Elixir.
Teníamos quince años cuando decidimos con
Mariano ir a una función de cada cine de la ciudad. Trazamos un itinerario
ideado por nosotros que comenzaba con el cine Ideal, luego el Colón, seguíamos
con el Ocean, el América, la sala Chaplin y culminábamos con la sala Garay.
Adorábamos el cine. Cada uno por su cuenta, siendo niños, habíamos concurrido
cada fin de semana a las proyecciones del Micro Cine, una sala pequeña-como
indica su nombre-que proyectaba películas para un público infantil. La sala
formaba parte de la Catedral Nueva pero tenía un acceso independiente. Todos
los sábados papá me cruzaba a las dos de la tarde y me buscaba a las cinco.
Allí aprendí a comprarme golosinas y a contar la plata. Recordaba con
entusiasmo y cierta nostalgia las películas de Walt Disney como también el
entrañable Principito. No me
molestaban los chicos que tiraban papelitos, siempre me sentaba al fondo de la
sala, cerca de la cabina de proyección. Llegaba temprano para ocupar mi asiento
preferido. Mariano también iba los sábados, como tantos otros chicos, pero fue
recién cuando ingresó a la secundaria cuando nos conocimos.
Mariano apareció el primer día de clases
desgarbado como siempre y sus ojos pardos mirando el piso. La preceptora le
preguntó de dónde venía para darle la oportunidad de que se presente. Dijo que de
Santa Clara, un pueblo cercano a la ciudad. Su padre había conseguido un
trabajo en el Banco Provincia y su familia decidió mudarse. Los días que
siguieron fueron novedosos para todos: jornadas extensas, nuevas materias y una
hilera de profesores a quienes conocer. Mariano y yo nos enfrascamos en las
responsabilidades cotidianas, apenas nos mirábamos en clase. A veces, si
coincidía que nos tocaba hacer algo compartido como buscar un mapa a Secretaría
o bajar las escaleras para ir al recreo, intercambiábamos un par de palabras.
Recién en segundo año de la escuela
comenzamos nuestra amistad. Lo vi leyendo
en la biblioteca durante el recreo y aproveché para acercarme. Inspiré hondo
para hacerle frente a mi timidez y le pregunté qué leía. Me dijo que una
biografía de Charles Chaplin. Yo había
visto “El Pibe” y “Tiempos Modernos”. Él
comentó entusiasta que El “Gran Dictador”
era un clásico imperdible y que las otras formaban parte de sus películas
preferidas. Me recomendó que me hiciera socia del Cine Club, que así iba a
poder frecuentar la filmoteca y llevar películas a mi casa. Convinimos una tarde en reunirnos en casa para
hacer juntos una tarea de Geografía. De esta forma, podría comentarle a mamá
los requisitos para hacerme socia del Cine Club. Era muy chica para ir sola; Mariano
se ofreció a acompañarme en las primeras funciones de los martes. Mamá me
dejaba siempre y cuando fuera ella también. En aquel entonces los cines
convivían con la videocasetera, no se vislumbraba la crisis que los llevaría,
lentamente, a su cierre definitivo.
Las tardes en que Mariano venía a casa a
merendar y a hacer la tarea eran motivo para charlar sobre las películas que
habíamos visto y que considerábamos memorables, ya sea por lo que significaron
en la historia del cine o bien por cómo nos impactaron. Irremediablemente, las
asociábamos con la sala de proyección. Yo le contaba cómo me había impresionado
E.T. a los siete años cuando la vi
por primera vez en la sala Garay. Me había llevado mi tía y tuve que taparme
varias veces los ojos para no sucumbir ante las escenas que consideraba más
impresionantes para mi corta edad. El susto vivido se compensaba con un
formidable pebete que vendían en la cantina y que, según a criterio de todos-
chicos y grandes- eran los mejores pebetes de la ciudad. Mariano recordaba Cazafantasmas en el cine Colón y cómo se
había divertido con los efectos especiales. Compartíamos los mismos criterios
de aprobación de la saga Indiana Jones
y quedamos en ver en casa La guerra de
las Galaxias. Con el tiempo, descubrimos que de niños leímos todas las
novelas policiales de los jóvenes Seis Amigos y buena parte de la colección
Billiken. La lectura nos unía también en la hermandad de los iniciados. En la
escuela evitábamos sentarnos juntos o compartir tareas; no queríamos que los
demás creyeran que éramos novios. De hecho, nunca lo fuimos. Teníamos la complicidad
propia de los hermanos, situación inédita para mí que era hija única.
