Martes 11 de abril:
Ayer fue el
día del investigador científico. Imposible no acordarme de papá. Y hoy fui a
sacar unas fotocopias a la vuelta de la Facultad de Ingeniería Química donde él
daba clases. El día que murió estaba nublado, lloviznaba. Me había tocado a mí
elegir el nicho. Para esto tenía que trasladarme al cementerio, era algo urgente,
según nos dijeron y tuve que ir yo. Nos llevó uno de los empleados de la
cochería en esos autos suntuosos y horribles, digo, porque son oscuros y la
gente sabe que si uno está ahí es porque alguien ha muerto. En aquellos años,
Santiago del Estero miraba para el oeste, no como ahora. Entonces pasamos por
la Facultad de Ingeniería Química que estaba a pocas cuadras de la funeraria.
Ese día suspendieron las clases y cerraron, creo, la Facultad por duelo, o sea,
por papá. Le faltaba un mes y se jubilaba. Cuarenta años había trabajado,
ascendiendo paulatinamente, desde auxiliar de cátedra hasta profesor titular.
Si algo me ha quedado impregnado es esa honestidad a rajatabla para todo, en
particular, para el trabajo.
Ahora que voy
caminando miro la puerta de la Facultad, el hall octogonal que una vez pisé
cuando lo acompañé a hacer un mandado. Me parece que fui otra vez para unas
jornadas de jóvenes investigadores en las que iba a participar. En realidad,
participé en todas las jornadas desde que se iniciaron hasta que me dio la
edad; la última vez que expuse fue con mi hija en brazos, por decirlo así.
Tenía treinta y siete días. Todavía me acuerdo, tan chiquita, en la Facultad de
Ciencias Económicas. Y a él, a papá, le hubiese gustado que yo siguiera la carrera
de investigación, que entrara como becaria al Conicet, que siguiera el
doctorado. Todo eso sonaba fantástico pero yo no veía con claridad una sintonía
entre una carrera de investigación y un proyecto de familia. Me costó decir que
no. Igualmente seguí la Licenciatura. Gané una beca. Y luego un Postítulo.
Podría seguir estudiando. Podría, ahora sí.
Hoy es un día
precioso. El cielo está limpio y soleado después de dos días de lluvia. Paso
por la Facultad de Ingeniería Químico y no estoy triste. Que me acuerde de
papá, de las cosas lindas que compartíamos me hace bien, aunque me emocione.
Una de las cosas que compartíamos era el gusto por la lectura. Me acuerdo de
dos lecturas que hizo papá, las últimas dos novelas que leyó hasta que la vista
se lo permitió; una novela sobre la vida de Gauguin escrita por Mario Vargas
Llosa y El viaje del elefante de José
Saramago. No he leído ninguna de las dos hasta ahora, no sé por qué. Pero este
año sí quiero conocerlas, me gustaría empezar por la de Saramago. Eran cuatro o
cinco escritores los que él leía con pasión: Borges, Sábato, García Márquez,
Vargas Llosa y el último de su lista, Saramago. Le regalé una vez Las intermitencias de la muerte de este
último escritor para un día del padre. En su biblioteca, desde que me acuerdo,
estaba Sábato (Sobre héroes y tumbas,
Abadón el exterminador), Cien años de soledad de García Márquez
(la primera edición, me parece) y las obras completas de Borges. Cuando me recibí me regaló varios libros: la
obra completa ensayística de Sábato, los cuentos completos de Cortázar (a mi
pedido) y el cuarto tomo de la obra de Borges que no teníamos. Me gustaba
porque a muchos de los libros regalados por él les escribía una dedicatoria en
la primera hoja con su letra pequeña y prolija, como la del abuelo. Pero en el caso de los libros de flamante
egresada me escribió una nota en computadora de parte de los dos, es decir,
incluida mamá, en la que me felicitaban por el entusiasmo y dedicación que
había puesto en estudiar la carrera. Luego la firmó, como todo lo que escribía
en computadora, a mano. Era nuestra costumbre regalarnos libros que íbamos leyendo
y comentando en sobremesas de sábados y domingos, costumbre que disfrutábamos
muchísimo. Hablábamos como si no fuéramos padre e hija sino dos lectores
entusiastas de café. A veces extraño no
poder conversar con papá. No he vuelto a tener un interlocutor así.
J.G.

