sábado, 16 de mayo de 2015


Noches como laberintos.

   Me acostumbré  a caminar de noche, no muy tarde, antes de la cena. Apenas me calzo mis auriculares y prendo el celular sé que estoy dando comienzo al recorrido del laberinto. Deseo perderme; sin embargo, el mapa mental que tracé distraídamente hace meses- un poco por seguridad elijo las calles luminosas y concurridas, y otra porque me gusta el boulevard que orienta hacia el este, hacia la costanera-, me lleva por esas calles.  Nunca llego hasta el Puente Colgante sino los domingos, cuando salgo más temprano. Tiempo atrás opté por otros recorridos cercanos pero algo en el ruido de los autos, las luces de los bares, los kioscos de revistas y hasta diría las estaciones de servicio que cruzo con su característico olor a nafta y a aceite me indican que no puedo franquear la línea recta del boulevard. 

   De noche los árboles no se lucen, son como centinelas dormidos que inclinan sus desgastadas ramas sin hojas hacia el fin del laberinto. Prefiero caminar por las veredas paralelas y no por el medio donde se encuentran. Me siento desprotegida sin paredes a los costados donde pueda resguardarme de los conductores que suelen ir a mayor velocidad que la permitida, y además porque ése es el lugar de los árboles que a fuerza de pujar durante años han levantado las baldosas y han marcado con sus raíces obstáculos leñosos e inesperados para caminantes distraídos como yo. Entonces camino por enfrente, como si tanteara muros invisibles que me orientan hacia el final del recorrido.

   Los domingos son días de ajetreo: autos y más autos que vuelven de las quintas de Rincón y Colastiné sobreabundan las calles.  La plaza Pueyrredón se muestra como un pañuelo abierto a los curiosos con sus artesanías en cuero y sahumerios dulzones y somnolientos. Se me hace un poco más difícil el recorrido, debo caminar más despacio o estar más atenta a los cruces en las esquinas. Prefiero los lunes y los martes, solitarios y nostálgicos. Los bares tienen poca gente, algunos están cerrados por la actividad del fin de semana; otros aprovechan para hacer una buena limpieza y entonces aparecen las bolsas de consorcio en las veredas, las botellas vacías de cerveza o aperitivos abandonadas a su suerte. Me atrae observar a los personajes habitué de Pericles o del viejo Quico leyendo  El Litoral con un café al lado,  circunspectos con sus cigarrillos. Somos, podría decir, cautivos por opción de nuestras costumbres, que noche tras noche salimos como los gatos a recorrer las terrazas. Me atraen también los que se sientan a tomar un helado en la esquina de Boulevard y 25 de mayo; a veces son parejas jóvenes, otras familias con niños pequeños. Me gustan las caritas de los chicos detrás de las enormes bochas de crema que les cubre buena parte de la cara. Anteayer vi cómo un bulldog francés entre tarascón y tarascón sucumbía ante un cucurucho que su dueño de no más de un metro le ofrecía.

    A medida que camino, el cansancio del día que hasta unos veinte minutos atrás me agobiaba va cediendo, como los efectos de una aspirina. No puedo decir que el aire de esa zona de la ciudad me oxigene pero su efecto es el mismo. Nací en la ciudad y viví siempre cerca del centro. La escuela, la casa de mi abuela, la calle San Martín, la iglesia, el club y hasta la Facultad me quedaban a cuatro o cinco cuadras. Sólo la casa de mi abuela materna, en Candioti Sur me quedaba lejos. De chica me llevaban en auto hasta Lavalle e Ituzaingó, empedrada hasta el día de hoy como en algunas zonas viejas de la ciudad. Con el tiempo, aprendí  a ir o volver por Ituzaingó hasta mi casa paterna en Eva Perón y Urquiza. Creo que ése fue el comienzo de la costumbre de irme por esa zona de veredas anchas y árboles amables, como los de calle Balcarce que en feriados y domingos invitan a los caminantes a adormilarse con el sol y a hacer un pequeño descanso en la plaza Pueyrredón que por la mañana es maravillosa con sus bancos tímidos y sus fuentes viejas.  

    Ahora que la rutina me impone un caminata en horario nocturno, cuando la mayoría va llegando a su casa y ya no vuelve a salir, siento que el laberinto es es una forma de expiación, no en sentido religioso sino profano: a medida que voy desandando el camino, aparentemente cautiva en mi distracción como un virgen entregada al Minotauro, vuelvo renovada, cansada pero alegre, con el ánimo presto al sueño. Sé que comparto con el monstruo el invisible laberinto, que noche tras noche nos buscamos, aparentemente perdidos entre los muros de la Alianza Francesa o en las casonas que miran al sur. Y sé que a diferencia de aquél, tengo una ventaja: el laberinto no me encierra; me libera.
                                                                                                       J.G.



 

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