domingo, 26 de febrero de 2017

El anillo y el príncipe

 Hace mucho tiempo, en tierras de Orán vivía un príncipe. Un príncipe rodeado de riquezas y de hombres que constantemente se ofrecían para servirlo como consejeros de guerra o para multiplicar sus muchos bienes. El rey había enviudado hacía pocos meses y deseaba cederle el trono. Estaba cansado y viejo. Pero al príncipe no le interesaba el trono.  Tampoco quería una esposa por más que lo hubiesen obligado a mirar todos los retratos que le llegaban de jóvenes bellas. El príncipe deseaba viajar. Conocer el mundo. Se aburría entre las altas paredes del palacio. Uno de sus sirvientes le había mostrado un anillo que le había intercambiado a un mercader. El mercader aseguraba conocer dónde comenzaba el mundo, más allá del imperio, más allá de las montañas que cruzan la muralla.
  El anillo tenía una piedra de extraño color, entre el turquesa y el verde. El servidor aseguró que quien descubriera el otro anillo de la misma piedra y color tendría el poder de enriquecer sus sueños. Al príncipe le resultó un poco extraño todo aquello y pensó que sería una buena idea recorrer aquel mundo desconocido en busca de ese anillo antes que seguir escuchando lacónicamente a toda su corte.
  Preparó él mismo su caballo, un altivo alazán a quien había criado. Se negó a llevar una comitiva que lo protegiera de numerosos e impredecibles peligros, como afirmara su padre. Aceptó que lo acompañase el sirviente del anillo del color del mar cuando el sol brillaba en lo alto.
  Partieron temprano, en la mañana, hacia el Oriente. Cruzaron tierras vecinas sin mayores peligros hasta que tuvieron que acampar entre los cerros, al resguardo de los vientos y de un temporal que los dejó varados siete días. El sirviente enseñó al príncipe a construir una tienda con las telas que habían llevado y ramas que había juntado en el camino; también a cocinar en una pequeña olla guisos y sopas; a forjar nudos que transformaron una vieja soga en una hamaca atada a un sicomoro. También le contó muchas historias que él mismo había escuchado de su madre, y ésta de su abuela cuando luego de teñir las telas, las colgaba en numerosos tendales. El príncipe escuchaba con la atención de un niño, e imaginaba los mundos que el sirviente refería. Y así se dormía, cuando estaba por llegar al final de la historia. El sirviente, entonces, tenía que retomar lo que había contado la noche anterior; a veces le agregaba personajes o quitaba momentos de esas viejas historias para que su interlocutor lo siguiera atento. Es que el príncipe sólo había sido educado en cuestiones de guerra y economía.

 Cuando llegaron a la costa, luego de cabalgar por largo tiempo, dejaron los caballos y caminaron hacia el mar. Allí estaba el mercader a quien el servidor le había comprado el anillo. Preparaba su barco rumbo a las tierras que se encontraban más allá de las montañas y de la muralla. El sirviente le explicó a qué habían ido y el deseo del príncipe de hallar el otro anillo. El mercader no lo tenía pero confiaba en encontrarlo como tantas otras cosas que le habían resultado curiosas e invitó al príncipe a emprender el viaje con él. Él joven no dudó. 
 Así fue que partieron esa mañana; el sol brillaba en el mar y las olas acompasaban el navío. El sirviente se quedó en la orilla hasta que el príncipe, el mercader y su barca fueron un punto en el horizonte.
                                                                          
                                                                                         J.G.


Domingo

No siempre el domingo
es silencio, desorden,
el té que se enfría,
a veces es un poema
que quiere salir
entrecruzado, o palabras
que dicen más.
Yo callo.
Ellas dejan de actuar, no transgreden.
Fluyen como olas antiguas.
Él tampoco está.
             
                   J.G.


martes, 14 de febrero de 2017

Sospecharás esto que ocurre,
los días sucesivos,
las baldosas arden en enero;
el agua no corre aquí ni en otra parte.
El paraíso no es mi terreno,
tampoco lo es la lluvia,
ni las flores ni los espejos.
Es la noria.
Damos vueltas sobre la nada.
Así diría que estamos,
no rodamos, no vamos para adelante.
La dinámica del amor,
me retuerce; alegría y dolor,
siempre es así.
                    J.G.



















jueves, 2 de febrero de 2017


Luna creciente

 Antes de acostarme, por la noche, me asomo al balcón y observo la luna. En verano, esa luz mortecina pareciera decirme algo o soy yo la loca que asegura que la luna esconde un mensaje. Cuando crece me miro las uñas y las puntas del pelo a la espera de que ocurra la aparición. No es sólo la luz crujiente que me anima a leer un horóscopo, es que me intriga la mancha en el piso. Creo identificar el signo que trae el movimiento, las mareas que no veo, la canción inexcusable. El signo o la mancha del piso estará transformando la esencia del agua, un agua sibilante a cientos de kilómetros que descifra mensajes cósmicos. Yo estoy aquí, entre las paredes de un edificio perdido entre otros, en la ciudad de las aguas. ¿Y si espero un poco más a que ella se transforme, mude esa mitad silenciosa en la otra, clara, honda, casi mística o si quiero, profana en su hacer, en su mutar? ¿Acaso espero que ella haga por mí lo que yo no soy capaz de hacer? En un recodo del balcón trazo una línea con el dedo. Una línea recta, como una flecha sin punta. Espero a que ella la toque, con esa luz confusa y lívida. Y si lo hace, será la señal para que borre, sin excusas, la tristeza.
                                                                              J.G.





