lunes, 25 de mayo de 2015


Patria

    Cuando tenía seis años fui una dama antigua, y recuerdo la alegría que me había dado ir con mi mamá a la casa de alquiler y que el vestido  rojo, el más lindo para mi talle me anduviera y mi mamá me lo llevara para el acto del 25 de mayo, que en aquel entonces se realizaban los feriados. Nos levantábamos más o menos temprano, que para mí siempre eran las nueve porque iba a la escuela en turno tarde. Con mi vestido rojo, caminé oronda por el parqué del gimnasio y salí contentísima en las fotos. El año anterior, en pre-escolar había tenido que vestirme de gaucho porque en el colegio éramos todas nenas y entonces teníamos que repartirnos los roles. Me acuerdo muy bien de que, aunque no me había gustado para nada salir de varón, mi abuelo me había prestado un sombrero negro  y mi mamá me había tiznado con un corcho quemado para dibujarme los bigotes. Tenía las botas de lluvia que antes se usaban mucho y  para la ocasión venían muy bien. 

  En segundo grado me eligieron nuevamente dama antigua pero quise, ¡error! un miriñaque con el que lidié todo el acto porque a la hora de sentarse se tumbaba para un lado y otro. Se me fue el acto acomodándomelo a cada rato. En tercer grado fui mulata.  Según la maestra, que era una religiosa, las niñas morenas iban a ser damas antiguas y las rubias mulatas. Yo no entendí muy bien su argumentación pero me acuerdo que mi compañera de banco, morena, con un pelo precioso, negro y pesado decía que las nenas rubias eran malas y las morochas eran buenas.  Yo sentía que me estaba diciendo a mí que yo era mala por los ojos claros. Lo debe haber escuchado la maestra, supongo, porque ese año fui mulata.

  Cuando me tocó ser granadero de San Martín  en cuarto grado me encantó porque siempre me gustó San Martín, de bien chiquita. Mis abuelos tenían un libro muy viejo, con dibujos de cuando nuestro prócer ya era un hombre anciano que se paseaba con sus nietas en los jardines de Grand Bourg. No sé qué tan cierto habrá sido ese libro en relación con la biografía de San Martín pero yo admiraba a ese hombre que por un lado, aparecía cruzando los Andes en un caballo blanco según las imágenes que nos mostraban en el colegio y por otro, el viejito que paseaba con las nietas. Entonces no me disgustó ser granadero y pintarme los bigotes nuevamente con el corcho quemado. Lo que sí me entristeció fue que mis papás tuvieron que hacer un viaje a Mendoza y no pudieron estar presentes. En esos días, dormí en la casa de mis abuelos maternos en la que también vivía mi tía la artista y a la que yo veía los sábados. Yo quería que mi tía fuera como mi mamá, pero era bien distinta. O bien porque era soltera y no tenía la paciencia de una mamá o bien porque estaba muy ocupada yendo y viniendo con sus obligaciones que no me daba la atención que yo esperaba de ella. Me sentí un poco sola como granadero, me sentí lejana en la escuela, sin los preparativos previos y los festejos posteriores a los que estaba acostumbrada cada vez que salía en un acto.

   La  patria fue, durante mis años escolares, los actos, la bandera que izábamos todos los días, los afiches alusivos, la escarapela. No volví a pensar en la patria con mayúsculas en los años que siguieron.

   Después vinieron los años como docente y ella se coló, nuevamente, en los actos. Ahora yo tenía que tener en claro un significado para ellos, los alumnos; asignarles roles, asignar palabras a los hechos, asignar palabras, más palabras. Porque una escuela sin patria ni actos no es escuela, ¿no? Volví a preguntarme qué es la Patria ¿Qué es la Patria?

    Otra vez los discursos, los ensayos, la falta de tiempo, los inconvenientes a último momento. Criollos, damas antiguas y mulatas. Escarapelas, el Cabildo, la plaza de Mayo. Yo no sé muy bien si a ellos, los chicos, les quedaba claro qué estábamos haciendo en los actos o si sólo era un motivo para vestirse con ropa de época como me pasaba a mí.  Pero en ese traje, en ese vestido rojo que usé a los seis años con el que fui por primera vez una dama antigua, había algo, un cierto orgullo por sentirse elegido, por representar a personajes tan importantes y distantes en el tiempo.  Me di cuenta de que volvía a mi infancia, a los recuerdos, a la ropa de los abuelos, a esas emociones tan guardadas en la memoria.  Tal vez la Patria sea el eslabón que nos une a nuestros lazos más queridos, como aquel sombrero que me prestó mi abuelo para que fuera gaucho.
                                                                        J.G.

