martes, 15 de enero de 2019


Lluvia

Veo la lluvia en la tarde
veo cómo los gorriones
esconden el canto
para oír llover
ellos que no necesitan
aprender cómo
entonar el día.

Si entonces
pudiera guarecerme
como ellos,
meditar el tiempo
hacer de la lluvia
y la tarde una ceremonia
de bendición
beber del cielo
la lluvia,
desplazar
las horas ingratas,
conmoverme
con el discurrir
del agua.

Es tiempo de imitar
el reino de los pájaros.
                             J.G.



viernes, 11 de enero de 2019


                                       “esta mañana/es demasiado pronto”
                                             Beatriz Vallejos (otro: “Antes del poema”)

La mañana
se sale de sí,
como un salto
por afuera de los espejos.

Es un acto de amor
perdonarle al tiempo
su inequidad.

El pajarito de siempre
viene al balcón
a cantar.
Esa alegría en el despertar
conmueve.

Resplandece la mañana
el tiempo de la niñez.
 
                                            J.G.

martes, 8 de enero de 2019


Pasajera y en tránsito.
 El primer día del año me acordé de un tema de Charly García cuando leía distraída algunos poemas. El tema es “Pasajera en tránsito”. Y a eso se sumaron las fotos de mi hija que hoy vio el amanecer. Qué tiene que ver una cosa con la otra es la razón por la que me senté a escribir esta página. Porque pasajera se relaciona con el viaje, con el trance de trasladarse de un lugar a otro, con el movimiento, con el acontecer de un tiempo que vendrá. Todos somos pasajeros en tránsito, circulamos de un lugar a otro todos los días, es difícil que estemos quietos. 
  Y hoy, pareciera que los boletos del tren se detuvieron, nadie circula por el exterior de las calles, por el afuera de nuestras vidas. La foto que mi hija tomó al amanecer, no es muy distinta de muchos amaneceres. Quizás el hecho de que hubiera nubes negras en un fondo rojo y que el paisaje fuera tan nuestro en la costanera este donde el río arrulla los camalotes y la arena es un enigma para los grillos. Ese amanecer que tomó mi hija con su cámara está cargado de futuro. 
  Ahora bien, la palabra pasajera me permite irme hacia el pasado y hacia el presente, me permite trasladarme en diferentes espacios, en el ayer de mi historia y en el futuro que es mi hija adolescente. A ella le gusta tomar fotos como una manera de capturar los instantes de su vida. A mí a veces, me pasa que intento escribir mi historia para no olvidar quién fui y quién soy. No sé por qué estoy pensando en los trenes. No es una fantasía sino una pregunta por el pasado. Mi abuelo fue ferroviario. Mi abuelo materno. Pero no sé más que eso. ¿Cómo es que una no conoce la historia de sus abuelos por no decir una palabra más solemne como antepasados? ¿Por qué no sé en qué consistía su trabajo? ¿Era operario o administrativo? ¿Por qué trabajo un tiempo en Buenos Aires? ¿En qué zona de Capital Federal? ¿Y acá en Santa Fe, desde cuándo dejaron de funcionar los trenes? Mi abuelo era callado. Le gustaba escuchar la radio, de esas que se llevaban a la oreja o se podían tener en la palma de la mano. No recuerdo a mi abuelo sin la radio y sin su bicicleta con la que hacía paseos cortos, no para ejercitarse sino para trasladarse a una iglesia evangélica que según mi mamá lo hizo feliz en sus últimos años. Cuando era chica me llamaba por teléfono una vez a la semana y me contaba cuentos por teléfono. Eran historias cortas inventadas por él en el momento. Lo que recuerdo eran las inflexiones de su voz para diferenciar a los personajes. Siendo yo más grande tuvo un quiosco y para eso utilizaba la bicicleta, para ir y venir en su horario de comercio reducido. Yo, que no reconocía las calles, me parecía que estaba a muchísimas cuadras de su casa pero estoy segura de que no era así, como tantas cosas que deforma la memoria de la infancia. Lo más lindo de esa época eran las cajas de chicles que me regalaba para mi cumpleaños, porque mis abuelos no tenían mucho para regalar, o quizás en esas pequeñas cosas daban todo lo que podían dar, un pollo y huevos de la quinta de la abuela, los chicles, tiempo. Tiempo eterno para mí en esas horas de los sábados por la tarde. El tiempo de jugar a la generala, a la casita robada, a ver cómo se hace una torta en el horno o un helado en verano de esos que vienen en cajita. ¿Pero qué sé de los trenes en Santa Fe? El abuelo nunca me contó. ¿Podré inventar una historia?
  Y aunque no pueda y sólo sea una expresión de deseos, me quedan los apuntes. Carlos Gamerro decía en una entrevista que cuando viene una idea, y la va madurando, escribe en papelitos. Esos papelitos van a para a una carpeta en un proceso lento de pegado porque no son apuntes ordenados. Escritura abierta a la espontaneidad, a los huecos que los tiempos del trabajo le permiten. Tiempo después se irán convirtiendo en fragmentos escritos en cursiva y mucho más tarde, serán mecanografiados. Él dice que no hay apuro para la ficción, que el placer de la escritura reside en el proceso. Más pienso yo en alguien que es absolutamente desconocida, la escritura tiene que ser un acto placentero, no como lo que tanto hice cuando estudiaba, que todo trabajo práctico o monografía tenía una fecha de entrega. No pretendo convertirme en nada parecido a un escritor. Para eso tendría que haber empezado antes. Lo importante es expresarse, hacer lo que a una le gusta. Y la escritura es un pedacito de pan que alimenta y reconforta como otras cosas que también me hacen bien. Quizás me di cuenta un poco tarde de que no hay que abandonar aquello que a una le hace bien. 
 Fue en el vivir día a día, con los años que aparecieron las palabras de la manera en que aparecían en el tiempo libre de la infancia o de la adolescencia cuando no tenía que estudiar. Así vinieron, a golpearme la puerta del alma, a decirme aquí estamos, ¿qué vas a hacer con nosotras? Darle un sentido profundo a mi vida más allá de una creencia ideológica o de una religión. Más allá de un trabajo o un título hay algo que pide más de mí. 
  Así estoy con la palabra pasajera y las nubes negras y el cielo rojo de la foto que tomó mi hija en el primer día del año en la costanera. Y la vida del abuelo que no conocí. Puedo inventarle una infancia, la que no me contaron. O la vida de los trenes que no conozco. Para eso tendré que investigar. Y ver cómo la idea del viaje, la idea de ser una pasajera de la vida, los trenes del pasado y mi abuelo inventado se embarullan para hacerme ruido.
                                                                                        J.G.      

