jueves, 25 de febrero de 2016

Opus 8
-Júrenos que si despierta, no se la va a llevar-pedía de rodillas uno de los enanitos al príncipe, mientras éste contemplaba el hermoso cuerpo en el sarcófago de cristal-. Mire que, desde que se durmió, no tenemos quién nos lave la ropa, nos planche, nos limpie la casa y nos cocine.
                                          Armando José Sequera, en Ojos de agua, Barcelona, Círculo de lectores.


Ilustración: Rafael López
La necesidad de imaginar.

  Se dice que la "vida no es sueño", que la sociedad nada tiene que ver con los soñadores. Pero yo responderé que "no sólo de pan vive el hombre", aunque no signifique que pueda prescindir de él y vivir de sus sueños. La vida imaginaria es, pues, mucho más que una necesidad de vida: es una necesidad fundamental. Y contemplar el mundo, percibirlo y comprenderlo mejor no es perder el tiempo."
                                         George Jean. Los senderos de la imaginación infantil, FCE, México, 1990.

                                                                                    
Ilustración: Rafael López

sábado, 20 de febrero de 2016

¿Para quién hay que escribir? ¿Se debe escribir para uno mismo? Faulkner decía que si uno no entiende después de leer el texto dos o tres veces, hay que leerlo cuatro.
"Los que dicen que escriben para sí mismos se equivocan. Se escribe para los demás. Se escribe como un acto de comunicación. Pero no se escribe para los lectores que existen, sino para los lectores que no existen aún, que se quieren formar, que se quieren construir. Pero hay lectores que leen diez páginas y se aburren. No nos casamos todos con la misma mujer. No estamos obligados a amar todos lo mismo. Se escribe para un lector ideal y un libro es una máquina para construir un lector. Piense en cómo comienzan las fábulas: había una vez. Ya es un modo de construir el lector. Dice tú debes ser un niño o un adulto que finge ser un niño. Son ya señales de qué tipo de lector se quiere. Hay muchos libros que leí en mi vida y dejé después de cinco páginas. Años después leí un capítulo. Y finalmente he devenido aquello que aquel libro quería que deviniese. Eso ha sido muy importante para mí. Con el libro puede no estallar de entrada el amor. Coup de foudre. Puede ser un enamoramiento lento."
                                               Umberto Eco, El gran professore, entrevista de Diego Mazzei para la La Nación, 21/10/12.
Umberto Eco (1932-2016)
Foto: Diario de Cultura

lunes, 15 de febrero de 2016

De "Bestiario.etc."

Las Nornas

Tres es el número que las define,
Pasado, Presente y Porvenir.
Huimos a tus designios,
Parcas inexorables,
disfrazamos el tiempo entre papeles raídos
y sábanas cenicientas. Bebemos tontamente
y parloteamos y es el gimoteo una práctica
recurrente a nuestras inseguridades.
Macbeth enloqueció aquella noche
ante las brujas. Probablemente nuestro destino
se parezca al personaje de Shakespeare.
                                                     J.G.






domingo, 7 de febrero de 2016

Tributo a Pablo de Santis

Elixir.

