martes, 2 de agosto de 2016

Ellas, las máscaras.

   Salgo al mundo y descubro sus máscaras, y son tantas que prefiero no describir sus formas ni sus modales. Sé que entre los diarios del día y los bocinazos de los autos en la avenida no tengo mucho que decir; ellas acaparan la atención y merman mi esperanza de silencio compartido. Ni las cotorras en los árboles más empinados de la plaza pueden iniciar su concierto inquieto y alegre, ni los gorriones abajo mascullando las migas, ni las palomas hambrientas de algo más que pan. A veces me pregunto si yo no me parezco a esas palomas que picotean mendigando en la puerta de la iglesia, ellas concentradas en todo lo que aparezca atractivo a su buche y yo como mendiga también miro los muchachos y las chicas conversar entre arrumacos y mates. Y es que en definitiva, no quiero portar una de ellas, esas máscaras inútiles por donde se las mire, indolentes en sus facciones, incapaces de pronunciar palabras que se ahuequen en tu mano, ni tienen esa ansiedad de escarbar tu costado sensible que en mi caso soy toda así, toda músculo sensible; los huesos no tienen cómo darle solución a mi contextura y entonces, yo ando y ando dando vueltas en la plaza, esquivando las máscaras, alentando a los gorriones y a las palomas.
                                                                             J.G.


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