En quinto año de la escuela secundaria pude
hacer mis primeras salidas al cine sin mamá. Elegía las primeras funciones de
la tardecita si optaba por un día de semana, nunca de noche. En todas las
ocasiones me acompañaba Mariano que no perdía oportunidad para disfrutar de la
proyección. Para ese entonces había cerrado el cine Ideal sobre calle San Martín.
También corrió igual suerte el cine Colón que luego se transformaría en un
boliche bailable. Fuimos los últimos espectadores de la función de cierre del cine
Ocean donde vi, conmovida Africa mía
y La sociedad de los poetas muertos.
Nos quedaba como un refugio a nuestra cinefilia la sala Chaplin. Juntos,
Mariano y yo, admiramos la inolvidable Sunshine
de un desconocido-para nosotros-Geoffrey Rush, que luego fue, durante años,
nuestro actor de culto.
Mariano decidió seguir la carrera de
cine y yo elegí Letras, por más que él insistiera en que opte por la carrera de
cine. Pero irme no estaba a mi alcance, papá nunca dejaría que estudiara fuera
de la ciudad. Transcurrieron los últimos
meses de aquel año recordado por los Juegos Olímpicos de Barcelona embuidos en
nuestros estudios. Queríamos terminar, como todo adolescente, el nivel
secundario y pasar a otra cosa. Nos seducían las aulas universitarias, el
inminente aire de libertad, los nuevos amigos. Mariano eligió la Universidad de
Buenos Aires para comenzar la carrera de cine. Confiaba en su potencial para
obtener una beca y así costearse el alquiler y los viajes. Yo me quedé en Santa
Fe. Para aquel entonces, permanecían aún
dos salas de cine: la sala Chaplín y el América. Tímidamente fueron apareciendo
los shoppings y con ellos, nuevas salas de cine que emulaban, a excepción de
sus proporciones, a las de Buenos Aires. La peatonal San Martín se extendió más
al norte. Surgieron más locales y proliferaron los videoclubes de alquiler de
películas pero la piratería le robó clientes a los negocios de alquiler de
películas, los que fueron cerrando
paulatinamente sus puertas. Yo seguí siendo socia del cine Club. A veces me escapaba de alguna clase de
Lingüística y me refugiaba solitaria y feliz, como en otros tiempos, en las
butacas del fondo. Repetía el ritual de llevarme caramelos de chocolate en la
cartera para acompañar la proyección. En pocas oportunidades me acompañaba una
amiga. En cierto modo, extrañaba a Mariano, su fiel compañía y sus comentarios
al finalizar la película camino a casa. Extrañaba el ritual de ir de cine en
cine, en el orden prefijado, apurando las fechas para que no sacaran la
película del cartel. Desde que se había ido a Buenos Aires perdimos contacto.
Al principio, me llamaba una vez a la semana. Yo le escribía cartas porque
gustaba recordar anécdotas y recrearlas. Las llamadas fueron distanciándose
cuando tuvo que rendir parciales y luego finales; los trabajos prácticos lo
abstraían por completo.
Pasaron dos, tres años. Un día
apareció por casa sin avisar. Yo estaba en mi dormitorio preparando un examen
final. Cuando lo vi pensé que los aires porteños le habían dado un aire arrogante;
su mirar cabizbajo se había transformado en una mirada torva, anhelante, no sé
exactamente, como si sus ojos tuviesen sed de un deseo innombrado. Tomamos unos
mates en la cocina. Mamá preparó tostadas con dulce de leche como cuando éramos
adolescentes. Mariano esperó a que ella saliera un momento para decirme que
había conocido un escritor de apellido De Santis, autor de una novela de
vampiros ambientada en Buenos Aires en la década del cincuenta . La novela en
cuestión se llamaba Los anticuarios. Me
reí, me pareció que era infantil lo que decía, tan serio. Su lectura lo había
cambiado para bien, que gracias a esa historia estaba filmando un documental
sobre las librerías de viejo en la ciudad lo cual había sido un descubrimiento.
Y que, de esta forma, tuvo contacto con otra gente muy particular. De Santis, desconocido
para mí, había incursionado en la revista Fierro como guionista de historietas.
Eso lo llevó a investigar sobre el lugar de la redacción que, con los años,
cambió de nombre. Ahora se llamaba Libra. Pronto entendió que no podría
continuar la filmación si no venía para Santa Fe.
-¿Por
qué?- le pregunté.
-Porque
De Santis me dio a entender que parte de lo que escribió en su novela tiene una
base real. Existe un anticuario, oculto en el mundo de la historieta a la par
del que vende libros de colección. Y éste, probablemente, se acobije en los
viejos cines.
