Hombre
yendo al río
El hombre caminaba entre los yuyos. La tierra
olía húmeda. Más allá la loma dibujaba la curva sinuosa de la barranca. El río
aquietaba la tarde y los pájaros, que asomados en la puntas de las ramas de los
sauces, parecían una premonición de dicha.
El hombre caminaba entre los yuyos seguido
por su estrella. Faltaba poco para llegar al río, para asomarse en él, en su
silencio líquido y atenuante. La herida en el pie ardía. Lo mojó apenas llegó a
la orilla. El agua calmó el ardor, limpió la sangre seca y sucia
de tierra.
El hombre entrecerró los ojos como
queriendo beber la quietud de la tarde. A lo lejos se escuchó una calandria.
¿Era la voz del río ese quejido dulce? El hombre doblegó el cuerpo un poco más
adentro en el agua. Y la estrella que olía a hondonada curva y verde reflejó en
su espalda la lenta maniobra de su mano en el río. Cantó la calandria a lo
lejos y el canto mojó la herida. El sol, calmo en la tarde, fue su creencia.
J.G.
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| Foto: Emi Weber |

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