lunes, 23 de enero de 2017

Abrir la puerta

me pregunto
y es una pregunta inmoral
si servirá de algo abrir esa puerta
que da al patio
a la tierra
al viento del mundo
a los pasos de la gente
me pregunto
si servirá de algo escribir
a estas horas de la noche
en el silencio de mi habitación
con la puerta cerrada

sería tan sencillo
me digo
abrir por fin la puerta
y asomarme y mirar
dejando que me lleven
los pasos y la sombras del camino
me pregunto si servirá de algo explicar
por qué no explico
cuando tanta palabra y confidencia
intentaron traducirme
y ponerme al descubierto

si servirá de algo abrir la puerta
me pregunto
y andar por el patio
por el mundo entre la gente
abrir de par en par la puerta
para que todo pueda cumplirse
como la hoja de un cuchillo al extremo de un puente
como la red y el roble que salvan la alegría al final del espectáculo
como el canto de las aguas y el susurro de la siesta
como la playa en sombras y el lecho infinito de los amantes reencontrados

para que todo pueda cumplirse
la luz la noche la inocencia
el nombre que pasa entre las ramas
la puerta se abrirá enteramente
se abrirá por fin la puerta
por si alguno
quiere volver a entrar o salir
o curiosear entre mis cosas
o esperarme mientras vuelvo
y si tardo y no regreso
salir al viento
y olvidarme


(de El día, 1968. Luis Soler Cañás, Generación poética del 40, Buenos Aires, ECA, 1981)


Edgar Bayley

miércoles, 18 de enero de 2017

"Fuera de los límites de las iglesias oficiales, la gente se olvida de los pecados capitales, pero me parece que el pecado de nuestro tiempo es la pereza. Y es obvio que no estoy hablando de los desocupados que "no trabajan por pereza", como se dice por ahí, sino de la enorme tentación del hombre contemporáneo a no comprometerse. Probablemente porque se lo ha despojado de futuro. Pero si volvemos al ejemplo del arte y a ese proceso constante de ensayo y corrección, y volvemos a la idea de que en el proceso algo puede aparecer, del mismo modo, aún sin promesas de futuro, la necesidad de comprometerse, de resistir, está allí como un proceso. Y paradójicamente, es en ese proceso donde puede aparecer la esperanza. Pensamos alguna vez que la esperanza llegaría como una estrella caída del cielo, pero nos equivocábamos. Y es por eso que esa simple dicotomía implícita en la pregunta: "¿Es usted optimista o pesimista?" me parece tan estúpida. Es un ejemplo perfecto de un pensamiento perezoso que no entiende esa dialéctica del alma que Simone Weil conocía tan bien y que nada tiene que ver con las oposiciones simplistas de las encuestas de opinión. La esperanza o la fe sólo surgen en la oscuridad o en la desesperación."
                                          John Berger en entrevista con Graciela Speranza. Publicado por Clarín, 1999. El jinete insomne Blog.
                                                             

lunes, 16 de enero de 2017

Ciudades (II)

 Hay ciudades que llaman. Buenos Aires es una de ellas. No pierdo la oportunidad de ir cuando puedo. Durante años, paré en un hotel de calle Rincón, detrás del Congreso, un poco oculto entre los árboles y más aún ante el imponente edificio que le precede. Me gustaba caminar por aquel entonces por Avenida Rivadavia que corta Rincón, pasar por el Café de los Angelitos que según cuentan, en la década del sesenta era un bar al que concurrían escritores a discutir sobre la nueva literatura. Los apadrinaban retratos de cantantes de tangos y hermosos vitrales pero ahora es un lugar turístico para escuchar y ver bailar tango. Más allá está Avenida Callao que empalmando con Avenida Corrientes es una excusa insoslayable para los lectores con sus librerías abiertas durante todo el día y toda la noche. 
 A diferencia de otros viajes anteriores, ésta vez conseguimos un departamento en Palermo. Teníamos sólo un día para estar allí. La mañana del sábado me quedaría con los chicos hasta que pudiéramos reencontrarnos al mediodía para almorzar. Se me ocurrió que podíamos ir a caminar unas pocas cuadras para conocer la zona, y de paso hacer un paseo con la perrita que habíamos traído. Los chicos son reacios a la aventura si eso significa desconectarse del celular, del televisor y de un ambiente climatizado cuando hace calor. Me resulta difícil no compararme cuando yo era una nena y hacíamos, mi hermana y yo, lo que nuestros padres planificaban sin chistar. Buenos Aires tenía para nosotras el atractivo de la gran ciudad con sus avenidas, edificios pintorescos, parques inmensos, librerías y teatros. Pero no para ellos, mis hijos. A duras penas salimos con la promesa de que volveríamos pronto. Zigzagueamos las cuatro cuadras, tras los pasos de la perrita. Los árboles, altos y frondosos, filtraban el sol que todavía no resultaba incómodo. Creí reconocer eucaliptos. Llegamos a una plaza muy concurrida. Más o menos como la plaza del soldado de Santa Fe, por lo céntrica aunque ésta era más grande, cercada por altas rejas, generosa en árboles y parcelas de césped. A diferencia del camino que habíamos hecho, solitario y silencioso, la plaza se ofrecía como un centro de atracción, como si fuera un acuerdo tácito entre los vecinos encontrarse allí, a esa hora, los sábados. Leímos en un cartel que se llamaba plaza Monseñor de Andrea, más conocida como la “Plaza de los perros” porque en la esquina que desemboca en Avenida Córdoba hay una escultura de dos galgos rusos que data de 1914, obra del escultor Giácomo Merculiano. A pocos metros de los perros de piedra había una calesita. Dicen que la calesita funciona los fines de semana con sortija incluida. Sobre calle Cabrera, por donde vinimos, una feria franca reunía a mucha gente con sus changuitos. La fruta se veía fresca y tentadora; más allá estaban los puestos de verduras y por último, el pescado. Los vecinos esperaban su turno con paciencia a pesar de que enfrente había un supermercado al que podían ir y comprar lo mismo.

