Ellas, las máscaras.
Salgo al mundo y descubro sus máscaras, y
son tantas que prefiero no describir sus formas ni sus modales. Sé que entre
los diarios del día y los bocinazos de los autos en la avenida no tengo mucho
que decir; ellas acaparan la atención y merman mi esperanza de silencio
compartido. Ni las cotorras en los árboles más empinados de la plaza pueden
iniciar su concierto inquieto y alegre, ni los gorriones abajo mascullando las
migas, ni las palomas hambrientas de algo más que pan. A veces me pregunto si
yo no me parezco a esas palomas que picotean mendigando en la puerta de la
iglesia, ellas concentradas en todo lo que aparezca atractivo a su buche y yo
como mendiga también miro los muchachos y las chicas conversar entre arrumacos
y mates. Y es que en definitiva, no quiero portar una de ellas, esas máscaras
inútiles por donde se las mire, indolentes en sus facciones, incapaces de
pronunciar palabras que se ahuequen en tu mano, ni tienen esa ansiedad de
escarbar tu costado sensible que en mi caso soy toda así, toda músculo
sensible; los huesos no tienen cómo darle solución a mi contextura y entonces,
yo ando y ando dando vueltas en la plaza, esquivando las máscaras, alentando a
los gorriones y a las palomas.
J.G.

No hay comentarios:
Publicar un comentario