25 de Mayo de 1981


sábado, 23 de mayo de 2015

"Parece que son tiempos malos, pero a los tiempos malos hay que combatirlos con ideas."

                                             Daniel Nesquens. Escritor y editor independiente en "Libros sin pretensiones" El Periódico de Aragón, 9/12/12.


 
                                                                                            Painting with coffee por Ghidaq al Nizar



"Mire le calle.
¿Cómo puede usted ser
indiferente a ese gran río
de huesos, a ese gran río
de sueños, a ese gran río
de sangre, a ese gran río?"


                   Nicolás Guillén


                                   Manifestación, Antonio Berni, 1934Antonio Berni, 1934

sábado, 16 de mayo de 2015


Noches como laberintos.

   Me acostumbré  a caminar de noche, no muy tarde, antes de la cena. Apenas me calzo mis auriculares y prendo el celular sé que estoy dando comienzo al recorrido del laberinto. Deseo perderme; sin embargo, el mapa mental que tracé distraídamente hace meses- un poco por seguridad elijo las calles luminosas y concurridas, y otra porque me gusta el boulevard que orienta hacia el este, hacia la costanera-, me lleva por esas calles.  Nunca llego hasta el Puente Colgante sino los domingos, cuando salgo más temprano. Tiempo atrás opté por otros recorridos cercanos pero algo en el ruido de los autos, las luces de los bares, los kioscos de revistas y hasta diría las estaciones de servicio que cruzo con su característico olor a nafta y a aceite me indican que no puedo franquear la línea recta del boulevard. 

   De noche los árboles no se lucen, son como centinelas dormidos que inclinan sus desgastadas ramas sin hojas hacia el fin del laberinto. Prefiero caminar por las veredas paralelas y no por el medio donde se encuentran. Me siento desprotegida sin paredes a los costados donde pueda resguardarme de los conductores que suelen ir a mayor velocidad que la permitida, y además porque ése es el lugar de los árboles que a fuerza de pujar durante años han levantado las baldosas y han marcado con sus raíces obstáculos leñosos e inesperados para caminantes distraídos como yo. Entonces camino por enfrente, como si tanteara muros invisibles que me orientan hacia el final del recorrido.

   Los domingos son días de ajetreo: autos y más autos que vuelven de las quintas de Rincón y Colastiné sobreabundan las calles.  La plaza Pueyrredón se muestra como un pañuelo abierto a los curiosos con sus artesanías en cuero y sahumerios dulzones y somnolientos. Se me hace un poco más difícil el recorrido, debo caminar más despacio o estar más atenta a los cruces en las esquinas. Prefiero los lunes y los martes, solitarios y nostálgicos. Los bares tienen poca gente, algunos están cerrados por la actividad del fin de semana; otros aprovechan para hacer una buena limpieza y entonces aparecen las bolsas de consorcio en las veredas, las botellas vacías de cerveza o aperitivos abandonadas a su suerte. Me atrae observar a los personajes habitué de Pericles o del viejo Quico leyendo  El Litoral con un café al lado,  circunspectos con sus cigarrillos. Somos, podría decir, cautivos por opción de nuestras costumbres, que noche tras noche salimos como los gatos a recorrer las terrazas. Me atraen también los que se sientan a tomar un helado en la esquina de Boulevard y 25 de mayo; a veces son parejas jóvenes, otras familias con niños pequeños. Me gustan las caritas de los chicos detrás de las enormes bochas de crema que les cubre buena parte de la cara. Anteayer vi cómo un bulldog francés entre tarascón y tarascón sucumbía ante un cucurucho que su dueño de no más de un metro le ofrecía.

