Me anclan los genios imberbes en el sueño,
ciegos a mi deseo de amar locamente
hasta que llegue el día. Lucho con ellos una batalla
desigual y aunque duelan los tobillos, muerdo
turbantes
y costillas, orejas y narices. No cedo, no me rindo.
Quiero amar en la noche, arrodillarme ante la deidad
sensual
y anestésica del que se pierde más allá de sus
propios límites,
quiero en la noche amar profundamente, hundir los
besos y las manos
como quien descose un ruedo por capricho o
como quien cruje hojas muertas por hastío.
Pero no puedo. Me detienen. Trágicos en su sangre,
saltan los genios
imberbes con sus lámparas sucias y sus toscos
entredichos.
Ocultamente me esperas, riéndote de mis enojos a
sabiendas
que el cansancio me hará vulnerable y dócil;
calladamente correrás el velo,
acomodarás lámparas y genios, cada uno en su lugar y
tiempo
y me
reconstruirás con los pedacitos de mí
que han quedado dispersos,
para armarme amándome con tu sabio arte. J.G.

No hay comentarios:
Publicar un comentario