Hace
mucho tiempo, en tierras de Orán vivía un príncipe. Un príncipe rodeado de
riquezas y de hombres que constantemente se ofrecían para servirlo como
consejeros de guerra o para multiplicar sus muchos bienes. El rey había
enviudado hacía pocos meses y deseaba cederle el trono. Estaba cansado y viejo.
Pero al príncipe no le interesaba el trono. Tampoco quería una esposa por más
que lo hubiesen obligado a mirar todos los retratos que le llegaban de jóvenes
bellas. El príncipe deseaba viajar. Conocer el mundo. Se aburría entre las
altas paredes del palacio. Uno de sus sirvientes le había mostrado un anillo
que le había intercambiado a un mercader. El mercader aseguraba conocer dónde
comenzaba el mundo, más allá del imperio, más allá de las montañas que cruzan
la muralla.
El anillo tenía una piedra de extraño color,
entre el turquesa y el verde. El servidor aseguró que quien descubriera el otro
anillo de la misma piedra y color tendría el poder de enriquecer sus sueños. Al
príncipe le resultó un poco extraño todo aquello y pensó que sería una buena
idea recorrer aquel mundo desconocido en busca de ese anillo antes que seguir
escuchando lacónicamente a toda su corte.
Preparó él mismo su caballo, un altivo alazán
a quien había criado. Se negó a llevar una comitiva que lo protegiera de
numerosos e impredecibles peligros, como afirmara su padre. Aceptó que lo
acompañase el sirviente del anillo del color del mar cuando el sol brillaba en
lo alto.
Partieron temprano, en la mañana, hacia el
Oriente. Cruzaron tierras vecinas sin mayores peligros hasta que tuvieron que
acampar entre los cerros, al resguardo de los vientos y de un temporal que los
dejó varados siete días. El sirviente enseñó al príncipe a construir una tienda
con las telas que habían llevado y ramas que había juntado en el camino;
también a cocinar en una pequeña olla guisos y sopas; a forjar nudos que
transformaron una vieja soga en una hamaca atada a un sicomoro. También le
contó muchas historias que él mismo había escuchado de su madre, y ésta de su
abuela cuando luego de teñir las telas, las colgaba en numerosos tendales. El
príncipe escuchaba con la atención de un niño, e imaginaba los mundos que el
sirviente refería. Y así se dormía, cuando estaba por llegar al final de la
historia. El sirviente, entonces, tenía que retomar lo que había contado la
noche anterior; a veces le agregaba personajes o quitaba momentos de esas
viejas historias para que su interlocutor lo siguiera atento. Es que el
príncipe sólo había sido educado en cuestiones de guerra y economía.
Cuando llegaron a la costa, luego de cabalgar
por largo tiempo, dejaron los caballos y caminaron hacia el mar. Allí estaba el
mercader a quien el servidor le había comprado el anillo. Preparaba su barco
rumbo a las tierras que se encontraban más allá de las montañas y de la
muralla. El sirviente le explicó a qué habían ido y el deseo del príncipe de
hallar el otro anillo. El mercader no lo tenía pero confiaba en encontrarlo
como tantas otras cosas que le habían resultado curiosas e invitó al príncipe a
emprender el viaje con él. Él joven no dudó.
Así fue que partieron esa mañana;
el sol brillaba en el mar y las olas acompasaban el navío. El sirviente se quedó
en la orilla hasta que el príncipe, el mercader y su barca fueron un punto en
el horizonte.
J.G.