    Teníamos quince años cuando decidimos con Mariano ir a una función de cada cine de la ciudad. Trazamos un itinerario ideado por nosotros que comenzaba con el cine Ideal, luego el Colón, seguíamos con el Ocean, el América, la sala Chaplin y culminábamos con la sala Garay. Adorábamos el cine. Cada uno por su cuenta, siendo niños, habíamos concurrido cada fin de semana a las proyecciones del Micro Cine, una sala pequeña-como indica su nombre-que proyectaba películas para un público infantil. La sala formaba parte de la Catedral Nueva pero tenía un acceso independiente. Todos los sábados papá me cruzaba a las dos de la tarde y me buscaba a las cinco. Allí aprendí a comprarme golosinas y a contar la plata. Recordaba con entusiasmo y cierta nostalgia las películas de Walt Disney como también el entrañable Principito. No me molestaban los chicos que tiraban papelitos, siempre me sentaba al fondo de la sala, cerca de la cabina de proyección. Llegaba temprano para ocupar mi asiento preferido. Mariano también iba los sábados, como tantos otros chicos, pero fue recién cuando ingresó a la secundaria cuando nos conocimos. 
     Mariano apareció el primer día de clases desgarbado como siempre y sus ojos pardos mirando el piso. La preceptora le preguntó de dónde venía para darle la oportunidad de que se presente. Dijo que de Santa Clara, un pueblo cercano a la ciudad. Su padre había conseguido un trabajo en el Banco Provincia y su familia decidió mudarse. Los días que siguieron fueron novedosos para todos: jornadas extensas, nuevas materias y una hilera de profesores a quienes conocer. Mariano y yo nos enfrascamos en las responsabilidades cotidianas, apenas nos mirábamos en clase. A veces, si coincidía que nos tocaba hacer algo compartido como buscar un mapa a Secretaría o bajar las escaleras para ir al recreo, intercambiábamos un par de palabras.
     Recién en segundo año de la escuela comenzamos nuestra amistad.  Lo vi leyendo en la biblioteca durante el recreo y aproveché para acercarme. Inspiré hondo para hacerle frente a mi timidez y le pregunté qué leía. Me dijo que una biografía de Charles Chaplin.  Yo había visto “El Pibe” y “Tiempos Modernos”.  Él comentó  entusiasta que El “Gran Dictador” era un clásico imperdible y que las otras formaban parte de sus películas preferidas. Me recomendó que me hiciera socia del Cine Club, que así iba a poder frecuentar la filmoteca y llevar películas a mi casa.  Convinimos una tarde en reunirnos en casa para hacer juntos una tarea de Geografía. De esta forma, podría comentarle a mamá los requisitos para hacerme socia del Cine Club. Era muy chica para ir sola; Mariano se ofreció a acompañarme en las primeras funciones de los martes. Mamá me dejaba siempre y cuando fuera ella también. En aquel entonces los cines convivían con la videocasetera, no se vislumbraba la crisis que los llevaría, lentamente, a su cierre definitivo.
     Las tardes en que Mariano venía a casa a merendar y a hacer la tarea eran motivo para charlar sobre las películas que habíamos visto y que considerábamos memorables, ya sea por lo que significaron en la historia del cine o bien por cómo nos impactaron. Irremediablemente, las asociábamos con la sala de proyección. Yo le contaba cómo me había impresionado E.T. a los siete años cuando la vi por primera vez en la sala Garay. Me había llevado mi tía y tuve que taparme varias veces los ojos para no sucumbir ante las escenas que consideraba más impresionantes para mi corta edad. El susto vivido se compensaba con un formidable pebete que vendían en la cantina y que, según a criterio de todos- chicos y grandes- eran los mejores pebetes de la ciudad. Mariano recordaba Cazafantasmas en el cine Colón y cómo se había divertido con los efectos especiales. Compartíamos los mismos criterios de aprobación de la saga Indiana Jones y quedamos en ver en casa La guerra de las Galaxias. Con el tiempo, descubrimos que de niños leímos todas las novelas policiales de los jóvenes Seis Amigos y buena parte de la colección Billiken. La lectura nos unía también en la hermandad de los iniciados. En la escuela evitábamos sentarnos juntos o compartir tareas; no queríamos que los demás creyeran que éramos novios. De hecho, nunca lo fuimos. Teníamos la complicidad propia de los hermanos, situación inédita para mí que era hija única.
    En quinto año de la escuela secundaria pude hacer mis primeras salidas al cine sin mamá. Elegía las primeras funciones de la tardecita si optaba por un día de semana, nunca de noche. En todas las ocasiones me acompañaba Mariano que no perdía oportunidad para disfrutar de la proyección. Para ese entonces había cerrado el cine Ideal sobre calle San Martín. También corrió igual suerte el cine Colón que luego se transformaría en un boliche bailable. Fuimos los últimos espectadores de la función de cierre del cine Ocean donde vi, conmovida Africa mía y La sociedad de los poetas muertos. Nos quedaba como un refugio a nuestra cinefilia la sala Chaplin. Juntos, Mariano y yo, admiramos la inolvidable Sunshine de un desconocido-para nosotros-Geoffrey Rush, que luego fue, durante años, nuestro actor de culto.
       Mariano decidió seguir la carrera de cine y yo elegí Letras, por más que él insistiera en que opte por la carrera de cine. Pero irme no estaba a mi alcance, papá nunca dejaría que estudiara fuera de la ciudad.  Transcurrieron los últimos meses de aquel año recordado por los Juegos Olímpicos de Barcelona embuidos en nuestros estudios. Queríamos terminar, como todo adolescente, el nivel secundario y pasar a otra cosa. Nos seducían las aulas universitarias, el inminente aire de libertad, los nuevos amigos. Mariano eligió la Universidad de Buenos Aires para comenzar la carrera de cine. Confiaba en su potencial para obtener una beca y así costearse el alquiler y los viajes. Yo me quedé en Santa Fe. Para aquel entonces,  permanecían aún dos salas de cine: la sala Chaplín y el América. Tímidamente fueron apareciendo los shoppings y con ellos, nuevas salas de cine que emulaban, a excepción de sus proporciones, a las de Buenos Aires. La peatonal San Martín se extendió más al norte. Surgieron más locales y proliferaron los videoclubes de alquiler de películas pero la piratería le robó clientes a los negocios de alquiler de películas,  los que fueron cerrando paulatinamente sus puertas. Yo seguí siendo socia del cine Club.  A veces me escapaba de alguna clase de Lingüística y me refugiaba solitaria y feliz, como en otros tiempos, en las butacas del fondo. Repetía el ritual de llevarme caramelos de chocolate en la cartera para acompañar la proyección. En pocas oportunidades me acompañaba una amiga. En cierto modo, extrañaba a Mariano, su fiel compañía y sus comentarios al finalizar la película camino a casa. Extrañaba el ritual de ir de cine en cine, en el orden prefijado, apurando las fechas para que no sacaran la película del cartel. Desde que se había ido a Buenos Aires perdimos contacto. Al principio, me llamaba una vez a la semana. Yo le escribía cartas porque gustaba recordar anécdotas y recrearlas. Las llamadas fueron distanciándose cuando tuvo que rendir parciales y luego finales; los trabajos prácticos lo abstraían por completo.
      Pasaron dos, tres años. Un día apareció por casa sin avisar. Yo estaba en mi dormitorio preparando un examen final. Cuando lo vi pensé que los aires porteños le habían dado un aire arrogante; su mirar cabizbajo se había transformado en una mirada torva, anhelante, no sé exactamente, como si sus ojos tuviesen sed de un deseo innombrado. Tomamos unos mates en la cocina. Mamá preparó tostadas con dulce de leche como cuando éramos adolescentes. Mariano esperó a que ella saliera un momento para decirme que había conocido un escritor de apellido De Santis, autor de una novela de vampiros ambientada en Buenos Aires en la década del cincuenta . La novela en cuestión se llamaba Los anticuarios. Me reí, me pareció que era infantil lo que decía, tan serio. Su lectura lo había cambiado para bien, que gracias a esa historia estaba filmando un documental sobre las librerías de viejo en la ciudad lo cual había sido un descubrimiento. Y que, de esta forma, tuvo contacto con otra gente muy particular. De Santis, desconocido para mí, había incursionado en la revista Fierro como guionista de historietas. Eso lo llevó a investigar sobre el lugar de la redacción que, con los años, cambió de nombre. Ahora se llamaba Libra. Pronto entendió que no podría continuar la filmación si no venía para Santa Fe.
-¿Por qué?- le pregunté.
-Porque De Santis me dio a entender que parte de lo que escribió en su novela tiene una base real. Existe un anticuario, oculto en el mundo de la historieta a la par del que vende libros de colección. Y éste, probablemente, se acobije en los viejos cines.
  Mariano escribió el nombre de la novela en un papel de cocina; quería que la leyera. Contó después que en ese juego casi detectivesco, Drech, un estrecho  contacto de De Santis en la Revista Libra, lo llevaría a una reunión  con personajes de La cofradía de la Rosa, una sociedad secreta al estilo de los masones aunque sin los objetivos de éstos. Lo oía emocionarse al decirlo, como si sus proyectos lo llevaran a un conocimiento revelador de los misterios del mundo de la ficción. Me pareció, además, que simulaba falta de interés, contradictoriamente, cuando mamá entraba a la cocina.
-¿Te das cuenta?-me decía- sin proponérnoslo trazamos un itinerario ingenuo y a la vez simbólico cuando íbamos a las funciones de los cines. Todos ellos forman parte de una clave, una suerte de juego del laberinto y que yo, como Teseo, voy a desentrañar  con la excusa de la filmación para encontrar al último anticuario. Y con él, la prueba de que existe el elixir de la eternidad.
  Cuando terminó de hablar nos quedamos en silencio. Luego lo miré y le dije que me parecía una locura, que se había dejado llevar por la mentira de una ficción y de dos o tres personajes chiflados. Que no invirtiera su tiempo y menos su vida en un proyecto que no tenía sustento lógico ni económico.
-Te equivocás-me dijo- La cofradía me dio un cheque para pagar los gastos de la filmación. Comienzo mañana. Vine para contarte y para despedirme; no sé si voy a volver a verte.
   Se levantó decidido. Tomó su campera y caminó rumbo a la puerta de calle. Antes de irse me besó en la mejilla.
-No dejes de leer Los anticuarios-me dijo-y salió.

