Inmigrantes
Isla de Elba, Italia, noviembre 1913.
Querida
Natalia:
Soy Giovanni, tu
hermano, el hijo de Agostino. Nuestro padre ha muerto. Una pulmonía. Antes de
morir me pidió que te busque. Me dijo que vives en Buenos Aires. Nunca te
olvidó, Natalia. Tu retrato de niña estuvo en la chimenea desde que llegó de la
Argentina. Estuviste con nosotros, por decirlo así, en tu foto. Más de una vez
observé a Agostino detenerse en tu imagen, dialogando contigo, en silencio. Mi
madre te aceptó porque la voluntad de nuestro padre fue indeclinable. Tú te
estabas allí, eras su hija. Y yo de niño miraba tu rostro alegre, tu brazo
apoyado en la columna, tus pies sobre un almohadón, la mirada verde y profunda.
¿Adónde estabas Natalia? ¿Adónde quedó tu infancia? Sé que Agostino escondía la
culpa y la impotencia entre sus silencios. El no poder ir a buscarte lo amarró
como su barca en la orilla. Se fue contra su voluntad. Eso también me confesó
en su lecho de muerte. Me dijo que no le guardes rencor, que algún día
comprenderás y podrás perdonarlo.
Por mi parte, deseo
encontrarte Natalia. Somos hermanos de sangre por parte de Agostino. Y verte,
con tus ojos verdes, tan parecidos a los suyos, será como verlo a él cruzando
el mar que lo llevó a tierras tan lejanas. Espero que podamos conocernos
pronto.
Giovanni
Isla de Elba, Italia, marzo 1932.
Querida
Natalia:
Estoy agradecido por tu
hospitalidad, pero más agradecido porque nos encontramos. Valió la pena
buscarte, no me lo habría perdonado si no lo hacía. Cumplí dos sueños en este
viaje a Buenos Aires, ser marino como Agostino, cruzar el mar, y por otro,
encontrar a mi hermana. Confieso que me sentí turbado en el medio del patio
cuando apareciste. Tu porte enérgico, tus ademanes me dejaron expectante. Pero
algo en tu mirar, cuando me acerqué a saludarte, me dio fuerzas: estabas
confundida y emocionada como yo. Habrás sentido ese picor que tengo en la
garganta y que trae el mar, el mar que aleja pero que también nos une en la
orilla. Ese picor se nos fue a la nariz y luego a los ojos. Era tiempo de los
abrazos, de reencontarnos en nuestro padre, de sanar las ausencias. Desde algún
lugar Agostino sonreirá, feliz.
Me gustó ver la
sorpresa que te causó la blusa de seda que te regalé y que me dijeras que nunca
habías recibido un obsequio. Natalia, la vida te ha golpeado muy duro, es
verdad que la pobreza es cruel, pero hay que darle un espacio a la alegría, a
los momentos compartidos en la mesa, aun con lo poco que se pueda comer.
Trabajas mucho Natalia, me gustaría que conozcas el mar, que puedas levantar la
vista de la costura y veas el cielo y el horizonte. En mi próximo viaje a
Buenos Aires llevaré aceitunas, aceite y unas telas. Me gustaría verte con un
nuevo vestido.
Giovanni
Buenos
Aires, diciembre de 1932.
Querido
Giovanni:
Soy Natalia. Con
vergüenza confieso que no sé leer y escribir. Una vecina escribe por mí esta
carta que le dicto. Eres muy generoso conmigo, con mi hijo Bruno, mi hermana y
su familia. La pobreza nos acompaña desde siempre, si es que se puede decir que
es una compañía; quizá mejor sea decir que nos aplasta la espalda, nos quita el
aire, nos angustia cada noche; pero yo le hago frente con mi costura, con mi
trabajo que me ha permitido sostener a mi madre en su enfermedad, criar a mi
hermana, y ahora, con un marido holgazán, llevar adelante la crianza de Bruno.
La pobreza me quitó muchas cosas, pero me ha dado disciplina.
