domingo, 31 de enero de 2016

Segundo Premio de Poesía Concurso Literario de ERA "Elda Massoni" 2016


Exilio
                                                       
                                     “y este día/dibuja una línea/divisoria sobre mí".
                                                                                   Beatriz Actis

Y este día

surca una línea

divisoria

entre lo dicho

y lo deseado,

entre la imagen

de vos

y las páginas

del libro

que no leo

o simulo

leer.


En la mesa

los papeles

testimonian

el desorden

la tarea incumplida.


Qué imagen

me pregunta

a quién me refiero.


Y yo le contesto

que no sé,

que elijo el exilio

de mí misma

antes que el territorio

de tu cuerpo,

llanura infinita.
                           J.G.




sábado, 30 de enero de 2016

Rurales (textos breves y disparatados para chicos y no tanto)


Canas blancas, canas verdes.
      En la localidad de Tres Arroyos cuentan que existió un hombre que en vez de canas blancas tenía canas verdes. No eran dos o tres sino toda la cabeza. Era fácil de reconocerlo en la calle porque a cien metros se veía el verde como una mancha suspendida en el aire. Era un verde subido, verde chillón, verde loro. El dueño de las canas se llamaba Hilario Palmiro y estaba orgulloso de su pelo. No usaba boina ni gorra ni nada que se las tapase. Herrero de oficio y filatelista apasionado, salía todas las tardes al club de bochas del municipio y allí se encontraba con sus amigos con quienes jugaba dos o tres partidos y luego tomaba mates hasta el atardecer.
    En el club lo llamaban Hilario Verde o el Verde pero nunca Viejo Verde porque era un hombre querido por todos. A quien quisiera él les pasaba la receta de sus canas pero por más que muchos lo intentaron a ninguno le creció canas como las suyas. La receta era muy sencilla; había que tomar jugo de acelga y espinaca antes del desayuno y después del almuerzo, y tres veces por semana comer una ensalada de brócoli, chaucha señorita y pepino cortado en rodajas con unas gotitas de limón y aceite de oliva. Por la noche un té verde y el resultado, a la vista. Quienes lo intentaron durante una semana anduvieron medio verdosos de semblante pero ninguna cana verde en el pelo, al menos que algún nietito inquieto les hubiese pintado con témpera verde los pocos pelos que algunos tenían. La ventaja de don Hilario es que era uno de los pocos abuelos con pelos en la cabeza. La receta se encuentra disponible en el museo municipal.
                                                                       J.G.


 

Rurales (textos breves y disparatados para chicos y no tanto)


La casona de Pacheco.
   Cuentan que en Pacheco, hacia el 1900, vivía una anciana conocida por su casona y sus extravagancias. Solía pasearse por su jardín hasta altas horas de la noche en pantuflas recitando a Góngora. Tal era su gusto por el recitado que su loro y sus cinco gatos se hartaron de sus interminables tertulias poéticas y uno a uno se fueron de la casa. Dicen que las paredes del salón y de la cocina, de tanto escucharla a doña Herminia, memorizaron sus peroratas. Cien años después puede escucharse a las paredes el recitado de Góngora, Garcilaso, Lope de Vega y García Lorca si se paga un bono contribución. Las paredes ofrecen, además, la escucha de quien quiera grabar su voz cantando como el Polaco Goyeneche o Joaquín Sabina. Pero hay que pagar un extra en la entrada. Las paredes ofrecen un conjunto de ofertas para quien quiera escuchar a doña Herminia, grabar su propia voz y grabar algún secreto; para esto último, habrá que acercarse delicadamente a la pared y renovar un bono contribución cada cinco años. De lo contrario, el secreto se convertirá en chisme. Pacheco y la casona de Herminia son el atractivo de los turistas del interior de la provincia.
                                                 J.G.

