viernes, 23 de diciembre de 2022

Mi cuento de Navidad: El cordero, el pesebre y la niña.

 Pauli acomodó en la repisa de la casa de la abuela las figuras de cerámica y alambre pintados. Eran un Papá Noel, un arbolito navideño rojo. En la puerta habían colocado la estrella dorada que tanto le gustaba con un poco de cinta. El otro árbol,el más grande, estaba en un rincón. Le habían puesto este año sólo bolas rojas y luces que costó desenredar. Pasaba lo mismo todos los años, por más que las acomodaran bien en la cajita, siempre salían llena de nudos. Mucha paciencia no tenía pero la abuela sí.-Ponete de este lado que yo voy por partes-le decía. Y ella le hacía caso. Veía cómo iba desnudando con paciencia de buda las luces. El árbol quedó lindo, probaron encenderlas por si se habían quemado pero no, todavía andaban. Pensó que algún moño podría poner en la biblioteca o en las manijas de las puertas, como borlas. Del centro de mesa y del camino, se ocuparían más cerca del día. Ahora importaba el arbolito y el pesebre porque era ocho de diciembre y Pauli no faltaba a la cita de adornar la casa porque en la suya, bueno, había problemas con eso. Mucho no le gustaba a su papá que no creía en la Navidad, decía que era todo una excusa para vender más y que los Reyes Magos nunca existieron. Que Papá Noel era lun invento europeo y un montón de cosas más decía porque de chico en su familia, cada vez que se juntaban, algún tío terminaba peleado con la abuela o con el abuelo y no se veían por meses, No, al papá de Pauli la Navidad le traía malos recuerdos y no quería un arbolito grande como el que tenía guardado la abuela. En cambio, la mamá sí creía en la Navidad, en la reunión familiar, en el Niñito Jesús como decía la bisabuela de Pauli. La mamá había tenido otra experiencia. Lo había vivido con ilusión. Además, estaba el pesebre, la misa de Nochebuena, la sidra, los budines que hacía la tía Elba que eran exquisitos. Mamá le pidió la receta porque la tía ya no estaba, había muerto tiempo atrás.    Y la que seguía la tradición de los budines era la mamá de Pauli.. En su casa, si querían adornar, tenían que ser cuidadosas para no enojar al papá y que después tirara las cosas a la calle.. Por ejemplo, el arbolito tenía que ser bien chico, como esos que se compran para las oficinas o consultorios y se ponen en los mostradores. El pesebre no podía estar a la vista porque no creía en el niño Jesús ni en nada de eso por más que a ella la bautizaron y tomó la comunión después de que la mamá de Pauli le rogara que la dejara tener una religión y que después ella eligiera si quería de grande seguir creyendo.. Y nada más, no había luces, ni guirnaldas plateadas o doradas, nada rojo dando vueltas por ahí. Por eso Pauli prefería hacer todo lo que le gustaba de la preparación del arbolito y del pesebre en la casa de la abuela. Y además porque la abuela tenía un pesebre hermoso. Eran figuras medianas a las que envolvía con cuidado en una caja de cartón hundidas en pelotitas de telgopor. La abuela traía papel madera, lo abollaba, lo volvía a abrir y lo acomodaba cerca del árbol para que pareciera el relieve. Le ponía cajas de zapatos o de arroz para que pareciera que fueran médanos o colinas. También traía un poco de heno seco y entre las dos, desenvolvían las figuras y las iban acomodando en el escenario. Primero eran los pastores a los que acomodaban algunos más cerca y otros más lejos, como si estuvieran caminando y se aproximaran lentamente. Después venían los animales. Una vaca, un burro, unos corderos blancos y negros. Todos acostados. Esos sí estaban bien cerca de María y Jesús. Después ponían la cunita improvisada como Pauli se había imaginado desde siempre que habían hecho los padres del bebé. Pero al Niño no lo ponían hasta que tocaban las doce de la noche del 25 de diciembre. Tenían un techo de cartón corrugado con unos postes de plastilina marrón para simular el establo. Lo último en acomodar era la estrella de Belén. Lo más difícil porque había que colgarla con tanza sostenida en ambos extremos. La estrella y la estela iban anudadas a unas macetas con plantas de hoja grande que la abuela tenía en el patio y así también mostraban a quien observara el pesebre que no sólo era desierto el paisaje sino que había zonas húmedas donde había nacido el Niño. A los Reyes Magos los acomodaban el 6 de enero, el día de la Epifanía del Señor. Pauli iba por la mañana después de abrir los regalos que le habían dejado con las zapatillas. Eso nunca fallaba: el plato de agua vacío, el pasto de la plaza arrancado el día anterior no estaba y sí un juguete o algo inflable para la pileta. 