 Buscamos un banco para sentarnos; estaban todos ocupados. Pensé en sentarme en el anfiteatro pero olía a orina. Más adelante había un sector de mesas de ajedrez; no había sombra allí. Seguimos dando vueltas hasta que un banco se desocupó. Estaba a la sombra de un enorme palo borracho. A Vito le llamó la atención un circuito aeróbico en la esquina de Cabrera y Paraguay y fue a probar los aparatos hechos de madera y metal. Más acá estaban los padres paseando a sus bebés en cochecitos y cuando digo padres me refiero a los hombres porque no había ninguna madre en el sector de los juegos. ¿Adónde se habían ido? Supuse que tal vez fuera una costumbre que los sábados se ocuparan un poco de sí mismas y que a sus compañeros les tocara cuidar a los hijos o era pura coincidencia. Caro había llevado a la perrita a intercambiar saludos con otros perros y a capturar instantáneas con su cámara de fotos. Yo había traído un libro y el equipo de mate. A los pocos minutos, una señora mayor se sentó en la otra punta del banco. Intercambiamos un breve diálogo sobre el tiempo, como es común entre desconocidos. Ella también tenía un libro. Sólo eso. Ni un bolso o cartera, ni la llave a la vista. Yo deseaba leer y a ella le ocurría lo mismo porque ambas hicimos silencio y abrimos el libro. Como pasa siempre con los lectores, a una le da curiosidad saber qué está leyendo el otro. Traté disimuladamente de ver qué tenía entre manos. Apenas pude distinguir la editorial cuando la señora se cruzó de banco; la sombra le daba frío, me dijo. De lejos, creí leer el nombre del autor, Mario Vargas Llosa. No es que sea prejuiciosa pero me llamó la atención el nivel del autor y la edad de la señora. Sí, era prejuiciosa por pensar lo que estaba pensando. Yo tenía El hacedor de Borges. Después deduje que se había cambiado de banco porque detrás nuestro un grupo, cuatro mujeres y un hombre, empezaron a fumar marihuana. Huí también del último banco con sombra de la plaza y me fui cerca del circuito aeróbico. Siempre vi gente fumando en la plaza de mi barrio aunque nunca de mañana; cada cual con sus cosas, pensé. Más allá los hombres mayores leían el diario o conversaban. Busqué sentarme en el peldaño de un cantero y leí “Everything and nothing” de El hacedor de Borges. Me resultaba inevitable no dejar de pensar en el hecho de que estaba en una plaza de Buenos Aires intercambiando los mismos deseos con desconocidos como si acordásemos un trueque implícito, como si formáramos parte de un prisma. Y esto que pienso es en realidad el recuerdo de una frase de Italo Calvino de Las ciudades invisibles.  Las ciudades, decía Calvino, no son sólo lugares de trueque de mercancías sino también de deseos, de palabras, de recuerdos. La gran ciudad se ofrecía a mí como un espejo de otra plaza- la de mi barrio, en Santa Fe- y de otro tiempo-el que viví con mis padres en otros viajes-. Pensé que, en definitiva, viajar es perderse en otro espacio, es conectarse con uno mismo y a la vez se es otro. Algo misterioso e inaudito encierran los viajes; algo reverbera en ese conjunto de instantes. Soy yo aquí, y soy otra. Y si en el texto de Borges Shakespeare, ante la inminencia de la muerte; él, que fue muchos hombres, le pide a Dios ser uno, yo prefiero duplicarme, despegarme por unos días de la que habitualmente vive en mí. Quizá los viajes sean eso, una tregua para duplicarnos y luego volver a ser lo que somos o lo que la ciudad en la que vivimos elige de nosotros.
                                                                J.G.


Plaza Monseñor de Andrea