No hablemos de las tristezas
sino de las alegrías. Tus visitas lo son, despertaste en mí el perdón a Agostino
a quien le guardé rencor tantos años. Ni mi madre Luisa ni yo supimos por qué
se había vuelto a Italia. Por qué nos había abandonado. Cuando viniste por
primera vez a Buenos Aires supe que estaba casado y que sus cuñados lo habían
venido a buscar. Que no pudo despedirse de nosotras. Lo interceptaron en la
calle y lo llevaron directo al barco. Tu carta, la primera, fue una abertura
pequeña para que pueda pensar con palabras y mojar con lágrimas estos
sentimientos tan guardados en mí. Así descubrí, porque me lo trajo la memoria,
que yo amaba a nuestro padre. Vino a mí una frase que él me decía al oído
cuando jugábamos: “Barquita mía”, y yo tan pequeña, ¿cómo pude grabarlo? ¿Cómo
pude ahora, tan grande, recordarla? Un día me llevó a sacarme la foto que ahora
tienes en la repisa de tu casa. Recuerdo la camisa blanca con volados, la
pollerita oscura, la mano grande de papá llevándome por la calle, las
indicaciones a la hora de tomar la foto. He llorado esa noche cuando supe de su
muerte como si él me hubiese criado, como si me hubiese visto crecer y yo verlo
morir. ¿Qué puedes contarme de él, de todos estos años?
Espero que no sea mucho el
tiempo que pase hasta que puedas visitarnos. Eres motivo de alegría. Nos gustan
tus historias de la isla y del mar.
Natalia
Isla de Elba, Italia, junio 1933.
Querida
Natalia:
Me emociona mucho que
me hayas escrito. Ahora entiendo el silencio de tantos años cuando te escribí
la primera carta y no recibí respuesta. Supuse que no querías saber de Agostino
porque él te había dejado. Nuestra familia, como todos los que vivimos en la
isla trabajamos como pescadores. Es un trabajo de pobres; dependemos de lo que
el mar nos quiera dar. Hay veces que es generoso; otras no trae nada o bien hay
que ir muy mar adentro con el riesgo que eso significa. Papá tenía una barca
que se llamaba La Rossina. Con los años pudo comprarla, lo cual, para un
pescador es muy importante. Pero se negó mucho tiempo a ser un pescador como
todos. Quería un trabajo mejor, otro porvenir. Por tal motivo consiguió un
puesto como marino en la compañía naviera gracias a su futuro cuñado quien
también trabajaba en la línea Génova-Buenos Aires. La familia de mi madre
intercedió en ubicarlo como marino siempre y cuando primero se casara, lo cual
ocurrió en el verano del ’89. Agostino hizo su primer viaje a la Argentina y no
regresó. Esto que te cuento lo supe en parte por lo que él mismo me contó y no
por mi madre, Adele, que se mantuvo al margen de lo que para ella fue motivo de
vergüenza. En ese tiempo naciste Natalia, y cuando Agostino regresó a la isla,
tiempo después, nací yo. Nuestro padre volvió a las redes y a la barca, me
enseñó a pescar apenas mi madre me dejó que lo acompañe. El mar es aquí
transparente y sereno. Pocas veces se encabrita. También es una isla con
hosterías; en el verano llegan extranjeros a visitarla y en mis tiempos de
muchacho me gustaba ofrecerme como guía. Recibía buenas propinas que mi madre
recibía con alivio y guardaba para las estrecheces del invierno. Agostino era
un hombre más bien callado, como es común en los hombres de la isla. Decía más
con sus ojos que con lo que pudiera decir con palabras. En cambio, yo soy muy
distinto, aquí me tienen por simpático, alegre, conversador. Según Adele, mi
madre, me han sobrado aspirantes a novia. Siempre recuerdo, y creo que esto te
lo dije en una carta, que todos los días Agostino se acercaba a la chimenea a
ver tu foto. Yo creo que te hablaba, aunque no gesticulara las palabras.
Supongo que se habrá preguntado cómo habrías crecido, cómo habría sido tu
infancia, tu adolescencia, cómo te habrías convertido en una mujer. Él veía en
tus ojos, tan parecidos a los tuyos, un espejo de su culpa. Y como sabía que no
podría cruzar, ver tus ojos verdes era como pedir un poco de clemencia ante el
abandono.
La próxima vez que nos
encontremos voy a mostrarte el barco que fue también el barco que trajo a
Agostino a la Argentina.
Giovanni
Buenos Aires, abril 1934.