Mariano escribió el nombre de la novela en un
papel de cocina; quería que la leyera. Contó después que en ese juego casi
detectivesco, Drech, un estrecho contacto
de De Santis en la Revista Libra, lo llevaría a una reunión con personajes de La cofradía de la Rosa, una sociedad secreta al estilo de los masones
aunque sin los objetivos de éstos. Lo oía emocionarse al decirlo, como si sus
proyectos lo llevaran a un conocimiento revelador de los misterios del mundo de
la ficción. Me pareció, además, que simulaba falta de interés,
contradictoriamente, cuando mamá entraba a la cocina.
-¿Te
das cuenta?-me decía- sin proponérnoslo trazamos un itinerario ingenuo y a la
vez simbólico cuando íbamos a las funciones de los cines. Todos ellos forman
parte de una clave, una suerte de juego del laberinto y que yo, como Teseo, voy
a desentrañar con la excusa de la
filmación para encontrar al último anticuario. Y con él, la prueba de que
existe el elixir de la eternidad.
Cuando terminó de hablar nos quedamos en
silencio. Luego lo miré y le dije que me parecía una locura, que se había
dejado llevar por la mentira de una ficción y de dos o tres personajes
chiflados. Que no invirtiera su tiempo y menos su vida en un proyecto que no
tenía sustento lógico ni económico.
-Te
equivocás-me dijo- La cofradía me dio un cheque para pagar los gastos de la
filmación. Comienzo mañana. Vine para contarte y para despedirme; no sé si voy
a volver a verte.
Se levantó decidido. Tomó su campera y
caminó rumbo a la puerta de calle. Antes de irse me besó en la mejilla.
-No
dejes de leer Los anticuarios-me
dijo-y salió.
Días después me enteré por la radio que un
joven estudiante de cine estaba filmando un documental sobre los viejos cines
de Santa Fe. Algunos curiosos observaban las entradas y salidas que el
estudiante realizaba con su cámara. Filmaba preferentemente de noche. A
excepción de la nota en la radio y algún que otro artículo en el diario no supe
más sobre Mariano y su incursión en Santa Fe.
Aproveché el receso de verano para leer la novela que me indicó. El parecido entre el personaje principal, Santiago Lebrón
y Mariano era inevitable. Traté vanamente de comunicarme con él por teléfono.
Se había mudado y no dejó datos de su nueva dirección. Intenté contactarme con
Drech de la revista Libra. Lo ubiqué al tercer intento. Le pregunté si sabía
dónde vivía Mariano, le dije que era su hermana y que nuestra madre estaba
preocupada por su prolongada ausencia. Del otro lado del teléfono escuché un
carraspeo y un par de excusas. Había perdido contacto con él cuando comenzó la
filmación sobre los cines de Santa Fe. Seguramente estaría en Europa becado por
alguna universidad francesa. Me di cuenta de que mentía, pero igualmente le
agradecí la información. Comencé con la lectura de otros libros de De Santis
para encontrar la clave o la pista, en términos detectivescos, acerca de la
desaparición de Mariano. En un cuento de Trasnoche
encontré el nombre Drech, para mi
sorpresa como así también la revista Libra. El personaje-no Drech sino otro de
una cofradía, el profesor Abestur, le decía al narrador que “ciudad y lenguaje son la misma cosa”. Y que
buscara entre los laberintos de calles, los edificios-araña y los baldíos como
libélulas, el secreto de lo eterno. En el cuento se mencionaban a los intercesores, una suerte de médiums.
Cerré el libro. Comprendí que Mariano, en su afán de aventura o de una idealizada
búsqueda de justicia, se dejó capturar, traspasó los límites. Digo justicia por
los viejos cines cerrados y con ellos, nuestros recuerdos de infancia. Tal vez sea
ahora un intercesor o un anticuario, oculto entre los pasillos húmedos y las
butacas roídas, atento a las imágenes fantasmagóricas, rústicas y ajenas de las
pantallas. Quiero creer lo que digo, que
su ausencia es el reflejo de una fantasía como aquella que nos movía semana
tras semana cuando íbamos al cine. Que su ausencia sea parte de un intervalo,
que llegará en algún momento de su vida la segunda parte de la función. Que el
encierro no sea una cárcel sino el paso previo a la liberación. Que el
misterio, como un velo que lo envuelve, lo obligue a dar vuelta atrás, como
Teseo que desandó sus pasos, iluminado por la cuerda tensa, y a la vez dulce de
Ariadna. Esperaré, como ella, las señales.
J.G.
 |
Cine América de la ciudad de Santa Fe (Foto: agenciafe) |