sábado, 14 de marzo de 2015


Me anclan los genios imberbes en el sueño,
ciegos a mi deseo de amar locamente

hasta que llegue el día. Lucho con ellos una batalla
desigual y aunque duelan los tobillos, muerdo turbantes

y costillas, orejas y narices. No cedo, no me rindo.
Quiero amar en la noche, arrodillarme ante la deidad sensual

y anestésica del que se pierde más allá de sus propios límites,
quiero en la noche amar profundamente, hundir los besos y las manos

como quien descose un ruedo por capricho o
como quien cruje hojas muertas por hastío.

Pero no puedo. Me detienen. Trágicos en su sangre, saltan los genios
imberbes con sus lámparas sucias y sus toscos entredichos.

Ocultamente me esperas, riéndote de mis enojos a sabiendas
que el cansancio me hará vulnerable y dócil;

calladamente correrás el velo,
acomodarás lámparas y genios, cada uno en su lugar y tiempo

y  me reconstruirás con  los pedacitos de mí que han quedado dispersos,
para armarme amándome con tu sabio arte.
                                                                J.G.



 

 

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