Querido
Giovanni:
Tu última visita fue
maravillosa. He conocido el puerto y el barco, y más allá, el mar. Para mí el
mar era un agua con sabor a amargura y a soledad, pero vos me has traído el mar
de la confianza, el mar de los lazos que se vuelven a atar. Es imborrable la
noche que fuimos con Isabella y los niños a conocer el barco, tan grande con
sus chimeneas y mástiles, los botes de salvamento colgados con gruesas cadenas.
La más pequeña de Isabella, una vez que estuvimos arriba decía: ¿Dónde está el
barco?-lo cual nos causaba gracia porque estábamos en él pero era tan grande
que parecía que estuviéramos en una casa inmensa con sus pequeñas ventanas
redondas. Nos invitaste a pasar a la cocina, allí comimos pan con quesos
picantes, aceitunas, un poco de vino. Estaban tus compañeros cenando, riendo,
cantando por lo bajo alguna canción italiana. Y yo sentí que recuperaba el
idioma de mi madre, el italiano de Agostino, el sonido de las palabras que creí
olvidadas. Allí estaba entre gente italiana, un poco floja yo por los efectos
del vino, escuchando el idioma de mis padres, y fui feliz. Tengo que reconocer
que tu abrazo de despedida me conmovió, me devolviste lo que había perdido, me
lo trajiste de la mejor manera, como aquellos momentos que no se esperan pero
vienen. El mar que se llevó a mi padre me lo devolvió en tu abrazo.
Natalia
Isla de Elba, Italia, enero 1935.
Querida
Natalia:
Me pone contento que Bruno se
haya casado, pronto serás abuela y podrás trabajar menos; es momento para darle
un lugar al tiempo de descanso en tu vida sacrificada. Quisiera una foto tuya
actualizada, las dos que tengo-de cuando eras una niña y la otra de tu
casamiento-ya están amarillentas. Seguramente te habrás cosido un vestido para
el casamiento de Bruno, no seas orgullosa, mándame una nueva que tu hermano te
quiere mucho. Vendí la barca La Rossina, mis hijos no quieren ser pescadores,
ambicionan otro futuro. En algún lugar, sé que Agostino me lo ha reprochado
pero no somos gente a la que nos sobre el dinero. En la Argentina, en cambio,
se está viviendo el crecimiento, las condiciones tenían que mejorar; que tu
hijo y tus sobrinas lean y escriban, puedan vivir en piezas mejores porque
todos trabajan es un buen augurio de que los tiempos cambian para mejor y que
tu sacrificio, tu vida misma tendrá su recompensa. Esperaré con ansias la foto
que seguramente me enviarás.
Giovanni
Buenos
Aires, mayo 1937.
Querido
Giovanni:
Tu última visita
nos trajo a todos esos aires de mar que tanto nos gustan. Bruno y las hijas de
Isabella consiguieron trabajo. Mi hermana y su familia pudieron alquilar tres
piezas con baño en el inquilinato. Bruno trabaja en la fábrica y la carga de la
renta, los alimentos no se me hace tan pesado como en años anteriores. Desde
que Bruno se casó y fue a vivir a otra casa estoy sola con Giacinto al que
nunca amé y he tenido que sostener como a un hijo, siempre holzgazán, siguiendo
el último número de la quiniela. Mi madre, desde su lecho de enferma me decía
que yo cosía mi traje de novia con empeño pero no tenía la expresión de
enamorada. ¿Por qué me iba a casar con Giacinto si no lo amaba? No me hice ese
tipo de preguntas. Sólo me dije: Tengo veinticinco años, ya estoy grande, ¿por
qué no? Giacinto me pretendía desde hacía meses. Tomé la decisión y me casé. Voy
a contarte un secreto y espero que lo guardes muy bien y no se lo cuentes a
nadie. Una sola vez me enamoré de un hombre. Fue hace mucho tiempo, en los peores
momentos de la enfermedad de mi madre. Él fue quien me leyó la primera carta
que me enviaste anunciándome la muerte de Agostino. Se llamaba Nino. Alquiló
con Massimo, su compañero la habitación más grande del inquilinato, la que daba
a la calle. Tenía balcón. Después supe que Isabella los visitaba y ella
emocionada, miraba la calle apoyada en la balaustrada. ¡Me enojé tanto con