Luis Cruz Azaceta
  


“Podría no haber y hay;
      No haber sido
                                            Y la vida es” (Hugo Mujica)

¿y qué es el origen, el inicio de lo que soy
cuando no tenía un nombre
ni un cuerpo ni un rostro?
Y qué fue del ayer, orillas
donde se acuestan los sentidos?
¿por qué el mañana es sangre y abismo,
bordes atrapados
en la coraza de este mundo?
¿puedo nombrar lo que no es?
¿puedo desnombrar lo nombrado?
Pulsión de deseo, las raíces no son amargas
hay un canto en la orfandad,
se alza hacia fuera de sí.
Miro el río, esa otra llanura,
un nacer luminoso.
                                 J.G.


Luis Cruz Azaceta



miércoles, 2 de enero de 2019


                                               
                                         “Y el alma libre busca un canto para acomodarse”
                                           ("Es allí donde voy" Clarice Lispector)

Y el alma no sabe cómo acomodarse a este día
cuesta abrir puertas y ventanas,
como sonámbulos en una tierra sin dueño
estamos perdidos, susurrando letanías.

Después de las fiestas no hay nada que decir
los cantos de la noche se perdieron
como se pierden los ecos de todo lo que se mueve.

Es la humedad, la inconmensurable tristeza
de todo lo que comienza
y digo que no hay canto ni comienzo
sino no estás detrás las cenizas.

no hay todavía forma para este día
no hay cómo entorpecer la invisible prueba
de las horas de la siesta, silencio que claudica.

Cómo atemperar el camino hacia donde voy
ay de mi alma, no la llamen, no la despierten en la noche.

                                                        J.G.