-Me acordaba de las piedras-dijo.
Ella lo miró, miró la franja pedregosa y nuevamente a él.
-¿Por qué las piedras?
-Supongo que porque siempre estaban ahí, en todas partes, eran una presencia familiar, una presencia amiga, piedras de todo tipo, de todas las tonalidades, de todas las formas y tamaños, calientes bajo el sol del verano, heladas en invierno. Por supuesto me acordaba también de muchas otras cosas, pero las piedras aparecían inevitablemente, y entonces me venían ganas de tocarlas.
-Ahora podés hacerlo.
-Ya lo intenté las otras veces que vine.
-¿Y qué pasó?
-No es lo mismo.
-¿Qué cosa no es lo mismo?
-Nada es lo mismo.
Ella se acuclilló, tocó una piedra, luego otra, las acarició. Estuvo un buen rato como estudiándolas y pasándoles suavemente la yema de los dedos. No levantó ninguna. El padre la observaba con interés extremo, de nuevo sentía que estaba a punto de descubrir algo y no lograba saber qué. En ese deslizarse de los dedos sobre las piedras lavadas, lisas, pulidas, le parecía percibir una promesa de aquello que él no había podido, el comienzo del camino para el reencuentro que no había logrado en cada uno de sus regresos anteriores. (...)
Habían ido al pueblo para que él le sirviera de guía, para llevarla de la mano, para enseñarle, para informarle, para que ella supiera de dónde habían venido los que la precedieron, para que a la historia de su vida se engarzara un eslabón nuevo y de ese modo hacerla más completa. Pero ahora el padre se preguntaba si en los días que vinieran no terminaría siendo ella la que guiara, la que lo llevara de la mano, la mediadora, la que le permitiera regresar y acceder al archivo de las cosas perdidas.
Sentado sobre la piedra, sorprendido, en estado de alerta, consideraba y trataba de entender la inversión de roles que tal vez se estaba llevando a cabo.
Antonio Dal Masetto. Cita en el Lago Maggiore, Bs.As. Ed.El Ateneo, 2011.

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