ella! ¿Qué hacía una niña sola con dos hombres en una habitación? A él no podía
decirle: “Mi madre está mejor” cuando las vecinas me preguntaban. A él le
respondía: “Sufre”. No me preguntes por qué sentía esa confianza para decirle
lo que me pasaba. No lo sé. Era carpintero de Bonifatti. Vino con Massimo a la
Argentina para hacer un poco de dinero y luego traer a su familia. Estaba
casado. Había perdido a una niña más pequeña que Isabella. A ella la buscaba
para darle la ternura que no podría brindarle a su hija muerta. Y tenía unos
ojos tristísimos. Una noche, cuando despedí a Giacinto en el zaguán, (faltaba
poco para que nos casemos), me llamó. Estaba oscuro, era de noche. Me dijo:
“Natalia”. Pensé que era un atrevido, ¿quién lo había autorizado para llamarme
por mi nombre? Apresuré el paso pero él volvió a llamarme. “Natalia” y caminó
tras de mí. Yo me detuve; en parte quería huir pero otra parte de mí se
rebelaba, me dejaba inmóvil. Entonces, se acercó y me besó. No rechacé ese beso
con olor a tabaco, a sudor, a silencio. Sus labios temblaban. Yo lo aparté bruscamente,
le dije que se fuera, que no le había dado confianza para eso. Bastante tenía
yo con mis ausencias y abandonos. Y por más que me limpié con jabón la boca cuando
llegué a la pieza, el beso seguía ahí, y siguió ahí por siempre. Tiempo después
se fueron abruptamente. Las malas lenguas del inquilinato decían que eran
anarquistas, que se los llevaron a la fuerza al puerto y de ahí al barco. Que
volvieran a su tierra más pobres de como llegaron a la Argentina. Otras
vecinas, y yo me identifiqué con ellas, aunque no dije nada, los defendieron.
Que eran amables, que se habían ofrecido a arreglar muebles, que decían “Buenos
días” y “Buenas noches”, que eran trabajadores. Una madrugada les violentaron
la pieza como si una tormenta hubiese devastado sus pocas pertenencias. Yo
entré, en un gesto rebelde ante el dueño de la casa a quien odiaba. Me senté en
una de las camas, suponiendo que era la de Nino. Rocé la almohada. Levanté del
piso un martillo de mango rojo y un papel abollado con dibujos de un sillón y
un león, una serpiente. Isabella me contó que le habían prometido un pequeño
sillón de madera para su único juguete, un caballito de metal que su padre le
había regalado. Guardé a escondidas esos objetos hasta que el papel se perdió,
tal vez, por una travesura de Bruno siendo niño, y el martillo se lo di a
Isabella porque uno de los hijos le había perdido el martillo a su padre. No
tengo nada de Nino, salvo ese beso fugaz, el único recuerdo del amor. Por favor, Giovanni, no se lo cuentes a nadie
lo que acabo de escribirte.
Tu
hermana Natalia.
Isla de Elba, Italia, octubre 1938.
Querida
Natalia:
Se vienen tiempos
oscuros. Todo indica que va a desatarse la guerra. No podré seguir viajando. En
la isla se vive la incertidumbre, la necesidad. Si los viajes se interrumpen no
sé cómo viviremos. Dios quiera que no nos llegue a nosotros. Y si no podemos
vernos por un tiempo prolongado deseo que nos comuniquemos por escrito. Recibir
noticias tuyas me trae regocijo. No dejes de hacerlo, Natalia.
Tu hermano
Giovanni
Buenos Aires, diciembre de 1945.
Estimado
Tío:
Soy Bruno, tu sobrino.
Lamento informarte que mi madre ha muerto. La guerra impidió que nos
comunicásemos. Una infección se la llevó en dos semanas. Fue exactamente hace
un año. Me pidió que te escriba, que no dejes de visitarnos. Ella fue muy feliz
de conocerte. Su deseo es que mantengas los lazos con nosotros. Sabemos que la
guerra fue cruel e impiadosa allá, que no tienen nada. Cuando regreses a Buenos
Aires no dejes de visitarnos. Estamos bien, todos te mandan saludos. Te
extrañamos. Vuelve pronto,
Bruno.
Nota:
Los personajes y sus historias pertenecen a la novela El mar que nos trajo de Griselda Gambaro (Bs.As., Norma, 2002).
J.G.
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Conventillo.
Foto: Archivo General de la Nación |