Patria
Cuando
tenía seis años fui una dama antigua, y recuerdo la alegría que me
había dado ir con mi mamá a la casa de alquiler y que el vestido rojo, el más lindo para mi talle me anduviera
y mi mamá me lo llevara para el acto del 25 de mayo, que en aquel entonces se realizaban los
feriados. Nos levantábamos más o menos temprano, que para mí siempre eran las
nueve porque iba a la escuela en turno tarde. Con mi vestido rojo, caminé oronda por el parqué del gimnasio y salí contentísima en las fotos. El año anterior, en pre-escolar
había tenido que vestirme de gaucho porque en el colegio éramos todas nenas y
entonces teníamos que repartirnos los roles. Me acuerdo muy bien de que, aunque no
me había gustado para nada salir de varón, mi abuelo me había prestado un
sombrero negro y mi mamá me había tiznado con un
corcho quemado para dibujarme los bigotes. Tenía las botas de lluvia
que antes se usaban mucho y para la
ocasión venían muy bien.
En segundo grado me eligieron nuevamente dama antigua pero quise, ¡error! un
miriñaque con el que lidié todo el acto porque a la hora de sentarse se tumbaba
para un lado y otro. Se me fue el acto acomodándomelo a cada rato. En tercer
grado fui mulata. Según
la maestra, que era una religiosa, las niñas morenas iban a ser damas antiguas
y las rubias mulatas. Yo no entendí muy bien su argumentación pero me acuerdo
que mi compañera de banco, morena, con un pelo precioso, negro y pesado decía
que las nenas rubias eran malas y las morochas eran buenas. Yo sentía que me estaba diciendo a mí que yo
era mala por los ojos claros. Lo debe haber escuchado la maestra, supongo, porque ese año fui mulata.
Cuando me tocó ser granadero de San Martín en cuarto grado me encantó porque siempre me gustó San Martín,
de bien chiquita. Mis abuelos tenían un libro muy viejo, con dibujos de cuando
nuestro prócer ya era un hombre anciano que se paseaba con sus nietas en los
jardines de Grand Bourg. No sé qué tan cierto habrá sido ese libro en relación
con la biografía de San Martín pero yo admiraba a ese
hombre que por un lado, aparecía cruzando los Andes en un caballo
blanco según las imágenes que nos mostraban en el colegio y por otro, el viejito que paseaba con las nietas. Entonces no me
disgustó ser granadero y pintarme los bigotes nuevamente con el corcho quemado.
Lo que sí me entristeció fue que mis papás tuvieron que hacer un viaje a
Mendoza y no pudieron estar presentes. En esos días, dormí en la casa de mis
abuelos maternos en la que también vivía mi tía la artista y a la que yo veía
los sábados. Yo quería que mi tía fuera como mi mamá, pero era bien distinta. O
bien porque era soltera y no tenía la paciencia de una mamá o bien porque
estaba muy ocupada yendo y viniendo con sus obligaciones que no me daba la
atención que yo esperaba de ella. Me sentí un poco sola como granadero, me sentí
lejana en la escuela, sin los preparativos previos y
los festejos posteriores a los que estaba acostumbrada cada vez que salía en un acto.
La patria fue, durante mis años escolares, los actos, la bandera que izábamos todos los días, los afiches alusivos, la escarapela. No volví a pensar en la patria con mayúsculas en los años que siguieron.
La patria fue, durante mis años escolares, los actos, la bandera que izábamos todos los días, los afiches alusivos, la escarapela. No volví a pensar en la patria con mayúsculas en los años que siguieron.
Después vinieron los años como docente y
ella se coló, nuevamente, en los actos. Ahora yo tenía que tener en claro un
significado para ellos, los alumnos; asignarles roles, asignar palabras a los
hechos, asignar palabras, más palabras. Porque una escuela sin patria ni actos
no es escuela, ¿no? Volví a preguntarme qué es la Patria ¿Qué es la Patria?
Otra vez
los discursos, los ensayos, la falta de tiempo, los inconvenientes a último
momento. Criollos, damas antiguas y mulatas. Escarapelas, el Cabildo, la plaza
de Mayo. Yo no sé muy bien si a ellos, los chicos, les quedaba claro qué
estábamos haciendo en los actos o si sólo era un motivo para vestirse con ropa
de época como me pasaba a mí. Pero en ese traje, en ese vestido rojo que usé a los seis años con el que fui por primera vez una dama antigua, había algo, un cierto orgullo
por sentirse elegido, por representar a personajes tan importantes y distantes en el tiempo. Me di cuenta de que volvía a mi
infancia, a los recuerdos, a la ropa de los abuelos, a esas emociones tan
guardadas en la memoria. Tal vez la
Patria sea el eslabón que nos une a nuestros lazos más queridos, como aquel
sombrero que me prestó mi abuelo para que fuera gaucho.
J.G.
| 25 de Mayo de 1981 |




