sábado, 18 de marzo de 2017

Camino a la escuela
 Muy lejos en el tiempo está papá en su Ford Taunus rojo. Con él me lleva a la escuela todos los días, por la tarde. Mamá me da de comer temprano porque voy a la escuela en turno tarde. Me peina sólo con cintas azules. No sé cómo hace, yo nunca pude hacer colitas y atarlas con una cinta, me hace falta la gomita de ésas que sirven para cualquier cosa, como la que usamos para atar la bolsa de azúcar o como la que me da el diariero para que no se caigan los suplementos del domingo. Todavía no llevo mochila sino un portafolios. Eso fue hasta cuarto grado. Como el horario de entrada es pasada la una del mediodía papá no alcanza a comer sino que me espera afuera, en la puerta del pasillo. La escuela no está lejos, serán unas diez cuadras. El camino para llegar es muy sencillo, directo por la calle donde vivimos, 4 de enero hasta Junín y luego hay que doblar por Saavedra hasta Suipacha. La puerta principal es por Suipacha, después cambió el nombre por Salvador Caputo a esa altura pero si uno camina por esa calle hasta Avenida Freyre directo al Parque Garay ahí se vuelve a llamar Suipacha (o es al revés?). También se puede entrar a la escuela por la puerta de Avenida Urquiza sólo si llego tarde y el portón de la otra calle, la que da a Junín está cerrado para los chicos de primaria. Esto lo sé ahora, los nombres de las calles, el recorrido que hacía papá con el Ford Taunus. Antes no, me guiaba por algunas casas o la Plaza Constituyentes. Como dependía de él para ir a la escuela me importaba que  llegara a tiempo. No recuerdo sobre qué hablábamos, tal vez de las tareas que hice por la mañana, yo iba sentada atrás pero apoyaba las manos en el medio de los asientos delanteros para estar cerca y ver mejor el camino. Una vez se demoró. Fue un viernes. Digo viernes porque era el día de la semana que viajaba a Santa Rosa. Estaba en sexto o séptimo. Mamá me llevó a la esquina de casa y me enseñó a tomarme un colectivo. Me acuerdo bien que era marrón, el 14. Iba derecho por 4 de enero hasta Junín. Ahí me tenía que bajar y caminar dos cuadras. Cruzar Urquiza. Tenía un poco de miedo porque a esa hora los colectivos iban cargadísimos de gente. Y yo con la mochila que parecía un tonel. Mamá me dijo que me quedara cerca del colectivero, que no me quede atorada en el medio que después no iba a poder bajar en la parada, que le pregunte por Junín antes de bajar. Eso hice y me fue bien. Lo más difícil fue respirar en ese tufo de gente, no me importaba llegar tarde esa vez sino salir de ese embrollo humano.
 Las veces que papá y mamá viajaban que habrán sido dos o tres durante toda la primaria y me tuve que quedar, el abuelo me llevaba a la escuela caminando. No tenía auto. Él único que tuvo se lo regaló a papá cuando se casó con mamá. Salíamos temprano, caminábamos despacio, a su ritmo. Doblábamos por calle Francia derecho. Él me llevaba el portafolio y con la otra mano me llevaba a mí. Las veredas eran anchas, arboladas, las veredas estaban llenas de hojas amarillas que yo pisaba con un placer secreto. En ese barrio siempre hubo hojas amarillas, resecas en la vereda, no sé por qué. Era raro pero hablábamos mucho. Yo no sabía muy bien sobre qué podía hablar con el abuelo pero la caminata me hacía preguntarle cosas sobre fútbol, de Racing o de Unión o sobre su familia, la que vivía en Rafaela. Me daba curiosidad saber a quién le escribía las cartas que veía que tecleaba de pie en su máquina de escribir. ¿Por qué de pie y no sentado? Como a papá, al abuelo le resultaban fáciles las cuentas, entonces yo le daba mi cuaderno para que me diera ejercicios de práctica que luego miraba antes de salir. Cuando llegábamos a Suipacha caminábamos hasta la mitad de la cuadra, cruzábamos y me dejaba en la puerta. A la salida venía la abuela y con ella las cosas eran diferentes; primero porque la abuela era más joven y caminaba más rápido y segundo porque hablaba hasta por los codos entonces no me tenía que estar preocupando por sacar un tema de conversación porque ella tenía miles. 
 Cuando estaba en la casa con el abuelo compartíamos el silencio más que las palabras. Sentados en las sillas plegables, cuando el calor del verano era insoportable, y no se podía estar en la cocina, salíamos a la tardecita a ver pasar los autos. Nos hacíamos compañía en la vereda. Los autos rumbeaban para el oeste con el acelere del semáforo de la cuadra anterior; mirábamos los chicos que iban por la vereda de enfrente, yo los contaba porque eran los nietos de los abuelos que vivían en esa cuadra y eran un montón, no como nuestra vereda que sólo éramos cinco. Si se sentaban otros abuelos nos mirábamos como si fuésemos espectadores de un partido de tenis. Cada uno mirando pasar los autos, no nos hablábamos ni a los gritos. Para eso había que cruzarse. Después me di cuenta de que para un viejito como mi abuelo cruzar la calle era un peligro. De ahí que se quedara como atornillado en la silla. Si venía papá a esa hora significaba que me tenía que ir y que no iba a comer en lo de los abuelos. Pero si la tarde desaparecía de golpe, como si alguien la hubiera amordazado, significaba que era hora de entrar las sillas. Entonces cada uno se iba para su lado, él a la cocina con la abuela y yo al comedor donde estaba el televisor. Comíamos así, yo mirando la tele en el comedor y ellos juntos en la cocina. Claro que yo comía milanesa con puré, eso era comer, ellos no comían, era el café con leche y el sandwich de queso calentito en la bifera. Nunca entendí eso de tomarse un café con leche a la noche como cuando uno desayuna. Después, de postre, venía la mejor parte que era el chocolate blanco Arcor y papá tocaba el timbre para buscarme, todo sincronizado como si se hubiesen puesto de acuerdo, el chocolate y el timbre de afuera. No se iba en seguida. Papá charlaba un rato con la abuela y después sí. El viaje de vuelta a casa.
                                                                                  J.G.





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