Pasajera y en tránsito.
El primer día del año me acordé de un tema de Charly
García cuando leía distraída algunos poemas. El tema es “Pasajera
en tránsito”. Y a eso se sumaron las fotos de mi hija que hoy vio el amanecer. Qué tiene que ver una cosa con la otra es la razón por la
que me senté a escribir esta página. Porque pasajera se relaciona con el viaje,
con el trance de trasladarse de un lugar a otro, con el movimiento, con el
acontecer de un tiempo que vendrá. Todos somos pasajeros en tránsito,
circulamos de un lugar a otro todos los días, es difícil que estemos quietos.
Y
hoy, pareciera que los boletos del tren se detuvieron, nadie circula por el
exterior de las calles, por el afuera de nuestras vidas. La foto que mi hija
tomó al amanecer, no es muy distinta de muchos amaneceres. Quizás el hecho
de que hubiera nubes negras en un fondo rojo y que el paisaje fuera tan
nuestro en la costanera este donde el río arrulla los camalotes y la arena
es un enigma para los grillos. Ese amanecer que tomó mi hija con su cámara está
cargado de futuro.
Ahora bien, la
palabra pasajera me permite irme
hacia el pasado y hacia el presente, me permite trasladarme en diferentes
espacios, en el ayer de mi historia y en el futuro que es mi hija adolescente.
A ella le gusta tomar fotos como una manera de capturar los instantes de su
vida. A mí a veces, me pasa que intento escribir mi historia para no olvidar
quién fui y quién soy. No sé por qué estoy pensando en los trenes. No es una fantasía
sino una pregunta por el pasado. Mi abuelo fue ferroviario. Mi abuelo materno.
Pero no sé más que eso. ¿Cómo es que una no conoce la historia de sus abuelos
por no decir una palabra más solemne como antepasados? ¿Por qué no sé en qué
consistía su trabajo? ¿Era operario o administrativo? ¿Por qué trabajo un
tiempo en Buenos Aires? ¿En qué zona de Capital Federal? ¿Y acá en Santa Fe,
desde cuándo dejaron de funcionar los trenes? Mi abuelo era callado. Le gustaba
escuchar la radio, de esas que se llevaban a la oreja o se podían tener en la
palma de la mano. No recuerdo a mi abuelo sin la radio y sin su bicicleta con
la que hacía paseos cortos, no para ejercitarse sino para trasladarse a una
iglesia evangélica que según mi mamá lo hizo feliz en sus últimos años. Cuando
era chica me llamaba por teléfono una vez a la semana y me contaba cuentos por
teléfono. Eran historias cortas inventadas por él en el momento. Lo que
recuerdo eran las inflexiones de su voz para diferenciar a los personajes.
Siendo yo más grande tuvo un quiosco y para eso utilizaba la bicicleta, para ir
y venir en su horario de comercio reducido. Yo, que no reconocía las calles, me
parecía que estaba a muchísimas cuadras de su casa pero estoy segura de que no
era así, como tantas cosas que deforma la memoria de la infancia. Lo más lindo
de esa época eran las cajas de chicles que me regalaba para mi cumpleaños,
porque mis abuelos no tenían mucho para regalar, o quizás en esas pequeñas
cosas daban todo lo que podían dar, un pollo y huevos de la quinta de la
abuela, los chicles, tiempo. Tiempo eterno para mí en esas horas de los sábados
por la tarde. El tiempo de jugar a la generala, a la casita robada, a ver cómo
se hace una torta en el horno o un helado en verano de esos que vienen en cajita. ¿Pero qué sé de los trenes en Santa Fe? El abuelo nunca me
contó. ¿Podré inventar una historia?
Y aunque no pueda y sólo sea una expresión de deseos, me quedan los
apuntes. Carlos Gamerro decía en una entrevista que cuando viene una idea, y la
va madurando, escribe en papelitos. Esos papelitos van a para a una carpeta en
un proceso lento de pegado porque no son apuntes ordenados. Escritura abierta a
la espontaneidad, a los huecos que los tiempos del trabajo le permiten. Tiempo
después se irán convirtiendo en fragmentos escritos en cursiva y mucho más
tarde, serán mecanografiados. Él dice que no hay apuro para la ficción, que el
placer de la escritura reside en el proceso. Más pienso yo en alguien que es
absolutamente desconocida, la escritura tiene que ser un acto placentero, no
como lo que tanto hice cuando estudiaba, que todo trabajo práctico o monografía
tenía una fecha de entrega. No pretendo convertirme en nada parecido a un
escritor. Para eso tendría que haber empezado antes. Lo importante es
expresarse, hacer lo que a una le gusta. Y la escritura es un pedacito de pan
que alimenta y reconforta como otras cosas que también me hacen bien. Quizás me
di cuenta un poco tarde de que no hay que abandonar aquello que a una le hace
bien.
Fue en el vivir día a día, con los años
que aparecieron las palabras de la manera en que aparecían en el tiempo libre
de la infancia o de la adolescencia cuando no tenía que estudiar. Así vinieron,
a golpearme la puerta del alma, a decirme aquí estamos, ¿qué vas a hacer con
nosotras? Darle un sentido profundo a mi vida más allá de una creencia
ideológica o de una religión. Más allá de un trabajo o un título hay algo que
pide más de mí.
Así estoy con la palabra pasajera
y las nubes negras y el cielo rojo de la foto que tomó mi hija en el primer día
del año en la costanera. Y la vida del abuelo que no conocí. Puedo inventarle
una infancia, la que no me contaron. O la vida de los trenes que no conozco.
Para eso tendré que investigar. Y ver cómo la idea del viaje, la idea de ser
una pasajera de la vida, los trenes del pasado y mi abuelo inventado se embarullan para
hacerme ruido.
J.G.
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| Luis Cruz Azaceta |