lunes, 23 de enero de 2017

Abrir la puerta

me pregunto
y es una pregunta inmoral
si servirá de algo abrir esa puerta
que da al patio
a la tierra
al viento del mundo
a los pasos de la gente
me pregunto
si servirá de algo escribir
a estas horas de la noche
en el silencio de mi habitación
con la puerta cerrada

sería tan sencillo
me digo
abrir por fin la puerta
y asomarme y mirar
dejando que me lleven
los pasos y la sombras del camino
me pregunto si servirá de algo explicar
por qué no explico
cuando tanta palabra y confidencia
intentaron traducirme
y ponerme al descubierto

si servirá de algo abrir la puerta
me pregunto
y andar por el patio
por el mundo entre la gente
abrir de par en par la puerta
para que todo pueda cumplirse
como la hoja de un cuchillo al extremo de un puente
como la red y el roble que salvan la alegría al final del espectáculo
como el canto de las aguas y el susurro de la siesta
como la playa en sombras y el lecho infinito de los amantes reencontrados

para que todo pueda cumplirse
la luz la noche la inocencia
el nombre que pasa entre las ramas
la puerta se abrirá enteramente
se abrirá por fin la puerta
por si alguno
quiere volver a entrar o salir
o curiosear entre mis cosas
o esperarme mientras vuelvo
y si tardo y no regreso
salir al viento
y olvidarme


(de El día, 1968. Luis Soler Cañás, Generación poética del 40, Buenos Aires, ECA, 1981)


Edgar Bayley

miércoles, 18 de enero de 2017

"Fuera de los límites de las iglesias oficiales, la gente se olvida de los pecados capitales, pero me parece que el pecado de nuestro tiempo es la pereza. Y es obvio que no estoy hablando de los desocupados que "no trabajan por pereza", como se dice por ahí, sino de la enorme tentación del hombre contemporáneo a no comprometerse. Probablemente porque se lo ha despojado de futuro. Pero si volvemos al ejemplo del arte y a ese proceso constante de ensayo y corrección, y volvemos a la idea de que en el proceso algo puede aparecer, del mismo modo, aún sin promesas de futuro, la necesidad de comprometerse, de resistir, está allí como un proceso. Y paradójicamente, es en ese proceso donde puede aparecer la esperanza. Pensamos alguna vez que la esperanza llegaría como una estrella caída del cielo, pero nos equivocábamos. Y es por eso que esa simple dicotomía implícita en la pregunta: "¿Es usted optimista o pesimista?" me parece tan estúpida. Es un ejemplo perfecto de un pensamiento perezoso que no entiende esa dialéctica del alma que Simone Weil conocía tan bien y que nada tiene que ver con las oposiciones simplistas de las encuestas de opinión. La esperanza o la fe sólo surgen en la oscuridad o en la desesperación."
                                          John Berger en entrevista con Graciela Speranza. Publicado por Clarín, 1999. El jinete insomne Blog.
                                                             

lunes, 16 de enero de 2017

Ciudades (II)

