Retrato
La nena se sentó en la butaca alta
a esperar los primeros trazos.
No había nada que hacer,
salvo mirar seriamente
o esbozar una media sonrisa,
quieta como si fuera grande,
callada como los árboles.
Aburrida al rato,
observó los lápices de colores,
los contó uno a uno,
espió los estantes atiborrados
de latas con pinceles, acrílicos, papeles.
La dibujante entrecerraba los ojos,
no le convencía el retrato,
borroneaba a media la distancia
y la nena echaba
hacia atrás los hombros
con ánimo de que la artista dijera "basta
por hoy", pero calla. Sabe que la mujer
se ha ido al tiempo de las carbonillas.
La nena cuenta lápices,
le intriga qué habrá en el papel,
qué tan parecida a ella será la otra
que no tendrá el calor de febrero en la frente,
ni contará lápices ni echará los hombros
para atrás derechita en la butaca
alta. Cuántos sábados llevó el retrato,
no recuerda. La otra quedó allí, al fin,
en sus cinco años.
J.G.

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