   Días después me enteré por la radio que un joven estudiante de cine estaba filmando un documental sobre los viejos cines de Santa Fe. Algunos curiosos observaban las entradas y salidas que el estudiante realizaba con su cámara. Filmaba preferentemente de noche. A excepción de la nota en la radio y algún que otro artículo en el diario no supe más sobre Mariano y su incursión en Santa Fe.  Aproveché el receso de verano para leer la novela que me indicó. El  parecido  entre el personaje principal, Santiago Lebrón y Mariano era inevitable. Traté vanamente de comunicarme con él por teléfono. Se había mudado y no dejó datos de su nueva dirección. Intenté contactarme con Drech de la revista Libra. Lo ubiqué al tercer intento. Le pregunté si sabía dónde vivía Mariano, le dije que era su hermana y que nuestra madre estaba preocupada por su prolongada ausencia. Del otro lado del teléfono escuché un carraspeo y un par de excusas. Había perdido contacto con él cuando comenzó la filmación sobre los cines de Santa Fe. Seguramente estaría en Europa becado por alguna universidad francesa. Me di cuenta de que mentía, pero igualmente le agradecí la información. Comencé con la lectura de otros libros de De Santis para encontrar la clave o la pista, en términos detectivescos, acerca de la desaparición de Mariano. En un cuento de Trasnoche encontré el nombre  Drech, para mi sorpresa como así también la revista Libra. El personaje-no Drech sino otro de una cofradía, el profesor Abestur, le decía al narrador que  “ciudad y lenguaje son la misma cosa”. Y que buscara entre los laberintos de calles, los edificios-araña y los baldíos como libélulas, el secreto de lo eterno. En el cuento se mencionaban a los intercesores, una suerte de médiums. Cerré el libro. Comprendí que Mariano, en su afán de aventura o de una idealizada búsqueda de justicia, se dejó capturar, traspasó los límites. Digo justicia por los viejos cines cerrados y con ellos, nuestros recuerdos de infancia. Tal vez sea ahora un intercesor o un anticuario, oculto entre los pasillos húmedos y las butacas roídas, atento a las imágenes fantasmagóricas, rústicas y ajenas de las pantallas.  Quiero creer lo que digo, que su ausencia es el reflejo de una fantasía como aquella que nos movía semana tras semana cuando íbamos al cine. Que su ausencia sea parte de un intervalo, que llegará en algún momento de su vida la segunda parte de la función. Que el encierro no sea una cárcel sino el paso previo a la liberación. Que el misterio, como un velo que lo envuelve, lo obligue a dar vuelta atrás, como Teseo que desandó sus pasos, iluminado por la cuerda tensa, y a la vez dulce de Ariadna. Esperaré, como ella, las señales.
                                                                         J.G.