 Hay ciudades que llaman. Buenos Aires es una de ellas. No pierdo la oportunidad de ir cuando puedo. Durante años, paré en un hotel de calle Rincón, detrás del Congreso, un poco oculto entre los árboles y más aún ante el imponente edificio que le precede. Me gustaba caminar por aquel entonces por Avenida Rivadavia que corta Rincón, pasar por el Café de los Angelitos que según cuentan, en la década del sesenta era un bar al que concurrían escritores a discutir sobre la nueva literatura. Los apadrinaban retratos de cantantes de tangos y hermosos vitrales pero ahora es un lugar turístico para escuchar y ver bailar tango. Más allá está Avenida Callao que empalmando con Avenida Corrientes es una excusa insoslayable para los lectores con sus librerías abiertas durante todo el día y toda la noche. 
 A diferencia de otros viajes anteriores, ésta vez conseguimos un departamento en Palermo. Teníamos sólo un día para estar allí. La mañana del sábado me quedaría con los chicos hasta que pudiéramos reencontrarnos al mediodía para almorzar. Se me ocurrió que podíamos ir a caminar unas pocas cuadras para conocer la zona, y de paso hacer un paseo con la perrita que habíamos traído. Los chicos son reacios a la aventura si eso significa desconectarse del celular, del televisor y de un ambiente climatizado cuando hace calor. Me resulta difícil no compararme cuando yo era una nena y hacíamos, mi hermana y yo, lo que nuestros padres planificaban sin chistar. Buenos Aires tenía para nosotras el atractivo de la gran ciudad con sus avenidas, edificios pintorescos, parques inmensos, librerías y teatros. Pero no para ellos, mis hijos. A duras penas salimos con la promesa de que volveríamos pronto. Zigzagueamos las cuatro cuadras, tras los pasos de la perrita. Los árboles, altos y frondosos, filtraban el sol que todavía no resultaba incómodo. Creí reconocer eucaliptos. Llegamos a una plaza muy concurrida. Más o menos como la plaza del soldado de Santa Fe, por lo céntrica aunque ésta era más grande, cercada por altas rejas, generosa en árboles y parcelas de césped. A diferencia del camino que habíamos hecho, solitario y silencioso, la plaza se ofrecía como un centro de atracción, como si fuera un acuerdo tácito entre los vecinos encontrarse allí, a esa hora, los sábados. Leímos en un cartel que se llamaba plaza Monseñor de Andrea, más conocida como la “Plaza de los perros” porque en la esquina que desemboca en Avenida Córdoba hay una escultura de dos galgos rusos que data de 1914, obra del escultor Giácomo Merculiano. A pocos metros de los perros de piedra había una calesita. Dicen que la calesita funciona los fines de semana con sortija incluida. Sobre calle Cabrera, por donde vinimos, una feria franca reunía a mucha gente con sus changuitos. La fruta se veía fresca y tentadora; más allá estaban los puestos de verduras y por último, el pescado. Los vecinos esperaban su turno con paciencia a pesar de que enfrente había un supermercado al que podían ir y comprar lo mismo.

 Buscamos un banco para sentarnos; estaban todos ocupados. Pensé en sentarme en el anfiteatro pero olía a orina. Más adelante había un sector de mesas de ajedrez; no había sombra allí. Seguimos dando vueltas hasta que un banco se desocupó. Estaba a la sombra de un enorme palo borracho. A Vito le llamó la atención un circuito aeróbico en la esquina de Cabrera y Paraguay y fue a probar los aparatos hechos de madera y metal. Más acá estaban los padres paseando a sus bebés en cochecitos y cuando digo padres me refiero a los hombres porque no había ninguna madre en el sector de los juegos. ¿Adónde se habían ido? Supuse que tal vez fuera una costumbre que los sábados se ocuparan un poco de sí mismas y que a sus compañeros les tocara cuidar a los hijos o era pura coincidencia. Caro había llevado a la perrita a intercambiar saludos con otros perros y a capturar instantáneas con su cámara de fotos. Yo había traído un libro y el equipo de mate. A los pocos minutos, una señora mayor se sentó en la otra punta del banco. Intercambiamos un breve diálogo sobre el tiempo, como es común entre desconocidos. Ella también tenía un libro. Sólo eso. Ni un bolso o cartera, ni la llave a la vista. Yo deseaba leer y a ella le ocurría lo mismo porque ambas hicimos silencio y abrimos el libro. Como pasa siempre con los lectores, a una le da curiosidad saber qué está leyendo el otro. Traté disimuladamente de ver qué tenía entre manos. Apenas pude distinguir la editorial cuando la señora se cruzó de banco; la sombra le daba frío, me dijo. De lejos, creí leer el nombre del autor, Mario Vargas Llosa. No es que sea prejuiciosa pero me llamó la atención el nivel del autor y la edad de la señora. Sí, era prejuiciosa por pensar lo que estaba pensando. Yo tenía El hacedor de Borges. Después deduje que se había cambiado de banco porque detrás nuestro un grupo, cuatro mujeres y un hombre, empezaron a fumar marihuana. Huí también del último banco con sombra de la plaza y me fui cerca del circuito aeróbico. Siempre vi gente fumando en la plaza de mi barrio aunque nunca de mañana; cada cual con sus cosas, pensé. Más allá los hombres mayores leían el diario o conversaban. Busqué sentarme en el peldaño de un cantero y leí “Everything and nothing” de El hacedor de Borges. Me resultaba inevitable no dejar de pensar en el hecho de que estaba en una plaza de Buenos Aires intercambiando los mismos deseos con desconocidos como si acordásemos un trueque implícito, como si formáramos parte de un prisma. Y esto que pienso es en realidad el recuerdo de una frase de Italo Calvino de Las ciudades invisibles.  Las ciudades, decía Calvino, no son sólo lugares de trueque de mercancías sino también de deseos, de palabras, de recuerdos. La gran ciudad se ofrecía a mí como un espejo de otra plaza- la de mi barrio, en Santa Fe- y de otro tiempo-el que viví con mis padres en otros viajes-. Pensé que, en definitiva, viajar es perderse en otro espacio, es conectarse con uno mismo y a la vez se es otro. Algo misterioso e inaudito encierran los viajes; algo reverbera en ese conjunto de instantes. Soy yo aquí, y soy otra. Y si en el texto de Borges Shakespeare, ante la inminencia de la muerte; él, que fue muchos hombres, le pide a Dios ser uno, yo prefiero duplicarme, despegarme por unos días de la que habitualmente vive en mí. Quizá los viajes sean eso, una tregua para duplicarnos y luego volver a ser lo que somos o lo que la ciudad en la que vivimos elige de nosotros.
                                                                J.G.