sábado, 9 de enero de 2016

Inmigrantes
    
                                                               Isla de Elba, Italia, noviembre 1913.
Querida Natalia:
                          Soy Giovanni, tu hermano, el hijo de Agostino. Nuestro padre ha muerto. Una pulmonía. Antes de morir me pidió que te busque. Me dijo que vives en Buenos Aires. Nunca te olvidó, Natalia. Tu retrato de niña estuvo en la chimenea desde que llegó de la Argentina. Estuviste con nosotros, por decirlo así, en tu foto. Más de una vez observé a Agostino detenerse en tu imagen, dialogando contigo, en silencio. Mi madre te aceptó porque la voluntad de nuestro padre fue indeclinable. Tú te estabas allí, eras su hija. Y yo de niño miraba tu rostro alegre, tu brazo apoyado en la columna, tus pies sobre un almohadón, la mirada verde y profunda. ¿Adónde estabas Natalia? ¿Adónde quedó tu infancia? Sé que Agostino escondía la culpa y la impotencia entre sus silencios. El no poder ir a buscarte lo amarró como su barca en la orilla. Se fue contra su voluntad. Eso también me confesó en su lecho de muerte. Me dijo que no le guardes rencor, que algún día comprenderás y podrás perdonarlo.
                 Por mi parte, deseo encontrarte Natalia. Somos hermanos de sangre por parte de Agostino. Y verte, con tus ojos verdes, tan parecidos a los suyos, será como verlo a él cruzando el mar que lo llevó a tierras tan lejanas. Espero que podamos conocernos pronto.
                                                                                Giovanni



                                                                          Isla de Elba, Italia, marzo 1932.
Querida Natalia:
                          Estoy agradecido por tu hospitalidad, pero más agradecido porque nos encontramos. Valió la pena buscarte, no me lo habría perdonado si no lo hacía. Cumplí dos sueños en este viaje a Buenos Aires, ser marino como Agostino, cruzar el mar, y por otro, encontrar a mi hermana. Confieso que me sentí turbado en el medio del patio cuando apareciste. Tu porte enérgico, tus ademanes me dejaron expectante. Pero algo en tu mirar, cuando me acerqué a saludarte, me dio fuerzas: estabas confundida y emocionada como yo. Habrás sentido ese picor que tengo en la garganta y que trae el mar, el mar que aleja pero que también nos une en la orilla. Ese picor se nos fue a la nariz y luego a los ojos. Era tiempo de los abrazos, de reencontarnos en nuestro padre, de sanar las ausencias. Desde algún lugar Agostino sonreirá, feliz.
                          Me gustó ver la sorpresa que te causó la blusa de seda que te regalé y que me dijeras que nunca habías recibido un obsequio. Natalia, la vida te ha golpeado muy duro, es verdad que la pobreza es cruel, pero hay que darle un espacio a la alegría, a los momentos compartidos en la mesa, aun con lo poco que se pueda comer. Trabajas mucho Natalia, me gustaría que conozcas el mar, que puedas levantar la vista de la costura y veas el cielo y el horizonte. En mi próximo viaje a Buenos Aires llevaré aceitunas, aceite y unas telas. Me gustaría verte con un nuevo vestido.
                                                                    Giovanni



                                                                  Buenos Aires, diciembre de 1932.

Querido Giovanni:
                             Soy Natalia. Con vergüenza confieso que no sé leer y escribir. Una vecina escribe por mí esta carta que le dicto. Eres muy generoso conmigo, con mi hijo Bruno, mi hermana y su familia. La pobreza nos acompaña desde siempre, si es que se puede decir que es una compañía; quizá mejor sea decir que nos aplasta la espalda, nos quita el aire, nos angustia cada noche; pero yo le hago frente con mi costura, con mi trabajo que me ha permitido sostener a mi madre en su enfermedad, criar a mi hermana, y ahora, con un marido holgazán, llevar adelante la crianza de Bruno. La pobreza me quitó muchas cosas, pero me ha dado disciplina.
                             No hablemos de las tristezas sino de las alegrías. Tus visitas lo son, despertaste en mí el perdón a Agostino a quien le guardé rencor tantos años. Ni mi madre Luisa ni yo supimos por qué se había vuelto a Italia. Por qué nos había abandonado. Cuando viniste por primera vez a Buenos Aires supe que estaba casado y que sus cuñados lo habían venido a buscar. Que no pudo despedirse de nosotras. Lo interceptaron en la calle y lo llevaron directo al barco. Tu carta, la primera, fue una abertura pequeña para que pueda pensar con palabras y mojar con lágrimas estos sentimientos tan guardados en mí. Así descubrí, porque me lo trajo la memoria, que yo amaba a nuestro padre. Vino a mí una frase que él me decía al oído cuando jugábamos: “Barquita mía”, y yo tan pequeña, ¿cómo pude grabarlo? ¿Cómo pude ahora, tan grande, recordarla? Un día me llevó a sacarme la foto que ahora tienes en la repisa de tu casa. Recuerdo la camisa blanca con volados, la pollerita oscura, la mano grande de papá llevándome por la calle, las indicaciones a la hora de tomar la foto. He llorado esa noche cuando supe de su muerte como si él me hubiese criado, como si me hubiese visto crecer y yo verlo morir. ¿Qué puedes contarme de él, de todos estos años?
                 Espero que no sea mucho el tiempo que pase hasta que puedas visitarnos. Eres motivo de alegría. Nos gustan tus historias de la isla y del mar.
                                                                         Natalia



