¿Por qué viajamos?
En la tradición literaria el viaje adquiere
significativa importancia. De alguna manera, el viaje representa la existencia
humana. Ejemplos sobran: desde la Odisea a la Divina Comedia, saltando por los
cantares de gesta como el Mio Cid o el entrañable Quijote por mencionar obras
clásicas. ¿Por qué viajamos? ¿Por placer, por trabajo, por evasión? El viaje en
literatura simboliza una aventura o una búsqueda, sea de un tesoro o de un conocimiento concreto o trascendente.
El hombre necesita buscar y conocer, huir de su realidad para vivir otra nueva.
El viaje es un abrirse al movimiento, a lo nuevo, al riesgo, al encuentro con
algo que suponemos nos traerá experiencia y tal vez, sabiduría. Supone que
aceptamos salirnos de nuestra zona de confort para luego volver con la
sensación de seguimos siendo los mismos pero no tanto. Algo nos dejó el viaje.
Dice Ana María Shúa en los diarios de su
novela Hija que “desde la Odisea en
adelante, el viaje es el gran recurso para enhebrar episodios. En la novela
picaresca, el personaje viaja de un amo a otro. Una historia de vida es un
viaje por el tiempo”. En la literatura argentina fundacional el unitario de El matadero de Echeverría viaja al mundo
de los bárbaros; la huída narrada en la Advertencia del Facundo de Sarmiento es otro viaje, doloroso y político, como el de
otros tantos escritores exiliados a los que se sumó también la posibilidad de
educarse en París, destino por excelencia de la clase letrada del siglo XIX.
La condición de posibilidad del viaje es el movimiento, el
desplazamiento. El viajero “se hace en movimiento” explica Patricia Almarcegui
en su libro El sentido del viaje. El
viajero se desplaza, hace suyos los destinos, los conoce y los interpreta. Y
mientras viajamos, reflexionamos sobre esa transformación interior que nos trae
el viaje por añadidura.
Aunque muchos viajen en verano, el viaje no es únicamente desplazarse de
nuestro territorio geográfico a otro. Viajar, como dijo Hebe Uhart, viajera
incansable, es también el recorrido que hacemos todos los días para ir al
trabajo, para hacer los mandados, para cumplir una rutina deportiva. Son
pequeños desplazamientos que enriquecen nuestro viaje interior. ¿Quién no
medita mientras va trotando por la costanera o mientras anda en bici? ¿Quién no
se queda mirando el horizonte mientras hace fila para pagar un impuesto o en la
parada del colectivo?
Esos viajes pequeños que de tan repetidos no capturamos fotos en el
celular son los que hay que tener presentes. No únicamente los grandes viajes
de los que guardamos recuerdos en las repisas de casa o en los álbumes. Digo
que hay que tenerlos presentes porque son los que van dejando pequeñas marcas
en nuestra subjetividad. O también aquellos viajes que hacíamos cuando éramos
chicos y no elegíamos el destino. Nos dejábamos llevar. Confiábamos en la decisión
de nuestros padres. No hace mucho, observando el río y un carguero, recordé el
único viaje en balsa que hice para cruzar a Paraná. A mis padres les gustaba
pasar la tarde de algunos domingos trepando por las barrancas para después
comer facturas mientras mirábamos el río. Papá había decidido cruzar el auto en
balsa y no por el túnel. Quizá hubiera un inconveniente en el túnel o quería agregarle
una variante al paseo. Me inclino por esto último. Para cruzar a Paraná tuvimos
que esperar un rato hasta que viniera la balsa. El sol picaba a esa hora y
adentro del auto nos cocinábamos. Salimos y esperamos en el atracadero.
La vimos venir desde lejos. La balsa no tenía apuro en llegar a la
orilla y el tiempo se me hacía eterno. Cuando atracó, nos demoramos un poco más
hasta ubicar el auto en la plataforma. Éramos pocos los que cruzábamos,
habríamos sido seis o siete personas. A mí me parecía entrar en el terreno de
la aventura al estilo de Phileas Fogg en La
vuelta al mundo en ochenta días, la novela de Julio Verne que estaba
leyendo de la colección Billliken. No recuerdo haber conversado mientras
cruzábamos el río; los demás, tampoco. Mirábamos la costa que teníamos
enfrente, el oleaje pausado y monótono del río o los edificios de la ciudad a
la que nos íbamos acercando lentamente como tripulantes de un barco imaginario
que allí tenía forma de balsa y el mar era ese ancho río marrón.
La poetisa portuguesa Sophía de Mello Breyner Andresen dice en Arte Poética que “El reino ahora es sólo
aquel que cada uno por sí mismo encuentra y conquista, la alianza que cada uno
teje”. Quizá ese paseo de la infancia fue ir a la búsqueda de un reino y ahora esta
embarcación navegando por el afluente del Paraná me lo trajo a la memoria.
Volviendo a la literatura, el viaje como tópico es su condición de posibilidad.
El viaje cruza, rompe y subvierte las líneas del espacio y del tiempo. No es un
tema más. Es el tema de la literatura. Pero también lo es en nuestra vida.
Vital, azaroso, enérgico, salvífico o como decidamos adjetivarlo. Será cuestión
de aceptarlo y ver qué pasa.
Jorgelina Garrote
Fuentes consultadas:
Almárcegui, Patricia. El sentido del viaje. El diario.es,
23/05/2014.
Literatura y viaje. Del Blog:
ornellacompañeraensayística.
Shúa, A.M. Hija, Bs.As., Emecé, 2016.

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