sábado, 29 de julio de 2017

Diarios Personales

Martes 11 de abril:
     Ayer fue el día del investigador científico. Imposible no acordarme de papá. Y hoy fui a sacar unas fotocopias a la vuelta de la Facultad de Ingeniería Química donde él daba clases. El día que murió estaba nublado, lloviznaba. Me había tocado a mí elegir el nicho. Para esto tenía que trasladarme al cementerio, era algo urgente, según nos dijeron y tuve que ir yo. Nos llevó uno de los empleados de la cochería en esos autos suntuosos y horribles, digo, porque son oscuros y la gente sabe que si uno está ahí es porque alguien ha muerto. En aquellos años, Santiago del Estero miraba para el oeste, no como ahora. Entonces pasamos por la Facultad de Ingeniería Química que estaba a pocas cuadras de la funeraria. Ese día suspendieron las clases y cerraron, creo, la Facultad por duelo, o sea, por papá. Le faltaba un mes y se jubilaba. Cuarenta años había trabajado, ascendiendo paulatinamente, desde auxiliar de cátedra hasta profesor titular. Si algo me ha quedado impregnado es esa honestidad a rajatabla para todo, en particular, para el trabajo.
  Ahora que voy caminando miro la puerta de la Facultad, el hall octogonal que una vez pisé cuando lo acompañé a hacer un mandado. Me parece que fui otra vez para unas jornadas de jóvenes investigadores en las que iba a participar. En realidad, participé en todas las jornadas desde que se iniciaron hasta que me dio la edad; la última vez que expuse fue con mi hija en brazos, por decirlo así. Tenía treinta y siete días. Todavía me acuerdo, tan chiquita, en la Facultad de Ciencias Económicas. Y a él, a papá, le hubiese gustado que yo siguiera la carrera de investigación, que entrara como becaria al Conicet, que siguiera el doctorado. Todo eso sonaba fantástico pero yo no veía con claridad una sintonía entre una carrera de investigación y un proyecto de familia. Me costó decir que no. Igualmente seguí la Licenciatura. Gané una beca. Y luego un Postítulo. Podría seguir estudiando. Podría, ahora sí.

  Hoy es un día precioso. El cielo está limpio y soleado después de dos días de lluvia. Paso por la Facultad de Ingeniería Químico y no estoy triste. Que me acuerde de papá, de las cosas lindas que compartíamos me hace bien, aunque me emocione. Una de las cosas que compartíamos era el gusto por la lectura. Me acuerdo de dos lecturas que hizo papá, las últimas dos novelas que leyó hasta que la vista se lo permitió; una novela sobre la vida de Gauguin escrita por Mario Vargas Llosa y El viaje del elefante de José Saramago. No he leído ninguna de las dos hasta ahora, no sé por qué. Pero este año sí quiero conocerlas, me gustaría empezar por la de Saramago. Eran cuatro o cinco escritores los que él leía con pasión: Borges, Sábato, García Márquez, Vargas Llosa y el último de su lista, Saramago. Le regalé una vez Las intermitencias de la muerte de este último escritor para un día del padre. En su biblioteca, desde que me acuerdo, estaba Sábato (Sobre héroes y tumbas, Abadón el exterminador), Cien años de soledad de García Márquez (la primera edición, me parece) y las obras completas de Borges.  Cuando me recibí me regaló varios libros: la obra completa ensayística de Sábato, los cuentos completos de Cortázar (a mi pedido) y el cuarto tomo de la obra de Borges que no teníamos. Me gustaba porque a muchos de los libros regalados por él les escribía una dedicatoria en la primera hoja con su letra pequeña y prolija, como la del abuelo.  Pero en el caso de los libros de flamante egresada me escribió una nota en computadora de parte de los dos, es decir, incluida mamá, en la que me felicitaban por el entusiasmo y dedicación que había puesto en estudiar la carrera. Luego la firmó, como todo lo que escribía en computadora, a mano. Era nuestra costumbre regalarnos libros que íbamos leyendo y comentando en sobremesas de sábados y domingos, costumbre que disfrutábamos muchísimo. Hablábamos como si no fuéramos padre e hija sino dos lectores entusiastas de café.  A veces extraño no poder conversar con papá. No he vuelto a tener un interlocutor así.          
                                                                                           J.G.


