. Algún día voy a tener mi propio taller mecánico. Me veo con el mameluco puesto, la cara manchada de aceite, las manos sucias de grasa. Feliz con mi taller reparando los autos de toda la ciudad y de los turistas también. La otra vez don Luis me mostró cómo funcionaba el motor de un Ford y yo sentí que se me iba el alma cuando lo escuché ronronear. Nosotros no tenemos un auto porque no nos alcanza. Y si pudiéramos mamá no querría. Mamá piensa que los autos son pura tontera de gente con ganas de hacer ruido; eso lo dice porque nunca se subió a uno, porque les tiene miedo. Nació en el campo y todavía no se acostumbra a vivir acá en donde hay un poco de movimiento. Si papá no se casaba con ella se habría quedado toda la vida en el campo cosechando batatas. Qué suerte que papá pensó en el futuro, en las ciudades. Está bien que esto no es la Capital pero hay movimiento. Balcarce tiene una calle principal con algunos negocios. No es un pueblo. Por acá pasa mucha gente que va de Buenos Aires a Mar del Plata. Están construyendo un hotel y una confitería. La plaza es grande, con canteros de malvones y rosales. También hay bancos y un arenero. Nosotros damos una vuelta los domingos por la tarde; con mis hermanos jugamos a las escondidas antes de que mamá nos llame para comer la torta de vainilla y los bizcochos.
  Los otros días vino al taller un viajante de Mar del Plata. Mientras esperaba a que don Luis le revise los neumáticos me mostró un diario de Buenos Aires. Me decía que le gustaban las carreras de autos, que en las afueras de la ciudad se corrían y que eran más entretenidas que las del Hipódromo. Y que acá en Balcarce se estaba pensando en hacer carreras. Que así, cuantos más circuitos haya en la provincia se iban a ser populares como las de los caballos. Él hablaba y yo me fui por las nubes. Me vi como el hombre de la foto, aferrado al volante como si fuera el dueño del tiempo y del espacio. Después se me dio por pedirle que me regale esa página del diario; la guardé en un cuaderno de figuritas que me regalaron para Navidad. Todas las noches miro esa foto y pienso que tal vez pueda vivir de un taller mecánico y los fines de semana correr carreras.
  El lunes no aguanté y me trepé a uno de los autos de don Luis. Primero observé el volante, la palanca de cambio, el acelerador, el embrague. Después acomodé las manos y los pies para encenderlo. Dudé dos segundos. ¿Y si lo encendía y se me iba para adelante y lo chocaba? La llave estaba puesta y don Luis se había ido atrás a encender el fuego para el mate. No dudé. Di vuelta la llave y lo encendí.  El rugido me mordió las orejas, y yo me sentí extraordinariamente bien. Un calorcito me venía de abajo, un leve olor a nafta se me metía por las narices. Apagué el motor enseguida porque me dio un poco de culpa. Después le pregunté a don Luis si me dejaba correr los coches para barrer mejor, que así iba a limpiar bien, que no se preocupe por la marcha atrás, que confíe en mi prudencia, que tenía once años pero era despierto y que si pasaba algo yo lo iba a pagar con trabajo. Primero me dijo que no, que era muy chico para aprender a manejar, y que si mi mamá se enteraba me iban a mandar a la casa de mis tíos que viven en el campo a cosechar batatas. Pero yo le insistí tanto que me dio permiso para que los encienda una vez a la semana. Que con una vez era suficiente. Yo no aguanto pero otra no me queda, no puedo portarme mal porque si no, no me va a dejar subir más. Mañana es el día que puedo encender los autos y correrlos. Yo sé que suena un poco loco pero quiero ser corredor de autos cuando sea más grande. No falta tanto. Y aunque no se jure, yo cruzo los dedos para que mi sueño se cumpla, sí. Porque me llamo Juan Manuel Fangio y soy terco como una mula.
                                                                                                       J.G.


Foto: Juan Manuel Fangio
Capital Cars &Classics


                                                                                                                                          

jueves, 6 de abril de 2017

                                                                     "Y acepta: el fuego ya estaba allí"
                                                                                         José Watanabe

Ya estaba allí, el fuego,
las lenguas ardientes
entre las ramas.
Lejano el ardor,
los pies pidiendo algo más
que la sombra, el tiento húmedo
ha quedado atrás.
Ya estaba allí, no fui oportuna,
arde en diagonal el fuego
que ahora es una pregunta.
¿Irá más allá de las hojas secas,
más allá del círculo ingenuo
desmedido y trivial de mi cuerpo?
Ya quisiera el fuego,
el chasquido inicial, falsas letanías,
como si fuera tensa la corteza,
arrumbada entre las cáscaras
de codornices o el chasquido
insondable de los búhos.
Desataré los nudos de mi cabeza,
nudos sin pañuelos; allí estarán
por un rato, hasta que el fuego
limpie lo que falta.
                               J.G.



sábado, 1 de abril de 2017



Lejos la línea horizontal
es un punto y otro. Se pierden
las ramas en el recodo
de la esquina. Los párpados lentos
dejan pasar la luz como dejan pasar
los nombres entre las hojas,
los nombres que una vez perdimos
en la voz. Aquí están buscando
mi regazo, una mata de hiedra.
amapolas, sándalos, musgos
un poco amargos.
Yo los dejo venir, parecen huérfanos.
Me reconozco en ellos,
son un poco niños estos nombres
que parlotean en las ramas
suben y bajan por el tronco
del palo borracho o en los tilos.
Son felices en el porvenir.
La luz, la inocencia, la mañana
los dejan libres en su hacer.
La luz, la inocencia, la mañana,
este respiro no contaminado.
                                       J.G.