lunes, 16 de enero de 2017

Ciudades (II)

 Hay ciudades que llaman. Buenos Aires es una de ellas. No pierdo la oportunidad de ir cuando puedo. Durante años, paré en un hotel de calle Rincón, detrás del Congreso, un poco oculto entre los árboles y más aún ante el imponente edificio que le precede. Me gustaba caminar por aquel entonces por Avenida Rivadavia que corta Rincón, pasar por el Café de los Angelitos que según cuentan, en la década del sesenta era un bar al que concurrían escritores a discutir sobre la nueva literatura. Los apadrinaban retratos de cantantes de tangos y hermosos vitrales pero ahora es un lugar turístico para escuchar y ver bailar tango. Más allá está Avenida Callao que empalmando con Avenida Corrientes es una excusa insoslayable para los lectores con sus librerías abiertas durante todo el día y toda la noche. 
 A diferencia de otros viajes anteriores, ésta vez conseguimos un departamento en Palermo. Teníamos sólo un día para estar allí. La mañana del sábado me quedaría con los chicos hasta que pudiéramos reencontrarnos al mediodía para almorzar. Se me ocurrió que podíamos ir a caminar unas pocas cuadras para conocer la zona, y de paso hacer un paseo con la perrita que habíamos traído. Los chicos son reacios a la aventura si eso significa desconectarse del celular, del televisor y de un ambiente climatizado cuando hace calor. Me resulta difícil no compararme cuando yo era una nena y hacíamos, mi hermana y yo, lo que nuestros padres planificaban sin chistar. Buenos Aires tenía para nosotras el atractivo de la gran ciudad con sus avenidas, edificios pintorescos, parques inmensos, librerías y teatros. Pero no para ellos, mis hijos. A duras penas salimos con la promesa de que volveríamos pronto. Zigzagueamos las cuatro cuadras, tras los pasos de la perrita. Los árboles, altos y frondosos, filtraban el sol que todavía no resultaba incómodo. Creí reconocer eucaliptos. Llegamos a una plaza muy concurrida. Más o menos como la plaza del soldado de Santa Fe, por lo céntrica aunque ésta era más grande, cercada por altas rejas, generosa en árboles y parcelas de césped. A diferencia del camino que habíamos hecho, solitario y silencioso, la plaza se ofrecía como un centro de atracción, como si fuera un acuerdo tácito entre los vecinos encontrarse allí, a esa hora, los sábados. Leímos en un cartel que se llamaba plaza Monseñor de Andrea, más conocida como la “Plaza de los perros” porque en la esquina que desemboca en Avenida Córdoba hay una escultura de dos galgos rusos que data de 1914, obra del escultor Giácomo Merculiano. A pocos metros de los perros de piedra había una calesita. Dicen que la calesita funciona los fines de semana con sortija incluida. Sobre calle Cabrera, por donde vinimos, una feria franca reunía a mucha gente con sus changuitos. La fruta se veía fresca y tentadora; más allá estaban los puestos de verduras y por último, el pescado. Los vecinos esperaban su turno con paciencia a pesar de que enfrente había un supermercado al que podían ir y comprar lo mismo.

 Buscamos un banco para sentarnos; estaban todos ocupados. Pensé en sentarme en el anfiteatro pero olía a orina. Más adelante había un sector de mesas de ajedrez; no había sombra allí. Seguimos dando vueltas hasta que un banco se desocupó. Estaba a la sombra de un enorme palo borracho. A Vito le llamó la atención un circuito aeróbico en la esquina de Cabrera y Paraguay y fue a probar los aparatos hechos de madera y metal. Más acá estaban los padres paseando a sus bebés en cochecitos y cuando digo padres me refiero a los hombres porque no había ninguna madre en el sector de los juegos. ¿Adónde se habían ido? Supuse que tal vez fuera una costumbre que los sábados se ocuparan un poco de sí mismas y que a sus compañeros les tocara cuidar a los hijos o era pura coincidencia. Caro había llevado a la perrita a intercambiar saludos con otros perros y a capturar instantáneas con su cámara de fotos. Yo había traído un libro y el equipo de mate. A los pocos minutos, una señora mayor se sentó en la otra punta del banco. Intercambiamos un breve diálogo sobre el tiempo, como es común entre desconocidos. Ella también tenía un libro. Sólo eso. Ni un bolso o cartera, ni la llave a la vista. Yo deseaba leer y a ella le ocurría lo mismo porque ambas hicimos silencio y abrimos el libro. Como pasa siempre con los lectores, a una le da curiosidad saber qué está leyendo el otro. Traté disimuladamente de ver qué tenía entre manos. Apenas pude distinguir la editorial cuando la señora se cruzó de banco; la sombra le daba frío, me dijo. De lejos, creí leer el nombre del autor, Mario Vargas Llosa. No es que sea prejuiciosa pero me llamó la atención el nivel del autor y la edad de la señora. Sí, era prejuiciosa por pensar lo que estaba pensando. Yo tenía El hacedor de Borges. Después deduje que se había cambiado de banco porque detrás nuestro un grupo, cuatro mujeres y un hombre, empezaron a fumar marihuana. Huí también del último banco con sombra de la plaza y me fui cerca del circuito aeróbico. Siempre vi gente fumando en la plaza de mi barrio aunque nunca de mañana; cada cual con sus cosas, pensé. Más allá los hombres mayores leían el diario o conversaban. Busqué sentarme en el peldaño de un cantero y leí “Everything and nothing” de El hacedor de Borges. Me resultaba inevitable no dejar de pensar en el hecho de que estaba en una plaza de Buenos Aires intercambiando los mismos deseos con desconocidos como si acordásemos un trueque implícito, como si formáramos parte de un prisma. Y esto que pienso es en realidad el recuerdo de una frase de Italo Calvino de Las ciudades invisibles.  Las ciudades, decía Calvino, no son sólo lugares de trueque de mercancías sino también de deseos, de palabras, de recuerdos. La gran ciudad se ofrecía a mí como un espejo de otra plaza- la de mi barrio, en Santa Fe- y de otro tiempo-el que viví con mis padres en otros viajes-. Pensé que, en definitiva, viajar es perderse en otro espacio, es conectarse con uno mismo y a la vez se es otro. Algo misterioso e inaudito encierran los viajes; algo reverbera en ese conjunto de instantes. Soy yo aquí, y soy otra. Y si en el texto de Borges Shakespeare, ante la inminencia de la muerte; él, que fue muchos hombres, le pide a Dios ser uno, yo prefiero duplicarme, despegarme por unos días de la que habitualmente vive en mí. Quizá los viajes sean eso, una tregua para duplicarnos y luego volver a ser lo que somos o lo que la ciudad en la que vivimos elige de nosotros.
                                                                J.G.


Plaza Monseñor de Andrea

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