    A medida que camino, el cansancio del día que hasta unos veinte minutos atrás me agobiaba va cediendo, como los efectos de una aspirina. No puedo decir que el aire de esa zona de la ciudad me oxigene pero su efecto es el mismo. Nací en la ciudad y viví siempre cerca del centro. La escuela, la casa de mi abuela, la calle San Martín, la iglesia, el club y hasta la Facultad me quedaban a cuatro o cinco cuadras. Sólo la casa de mi abuela materna, en Candioti Sur me quedaba lejos. De chica me llevaban en auto hasta Lavalle e Ituzaingó, empedrada hasta el día de hoy como en algunas zonas viejas de la ciudad. Con el tiempo, aprendí  a ir o volver por Ituzaingó hasta mi casa paterna en Eva Perón y Urquiza. Creo que ése fue el comienzo de la costumbre de irme por esa zona de veredas anchas y árboles amables, como los de calle Balcarce que en feriados y domingos invitan a los caminantes a adormilarse con el sol y a hacer un pequeño descanso en la plaza Pueyrredón que por la mañana es maravillosa con sus bancos tímidos y sus fuentes viejas.  

    Ahora que la rutina me impone un caminata en horario nocturno, cuando la mayoría va llegando a su casa y ya no vuelve a salir, siento que el laberinto es es una forma de expiación, no en sentido religioso sino profano: a medida que voy desandando el camino, aparentemente cautiva en mi distracción como un virgen entregada al Minotauro, vuelvo renovada, cansada pero alegre, con el ánimo presto al sueño. Sé que comparto con el monstruo el invisible laberinto, que noche tras noche nos buscamos, aparentemente perdidos entre los muros de la Alianza Francesa o en las casonas que miran al sur. Y sé que a diferencia de aquél, tengo una ventaja: el laberinto no me encierra; me libera.
                                                                                                       J.G.



 

sábado, 9 de mayo de 2015

Cita en el Lago Maggiore de Antonio Dal Masetto

-Me acordaba de las piedras-dijo.
Ella lo miró, miró la franja pedregosa y nuevamente a él.
-¿Por qué las piedras?
-Supongo que porque siempre estaban ahí, en todas partes, eran una presencia familiar, una presencia amiga, piedras de todo tipo, de todas las tonalidades, de todas las formas y tamaños, calientes bajo el sol del verano, heladas en invierno. Por supuesto me acordaba también  de muchas otras cosas, pero las piedras aparecían inevitablemente, y entonces me venían ganas de tocarlas.
-Ahora podés hacerlo.
-Ya lo intenté las otras veces que vine.
-¿Y qué pasó?
-No es lo mismo.
-¿Qué cosa no es lo mismo?
-Nada es lo mismo.
  Ella se acuclilló, tocó una piedra, luego otra, las acarició. Estuvo un buen rato como estudiándolas y pasándoles suavemente la yema de los dedos. No levantó ninguna. El padre la observaba con interés extremo, de nuevo sentía que estaba a punto de descubrir algo y no lograba saber qué. En ese  deslizarse de los dedos sobre las piedras lavadas, lisas, pulidas, le parecía percibir una promesa de aquello que él no había podido, el comienzo del camino para el reencuentro que no había logrado en cada uno de sus regresos anteriores. (...)
   Habían ido al pueblo para que él le sirviera de guía, para llevarla de la mano, para enseñarle, para informarle, para que ella supiera de dónde habían venido los que la precedieron, para que a la historia de su vida se engarzara un eslabón nuevo y de ese modo hacerla más completa. Pero ahora el padre se preguntaba si en los días que vinieran no terminaría siendo ella la que guiara, la que lo llevara de la mano, la mediadora, la que le permitiera regresar y acceder al archivo de las cosas perdidas.
   Sentado sobre la piedra, sorprendido, en estado de alerta, consideraba y trataba de entender la inversión de roles que tal vez se estaba llevando a cabo.
                                              Antonio Dal Masetto. Cita en el Lago Maggiore, Bs.As. Ed.El Ateneo, 2011.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, 2 de mayo de 2015

Poema
"Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío. "
               

                          Julio Cortázar, Último Round, 1969.


Foto: Sara Facio

Cosario de Mempo: Una meditación sobre Literaturas Regionales

Cosario de Mempo: Una meditación sobre Literaturas Regionales: Diálogo entre Provincias, en Feria del Libro de Bs.As. 29 de Abril de 2015. Mesa inaugural: "Literatura y regiones. Hacia una li...