lunes, 2 de marzo de 2020


¿Por qué viajamos?

 En la tradición literaria el viaje adquiere significativa importancia. De alguna manera, el viaje representa la existencia humana. Ejemplos sobran: desde la Odisea a la Divina Comedia, saltando por los cantares de gesta como el Mio Cid o el entrañable Quijote por mencionar obras clásicas. ¿Por qué viajamos? ¿Por placer, por trabajo, por evasión? El viaje en literatura simboliza una aventura o una búsqueda, sea de un tesoro  o de un conocimiento concreto o trascendente. El hombre necesita buscar y conocer, huir de su realidad para vivir otra nueva. El viaje es un abrirse al movimiento, a lo nuevo, al riesgo, al encuentro con algo que suponemos nos traerá experiencia y tal vez, sabiduría. Supone que aceptamos salirnos de nuestra zona de confort para luego volver con la sensación de seguimos siendo los mismos pero no tanto. Algo nos dejó el viaje.
 Dice Ana María Shúa en los diarios de su novela Hija que “desde la Odisea en adelante, el viaje es el gran recurso para enhebrar episodios. En la novela picaresca, el personaje viaja de un amo a otro. Una historia de vida es un viaje por el tiempo”. En la literatura argentina fundacional el unitario de El matadero de Echeverría viaja al mundo de los bárbaros; la huída narrada en la Advertencia del Facundo de Sarmiento es otro viaje, doloroso y político, como el de otros tantos escritores exiliados a los que se sumó también la posibilidad de educarse en París, destino por excelencia de la clase letrada del siglo XIX.
  La condición de posibilidad del viaje es el movimiento, el desplazamiento. El viajero “se hace en movimiento” explica Patricia Almarcegui en su libro El sentido del viaje. El viajero se desplaza, hace suyos los destinos, los conoce y los interpreta. Y mientras viajamos, reflexionamos sobre esa transformación interior que nos trae el viaje por añadidura.
  Aunque muchos viajen en verano, el viaje no es únicamente desplazarse de nuestro territorio geográfico a otro. Viajar, como dijo Hebe Uhart, viajera incansable, es también el recorrido que hacemos todos los días para ir al trabajo, para hacer los mandados, para cumplir una rutina deportiva. Son pequeños desplazamientos que enriquecen nuestro viaje interior. ¿Quién no medita mientras va trotando por la costanera o mientras anda en bici? ¿Quién no se queda mirando el horizonte mientras hace fila para pagar un impuesto o en la parada del colectivo?
  Esos viajes pequeños que de tan repetidos no capturamos fotos en el celular son los que hay que tener presentes. No únicamente los grandes viajes de los que guardamos recuerdos en las repisas de casa o en los álbumes. Digo que hay que tenerlos presentes porque son los que van dejando pequeñas marcas en nuestra subjetividad. O también aquellos viajes que hacíamos cuando éramos chicos y no elegíamos el destino. Nos dejábamos llevar. Confiábamos en la decisión de nuestros padres. No hace mucho, observando el río y un carguero, recordé el único viaje en balsa que hice para cruzar a Paraná. A mis padres les gustaba pasar la tarde de algunos domingos trepando por las barrancas para después comer facturas mientras mirábamos el río. Papá había decidido cruzar el auto en balsa y no por el túnel. Quizá hubiera un inconveniente en el túnel o quería agregarle una variante al paseo. Me inclino por esto último. Para cruzar a Paraná tuvimos que esperar un rato hasta que viniera la balsa. El sol picaba a esa hora y adentro del auto nos cocinábamos. Salimos y esperamos en el atracadero.
   La vimos venir desde lejos. La balsa no tenía apuro en llegar a la orilla y el tiempo se me hacía eterno. Cuando atracó, nos demoramos un poco más hasta ubicar el auto en la plataforma. Éramos pocos los que cruzábamos, habríamos sido seis o siete personas. A mí me parecía entrar en el terreno de la aventura al estilo de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días, la novela de Julio Verne que estaba leyendo de la colección Billliken. No recuerdo haber conversado mientras cruzábamos el río; los demás, tampoco. Mirábamos la costa que teníamos enfrente, el oleaje pausado y monótono del río o los edificios de la ciudad a la que nos íbamos acercando lentamente como tripulantes de un barco imaginario que allí tenía forma de balsa y el mar era ese ancho río marrón.
  La poetisa portuguesa Sophía de Mello Breyner Andresen dice en Arte Poética que “El reino ahora es sólo aquel que cada uno por sí mismo encuentra y conquista, la alianza que cada uno teje”. Quizá ese paseo de la infancia fue ir a la búsqueda de un reino y ahora esta embarcación navegando por el afluente del Paraná me lo trajo a la memoria.
  Volviendo a la literatura, el viaje como tópico es su condición de posibilidad. El viaje cruza, rompe y subvierte las líneas del espacio y del tiempo. No es un tema más. Es el tema de la literatura. Pero también lo es en nuestra vida. Vital, azaroso, enérgico, salvífico o como decidamos adjetivarlo. Será cuestión de aceptarlo y ver qué pasa.
                                                                                                    Jorgelina Garrote

Fuentes consultadas:
Almárcegui, Patricia. El sentido del viaje. El diario.es, 23/05/2014.
Literatura y viaje. Del Blog: ornellacompañeraensayística.
Shúa, A.M. Hija, Bs.As., Emecé, 2016.



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