Hace un tiempo me acordé de vos, Alfonsina, de cómo me
gustaban tus poemas cuando tenía quince años. Hubo una etapa en mi adolescencia
en que te recordábamos en el taller literario al que iba. Yo no sé, pero me
sentía triste cada vez que leía tu último poema, el que escribiste antes de tu
suicido. Para ese entonces no podía entender que alguien se quitara la vida.
Creo que vos fuiste el primer ejemplo que conocí. Hoy podría comprenderlo un
poco más desde el lado de quien tomó la decisión pero aún así me cuesta. En la
escuela cantábamos “Alfonsina y el mar” que no conociste. Te habría gustado. La
música es del hijo de tu profesor de Música, Zenón Ramírez. Es melancólica y
dulce, dolorosamente dulce. La escuché muchas veces y me pasa siempre lo mismo;
se me pone la piel de gallina. Antes me imaginaba ese final como lo decía la
letra, te adentrabas al mar. Pero la otra forma de morirte, la verdadera, la
que dicen los informes que te arrojaste de una escollera la madrugada de un
martes de octubre, que comprobaron la hipótesis porque quedó enganchado un
zapato, que estabas muy enferma, que el dolor era insoportable porque no
aceptaste el tratamiento de ese entonces. Que luchaste con esa idea del
suicidio durante años. Que lo viste en tu amigo Horacio al que conociste antes
de que se casara con su segunda mujer. Que ambos coincidían en esa forma de
morir. Es duro saber que te queda poco y que la agonía es lenta. Querés parar,
no podés seguir. Lo que iba a ser tu vida ya no iba a ser una vida digna. Se
iba a poner peor. Puedo entenderte, mi papá tuvo la misma enfermedad. Es
horrible.
Lo que no
sabía y me enteré después es que habías vivido en Coronda. Estuve leyendo notas
del diario, crónicas de tu vida. En una aparecés en una foto de cuando
estudiabas para maestra rural en la Escuela Normal que recién abría en ese
lugar. Vos querías estudiar y no tenías plata. Te dieron una beca y aún así no
te alcanzaba. Te ayudó la Directora dándote un trabajo. Cómo habrá sido tu
entusiasmo por aprender que tanto se te notaba. Así que estudiaste ahí para
maestra rural y también hacías el trabajo de celadora. Ahora decimos
preceptora. Siempre trabajaste. De lo que fuera. Te pagaban la mitad por lo
mismo que hiciera un hombre.Vos lo hiciste saber de muchas formas; no tenías
vergüenza en plantarte con tus ideas. Pero esa historia la conocemos todos. Lo
que no sabemos, lo que no dicen las biografías, es en qué pensabas Alfonsina
cuando ibas a caminar toda la ribera del río. Ibas casi todos los días, después
del trabajo; bajabas la barranca a respirar el aroma húmedo de los árboles, el
transcurrir del agua, el sol que se iba. No querías perdértelo. Hacías bien,
alejarte un poco, entrar en tu mundo,
sentarte a veces y escribir alguna línea si llevabas el cuaderno. En las notas
que leí, quienes te conocieron a esa edad te describían como una jovencita
curiosa e inteligente, que se destacaba en el canto y en la actuación. Te
conocí bien poco entonces, cuando era chica. ¿Qué te habrá hecho cambiar de
planes, dejar ir a la Alfonsina del río para que surja la Alfonsina de la
ciudad? ¿Qué habría pasado si no te hubieses ido a Rosario, a Buenos Aires?
Sigo
imaginándome cuando estabas en Coronda, cuando todavía no te habían lastimado o
vos no esperabas nada del futuro. Porque las chicas a esa edad no saben ni les
importan más que las fantasías que viven en el presente. No pueden ni quieren
ir mucho más allá que el día a día. Tenías dieciocho, diecinueve años.
Alejandro llegó poco después. Lo tuviste y le pusiste tu apellido. Nunca te
casaste. Y trabajaste para mantenerlo como tantas mujeres solas. Pero vuelvo a
Coronda cuando estabas enfocada en el estudio y vivías en la pensión. Tu mundo era pequeño como una cáscara de nuez: ir a la escuela, estudiar, hacer tu trabajo.
Que tu profe de Castellano, como se decía antes a la profesora de Literatura,
dijera cuando te hiciste famosa que eras todo un talento a esa edad, que no
tenía que corregirte nada de lo que escribías, era verdad. Te estimuló a que
siguieras escribiendo, formándote.. Yo también lo hago cuando encuentro un
texto de un estudiante que me llama la atención (pocas veces se da Alfonsina,
si supieras cómo cambió el mundo en el que vivo). A veces trato de verme a mí misma cuando
tenía la misma edad que vos, cuando caminabas al costado del río. Yo también
nací en un paisaje parecido al de Coronda pero el río no era para mí lo mismo.
No lo tuve tan cerca, ni podría haber ido a caminar sola como vos lo hacías. Me
pregunto si mirándolo, si contemplándolo, pensaste que ese lugar era un pasaje,
sólo una oportunidad para después irte o si se te cruzó la idea de volver,
hacerte una casita ahí, encontrarte con vos misma, la Alfonsina que no dejaba
de cantar. Capaz que no habrías sido conocida. Capaz que así no te habrías
muerto en Mar del Plata. Habrías escrito pero no con el afán de que te acepten
como sos. Conociste poco después lo que es el desprecio, el prejuicio, el dolor
en tus viajes a Rosario. Por eso habrías vuelto Alfonsina. El río te habría
esperado como siempre. El río no lastima. Estabas ahí, bajo el sauce llorón,
escribiendo. Eras feliz así. Si hubieras vivido en mi época, podrías haber
mandado tus textos por correo electrónico o whatsapp; no te habrías hecho
malasangre por la gente que habla y habla. En eso no cambiamos Alfonsina, nos falta
mucho para entender al otro. Tendrías que haber llevado la vida de un buda o
una sacerdotisa hindú. Así habrías guardado mejor lo que tu espíritu llevó
siempre; esas locas ganas de vivir sin que te juzguen. ¿Habrías sido madre
soltera? Sí, seguro. Alejandro vivió mucho, más del doble de años que vos. Se
encontró con su padre y con las hijas que tuvo con otra mujer. Quizás el
destino compensó por ese lado, lo que te faltó en años se los dio a él.
A mí no me
importa tu vida amorosa. Yo te quiero seguir imaginando al lado del río,
ensuciándote los pies con la arena porque así sentías el paisaje, con todos los
sentidos. Ésa Alfonsina es la que pocos conocimos. Pero algunos pocos todavía
se acuerdan, los que están acá y saben qué es tener el río cerca. Sentir el
agua, la arena húmeda, el silencio infinito.
J.G. (para el 5°Encuentro "Alfonsina y el río 2023)
