Noches como laberintos.
Me acostumbré a caminar de noche, no muy tarde, antes de la
cena. Apenas me calzo mis auriculares y prendo el celular sé que estoy dando
comienzo al recorrido del laberinto. Deseo perderme; sin embargo, el mapa mental
que tracé distraídamente hace meses- un poco por seguridad elijo las calles
luminosas y concurridas, y otra porque me gusta el boulevard que orienta hacia
el este, hacia la costanera-, me lleva por esas calles. Nunca llego hasta el Puente Colgante sino los
domingos, cuando salgo más temprano. Tiempo atrás opté por otros recorridos
cercanos pero algo en el ruido de los autos, las luces de los bares, los kioscos
de revistas y hasta diría las estaciones de servicio que cruzo con su
característico olor a nafta y a aceite me indican que no puedo franquear la
línea recta del boulevard.
De noche los árboles no se lucen, son como
centinelas dormidos que inclinan sus desgastadas ramas sin hojas hacia el fin
del laberinto. Prefiero caminar por las veredas paralelas y no por el medio
donde se encuentran. Me siento desprotegida sin paredes a los costados donde
pueda resguardarme de los conductores que suelen ir a mayor velocidad que la
permitida, y además porque ése es el lugar de los árboles que a
fuerza de pujar durante años han levantado las baldosas y han marcado con sus
raíces obstáculos leñosos e inesperados para caminantes distraídos como yo. Entonces
camino por enfrente, como si tanteara muros invisibles que me orientan hacia el
final del recorrido.
Los
domingos son días de ajetreo: autos y más autos que vuelven de las quintas de
Rincón y Colastiné sobreabundan las calles.
La plaza Pueyrredón se muestra como un pañuelo abierto a los curiosos
con sus artesanías en cuero y sahumerios dulzones y somnolientos. Se me hace un
poco más difícil el recorrido, debo caminar más despacio o estar más atenta a
los cruces en las esquinas. Prefiero los lunes y los martes, solitarios y
nostálgicos. Los bares tienen poca gente, algunos están cerrados por la
actividad del fin de semana; otros aprovechan para hacer una buena limpieza y
entonces aparecen las bolsas de consorcio en las veredas, las botellas vacías
de cerveza o aperitivos abandonadas a su suerte. Me atrae observar a los
personajes habitué de Pericles o del viejo Quico leyendo El Litoral con un café al lado, circunspectos con sus cigarrillos. Somos,
podría decir, cautivos por opción de nuestras costumbres, que noche tras noche
salimos como los gatos a recorrer las terrazas. Me atraen también los que se
sientan a tomar un helado en la esquina de Boulevard y 25 de mayo; a veces son
parejas jóvenes, otras familias con niños pequeños. Me gustan las caritas de
los chicos detrás de las enormes bochas de crema que les cubre buena parte de
la cara. Anteayer vi cómo un bulldog francés entre tarascón y tarascón sucumbía
ante un cucurucho que su dueño de no más de un metro le ofrecía.
A medida que camino, el cansancio del día
que hasta unos veinte minutos atrás me agobiaba va cediendo, como los efectos
de una aspirina. No puedo decir que el aire de esa zona de la ciudad me oxigene
pero su efecto es el mismo. Nací en la ciudad y viví siempre cerca del centro.
La escuela, la casa de mi abuela, la calle San Martín, la iglesia, el club y
hasta la Facultad me quedaban a cuatro o cinco cuadras. Sólo la casa de mi
abuela materna, en Candioti Sur me quedaba lejos. De chica me llevaban en auto
hasta Lavalle e Ituzaingó, empedrada hasta el día de hoy como en algunas zonas
viejas de la ciudad. Con el tiempo, aprendí
a ir o volver por Ituzaingó hasta mi casa paterna en Eva Perón y
Urquiza. Creo que ése fue el comienzo de la costumbre de irme por esa zona de
veredas anchas y árboles amables, como los de calle Balcarce que en feriados y
domingos invitan a los caminantes a adormilarse con el sol y a hacer un pequeño
descanso en la plaza Pueyrredón que por la mañana es maravillosa con sus bancos
tímidos y sus fuentes viejas.
Ahora
que la rutina me impone un caminata en horario nocturno, cuando la mayoría va
llegando a su casa y ya no vuelve a salir, siento que el laberinto es es una
forma de expiación, no en sentido religioso sino profano: a medida que voy
desandando el camino, aparentemente cautiva en mi distracción como un virgen
entregada al Minotauro, vuelvo renovada, cansada pero alegre, con el ánimo
presto al sueño. Sé que comparto con el monstruo el invisible laberinto, que
noche tras noche nos buscamos, aparentemente perdidos entre los muros de la
Alianza Francesa o en las casonas que miran al sur. Y sé que a diferencia de
aquél, tengo una ventaja: el laberinto no me encierra; me libera.
J.G.
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