martes, 16 de enero de 2018

Diarios Personales

16 de enero:
  Dos puntos puedo registrar en estos días. Uno, leí un artículo bastante extenso que aún no terminé, de Mario Vargas Llosa acerca del sistema de trabajo de un escritor, es decir, la manera en que aborda la escritura. Tomó tres ejemplos, el de Onetti, a quien admira, el de Cortázar y el propio. Del primero dice que no tenía un método, que escribía cuando sentía la necesidad de hacerlo y que lo hacía en cualquier papel, así sean pedacitos de diario o papeles sueltos. De Cortázar, que escribía todas las mañanas a máquina y que no sabía exactamente qué quería escribir. De sí mismo, que escribe una cierta cantidad de horas por día y que a Onetti eso no le gustaba, ser rutinario como escritor, como oficinista, digamos. Se comparaba de una manera muy original, decía que Vargas Llosa tenía una relación conyugal con la escritura y que él tenía una relación adulterina. Más adelante explicaba que, cuando aparecía algo, un poco difuso, en relación con un proyecto literario, y esa idea, recuerdo, imagen o emoción, persistía, entonces iba dándole forma primero a través de la toma de notas, de borradores hasta que comenzaba a escribir. Eso me dá la pauta de que aún los grandes escritores pasan por lo mismo, no se tiene todo armado, hay una primera etapa más sensorial del no sé que quiero pero sé que quiero algo. También escuché un audio de Claudia Piñeiro en Audiovideoteca de escritores sobre su experiencia como dramaturga. Su maestro, Mauricio Kartum le decía que no basta con una idea cuando uno quiere escribir sino que también es importante tener una imagen sobre lo que se quiere escribir. Esa imagen tiene que ser fuerte, tiene que estar presente de tal manera que conmueva y es lo que va a atrapar al lector, y daba el ejemplo de una plantita a la que hay que ver crecer. Se me pasó por la cabeza en estos días el desafío de escribir una nouvelle. Quizá sea un disparate pero podría probar. Una nouvelle son cincuenta páginas. No sé todavía si para un público infantil o para un público adulto. Me encantaría poder hacer las dos cosas. Isabel Allende cuenta que si uno escribe una página por día, en un año tendríamos un libro escrito. Creo haberlo comentado en otra oportunidad; también Piñeiro dice que escribir una novela le lleva dos años. O sea, escribir es un proceso lento, además de todo lo que se hace para vivir.
    En estos días no tendré computadora, eso significa que volveré a escribir a mano y creo que me va a costar. Escribir poemas, poemas que tengan que ver con el aquí y el ahora, con lo que vea, con lo que sienta en el día a día. El resto de enero tendrá que ver con la poesía.
    Por otro lado, los cajones. La manía de los cajones. No es algo que yo me proponga cuando me levanto. Decir: hoy hago limpieza de cajones. Odio tener que limpiar, ordenar, perder el tiempo libre en eso. Pero es inevitable. Ya ordené como cinco. Dos o tres de la cocina, los estantes del modular, el botinero, las gavetas de la heladera, el freezer, una parte del placard de M.y S. en la que había una gran caja de cartón con juguetes, zapatos, bolsas y mochilas que impedían cerrar la puerta corrediza. Me dije a mí misma, “no ordenes papeles en enero, no lo hagas”. Y cumplí. Bastante con lo que hice el año pasado. Y ahora los cajones. Pasó que el domingo busqué la tarjeta de débito. No estaba donde debía estar. Tuve que empezar a sacar todo: ropa, monederos, abrir carteras y el cajón del placard, el que más abro. Para qué. Ante la desesperación, porque lamentablemente en estas circunstancias no mantengo la calma, tuve qu sacar todo lo que tenía el cajón. Tiene tantas cosas adentro que una vez tuve que guardar en una bolsa una tercera parte de lo que tenía; aún así, se vencen las correderas y se vienen todos los cajones abajo, lo cual significa que tenga que sacarlos a todos y volverlos a colocar.   Lo que encontré servirá para un ejercicio de escritura al estilo cadáver exquisito de los surrealistas: ropa interior, medias de algodón, medias de muselina, zoquetes, pañuelos de tela, recibos de sueldo, tarjetas personales, tickets, breteles, facturas de compra, documentos de identidad nuevos y viejos, pasaportes que nunca usamos, libreta de familia, libreta de familia de la iglesia cristiana, estampitas de bautismo, de comunión, de confirmación de hijos, sobrinos, ahijados, hijos de amigos, tarjetas de fin de ciclo, cartoncitos con celulares, papeles de contraseñas, cartoncitos de remedios, cajitas vacías, cajitas con dientes que el ratón Pérez se llevó, cajitas con aros de ¿valor?, carnéts de bibliotecas, de gimnasios a los que alguna vez fui, alfileres de gancho, escarapelas, otras con la bandera papal, blisters de ibuprofeno para adultos y niños, breteles, cintas, gomitas para atar, monedas, llaveros, una billetera vieja con las libretas de la Facultad, fotos 4x4, tarjetas de cumpleaños, una colección de tarjetas de playlands, tarjetas de colectivo que se usaban antes de la Sube, papelitos con nombres de libros por leer, collares, cruces, botones, sobrecitos vacíos, y más abajo, en el siguiente cajón, ropa de verano para la pileta, es decir, bikinis, medias cancanes, cintos, cajitas, billeteras que alguna vez me regalaron y tienen el tamaño de una mano de niño, pañuelos, más ropa interior que no uso, folletos, y en el caos, descubrí atrás de todo un librito de tapa dura que me regalaran mis suegros en el año 98 cuando todavía no me había casado, de un viaje que hicieran a Londres. Es un libro miniatura de sonetos de amor de Shakespeare en inglés. Cuarenta y cuatro sonetos. 

 La tarjeta que estaba buscando no apareció. Supongo que se cayó en la calle el viernes por la noche en un circuito interminable de cajeros vacíos.    

                                                                                   J.G.

Luis Cruz Azaceta, Hot zone.


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