                                                                   Isla de Elba, Italia, junio 1933.
Querida Natalia:
                         Me emociona mucho que me hayas escrito. Ahora entiendo el silencio de tantos años cuando te escribí la primera carta y no recibí respuesta. Supuse que no querías saber de Agostino porque él te había dejado. Nuestra familia, como todos los que vivimos en la isla trabajamos como pescadores. Es un trabajo de pobres; dependemos de lo que el mar nos quiera dar. Hay veces que es generoso; otras no trae nada o bien hay que ir muy mar adentro con el riesgo que eso significa. Papá tenía una barca que se llamaba La Rossina. Con los años pudo comprarla, lo cual, para un pescador es muy importante. Pero se negó mucho tiempo a ser un pescador como todos. Quería un trabajo mejor, otro porvenir. Por tal motivo consiguió un puesto como marino en la compañía naviera gracias a su futuro cuñado quien también trabajaba en la línea Génova-Buenos Aires. La familia de mi madre intercedió en ubicarlo como marino siempre y cuando primero se casara, lo cual ocurrió en el verano del ’89. Agostino hizo su primer viaje a la Argentina y no regresó. Esto que te cuento lo supe en parte por lo que él mismo me contó y no por mi madre, Adele, que se mantuvo al margen de lo que para ella fue motivo de vergüenza. En ese tiempo naciste Natalia, y cuando Agostino regresó a la isla, tiempo después, nací yo. Nuestro padre volvió a las redes y a la barca, me enseñó a pescar apenas mi madre me dejó que lo acompañe. El mar es aquí transparente y sereno. Pocas veces se encabrita. También es una isla con hosterías; en el verano llegan extranjeros a visitarla y en mis tiempos de muchacho me gustaba ofrecerme como guía. Recibía buenas propinas que mi madre recibía con alivio y guardaba para las estrecheces del invierno. Agostino era un hombre más bien callado, como es común en los hombres de la isla. Decía más con sus ojos que con lo que pudiera decir con palabras. En cambio, yo soy muy distinto, aquí me tienen por simpático, alegre, conversador. Según Adele, mi madre, me han sobrado aspirantes a novia. Siempre recuerdo, y creo que esto te lo dije en una carta, que todos los días Agostino se acercaba a la chimenea a ver tu foto. Yo creo que te hablaba, aunque no gesticulara las palabras. Supongo que se habrá preguntado cómo habrías crecido, cómo habría sido tu infancia, tu adolescencia, cómo te habrías convertido en una mujer. Él veía en tus ojos, tan parecidos a los tuyos, un espejo de su culpa. Y como sabía que no podría cruzar, ver tus ojos verdes era como pedir un poco de clemencia ante el abandono.
                La próxima vez que nos encontremos voy a mostrarte el barco que fue también el barco que trajo a Agostino a la Argentina.
                                                                       Giovanni



                                                                          Buenos Aires, abril 1934.
Querido Giovanni:
                            Tu última visita fue maravillosa. He conocido el puerto y el barco, y más allá, el mar. Para mí el mar era un agua con sabor a amargura y a soledad, pero vos me has traído el mar de la confianza, el mar de los lazos que se vuelven a atar. Es imborrable la noche que fuimos con Isabella y los niños a conocer el barco, tan grande con sus chimeneas y mástiles, los botes de salvamento colgados con gruesas cadenas. La más pequeña de Isabella, una vez que estuvimos arriba decía: ¿Dónde está el barco?-lo cual nos causaba gracia porque estábamos en él pero era tan grande que parecía que estuviéramos en una casa inmensa con sus pequeñas ventanas redondas. Nos invitaste a pasar a la cocina, allí comimos pan con quesos picantes, aceitunas, un poco de vino. Estaban tus compañeros cenando, riendo, cantando por lo bajo alguna canción italiana. Y yo sentí que recuperaba el idioma de mi madre, el italiano de Agostino, el sonido de las palabras que creí olvidadas. Allí estaba entre gente italiana, un poco floja yo por los efectos del vino, escuchando el idioma de mis padres, y fui feliz. Tengo que reconocer que tu abrazo de despedida me conmovió, me devolviste lo que había perdido, me lo trajiste de la mejor manera, como aquellos momentos que no se esperan pero vienen. El mar que se llevó a mi padre me lo devolvió en tu abrazo.
                                                                     Natalia