Cine América de la ciudad de Santa Fe
(Foto: agenciafe)

sábado, 6 de febrero de 2016

 "Cómo me gustaría que se leyeran mis libros? Tal cual se leen No hay más que eso ¿Por qué el escritor tendría que intervenir para afirmar o rectificar lo que se dice sobre su obra?  Cada uno es dueño de leer lo que quiere en un texto. Bastante represión hay en la sociedad. Por supuesto existen estereotipos, lecturas cristalizadas que pasan de un crítico a otro, se podría pensar que ésa es la lectura de época. Un escritor no tiene nada que decir sobre eso. Después que uno ha escrito un libro, ¿qué más puede decir sobre él? Todo lo que puede decir es en realidad lo que escribe en el libro siguiente."
                                                         Ricardo Piglia. Crítica y ficción., Bs.As., Debolsillo, 2014.


Ricardo Piglia (Biblioteca Ignoria)

lunes, 1 de febrero de 2016

  "¿Para qué escribir, para qué leer para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades? Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro. Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes dispersas, traspase nuestras zonas más inhóspitas, para decirnos que en lo oscuro también está la luz, para mostrarnos que todo en el mundo, hasta lo más miserables, tiene su destello."
                                                          María Teresa Andruetto. "Pasajero en tránsito" en Hacia una literatura sin adjetivos., Córdoba, Comunicarte, 2009.