  Cuando armaban el pesebre, Pauli imaginaba historias entre las figuras. Hacía hablar a los pastores o a los animales. También a María y a José. Lo hacía bajito, para que la abuela no escuche lo hacía con la mente, palabra favorita de Ema, su hermano más chico. Esa vez se imaginó una historia con el cordero más blanco, el más chico, el más lindo. Imaginó que tenía un dueño. Que el dueño se llamaba Juan y que todas las noches, antes de irse a dormir, contaba sus corderos reunidos en un pequeño corral, al lado de su casa de piedra. Juan tenía un hijo que se llamaba Simón. Simón era el mayor de cinco hermanos. Con la venta de un cordero podían comer una semana. Por eso Juan los cuidaba. Los llevaba todos los días a pastorear cerca del monte, cerca del río. Se quedaba con ellos buena parte del día y Simon, para no aburrirse, tallaba figuras de madera que después vendía en el mercado junto con su madre quien llevaba el pan recién horneado o se las guardaba si no tenía suerte. Pero una vez pasó lo que nunca antes había pasado. Uno de los corderos desapareció. Juan no se dio cuenta cómo porque se consideraban buen vigilante. Llevó los corderos al corral y faltaba el más pequeño, el más blanco, el más hermoso. Se desesperó. Salió a buscarlo. De lejos se escuchaban los gritos. Algún vecino se compadeció y lo acompañó en la búsqueda. Volvieron al rato, cansados, malhumorados y afónicos. Simón también estaba preocupado porque era su cordero preferido. Juan no quiso que lo acompañara, era chico todavía para andar de noche. Simón entonces miró la ventana, la única de la casa de piedra. El cielo estaba limpio por la luna llena. Podía ver muchísimas estrellas pero algo le llamó la atención. Una estrella era más grande que las demás. Mucho más grande y luminosa. Era la primera vez que veía una estrella así. Y pensó que si había luna llena y con esa estrella, podría salir a escondidas a buscar al cordero perdido. Sus padres se habían acostado. Sólo tenía que hacer un poco de silencio para que no se despertaran al cerrar la puerta. Sus pies seguían ese camino sinuoso que marcaba la estrella y la luna. Parecía estar lejos y cerca a la vez. Pensó en gritar para llamar al cordero pero seguro sus padres lo oirían y tendría que volver a la casa. Mientras caminaba, sentía esperanzas de que iba por buen camino, que no se iba a perder y que la estrella, de algún modo, lo protegía. Pronto escuchó algunas voces y el mugido de una vaca. Se estaba acercando al establo abandonado, sin dueño. La estrella iluminaba con mayor intensidad. Algo estaba pasando ahí, podía percibir movimientos dentro del establo, voces entrecortadas. Cuando llegó al portal, la imagen lo emocionó. Había un bebé recién nacido. Su madre lo estaba limpiando para dejarlo acostado. Parecía tranquilo y dormía. El hombre y la mujer estaban felices y orgullosos del nacimiento. Los pastores entraban, se quedaban un rato, alguno se arrodillaba. Hasta que lo vio. Vio a su cordero al lado del niño. Su pequeño y hermoso cordero parecía cuidar al bebé, él, un poco más grande que el bebé. Pauli no estaba segura en su historia si hacer que Simón se llevara enseguida al cordero y volver pronto a la casa o esperar un poco más para contemplar la escena. Esa estrella, ¡cómo iluminaba! Lo dejó un rato más en esa escena en la que casi nadie hablaba. Entonces dijo unas palabras al padre y se llevó al cordero. Le dijo que era de su padre y que los estuvieron buscando, que sabían cómo se había perdido. Se lo acomodó en los hombros y emprendió la vuelta. Sentía mucha alegría, mucha paz, no estaba seguro de si era por el cordero encontrado, por lo que había visto o por la estrella o por todo eso junto. Al llegar a su casa, se acercó a su padre dormido. -Papá-le dijo-lo encontré. Su padre tenía un sueño ligero y enseguida abrió los ojos -”¡Blanquito”-dijo y los abrazó a los dos. Después lo llevó al corral y le volvió a dar un abrazo. -Papá, quiero mostrarte otra cosa antes de ir a dormir. Mirá por la ventana, hay una estrella. Una estrella gigante en el cielo. La seguí y llegué al establo abandonado. Ahí nació un bebé, estaba con su mamá y su papá. Y había pastores que se acercaron también a contemplar al bebé. No sé si la estrella está por él. Pero algo tiene, te da mucha alegría verlo. Bueno, eso te quería decir, que si podés vayas. Y Juan fue, como Simón a ver al niño recién nacido siguiendo la estrella. Simón se acostó a dormir y soñó con esa noche de la que no se olvidaría jamás. Pauli quedó arrodillada mirando el pesebre. A la abuela le llamó la atención que estuviera soñando despierta, como hipnotizada frente al cordero. -¿Pauli te pasa algo? ¿Te preparo la chocolatada?-le dijo. -Sí abue-me quedé medio dormida, medio despierta. A veces me pasa, cuando me pongo a imaginar. Y se fueron juntas para la cocina.