   

                                                                          Isla de Elba, Italia, enero 1935.
Querida Natalia:
                          Me pone contento que Bruno se haya casado, pronto serás abuela y podrás trabajar menos; es momento para darle un lugar al tiempo de descanso en tu vida sacrificada. Quisiera una foto tuya actualizada, las dos que tengo-de cuando eras una niña y la otra de tu casamiento-ya están amarillentas. Seguramente te habrás cosido un vestido para el casamiento de Bruno, no seas orgullosa, mándame una nueva que tu hermano te quiere mucho. Vendí la barca La Rossina, mis hijos no quieren ser pescadores, ambicionan otro futuro. En algún lugar, sé que Agostino me lo ha reprochado pero no somos gente a la que nos sobre el dinero. En la Argentina, en cambio, se está viviendo el crecimiento, las condiciones tenían que mejorar; que tu hijo y tus sobrinas lean y escriban, puedan vivir en piezas mejores porque todos trabajan es un buen augurio de que los tiempos cambian para mejor y que tu sacrificio, tu vida misma tendrá su recompensa. Esperaré con ansias la foto que seguramente me enviarás.
                                                                                                 Giovanni



                                                                           Buenos Aires, mayo 1937.  
Querido Giovanni:
                             Tu última visita nos trajo a todos esos aires de mar que tanto nos gustan. Bruno y las hijas de Isabella consiguieron trabajo. Mi hermana y su familia pudieron alquilar tres piezas con baño en el inquilinato. Bruno trabaja en la fábrica y la carga de la renta, los alimentos no se me hace tan pesado como en años anteriores. Desde que Bruno se casó y fue a vivir a otra casa estoy sola con Giacinto al que nunca amé y he tenido que sostener como a un hijo, siempre holzgazán, siguiendo el último número de la quiniela. Mi madre, desde su lecho de enferma me decía que yo cosía mi traje de novia con empeño pero no tenía la expresión de enamorada. ¿Por qué me iba a casar con Giacinto si no lo amaba? No me hice ese tipo de preguntas. Sólo me dije: Tengo veinticinco años, ya estoy grande, ¿por qué no? Giacinto me pretendía desde hacía meses. Tomé la decisión y me casé. Voy a contarte un secreto y espero que lo guardes muy bien y no se lo cuentes a nadie. Una sola vez me enamoré de un hombre. Fue hace mucho tiempo, en los peores momentos de la enfermedad de mi madre. Él fue quien me leyó la primera carta que me enviaste anunciándome la muerte de Agostino. Se llamaba Nino. Alquiló con Massimo, su compañero la habitación más grande del inquilinato, la que daba a la calle. Tenía balcón. Después supe que Isabella los visitaba y ella emocionada, miraba la calle apoyada en la balaustrada. ¡Me enojé tanto con ella! ¿Qué hacía una niña sola con dos hombres en una habitación? A él no podía decirle: “Mi madre está mejor” cuando las vecinas me preguntaban. A él le respondía: “Sufre”. No me preguntes por qué sentía esa confianza para decirle lo que me pasaba. No lo sé. Era carpintero de Bonifatti. Vino con Massimo a la Argentina para hacer un poco de dinero y luego traer a su familia. Estaba casado. Había perdido a una niña más pequeña que Isabella. A ella la buscaba para darle la ternura que no podría brindarle a su hija muerta. Y tenía unos ojos tristísimos. Una noche, cuando despedí a Giacinto en el zaguán, (faltaba poco para que nos casemos), me llamó. Estaba oscuro, era de noche. Me dijo: “Natalia”. Pensé que era un atrevido, ¿quién lo había autorizado para llamarme por mi nombre? Apresuré el paso pero él volvió a llamarme. “Natalia” y caminó tras de mí. Yo me detuve; en parte quería huir pero otra parte de mí se rebelaba, me dejaba inmóvil. Entonces, se acercó y me besó. No rechacé ese beso con olor a tabaco, a sudor, a silencio. Sus labios temblaban. Yo lo aparté bruscamente, le dije que se fuera, que no le había dado confianza para eso. Bastante tenía yo con mis ausencias y abandonos. Y por más que me limpié con jabón la boca cuando llegué a la pieza, el beso seguía ahí, y siguió ahí por siempre. Tiempo después se fueron abruptamente. Las malas lenguas del inquilinato decían que eran anarquistas, que se los llevaron a la fuerza al puerto y de ahí al barco. Que volvieran a su tierra más pobres de como llegaron a la Argentina. Otras vecinas, y yo me identifiqué con ellas, aunque no dije nada, los defendieron. Que eran amables, que se habían ofrecido a arreglar muebles, que decían “Buenos días” y “Buenas noches”, que eran trabajadores. Una madrugada les violentaron la pieza como si una tormenta hubiese devastado sus pocas pertenencias. Yo entré, en un gesto rebelde ante el dueño de la casa a quien odiaba. Me senté en una de las camas, suponiendo que era la de Nino. Rocé la almohada. Levanté del piso un martillo de mango rojo y un papel abollado con dibujos de un sillón y un león, una serpiente. Isabella me contó que le habían prometido un pequeño sillón de madera para su único juguete, un caballito de metal que su padre le había regalado. Guardé a escondidas esos objetos hasta que el papel se perdió, tal vez, por una travesura de Bruno siendo niño, y el martillo se lo di a Isabella porque uno de los hijos le había perdido el martillo a su padre. No tengo nada de Nino, salvo ese beso fugaz, el único recuerdo del amor.  Por favor, Giovanni, no se lo cuentes a nadie lo que acabo de escribirte.
                                                                              Tu hermana  Natalia.
                                           
