domingo, 14 de julio de 2024

 Señor gato

   Yo quería un gato. Un gato blanco con manchas color canela. Hay gatos de muchos colores: blancos, grises, negros, a rayas, con machas, gatos color té con leche, gatos de ojos verdes, de ojos grises y celestes. Pero no iba a ser posible. Mi mamá no quería un gato; le gustan los perros. Y ya tenemos a Lennon, un barbincho que adoptamos cuando fuimos a la costanera un domingo a la tarde. Se llama Lennon porque a mamá le gusta la música y Lennon es el nombre de un músico me dijo. Además lo escuchamos en casa. Me dijo que otro perro sí y que podíamos ponerle Ringo si me gustaba el nombre. Yo la miré con cara de no me importa. ¿Qué le pasa que no entiende que no quiero otro perro sino un gato? Todos los gatos pierden pelo como pierden pelos los perros, todos los gatos quieren el mejor lugar de la casa para dormir como también lo hacen los perros. 

   Tuve una idea. Hablé con la tía Roberta. Si ella me dejaba tener  un gato en su casa, yo le prometía darle de comer. También iba a ir a visitarla todos los días. Me fui con ella a la costanera y encontramos un gatito que no era blanco con manchas marrones sino blanco con manchas grises. La señora que nos los dio nos dijo que era  bueno pero que no le diéramos más que un plato de comida al día y si pedía más, que no le hiciéramos caso. 

-¿Y si se quedó con hambre?-pregunté

 La señora me miró y sonrió.

-No le den, le sacan el plato y ya está. Hay que acostumbrarlo a que no sea pedigüeño.

  Nos fuimos felices con Luigi (lo bautizamos en el camino). Pasamos por la veterinaria, lo revisaron, le dieron una pastillita azul-algo así como una vacuna-, fuimos al negocio de Rosita y compramos comida para gatos. En la casa de la tía le preparamos su rincón con una frazada y un platito de agua. Luigi no prestaba atención a los movimientos, tenía sueño.

  Pasaron los días. Volvía de la escuela, hacía mis tareas y me iba a la casa de tía Roberta a ver a Luigi mientras ella atendía su negocio de ropa usada. Al principio, no me di cuenta de la transformación, si se puede llamar así. Luigi era tranquilo, dormía mucho al sol. No le daba más que un plato al día a la hora de la siesta.  La cuestión es que Luigi empezó a crecer. Y mucho. No es que se volviera un gato enorme como un perro. Tenía el tamaño normal de cualquier gato. El problema era a lo ancho. Luigi se ensanchaba, no sé cómo explicarlo. Se inflaba como un globo. Yo lo tocaba para ver si era aire lo que tenía en la panza, pero no. Era todo carne. Tampoco tenía la forma redonda de una pelota, no, es como si adentro de la panza de Luigi tuviera dos gatos más.. Lo bueno de su tamaño es que no había ratones ni lauchitas ni nada que anduviera buscando comida por la noche; tampoco tenía interés en irse por los techos a conocer el barrio. Luigi era lo más parecido a un emperador chino sentado entre sus almohadones durmiendo la siesta. Pensé en llevarlo al doctor pero era tan pesado que tenía que encontrar una carretilla para llevarlo.. Pensé que lo más fácil sería pedir una caja de madera en la verdulería y atarla con una soga a la bicicleta. Luigi no saltaría de la caja (eso era seguro) y no saltó. ¡Qué más podía pedir que un paseo en bicicleta! 

  Lo más difícil fue cruzar las calles y subir el cajón a la vereda. Luigi no ayudaba ni aunque le rogara que se adapte a la situación. Él entrecerraba los ojos e inclinaba la cabeza hacia atrás. Disfrutaba del sol de la tarde.

  Cuando logré llegar a la veterinaria, el doctor lo revisó y me dijo que no tenía nada. Sólo era un gato ancho y que no había que preocuparse, que no iba a seguir creciendo.

-A veces, un gatito de diez es así- me dijo-que trate de ejercitarse un poco por día.

  Yo esperé a que me diera unas gotitas o una pastilla pero no. Luigi era un gato sano, un gato grande, un señor gato como esos padres de una familia numerosa que se sienta en la punta de una mesa larga celebrando la familia reunida un domingo de fiesta.

  Volví con Luigi a casa de tía Roberta. Tenía que resignarme y agradecer que Luigi estaba bien. Tía Roberta me dijo que iba a ser un poco difícil que Luigi se ejercitara. No es lo mismo que con un perro que uno le pone la correa y sale contento a pasear. Los gatos salen solos. El problema es que a Luigi le da fiaca salir. Había que convencerlo. Me quedé un fin de semana a dormir en lo de tía Roberta para observarlo. Lo único que detecté es que para la oreja cuando escucha algún pajarito cerca, no porque tuviera intenciones de comérselo sino porque le gusta el gorjeo. Entonces se me ocurrió una gran idea. En casa guardaba la fábrica de cantar como los pájaros (así le digo yo) a un juguete de mis abuelos. Es un silbato largo al que se le pone agua y al soplarlo, hace un sonido muy parecido al trino. Probé una vez y Luigi paró la oreja. Seguí silbando y Luigi abrió los ojos. Se acomodó un poco en el almohadón. Puse más agua en el silbato y me fui cerca de la puerta. Silbé. Luigi se levantó  y amagó con mover la pata. Abrí la puerta y seguía silbando. Luigi avanzó. ¡Funcionaba!

  Después de probar varias veces, Luigi obedece a su rutina diaria. Por la tarde, lo llamo antes de llegar a la casa de tía Roberta. Luigi me espera en el umbral.

J.G.


Señor Gato