La
casa y las palabras
I
La casa del pueblo era una mancha herrumbrosa
en el verdín del campo.
Íbamos a espiar la luz en las acacias
o en los charcos que la última lluvia había
dejado.
La casa era una puerta semiabierta,
el entreabrir de dos ventanas,
la soledad de los árboles,
los pájaros.
Era también un espejo,
el tiempo detenido que es la luz de la siesta.
Nos bañábamos en esa luz,
en la soledad que llegaba puntualmente,
avanzábamos hacia ella y nos quedábamos
suspendidos entre las acacias
como queriendo llevarnos el campo
hacia adentro de nosotros.
La luz, caminadora de las horas del mediodía
nos mareaba con el aroma de los jazmines dulzones.
Sentíamos la luz en la frente
nos cortaba en dos la media hora,
nos enviciaba de sol y de sueño,
amenazaba con irse en una nube
si no nos acuclillábamos rindiéndole culto.
Después nos íbamos al arroyo
con la desesperación de los sedientos
a sacarnos esa luz, luz del patio de la casa
del pueblo,
a sustraernos al tiempo de los juncos,
al verdor terroso del estero.
II
La noche era el momento de las palabras.
No podíamos articularlas naturalmente,
necesitábamos revivir el momento en que
la luz entraba al patio de la casa
y tocaba las acacias y los jazmines.
Necesitábamos que la soledad viniera a nuestro
encuentro,
como la sombra llega a los árboles al atardecer
para que ellas, las palabras, avancen peregrinas
sobre nosotros.
Las rumiábamos hasta que las veíamos venir,
se aposentaban en la lengua, se nombraban
tímidas,
tras el delta que era nuestra infancia,
y allí jugueteaban marcando la pausa
entre el cielo de la noche, la costa del río,
el declinar de la tarde.
J.G.
| Foto: J.G. |


