Ciudades (II)
Hay ciudades que llaman. Buenos Aires es una de ellas. No
pierdo la oportunidad de ir cuando puedo. Durante años, paré en un hotel de
calle Rincón, detrás del Congreso, un poco oculto entre los árboles y más aún
ante el imponente edificio que le precede. Me gustaba caminar por aquel entonces por Avenida
Rivadavia que corta Rincón, pasar por el Café de los Angelitos que según
cuentan, en la década del sesenta era un bar al que concurrían escritores a discutir
sobre la nueva literatura. Los apadrinaban retratos de cantantes de tangos y hermosos
vitrales pero ahora es un lugar turístico para escuchar y ver bailar tango. Más
allá está Avenida Callao que empalmando con Avenida Corrientes es una excusa
insoslayable para los lectores con sus librerías abiertas durante todo el día y
toda la noche.
A diferencia de otros
viajes anteriores, ésta vez conseguimos un departamento en Palermo. Teníamos
sólo un día para estar allí. La mañana del sábado me quedaría con los chicos hasta
que pudiéramos reencontrarnos al mediodía para almorzar. Se me ocurrió que
podíamos ir a caminar unas pocas cuadras para conocer la zona, y de paso hacer
un paseo con la perrita que habíamos traído. Los chicos son reacios a la
aventura si eso significa desconectarse del celular, del televisor y de un
ambiente climatizado cuando hace calor. Me resulta difícil no compararme cuando
yo era una nena y hacíamos, mi hermana y yo, lo que nuestros padres
planificaban sin chistar. Buenos Aires tenía para nosotras el atractivo de la
gran ciudad con sus avenidas, edificios pintorescos, parques inmensos, librerías
y teatros. Pero no para ellos, mis hijos. A duras penas salimos con la promesa
de que volveríamos pronto. Zigzagueamos las cuatro cuadras, tras los pasos de
la perrita. Los árboles, altos y frondosos, filtraban el sol que todavía no
resultaba incómodo. Creí reconocer eucaliptos. Llegamos a una plaza muy
concurrida. Más o menos como la plaza del soldado de Santa Fe, por lo céntrica
aunque ésta era más grande, cercada por altas rejas, generosa en árboles y
parcelas de césped. A diferencia del camino que habíamos hecho, solitario y
silencioso, la plaza se ofrecía como un centro de atracción, como si fuera un
acuerdo tácito entre los vecinos encontrarse allí, a esa hora, los sábados. Leímos
en un cartel que se llamaba plaza Monseñor de Andrea, más conocida como la “Plaza
de los perros” porque en la esquina que desemboca en Avenida Córdoba hay una
escultura de dos galgos rusos que data de 1914, obra del escultor Giácomo
Merculiano. A pocos metros de los perros de piedra había una calesita. Dicen
que la calesita funciona los fines de semana con sortija incluida. Sobre calle
Cabrera, por donde vinimos, una feria franca reunía a mucha gente con sus
changuitos. La fruta se veía fresca y tentadora; más allá estaban los puestos
de verduras y por último, el pescado. Los vecinos esperaban su turno con
paciencia a pesar de que enfrente había un supermercado al que podían ir y comprar
lo mismo.
Buscamos un banco para sentarnos; estaban todos
ocupados. Pensé en sentarme en el anfiteatro pero olía a orina. Más adelante
había un sector de mesas de ajedrez; no había sombra allí. Seguimos dando
vueltas hasta que un banco se desocupó. Estaba a la sombra de un enorme palo
borracho. A Vito le llamó la atención un circuito aeróbico en la esquina de
Cabrera y Paraguay y fue a probar los aparatos hechos de madera y metal. Más
acá estaban los padres paseando a sus bebés en cochecitos y cuando digo padres
me refiero a los hombres porque no había ninguna madre en el sector de los
juegos. ¿Adónde se habían ido? Supuse que tal vez fuera una costumbre que los
sábados se ocuparan un poco de sí mismas y que a sus compañeros les tocara
cuidar a los hijos o era pura coincidencia. Caro había llevado a la perrita a
intercambiar saludos con otros perros y a capturar instantáneas con su cámara
de fotos. Yo había traído un libro y el equipo de mate. A los pocos minutos,
una señora mayor se sentó en la otra punta del banco. Intercambiamos un breve
diálogo sobre el tiempo, como es común entre desconocidos. Ella también tenía
un libro. Sólo eso. Ni un bolso o cartera, ni la llave a la vista. Yo deseaba
leer y a ella le ocurría lo mismo porque ambas hicimos silencio y abrimos el
libro. Como pasa siempre con los lectores, a una le da curiosidad saber qué
está leyendo el otro. Traté disimuladamente de ver qué tenía entre manos. Apenas
pude distinguir la editorial cuando la señora se cruzó de banco; la sombra le
daba frío, me dijo. De lejos, creí leer el nombre del autor, Mario Vargas
Llosa. No es que sea prejuiciosa pero me llamó la atención el nivel del autor y
la edad de la señora. Sí, era prejuiciosa por pensar lo que estaba pensando. Yo
tenía El hacedor de Borges. Después
deduje que se había cambiado de banco porque detrás nuestro un grupo, cuatro
mujeres y un hombre, empezaron a fumar marihuana. Huí también del último banco
con sombra de la plaza y me fui cerca del circuito aeróbico. Siempre vi gente
fumando en la plaza de mi barrio aunque nunca de mañana; cada cual con sus
cosas, pensé. Más allá los hombres mayores leían el diario o conversaban. Busqué
sentarme en el peldaño de un cantero y leí “Everything and nothing” de El hacedor de Borges. Me resultaba
inevitable no dejar de pensar en el hecho de que estaba en una plaza de Buenos
Aires intercambiando los mismos deseos con desconocidos como si acordásemos un
trueque implícito, como si formáramos parte de un prisma.
Y esto que pienso es en realidad el recuerdo de una
frase de Italo Calvino de Las ciudades
invisibles. Las ciudades, decía
Calvino, no son sólo lugares de trueque de mercancías sino también de deseos, de
palabras, de recuerdos. La gran ciudad se ofrecía a mí como un espejo de otra
plaza- la de mi barrio, en Santa Fe- y de otro tiempo-el que viví con mis
padres en otros viajes-. Pensé que, en definitiva, viajar es perderse en otro
espacio, es conectarse con uno mismo y a la vez se es otro. Algo misterioso e
inaudito encierran los viajes; algo reverbera en ese conjunto de instantes. Soy
yo aquí, y soy otra. Y si en el texto de Borges Shakespeare, ante la inminencia
de la muerte; él, que fue muchos hombres, le pide a Dios ser uno, yo prefiero
duplicarme, despegarme por unos días de la que habitualmente vive en mí. Quizá
los viajes sean eso, una tregua para duplicarnos y luego volver a ser lo que
somos o lo que la ciudad en la que vivimos elige de nosotros.
J.G.
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| Plaza Monseñor de Andrea |