Hormigas

 Odio las hormigas. Desde que mataron el limonero de la casa de la abuela. Yo era muy chica cuando lo vi con limones. Después no sé que pasó, se puso flaquito, con el tronco más arrugado que otros árboles, como si se hubiera hecho viejo de un día para el otro. “Son las hormigas”-decía la abuela-Lo infestaron”. Y se iba para la cocina a calentar agua para el mate con el abuelo. A veces se ponen a rallar pan y me llaman porque saben que me divierte muchísimo ese aparato que adosan con una pequeña manivela a la mesa de la cocina. Hay que sostener el pan viejo que van triturándose a medida que damos vuelta la manija, con cuidado de que no se desacomode el plato con el pan rallado porque si no cae todo al piso y ya no se puede usar para la comida. Si no hay que rallar pan entonces me voy al patio. Allí hay una escalera de piedra que va a la terraza. La abuela no quiere que suba. Una vez fui sin avisarle y me pareció que podía ver todas las manzanas del barrio. Hasta donde vivo yo creí ver. La abuela no sabe que a mí me gusta mirar la ciudad desde arriba. Es que soy chica y todo lo veo de abajo para arriba, no de arriba para abajo. En mi casa hago lo mismo. Hasta de noche voy, a veces con mamá, a veces sola.
   Esa vez que no le hice caso me tropecé al bajar y me hice un moretón en la rodilla. Y allí, abajo, en el último peldaño estaban ellas, las hormigas. No podía decirle a la abuela que me había caído de la escalera porque tendría que contarle que había ido a la terraza, entonces me lavé con agua de la pileta del lavadero y me quedé sentada un rato. Es dura la piedra de la escalera pero a ellas, las hormigas, no se fijan en eso. Tienen el hormiguero escondido en un agujero de la pared. Entran y salen como si fuera el fin del mundo. No sé qué les pasa, por qué van tan nerviosas. Me hago a un lado para que no me piquen. Mi prima me dijo que las hormigas rojas son malísimas, dejan unas ronchas rojas si te pican. Vi dos o tres rojas detrás de la hilera de las negras. ¿Vivirán todas en el mismo hormiguero o tendrán uno aparte? Si son tan malas como dicen deberían tener un hormiguero aparte como en las películas. La abuela tiene un veneno para hormigas pero no les hace nada me parece porque si no, no habría tantas que van y vienen y no hubieran dejado el limonero flaquito como está. Si yo fuera la abuela, las mato a escobazos. Y sanseacabó.

Hormigas
 Aunque no me crean, aunque me digan que estoy loca, soy la hormiga cronista del Hormiguero II de calle Primera Junta, para ser más precisos, donde está plantado un limonero seco. Fuimos invadidas por el batallón de hormigas rojas X12. Vinieron del sur y desembocaron en el patio a través de la cañería. Entraron en el hormiguero como si fueran faraonas. (esto lo sé por lecturas de verano). Con mis compañeras estamos planeando el contraataque. Estábamos dibujando la estrategia cuando se nos vino encima una piedra desde arriba. Salimos gritando para los cuatro vientos. Después nos dimos cuenta de que era un humano chico. Nos enfilamos nuevamente. El chico o la chica se quedó cerca del hormiguero. Acercó la cabeza para vernos bien. Parece que se entretiene contándonos. No creo que esté mucho tiempo acá. Somos decenas entrando y saliendo del hormiguero. Aunque pensándolo mejor, nos será útil para distraer a las invasoras. Si deja la pierna donde está podré trasladarme al limonero sin ser vista.                         
                                                                                                  J.G







viernes, 7 de julio de 2017

Diarios Personales



Sábado 22 de abril:
 He visto el cielo a la hora de la tarde, cuando el sol cae, silencioso, por el oeste. Fueron instantes. Cruzaba la avenida cuando el semáforo estaba en rojo. Me conmovieron los naranjas y amarillos diluidos como manchas de acuarela en un dibujo de mi hija. Belleza gratuita a diario que no vemos, que no veo porque estoy mirando para abajo ante la tiranía del celular.

Viernes 28 de abril:
   Temprano, antes de ir a trabajar, he leído un poema de John Berger, sorpresas esporádicas de Facebook:
EN TU ISLA
¿Cae la noche más tarde
en tu isla?
¿Voy caminando delante de ti acaso
para que no muerda una culebra
tus pies con sandalias?
Nunca se logra el equilibrio.
Por eso las estrellas callan
sin darnos una explicación.
¿Cómo va a competir
una estación
contra
el calendario de la ausencia?
¿Cómo medir
el raudal
de mi luz enmarañada
en la montaña
de lo que ha sido
y será?
Nunca se logra el equilibrio.
Sin embargo, ni tus ojos ni los míos
tanteándose en la noche
muestran signos de vértigo.
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(Traducción: Pilar Vázquez Álvarez)

“Nunca se logra el equilibrio/Sin embargo, ni tus ojos ni los míos/muestran signos de vértigo”. Qué maravillosa imagen del amor. Los poemas no se explican; el silencio absorbe las palabras, poesía que sabe muy bien dónde acobijarse.