Me
dijiste: el tiempo es un juego de dioses
caprichoso
y fugitivo,
rueda
silencioso en el círculo
ciego
de las parcas,
envuelve
los días,
opaca
las noches,
mira
furtivo el momento
exacto
en que, distraídos,
nos
soñamos inmortales.
Entre
tumba y tumbo
marca
nuestras cruces
montado
en el caballo
de
la muerte.
Y yo
te digo que los dioses no pretenden
la
inmortalidad ni mucho menos,
Tetis,
por caso, cayó en la trampa
del
cuerpo y las piernas y la boca
del padre
de Aquiles;
qué
más preciado para una deidad
que
la finitud de las horas,
la
intensidad de lo que culmina,
la
cruel sensualidad de los hombres.
J.G.

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