Querido diario:
Te escribo con una congoja en el
corazón, no sé qué me pasa. Hoy me ocurrió un contratiempo inesperado. No tuve
peleas con mamá ni con Elisa. Esta vez no. Ni se me mojaron los botines cuando
venía para casa con ramas para el fuego. A veces me siento feliz estando acá,
en el bosque. Cuando despierto, el sol se cuela por la cornisa y dan unas
ganas enormes de abrir la ventana y contemplar el paisaje. Saco la cabeza y
aspiro el aire, cierro los ojos, escucho el trinar de los pájaros que se
esconden en los álamos. Entonces pienso que no vale la pena vivir en la ciudad,
el silencio no está allí, tampoco estos árboles. Pero a veces me canso, me
siento sola. Como soy la mayor, tengo que ocuparme de la educación de mis
hermanas, se me van las primeras horas de la mañana en esta tarea; después
ayudo a mamá con los quehaceres domésticos. Te cuento todo esto porque trayendo
ramas para el fuego es que lo vi. Hoy no, antes de ayer. ¿A quién me dirás? A
él. Un chico. Un chico alto, de espaldas anchas, de piel muy blanca y pelo
castaño. Me asusté tanto que me escondí tras un árbol. No sé qué hacía por acá.
Sólo parecía observar las plantas, miraba de vez en cuando el cielo, la punta
de los árboles. No me pareció que fuera uno de los cazadores que aparecen de
vez en cuando y que yo sepa nadie más que nosotros vivimos en el bosque. Cuando
el corazón dejó de trotar en mi pecho, me asomé y no lo vi más. En casa no dije
nada. A papá menos aunque él es el único que tiene contacto con algunas personas,
unos pocos hombres lo visitan por la tarde. Papá duerme por la mañana hasta el
mediodía. Trabaja de noche, en el sótano. Nos tiene prohibido que vayamos allí.
Cierra la puerta con doble llave y un candado. Cuando quise saber qué hacía, mamá me contestó que trabajaba para unos médicos, que preparaba ungüentos y
pastillas para los animales del campo. A mí me parece que le dedica mucho
tiempo a esas cosas y que bien podría hacerlo de día y no por la noche, pero
mamá dice que de esa manera él trabaja tranquilo, nada lo desconcentra cuando
todos duermen.
Ayer volvía del arroyo y distraída
como voy siempre mirando el sendero me topé con él. El chico del que te hablé.
Me quedé muda. Venía en dirección contraria y no supe qué hacer. Quería correr
pero el chico se puso enfrente mío. Era alto, los ojos pardos me miraban con
curiosidad. -¿Dónde vivís?-me preguntó.-En el bosque-le dije. –Con mis padres.
Me tengo que ir-y salí corriendo. El corazón me trotaba en el pecho hasta mucho
después de haber entrado a la casa. No le dije nada a mamá para no preocuparla.
Después de dos horas, me pregunté por qué el corazón se agitaba tanto cuando
evocaba su imagen. No es que nunca haya visto chicos de mi edad, claro. Antes
de que papá nos trajera al bosque vivíamos en la ciudad, yo iba a la escuela
municipal, tenía compañeros varones pero no era de acercarme o de hablar con
ellos. Mis únicas amigas eran Ana y Pola. Con ellas compartía los recreos y las
tareas de la escuela. Yo no sé por qué me siento así. Ahora me parece que lo
veo cuando lavo los platos, frente a la ventana que da al jardín, o cuando voy
al corral a buscar huevos, o cuando me estoy por ir a dormir, como si también
pudiera aparecerse debajo de la almohada. No se me ocurre otra cosa más que
rezar para evitar estos pensamientos que me alteran. Por otro lado, creo que
algo de la edad habrá en todo esto. Tengo quince. Mis amigas me decían que es
la edad en que nos gustan los chicos, nos gusta la idea de enamorarnos y cosas
así pero a mí nunca me ha pasado. Lo único cierto en mi vida es que tengo que
ayudar a mamá con la educación de mis hermanas. Pronto iremos a la ciudad a
comprar más libros, telas para vestidos y una buena provista de harina, arroz,
azúcar y aceite. A mí me gustaría comprarme unas cintas de colores para el pelo
así dejo de peinarme de la misma manera, me aburren las trenzas. Ahora bien,
querido diario, te preguntarás qué tiene que ver esto que te cuento con lo que
te dije al principio. Continúo. Al mediodía, cuando papá vino a la cocina para
tomar el café vi que en su bolsillo del guardapolvo que usa para trabajar le
colgaba algo, un retazo de tela. Esperé que dejara el guardapolvo en el
respaldar de la silla y me acerqué. Era la tela de la camisa del chico. Vos me
dirás que no, que me confundí. Estoy segura de que es de la camisa del chico
porque me acuerdo muy bien, rugosa y con rayas finitas de color azul. Además, tenía manchas marrones, como se sangre seca. Ahora yo me pregunto qué hace ese
retazo en el guardapolvo de papá. Qué relación hay entre papá y el chico. Aún
no puedo saberlo. Lo qué si siento es que papá oculta algo en el sótano, algo
que no quiere que sepamos, ni siquiera mamá. Pienso que tal vez el chico pudo
haber sufrido un accidente y me angustio. ¿Le habrá hecho daño papá? ¿Por qué
nunca nos cuenta de su trabajo en el sótano? ¿Estará él, el chico del arroyo,
oculto? ¿Y si entrara al sótano a averiguarlo? Voy a vigilar dónde pone papá
las llaves. Tendré que esconderme, hacer que duermo y levantarme a espiar a
papá en el sótano. No puedo seguir con esta sensación que me comprime, que me
deja sin aire como si hubiese corrido tres vueltas alrededor de la casa. Esta noche
probaré. Mamá no se dio cuenta de lo que me pasa, esta agitación que me lleva
de un lado a otro en la cocina. Tengo que tranquilizarme y ordenar las ideas.
Si papá tiene algo que ver con el chico tengo que saberlo, ayudarlo. Por eso te
escribo, querido diario, para aquietar este corazón que de un día a otro dio un
vuelco, como si no me perteneciera. Pronto tendré noticias, mañana volveré a
escribirte.
J.G.