       
                     
  
                
                                                               Isla de Elba, Italia, octubre 1938.
Querida Natalia:
                          Se vienen tiempos oscuros. Todo indica que va a desatarse la guerra. No podré seguir viajando. En la isla se vive la incertidumbre, la necesidad. Si los viajes se interrumpen no sé cómo viviremos. Dios quiera que no nos llegue a nosotros. Y si no podemos vernos por un tiempo prolongado deseo que nos comuniquemos por escrito. Recibir noticias tuyas me trae regocijo. No dejes de hacerlo, Natalia.
                                                                     Tu hermano Giovanni

  

               
                                                                   Buenos Aires, diciembre de 1945.
Estimado Tío:
                       Soy Bruno, tu sobrino. Lamento informarte que mi madre ha muerto. La guerra impidió que nos comunicásemos. Una infección se la llevó en dos semanas. Fue exactamente hace un año. Me pidió que te escriba, que no dejes de visitarnos. Ella fue muy feliz de conocerte. Su deseo es que mantengas los lazos con nosotros. Sabemos que la guerra fue cruel e impiadosa allá, que no tienen nada. Cuando regreses a Buenos Aires no dejes de visitarnos. Estamos bien, todos te mandan saludos. Te extrañamos. Vuelve pronto,
                                                                         Bruno.



Nota: Los personajes y sus historias pertenecen a la novela El mar que nos trajo de Griselda Gambaro (Bs.As., Norma, 2002).
                                                                               J.G.



Conventillo.
Foto: Archivo General de la Nación

miércoles, 6 de enero de 2016

Sobre la belleza

   La belleza me trae esperanza, no deja de revolotear como una mariposa ante mis ojos. Me marea de color, de sabores, de luces que titilan por aquí y por allá. Como una bailarina en puntas de pie me lleva alegremente de la mano hacia la calle. Corretea entre los árboles de la plaza, y más allá el boulevard. Los lapachos nos miran lánguidos; sus últimas flores de primavera caen tristes en la vereda. Pero a ella, la belleza, no le importan los lapachos. Quiere que baile a su ritmo, inhalando los jazmines del aire de su corona, quiere que serpentee las baldosas en un zigzag sin fin. Yo me dejo llevar, embriagada ante su impetuosa alegría, casi ingenua de futuro. Los autos no la asustan, es un poco temeraria. Florecen en mí sabores a fruta fresca, a verano ardiente, noches perdurables y deseosas de aire de río, seductores los faroles de la costanera, más allá el puente colgante, testigo silencioso de la danza.
                                                                J.G.


Foto: J.G.