En la isla, septiembre de 1940.
Martes:
Morel habló con ellos esta
noche. Faustine está angustiada, terriblemente enojada con él. Primero los
convocó muy tarde, deseaba que no faltase nadie. Tuvieron que traer a Dora que
estaba dormida a esa hora; se demoraron más porque no quería salir de la cama.
Un poco a la fuerza la sacaron, sosteniéndola de cada brazo. Morel había acomodado
las sillas como si fuesen a escuchar una conferencia. Se lo veía entusiasmado,
como si fuera a darles una noticia increíble. Lo raro es que no amagó durante
el día en hacerles un adelanto de lo que les iba a decir. Su conducta fue
habitual, excepto que esa tarde apareció en el acantilado lo cual generó en
Faustine una gran incomodidad. A ella le gusta ir sola, todos los días, sentarse
en dirección al poniente y ver el atardecer. Siente que así su espíritu es
perdonado, redimido, liberado. Se fusiona con el oro de la tarde, es una en él.
Ama esa soledad antes de que anochezca, son instantes de plenitud. En cambio,
la noche no le pertenece. La noche se mueve a su antojo, tironea y muerde las
almas. No le gusta la noche. Se hace un ovillo en la cama, desea que pase
rápido, ansía dormirse pronto, que no aparezcan ellos, los fantasmas, los
delirios de esa casa.
Morel fue esa tarde al
acantilado. Faustine estaba sentada, como siempre, mirando el sol. Él se ubicó
unos pasos más atrás, primero de pie; luego lo sintió arrodillarse. No amagó hablarle.
Al rato, se levantó cuando el sol se había ido y no había nada que hacer allí.
Estaba fresco. Se abrigó con el manto que llevaba siempre. Él se levantó
también y caminaron a la par hacia el museo. Ahora entiende por qué había ido.
Quería que las máquinas los fotografíen. Quería grabar momentos compartidos,
simular que lo fueron, como si él y Faustine tuvieran algo que compartir además
de la estadía en la isla. Ella se rebela ante el abuso de confianza que ahora
ve como inmoral.
Cuando concluyó la declaración, Dora sufrió un
desmayo. La llevaron en andas a su cuarto. Stoever lo increpó hasta los golpes.
Morel está completamente loco. La isla lo ha enloquecido y ahora todos ellos
forman parte de una quimera cruel y dolorosa. Su cinismo es estúpido y van a
morir. “Les daré una eternidad agradable” les dijo. Ella se niega al fin. No
quiere morir. Quiere huir. El barco sigue anclado en la playa. Piensa que puede
decirles a los otros que se vayan. Sólo quiere volver a casa. Volver a los
atardeceres en la galería de la casa de campo, sentir el día que se apaga. Allá
dejó a Ayax; la última vez el médico le dio un antiparasitario. ¿Estará curado?
Correrá de un lado a otro trayendo su juguete preferido? ¿Se pondrá panza
arriba para que tía Flora le haga cosquillas y la convenza de que le deje el
resto del almuerzo?
Tiene que haber una forma de
detener las máquinas, que sea Morel el único que naufrague en el mar de la
eternidad, y no todos ellos. Anular lo grabado, destruir el invento, forzarlo a
decirles dónde están, amenzarlo con un incendio o con el avance de las mareas,
que avancen las aguas hasta inundarlo todo. Tiene que hablar con Stoever, ella
sabe que puede ayudarla. Dejarán solo a Morel con sus máquinas. ¿Cuánto les
queda? ¿Un día, dos, una semana de vida? No quiere morir. No quiere ser
inmortal. Quiere volver a casa. Sólo quiere volver a casa.
(Diario imaginario de un personaje de La invención de Morel
de Adolfo Bioy Casares)
J.G.