Plaza Monseñor de Andrea

martes, 10 de enero de 2017

Ciudades (I)

 Viajábamos con papá y mamá una o dos veces por año a Buenos Aires. Él era ingeniero e investigador en tecnología de alimentos. Su agenda anual lo obligaba a dar un par de conferencias en congresos de su especialidad en Buenos Aires aunque él hubiese preferido no tener que hacerlo. No le gustaba exponerse ante un público; en cambio, le gustaba escribir lo que investigaba con su equipo, traducirlo al inglés, mantener contacto por correo. Para nosotras, ir a Buenos Aires era salir de vacaciones en plena época de clases, en junio o septiembre. Armar los bolsos, anticipar las faltas en la escuela, organizar los libros que iba a llevar en mi mochila o las fibras que necesariamente tenía que guardar en mi cartuchera para que mi hermana menor dibuje en el viaje era un ritual excitante. Viéndolo a la distancia, cualquier chico de ahora me diría que nos entreteníamos con muy poco. Pero para nosotras que no veraneábamos era todo un acontecimiento.
  Mamá planificaba varias salidas mientras papá estuviese ocupado en los congresos. Parábamos habitualmente en un hotel de calle Arenales, en Recoleta. Allí podíamos comer frugalmente porque contaba con una pequeña cocina. También mamá aprovechaba para repasar las tareas de Inés que estaba en primer grado; la maestra le había recomendado que practicara todos los días unos renglones de lectura y escritura. Como yo era grande, me quedaba recostada en la cama leyendo las novelas de los Siete Amigos que por entonces había conocido a través de una de mis compañeras de la escuela. Estaba en esa edad entre los libros para chicos y los libros para adultos; no sabía muy bien qué era un libro para adultos o qué autores podía empezar a leer y tampoco me ayudaba mucho la biblioteca a la que iba diariamente a buscar libros para leer en casa. Recuerdo que Claudia me había prestado un ejemplar de los chicos detectives y entonces seguí por el lado del policial. Tía Mónica me había regalado para Reyes una novela que se llamaba “El forastero misterioso” de Mark Twain y me había generado la sensación de que estaba leyendo algo nuevo, perturbador, me inquietaba el hecho de descubrir que no todos los finales son felices ni todos los buenos ganan en las historias.
  Después de las tareas de Inés nos preparábamos para salir. A mamá siempre se le ocurrían cosas interesantes porque Buenos Aires era y sigue siendo una ciudad a la siempre descubrimos algo nuevo. En ese viaje, nos llevó primero al Teatro Cervantes por la mañana, en un recorrido guiado por la sala y por la tarde nos llevó al Teatro Colón. Quedé maravillada con sus escalinatas y galerías de mármol, el aura de un esplendor que en aquel entonces me parecía de castillo de cuentos de hadas. La visita, o lo que me acuerdo de la visita, comenzó en la sala principal. No sé si el Teatro tiene otras salas como el Municipal de Santa Fe pero verla así, majestuosa con su telón de brocato como una reina apoltronada en su trono, fue maravilloso. En la cúpula pudimos descubrir al que luego sería uno de mis artistas favoritos, Raúl Soldi. Tuvimos que prestar atención al guía porque las figuras se veían pequeñitas; allí estaban los músicos intercambiando instrumentos y los actores con sus máscaras. Yo era chica todavía, nunca había visto de cerca sus pinturas; faltarían algunos años para que descubriera esos rostros adolescentes, delicados y expresivos, levitando entre la tierra y otro espacio que no diría un cielo, más bien el espacio de la ficción. Después nos llevaron a las salas de ensayo de los bailarines. Los camarines permanecían abiertos, con las luces de los espejos encendidas. En un largo pasillo que conectaba los espacios entre las escenografías y las salas de ballet estaban los diferentes vestuarios de ópera colgados en maniquíes con sus zapatos forrados en satén y las pelucas del siglo XVIII. Quise probármelos, maquillarme y jugar como si fuera un arlequín o una dama de compañía mientras resonaban a lo lejos los violines de un ensayo.   Entré en un estado de ensoñación, como si parte de mí se hubiese ido a la época que recreaban las óperas. Definitivamente, todo era una invitación a evadirse de la realidad. Y así como estaba, entre la realidad y la imaginación, nos llevaron otra vez a la sala mayor. Caminábamos por entre las butacas color bermellón pisando las alfombras mullidas y rozando los respaldares para sentir el hálito de las funciones que no habíamos presenciado pero estaban allí, en la oscuridad somnolienta de los pasillos de la tertulia. Y me dije a mí misma, cuando salimos por calle Libertad, que buscaría la manera de repetir esa sensación extraña e imborrable que había sentido en el Teatro, como si fuera un personaje de los cuadros de Raúl Soldi que levitaban conscientes de sí mismos, entre la tierra y el aire.

