16 de enero:
Dos puntos puedo registrar en estos días. Uno,
leí un artículo bastante extenso que aún no terminé, de Mario Vargas Llosa
acerca del sistema de trabajo de un escritor, es decir, la manera en que aborda
la escritura. Tomó tres ejemplos, el de Onetti, a quien admira, el de Cortázar
y el propio. Del primero dice que no tenía un método, que escribía cuando
sentía la necesidad de hacerlo y que lo hacía en cualquier papel, así sean
pedacitos de diario o papeles sueltos. De Cortázar, que escribía todas las
mañanas a máquina y que no sabía exactamente qué quería escribir. De sí mismo,
que escribe una cierta cantidad de horas por día y que a Onetti eso no le
gustaba, ser rutinario como escritor, como oficinista, digamos. Se comparaba de
una manera muy original, decía que Vargas Llosa tenía una relación conyugal con
la escritura y que él tenía una relación adulterina. Más adelante explicaba
que, cuando aparecía algo, un poco difuso, en relación con un proyecto
literario, y esa idea, recuerdo, imagen o emoción, persistía, entonces iba
dándole forma primero a través de la toma de notas, de borradores hasta que
comenzaba a escribir. Eso me dá la pauta de que aún los grandes escritores
pasan por lo mismo, no se tiene todo armado, hay una primera etapa más
sensorial del no sé que quiero pero sé que quiero algo. También escuché un
audio de Claudia Piñeiro en Audiovideoteca de escritores sobre su experiencia
como dramaturga. Su maestro, Mauricio Kartum le decía que no basta con una idea
cuando uno quiere escribir sino que también es importante tener una imagen
sobre lo que se quiere escribir. Esa imagen tiene que ser fuerte, tiene que
estar presente de tal manera que conmueva y es lo que va a atrapar al lector, y
daba el ejemplo de una plantita a la que hay que ver crecer. Se me pasó por la
cabeza en estos días el desafío de escribir una nouvelle. Quizá sea un
disparate pero podría probar. Una nouvelle son cincuenta páginas. No sé todavía
si para un público infantil o para un público adulto. Me encantaría poder hacer
las dos cosas. Isabel Allende cuenta que si uno escribe una página por día, en
un año tendríamos un libro escrito. Creo haberlo comentado en otra oportunidad;
también Piñeiro dice que escribir una novela le lleva dos años. O sea, escribir
es un proceso lento, además de todo lo que se hace para vivir.
En estos días no tendré computadora, eso
significa que volveré a escribir a mano y creo que me va a costar. Escribir
poemas, poemas que tengan que ver con el aquí y el ahora, con lo que vea, con
lo que sienta en el día a día. El resto de enero tendrá que ver con la poesía.
Por
otro lado, los cajones. La manía de los cajones. No es algo que yo me proponga
cuando me levanto. Decir: hoy hago limpieza de cajones. Odio tener que limpiar,
ordenar, perder el tiempo libre en eso. Pero es inevitable. Ya ordené como cinco.
Dos o tres de la cocina, los estantes del modular, el botinero, las gavetas de
la heladera, el freezer, una parte del placard de M.y S. en la que había una
gran caja de cartón con juguetes, zapatos, bolsas y mochilas que impedían
cerrar la puerta corrediza. Me dije a mí misma, “no ordenes papeles en enero,
no lo hagas”. Y cumplí. Bastante con lo que hice el año pasado. Y ahora los
cajones. Pasó que el domingo busqué la tarjeta de débito. No estaba donde debía
estar. Tuve que empezar a sacar todo: ropa, monederos, abrir carteras y el cajón
del placard, el que más abro. Para qué. Ante la desesperación, porque
lamentablemente en estas circunstancias no mantengo la calma, tuve qu sacar
todo lo que tenía el cajón. Tiene tantas cosas adentro que una vez tuve que
guardar en una bolsa una tercera parte de lo que tenía; aún así, se vencen las
correderas y se vienen todos los cajones abajo, lo cual significa que tenga que
sacarlos a todos y volverlos a colocar.
Lo que encontré servirá para un ejercicio de escritura al estilo cadáver
exquisito de los surrealistas: ropa interior, medias de algodón, medias de
muselina, zoquetes, pañuelos de tela, recibos de sueldo, tarjetas personales,
tickets, breteles, facturas de compra, documentos de identidad nuevos y viejos,
pasaportes que nunca usamos, libreta de familia, libreta de familia de la
iglesia cristiana, estampitas de bautismo, de comunión, de confirmación de
hijos, sobrinos, ahijados, hijos de amigos, tarjetas de fin de ciclo,
cartoncitos con celulares, papeles de contraseñas, cartoncitos de remedios,
cajitas vacías, cajitas con dientes que el ratón Pérez se llevó, cajitas con
aros de ¿valor?, carnéts de bibliotecas, de gimnasios a los que alguna vez fui,
alfileres de gancho, escarapelas, otras con la bandera papal, blisters de
ibuprofeno para adultos y niños, breteles, cintas, gomitas para atar, monedas,
llaveros, una billetera vieja con las libretas de la Facultad, fotos 4x4,
tarjetas de cumpleaños, una colección de tarjetas de playlands, tarjetas de
colectivo que se usaban antes de la Sube, papelitos con nombres de libros por
leer, collares, cruces, botones, sobrecitos vacíos, y más abajo, en el
siguiente cajón, ropa de verano para la pileta, es decir, bikinis, medias
cancanes, cintos, cajitas, billeteras que alguna vez me regalaron y tienen el
tamaño de una mano de niño, pañuelos, más ropa interior que no uso, folletos, y
en el caos, descubrí atrás de todo un librito de tapa dura que me regalaran mis
suegros en el año 98 cuando todavía no me había casado, de un viaje que
hicieran a Londres. Es un libro miniatura de sonetos de amor de Shakespeare en
inglés. Cuarenta y cuatro sonetos.
La tarjeta que estaba buscando no apareció.
Supongo que se cayó en la calle el viernes por la noche en un circuito
interminable de cajeros vacíos.

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