jueves, 21 de septiembre de 2017


Domingo 14 de mayo:

  Puedo decir que es la única mañana de los últimos siete días en que no me levanto con dolor de espalda. Es que la cabeza va a ciento veinte y el cuerpo a setenta. Eso significa que debería dormir más o trabajar menos para que cabeza y cuerpo tengan el mismo empuje. Me preocupa porque estoy en mayo y todavía me falta organizar el vestido de quince de Mariú, entre otras cosas propias de una fiesta. No quiero pensar, no quiero pensar en eso, no porque no quiera a mi hija sino porque es otra tarea que tengo que cumplir. Hay gente a la que le gusta organizar cumpleaños, en cambio, a mí no. Me duele la cabeza, es un bajón. Entonces me digo que es domingo y que aproveche el día, carpe diem, por un par de horas hacer lo que me gusta. Y en esa placidez propia del domingo, el silencio es la niebla que brumosa y burbujeante me lleva a leer porque sí. Y es entonces que me apresto en la notebook a leer los mensajes, para arrancar y un contacto de Facebook, me envía la publicidad de ollas, y yo amable, contesto, buen día, gracias, como si me importaran las ollas, habrá visto la señora que jamás colgué una foto cocinando puesto que no me gusta cocinar, pierdo tiempo, es una obligación de la semana hacerle la comida a los hijos, y luego lavar los platos, y las ollas y luego secar y guardar, habráse visto cuánto tiempo se pierde en la cocina, cuando se puede ir una a dormir la siesta o leer, haciendo tiempo para llevar al niño a fútbol o a la jovencita a sus clases de Inglés y ella, la señora, un sábado, de madrugada, me manda a mí, un foto de ollas, y contesta, con entusiasmo, ante mi amable respuesta: ¿te interesa?

Martes 16 de mayo:

 Hoy me ocurrió un hecho insólito. Bajando apurada por el ascensor para ir a trabajar al Liceo, cerca de las dos de la tarde, una jovencita del noveno o décimo que vive con su padre y hermano me pregunta: -¿Tu marido está?-Pregunta que me desconcierta, primero, porque nunca hablamos, y segundo por la confianza en indagar por la rutina de mi cónyuge–“No. ¿Por?”-respondo-Entonces su cara se transfigura en angustia-“Es que se cayó mi gato del balcón a la cochera”-responde. Nosotros vivimos en el segundo piso que mira al contrafrente, esto es, a la cochera. El techo de zinc habrá amortiguado el golpe, supongo.-“No está ahora”-le digo-“fue a buscar a mi hija al colegio, en diez minutos vuelve. Nosotros no tenemos la llave de la cochera”.-agrego. El ascensor llega a planta baja-“Yo tengo llave”-me dice-y agrega el “gracias” mientras apura el paso para abrir la puerta. No le pregunté por qué pensó en mi marido y no en cualquier otra persona del edificio. O bien su padre y hermano no vuelven en toda la tarde y por esa misma razón, necesitaba una presencia masculina por si encontraba al gato muerto, qué feo decirlo así, una situación que obligaría a limpiar el techo de la cochera, enterrar el gato, avisar al consorcio, etc. (Lo que no le conté a la jovencita es que mi esposo me estaba esperando en el auto para llevarme al trabajo y luego a buscar a nuestra hija. Aproveché el viaje para comentarle el diálogo insólito que tuve en el ascensor y prevenirlo por si tenía que socorrer al gato y a su dueña.)

 Por la noche, le pregunté a Pablo por el gato, si lo habían llamado. Me dijo que no. Ahora bien, ¿cómo pudo seguir el cuento? Estimo posibles desenlaces: Final A: el gato se estrelló contra el techo de zinc y no hay vuelta atrás, digamos que es el final más trágico. Final B: como todos los gatos, habrá caído de tal manera que se pudo quebrar las patas traseras pero salvó la vida. Ahora le quedan seis. Final C: la historia del gato volador es un cuento para averiguar los movimientos de mi marido y los míos, la chica está enamorada y comprueba que me voy para tocar el timbre de mi departamento y simular un encuentro casual con mi esposo. Es el final que menos me gusta. Final D: el más disparatado, el gato es un gato adolescente y simuló una caída que en realidad no lo fue porque se agarró de la baranda y saltó al balcón del piso de abajo para huir por dos semanas de tanto encierro, lo cual nos permite entrever sus condiciones de gato acróbata. ¿Y si la chica vio la silueta del gato contra el techo de la cochera no es el mismo gato?, no señor. Porque el verdadero está escondido en el balcón del octavo. Entonces ¿quién está haciéndose el muerto en el techo de zinc? Pues otro gato compinche que le ha devuelto un favor al del piso de arriba. Ahora bien, cuando la dueña baje a la cochera e intente treparse al techo de chapa o pida ayuda al portero, pasará un buen rato. Esto permitirá al gato que cumple la función de doble, retirarse del lugar del hecho por lo cual, su dueña, quedará como una chica soñadora que creyó ver que su gato caía del balcón al techo de la cochera. Ante el desconcierto, volverá al departamento a comprobar si su gato no está en el living, llamará a su padre y hermano, quienes la calmarán diciendo que es seguro que el gato se fue a dar una vuelta y que no se ande haciendo problemas a esa altura de la tarde, que mejor va a ser que se recueste un rato. (Material para un cuento, pienso. El gato que se simula caerse del balcón de un noveno piso.) 
                                                                                        J.G.









           
                                                                            









martes, 19 de septiembre de 2017

UN PÁJARO SE PUEDE DETENER


en la punta de un árbol y abarcar
la inmensidad del cielo. Yo también,
sentado frente al muro,
me detengo en la punta
del álamo y contemplo
la inmensidad. La surcan pensamientos
involuntarios. ¿Cuántas nubes
fugaces, cuántas aves
sucesivas!
Y las dejo pasar… y son tragadas
por este espacio inmenso
que soy yo:
sereno, transparente, luminoso
¿quién soy
yo?
                Hugo Padeletti