                                                                                        J.G.

Raúl Soldi
Cúpula del Teatro Colón

jueves, 5 de enero de 2017

Domingo

 Los domingos por la mañana no tienen tanta diferencia con los sábados excepto el silencio. Desde el segundo piso del edificio se escuchan las cotorritas de la plaza y no el quejido de los autos de la avenida. Vale la pena hacerse un café y contemplar la quietud suspendida en el aire. Ahora que estamos aproximándonos al verano el sol entra por la ventana de la cocina con la premura ansiosa de quien tiene un nuevo amante. Yo no tengo amantes pero tengo el sol que entra por la ventana. Por esa de la cocina con tanta fuerza o alegría que tengo que entrecerrar los ojos. Menos mal que en invierno puse cortinas, si no tendría que usar lentes oscuros para el desayuno. Cuando baja la claridad pienso que es un buen lugar para sentarse a mirar los pocos árboles que se asoman entre los edificios. Es mejor salir y caminar, empaparse de la reverberación como si fuera a suspenderme entre la lentitud de mi tiempo interior y la eternidad de la naturaleza. Y ante la tentación de bajar y salir, caminar entre los árboles y quedarme a escribir un poco decido que tengo que escribir; que luego habrá un momento para lo otro. Acomodo la silla con los libros, abro la computadora, la hoja en blanco todavía. La claridad me dice que espere un poco, o bien sea la tendencia a no escribir porque sí cuando una quiere hacerlo; dirán que es haraganería. Yo creo más bien que una tiene que despojarse de muchas capas para encontrar esa conexión que nos lleve a decir vale la pena que apoye los dedos en el teclado. Todo lleva en la vida a no sentarse a meditar, a no hacer un ejercicio de introspección sobre dónde estamos parados. Y cómo hago para ausentarme de todo, dejar a un lado a Juan, las insistentes llamadas de la empresa telefónica, el supermercado que cierra y no hay nada en la heladera para el feriado largo, los impuestos que se vencen, el lavarropas con la ropa sucia…Decido leer los poemas, los textos breves, o un párrafo de los libros que elegí. Me zarandean sustancialmente. Entonces me digo que vale la pena equilibrar la vida con la literatura para no morirme de realidad.
                                                                                               J.G.